Ojos violeta (Médium Natalie Lindstrom 1)

Stephen Woodworth

Fragmento

1. EL HOMBRE SIN CARA

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EL HOMBRE SIN CARA

Agachado detrás del cobertizo de madera para las herramientas que había junto a la valla trasera, el hombre observaba a la niña de cabello rubio cobrizo que jugaba en el jardín. El tejido informe del velo negro que le ocultaba la cara estaba manchado de sudor, y las manos le sudaban bajo los guantes de látex al doblar los dedos.

Hacía casi seis meses que no llovía en Los Ángeles, y la neblina formada por el humo acumulado arrojaba un manto de color ámbar sobre el bungaló y su pequeño jardín. La ola de calor de los últimos días de septiembre había secado la hierba hasta convertirla en agujas amarillas quebradizas, y el césped estaba salpicado de porciones de tierra árida. Una piscina hinchable decorada con personajes de Winnie The Pooh se hundía en el centro del jardín, y la niña se hallaba sentada en cuclillas en su agua poco profunda, ataviada con un bañador de una pieza con Tigger escrito en la parte delantera. El cabello fino le caía en forma de coletas enmarañadas sobre su cara pecosa mientras hacía nadar a su Barbie desnuda en grandes círculos a su alrededor.

El hombre empezó a respirar más deprisa; el aire resultaba caliente y sofocante bajo su máscara de crepé. La madre de la niña estaba trabajando, y la canguro había entrado en la casa hacía más de veinte minutos. Era la primera vez en tres días que el hombre veía a la niña sola. Aun así, vaciló.

Entonces vio que ella empezaba a moverse nerviosamente.

Soltó la muñeca en el agua y se tapó los oídos con las manos.

–¡Alguien llama! ¡Alguien llama!

El hombre se puso tenso y pronunció unas palabras moviendo los labios mudamente. Se imaginó que podía oír como los silenciosos susurros penetraban en el cráneo de la niña.

La habían encontrado.

La niña salió de la piscina dando traspiés, apretándose las sienes, mientras sacudía la cabeza como si estuviera en pleno ataque.

–¡Alguien llama! ¡Alguien llama!

El hombre lanzó una mirada de recelo en dirección a la puerta trasera de la casa y se abalanzó hacia ella.

Al verlo, la niña se puso a gritar y echó a correr haciendo eses hacia la casa. Él le cerró el paso, pero ella esquivó sus manos y retrocedió, avanzando con dificultad en dirección a la puerta del jardín. Cuando él le impidió el acceso, la niña fue corriendo en dirección a la valla metálica que bordeaba el jardín de sus vecinos, metió los dedos entre la alambrada para sacudirla y lanzó un grito.

Sin embargo, cuando él la agarró de los hombros, un repentino agotamiento pareció apoderarse de ella y se dejó caer contra la valla. Con la cara demacrada de la concentración, susurró las letras del abecedario como un rosario.

–A-B-C-D-E-F-G… H-I-J-K-L-M-N-Ñ-O-P… Q-R-S-T-U-V…

Su voz se fue apagando. El contorno de su cara se alteró sutilmente, al tiempo que su expresión se ensombrecía.

Su pequeño cuerpo recobró la fuerza, y de repente se dio la vuelta gruñendo y arañó la tela de la máscara del hombre, tratando de arrancársela de la cara. Previendo que ella haría eso, la agarró de los brazos y se los bajó.

–¿Quién eres? –La voz de la niña resonó con una autoridad digna de un adulto–. ¿Por qué nos estás haciendo esto? –Le lanzó una mirada colérica con sus relucientes ojos violeta.

Las cavidades lisas y superficiales de su cara emmascarada no revelaban la más mínima emoción, pero el hombre tembló visiblemente. Sujetando con el brazo extendido a la niña mientras forcejeaba, le agarró la cara con sus manos enfundadas en goma y le hizo una caricia casi tierna.

Y entonces, con un solo giro enérgico, le partió el cuello.

2. LA INVOCACI& #211; N DE TESTIGOS

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LA INVOCACIÓN DE TESTIGOS

Aquella mañana había atasco en la autopista de Hollywood, y Dan no pudo asistir al comienzo del juicio por asesinato de Muñoz. Cuando llegó al centro penal, la acusación ya se disponía a llamar a la víctima para que testificara.

Como llegaba tarde, decidió aparcar en una de las plazas privadas del centro en lugar de buscar el garaje destinado a las autoridades. El FBI podía tragarse los catorce dólares de la tarifa. Sin embargo, antes siquiera de haber recorrido media manzana se arrepintió de su decisión, pues notó que la camisa se le estaba empapando de sudor bajo la chaqueta de sport.

A pesar del sofocante calor, los espectadores y los equipos de los noticiarios de televisión se apiñaban a la entrada del juzgado; un cordón formado por guardias uniformados de la oficina del sheriff mantenía a raya a la multitud. Ese día tenía que prestar declaración un violeta, un acontecimiento tan extraordinario que generaba titulares. Normalmente, la simple amenaza del testimonio de un violeta servía para forzar un acuerdo entre el fiscal y el abogado defensor, pero Héctor Muñoz había insistido en su declaración de inocencia y había pedido su comparecencia en el juzgado.

Dan se abrió paso a codazos entre la multitud hasta la zona acordonada que rodeaba la entrada y mostró su placa al agente con camisa beige, que le indicó que se dirigiera a la puerta.

Aliviado de estar en el fresco interior del edificio, Dan enseñó la placa del FBI en el punto de control del vestíbulo.

–Está bien, agente… Atwater. –El agente con camisa blanca, un fornido hispano, leyó la documentación y se la devolvió–. Si quiere, puedo guardarle la pistola hasta que pase por el detector…

Dan le dedicó una sonrisa tensa.

–No hace falta. No voy armado.

Depositó el contenido de sus bolsillos en una caja de madera y atravesó pausadamente la cabina con forma de puerta sin hacer sonar la alarma.

El guardia sonrió.

–En ese caso, que tenga un buen día.

Dan se llevó dos dedos a la frente a modo de saludo de boy scout y recogió el dinero suelto y las llaves de su coche.

Un letrero colocado junto a los ascensores advertía de que TODAS LAS PERSONAS SERÁN REGISTRADAS EN EL PISO NOVENO, y descubrió que ni siquiera su placa del FBI podía evitarle más retrasos. Sin embargo, a Dan le daba igual. Los violetas le inquietaban, y durante los siguiente días iba a pasar tiempo de sobra con aquella violeta en concreto. No hacía falta que se diera prisa.

Cuando Dan abrió con cuidado una de las puertas dobles de la s

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