Maldad

Leticia Sierra

Fragmento

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1

Hace tres días,

viernes 2 de marzo de 2018

Elsa se lo ha buscado. Ya no sonríe. Se agacha y le abre la boca con brusquedad. Se fija en que, de cerca, sus dientes no son tan blancos. Nota que aún respira. Con dificultad, apenas un hálito. Se permite unos segundos para mirarla antes de quitarle la vida. Solo siente necesidad. Necesidad por verla morir. Nota un ronroneo en el vientre, justo debajo del ombligo, un cosquilleo que sabe que se convertirá en algo más cuando acabe con ella. Le ocurrió con la primera. El cosquilleo se convirtió en una descarga que le recorrió el cuerpo por dentro hasta el pecho, calentándole la sangre y provocando que se le erizara la piel. Ronronea, como un gato, de pura satisfacción. Levanta la piedra con la que la ha dejado inconsciente y la golpea con rabia una, dos, tres veces, aplastándole la cara hasta convertirla en una amalgama de tejido, esquirlas óseas y un líquido gelatinoso que se escapa por las cuencas oculares. Ahora sí está hermosa, sin rostro, sin ese gesto de suficiencia en sus labios. Tan guapa por fuera como por dentro.

Se aparta del cuerpo y busca entre los matorrales un palo. Ha de darse prisa. La zona está poco alejada del supermercado, frente a las vías del tren. Lo suficiente para que no haya moros en la costa, pero no tanto como para no volver caminando a casa sin levantar sospechas.

Encuentra uno largo, con la corteza seca y rugosa. Le servirá. Se acerca al cuerpo sin vida de Elsa y, con rapidez y sin titubeos, le desabrocha el pantalón y se lo baja hasta los tobillos. Hace lo mismo con las bragas. Son de algodón, de color verde caqui, con un Piolín que guiña un ojo sonriente justo en la zona del pubis. Le separa las piernas y emboca el palo en el orificio de la vagina. Lo empuja despacio y nota resistencia. La madera se niega a entrar. Coge aire y apoya todo su cuerpo en la rama para hacer fuerza. Jadea por el esfuerzo. El palo entra con dificultad, rompiendo la carne. Tira de él hacia afuera —está manchado de sangre y de algo más viscoso, algo parecido a la gelatina, probablemente parte de su aniñado y tierno sexo— y con un impulso fuerte vuelve a desgarrar las entrañas de Elsa. Esta vez el palo desaparece dentro del cuerpo. Nota la piel de gallina. El sonido de la carne al rasgarse le produce placer. Se mira las manos. Tiene un corte en la palma producido por la corteza de la rama al empujarla dentro.

Mira alrededor. No hay nadie. Oye a lo lejos el tren que se acerca. Saca un paquete de pañuelos de papel y se limpia con ímpetu la cara y las manos. Se guarda los pañuelos sucios en el bolsillo del chaquetón. Es oscuro, y las salpicaduras de sangre no se notan. Después, busca en la mochila de Elsa su teléfono móvil. Lo manipula con rapidez, lo tira al suelo y lo pisa, haciendo que el cristal estalle. Piensa un segundo y decide que el móvil ha de desaparecer, por si acaso. Lo coge, lo limpia y lo lanza por encima de la valla que separa el descampado de las vías del tren. Hace lo mismo con la piedra.

Da media vuelta y camina hacia casa pensando en la mierda de fin de semana que tiene por delante.

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2

Presente,

lunes 5 de marzo de 2018

—Hace tres días apareció el cuerpo sin vida de Elsa Canteli, de trece años, en La Florida. —Santiago Pascual, inspector jefe de la UDEV (Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta), estaba de pie delante de la pizarra blanca que, en ese momento, mostraba las imágenes del cuerpo de una niña en un terraplén, con la hierba muy alta rodeando su cuerpo. La imagen era impactante, pues le habían aplastado el rostro hasta convertirlo en una masa sanguinolenta en la que no se podía distinguir, ni con mucha imaginación, dónde habían estado los ojos, la nariz o la boca. Pascual cambió sus ciento veinte kilos de un pie al otro y continuó con la exposición del caso—. Como podéis ver, le desfiguraron el rostro y le introdujeron un palo por la cavidad vaginal que penetró hasta los intestinos, perforándolos y causando graves desgarros en el útero y la vagina. En la carpeta tenéis una copia del informe forense.

—¡Por Dios, menuda carnicería! —exclamó el inspector Agustín Castro, que acababa de incorporarse al trabajo después de tres días de descanso.

—La empalaron, literalmente —atizó Pascual acercándose al portátil conectado al proyector. Dio paso a otra instantánea, esta vez un primer plano del cuerpo semidesnudo de la chica.

El subinspector Jorge Gutiérrez carraspeó incómodo ante la pálida desnudez de la niña, y el comisario Valentín Rioseco hizo una señal con la mano para indicar a Pascual que continuara con la exposición de los hechos.

El inspector jefe pasó a otra imagen en la que se veía un teléfono enmarcado por una carpa identificadora y una tira métrica.

—Cerca del lugar se encontró un móvil que, creemos, era de la víctima. Los chicos de Delitos Tecnológicos ya están con él. —Siguiente imagen. —En la misma zona, también apareció una piedra de unos quince centímetros con restos orgánicos y sangre.

—¿Quién encontró el cuerpo? —quiso saber Castro.

—Un grupo de chavales que había quedado en la zona para hacer botellón —respondió Pascual tomando asiento—. Se les tomaron las huellas y muestras de ADN para cotejarlas.

—Tú y Gutiérrez os encargaréis de las diligencias de este caso —ordenó Rioseco—. Necesito rapidez, eficiencia y mucha discreción —puntualizó mirando a Castro—. Y cuando digo discreción me refiero a que no quiero ni una sola filtración a la prensa. Se trata de una menor, y los medios de comunicación están como buitres desde el viernes.

El inspector Castro carraspeó, sintiéndose aludido por su relación con la periodista de El Diario, Olivia Marassa, pero se abstuvo de decir nada.

—Si ya éramos pocos, parió la abuela —ironizó Gutiérrez frotándose la cara nervioso.

—Exacto. Si ya estábamos de mierda hasta el cuello con los pocos resultados del caso Colomina, ahora tenemos encima de la mesa a una menor con la cara aplastada y violada con un palo —gruñó el comisario, pasándose la mano por el pelo con gesto preocupado.

Rosa Colomina era una universitaria que había aparecido muerta de un golpe en la cabeza hacía tres meses, pero, por desgracia, no había habido muchos avances en la investigación. Ni avances, ni sospechosos, ni detenciones. Eso, unido a la presión mediática, había puesto a Rioseco en la delicada posición de justificar los escasos resultados sin echar al equipo de inspectores que dirigían la investigación a los leones. Un malabarismo de precario equilibrio.

—Castro, tienes una copia de todo lo que tenemos hasta ahora en la carpeta: informe forense, reportaje fotográfico de la Científica, listado de las evidencias halladas in situ y en los alrededores, una lista pormenorizada del entorno de la víctima y las declaraciones de los chavales que encontraron el cuerpo —intervino Pascual—. Gutiérrez te pondrá al día de las gestiones hechas durante el fin de semana.

—Quiero estar al tanto de todos los detalles. —Rioseco se levantó y apoyó l

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