La noche del mal (Trilogía Sol negro 2)

Éric Giacometti

Fragmento

La saga del Sol negro

La saga del Sol negro

Según la leyenda, quien posea las cuatro esvásticas se convertirá en el dueño del mundo.

Thule Borealis Kulten

RESUMEN DEL PRIMER VOLUMEN, EL TRIUNFO DE LAS TINIEBLAS

El Tíbet, 1939

Una expedición de las SS, enviada al Tíbet por orden directa de Heinrich Himmler, descubre en una gruta una cruz gamada de varios milenios de antigüedad. La primera de las cuatro reliquias sagradas de la leyenda.

Ha sido hallada gracias al Thule Borealis, un libro antiguo robado a un librero judío durante la Noche de los Cristales Rotos. Según ese manuscrito, cada una de las esvásticas proporciona un poder extraordinario a su poseedor. La tenencia de las cuatro otorga la dominación absoluta.

España, 1941

Karl Weistort, coronel de las SS y director de la Ahnenerbe, instituto de investigación científica y esotérica nazi, saca de una cárcel franquista a Tristan Marcas, un francés miembro de las Brigadas Internacionales. Juntos viajan hasta el castillo de Montsegur para tratar de encontrar la segunda esvástica mítica. Ayudados por Erika von Essling, la arqueóloga favorita de Himmler, se enfrentan a Laure d’Estillac, joven aristócrata francesa, a cuya familia pertenece el castillo.

Londres, 1941

James Malorley, comandante del Servicio de Operaciones Especiales (SOE), nueva unidad secreta de choque, informado de la existencia del Thule Borealis y de las investigaciones esotéricas nazis, convence al primer ministro británico, Winston Churchill, del poder oculto de las reliquias y obtiene luz verde para organizar una operación de recuperación en Montsegur.

Montsegur, mayo de 1941

Los ingleses logran apoderarse de la segunda reliquia con la ayuda de Tristan, que trabaja para ellos como agente doble y ha conseguido endosar una esvástica falsa a los alemanes. Laure d’Estillac, a cuyo padre han asesinado los SS, huye a Inglaterra con el diezmado comando. El coronel Karl Weistort, gravemente herido, entra en coma.

Berlín, junio de 1941

La (falsa) reliquia obtenida en Montsegur y el Thule Borealis son depositados en el castillo de Wewelsburg, santuario de los SS. Tristan trabaja con Erika, nombrada directora interina de la Ahnenerbe. El francés recibe la Cruz de Hierro de manos del mismo Himmler por los servicios prestados al Reich.

Frente del Este, 22 de junio de 1941

Creyéndose invencible, Hitler invade Rusia. Las matanzas en masa de judíos y civiles están a punto de empezar. Aprovechando la apertura de un segundo frente, Inglaterra intenta recuperar la iniciativa.

Prólogo

Prólogo

Creta

Otoño de 1941

Llevaban mucho tiempo esperándolo. Toda su vida, y más, porque también sus padres lo esperaron. Y los padres de sus padres. Desde que se tenía memoria en el pueblo, sabían que iba a llegar.

No sabían cuándo ni quién, pero, tras siglos de espera, sabían que había llegado el día.

O más bien la noche.

La noche de la sangre.

Los cinco campesinos se deslizan sigilosamente entre los olivos. En la oscuridad, un olivo parece una persona. Tiene su altura y, con frecuencia, su forma. Aunque el viento lo haya inclinado y torcido, puede ocultar a un hombre. Un hombre que necesita escuchar. Escuchar la oscuridad. La oscuridad nunca es silenciosa. A quien quiere oírla, le susurra una y otra vez la misma palabra: Xeni! Xeni! Xeni!

«Los invasores.»

Guerreros venidos del norte, con las testas cubiertas por cascos de acero. Venidos a ensuciar su tierra y robar el tesoro sagrado que un extranjero confió a los lugareños. Un extranjero llegado de las regiones boreales, de la noche de los siglos.

Los cinco campesinos no tienen la menor duda: los hombres rubios que se pasean ante ellos son los bárbaros descritos por la antigua profecía.

Ha empezado a soplar una brisa suave y perfumada, que hace susurrar a los olivos. Una música ancestral, apacible, ensuciada también por la presencia de los invasores.

Antes de tener nombre, esos parásitos son ruido, el de las botas que pisotean la tierra y las culatas que golpean las caderas: el ruido de la guerra y la muerte en movimiento.

Pero a veces la muerte cambia de dirección.

Detrás de los olivos, los campesinos se han movido. Ahora necesitan ver. Ver cuántos son los invasores.

Uno, dos, tres.

Ver los cañones de los fusiles que acaban de apoyar en la pared, la llama del mechero, el chisporroteo de las brasas de los cigarrillos. Ver convertirse en hombres a los soldados. Justo antes de morir.

Los cinco campesinos se han adiestrado para dar muerte a quien se atreva a desafiar la prohibición. Como sus padres y los padres de sus padres antes de ellos.

No son simples labradores, son «fílacos». Guardianes.

Todos de ascendencia divina. Nacidos en Creta, la isla de la miel, la tierra elegida por la madre de Zeus para traer al mundo al padre de los dioses.

Y los fílacos manejan el kyro como nadie en Creta. El kyro, el temible puñal cuya hoja presenta una muesca en forma de gota pintada de rojo. La última gota de sangre que debe quedar en el cuerpo del enemigo.

Ocultos detrás de los olivos, los cinco fílacos observan a los guerreros del norte y sonríen en la oscuridad. Su primer adversario acaba de desabrocharse el cinturón y quitarse la guerrera. Hace un calor sofocante, al que no está acostumbrado. Sus compañeros y él son hijos de un país frío, tan frío como sus corazones.

Tienen la piel blanca.

Pero no por mucho tiempo.

Uno de los fílacos cruza la linde del olivar. Abre el kyro, que tiene el mango de cuerno, el resorte perfectamente lubricado y la hoja ennegrecida con carbón, para evitar que brille. Los demás lo siguen. Una jauría que prepara los colmillos.

Los invasores están de espaldas. Inclinados sobre un pozo. No oirán nada. Sus oídos están pendientes del cubo, que vuelve a subir golpeando la pared. Han pasado sed todo el día. Y

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