Crímenes

Ferdinand von Schirach

Fragmento

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Prólogo

Jim Jarmusch dijo una vez que prefería hacer una película sobre un hombre que sale a pasear con su perro que sobre el emperador de China. A mí me pasa lo mismo. Escribo sobre procedimientos penales, en los que he actuado como abogado defensor en más de setecientas ocasiones, pero en realidad hablo del ser humano, de sus fracasos, de su culpa y su grandeza.

Uno de mis tíos era juez presidente de un tribunal de jurado. Esta clase de tribunales son los encargados de juzgar delitos contra la vida: homicidios y asesinatos. Nos contaba casos que nosotros, de niños, éramos capaces de comprender. Siempre empezaban con la misma frase: «La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo.»

Tenía razón. Perseguimos las cosas, pero son más rápidas que nosotros y nunca logramos darles alcance. Yo cuento las historias de asesinos, traficantes de drogas, atracadores de bancos y prostitutas. Todos tienen su historia y no son muy distintos de nosotros. Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ése es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte.

Mi tío el juez sirvió durante la guerra en la marina, y una granada le cercenó el brazo izquierdo y la mano derecha. Pese a ello, durante mucho tiempo no se dio por vencido. Dicen de él que fue un buen juez, humano, un hombre íntegro y con un gran sentido de la justicia. Le gustaba salir de caza y tenía un coto pequeño. Una mañana se adentró en el bosque, se llevó el doble cañón de su escopeta a la boca y apretó el gatillo con el muñón del brazo derecho. Llevaba puesto un jersey negro de cuello alto; había colgado la chaqueta en una rama. Se voló la cabeza. Muchos años después tuve la ocasión de ver las fotografías. Dejó una carta breve para su mejor amigo, en la que decía que simplemente estaba harto. La carta empezaba con estas palabras: «La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo.» Sigo echándolo de menos. Todos los días.

Este libro trata de personas como él y de sus historias.

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Fähner

Friedhelm Fähner había sido toda su vida médico de familia en Rottweil, despachaba 2.800 volantes al año, tenía consulta en la Hauptstrasse, era presidente del Círculo Cultural Egipcio, miembro del Lions Club, y no había cometido un solo delito, ni siquiera una infracción. Además de su casa, poseía otras dos que tenía alquiladas, un Mercedes clase E de tres años con tapicería de piel y climatizador automático, unos 750.000 euros en acciones y obligaciones, y un seguro de vida de capital diferido. Fähner no tenía descendencia. Su único familiar vivo era su hermana, seis años menor que él, que vivía en Stuttgart con su marido y sus dos hijos. A decir verdad, no había mucho que contar de la vida de Fähner.

Hasta que ocurrió lo de Ingrid.

~ ~ ~

A los veinticuatro años, Fähner conoció a Ingrid en el sexagésimo aniversario de su padre, que también había sido médico en Rottweil.

Rottweil es una ciudad burguesa por los cuatro costados. Sin que lo haya preguntado, a cualquier forastero se le cuenta que fue fundada por la dinastía de los Hohenstaufen y que es la ciudad más antigua de Baden-Württemberg. Lo cierto es que en ella uno encuentra miradores medievales y hermosos letreros en forja originales del siglo XVI. Los Fähner siempre habían vivido en Rottweil. Formaban parte de las llamadas familias principales de la ciudad, eran médicos, jueces y farmacéuticos de renombre.

Friedhelm Fähner se parecía a John F. Kennedy cuando era joven. Risueño, la gente lo tenía por una persona sin preocupaciones, las cosas le iban bien. Sólo si uno se fijaba con atención, advertía en sus rasgos algo triste, algo viejo y oscuro, como se ve no pocas veces en esta región situada a caballo entre la Selva Negra y los montes Suabos.

Los padres de Ingrid, farmacéuticos en Rottweil, se llevaron a su hija a la fiesta de cumpleaños. Era tres años mayor que Fähner, una robusta belleza de provincias con abundante pecho. De ojos azules como el mar, pelo negro y piel blanca, Ingrid era consciente de la impresión que causaba. Su voz, singularmente estridente y metálica, no susceptible de modulación alguna, irritaba a Fähner. Sólo cuando hablaba en voz baja asomaba en sus frases una melodía.

No había terminado el instituto y trabajaba de camarera. «Es algo provisional», le dijo a Fähner. A él no le importaba. En otro terreno que a Fähner le interesaba más, ella le llevaba una gran ventaja. Hasta esa fecha, Fähner había tenido solamente dos breves encuentros sexuales con mujeres, que habían terminado por despertarle más inseguridad que otra cosa. Se enamoró de Ingrid al instante.

Dos días después de la celebración, ella lo engatusó para que lo acompañara de picnic. Se acostaron en un refugio e Ingrid se mostró muy aplicada. Fähner estaba tan confuso que al cabo de una semana le pidió que se casara con él. Ella aceptó sin vacilar: Fähner era lo que se considera un buen partido, estudiaba Medicina en Múnich, era atractivo y cariñoso, y le quedaba poco para el primer examen de estado. Sin embargo, lo que más la atraía de él era su seriedad. Ella era incapaz de formularlo así, pero le dijo a una amiga que Fähner jamás la dejaría plantada. Cuatro meses más tarde, ya vivía con él.

El viaje de novios fue a El Cairo, por deseo de él. Luego, cuando la gente le preguntaba por Egipto, les decía que era un lugar «ingrávido», aun cuando sabía que nadie iba a entenderlo. Allí era el joven Parsifal, el bobo puro, y se sentía feliz. Fue la última vez en su vida.

La noche antes del regreso yacían en la habitación del hotel. Las ventanas estaban abiertas, todavía hacía demasiado calor, el aire se estancaba en la pequeña habitación. Era un hotel barato, olía a fruta podrida y oían el ruido de la calle.

A pesar del calor sofocante, habían hecho el amor. Fähner estaba tumbado boca arriba y seguía las rotaciones del ventilador de techo; Ingrid fumaba un cigarrillo. Ella se volvió de costado, apoyó la cabeza en una mano y lo observó. Él sonrió. Perm

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