Lo que arrastra la lluvia

Men Marías

Fragmento

lo_que_arrastra_la_lluvia-5

De: Leonor Barrios

Para: Lola García

Sáb/01/11/2008 06:40

Querida Lola:

No te disculpes, por favor. Todo lo contrario, ha sido una alegría volver a saber de ti después de un año. Se me hace raro el «estimada», pero si es lo que necesitas lo entiendo.

¿Mi madre? Bueno. Cómo va a estar. Mustia. Llorosa. Con seis pastillas diarias. Parece una hoja seca que no termina de desprenderse del árbol. Cómo va a estar después de enterrar a su hijo y a su nieta. Después de saber que su asesina quedó libre. Está viva y eso ya es demasiado, Lola.

Me alegra mucho lo de Blas. No te preocupes por Currito, es demasiado pequeño todavía. Poco a poco, Lola, son niños. Han estado un año sin ti, acaban de recuperarte. Acaban de recuperar a su madre. Poco a poco, Lola, son niños.

Yo estoy bien, pero dime tú; un año da para mucho. Si alguna vez quieres un café —o una copa de ribera, o uno de esos cócteles tuyos con zumo de tomate y tabasco, qué ascazo, Lola, por favor, todavía tengo el olor en la manga—, estoy en el teléfono.

Lola, no sé qué decirte. No dejes de contestarme al e-mail. Me ha gustado mucho saber de ti.

Te he echado de menos... Dolly. A veces cuando me quiero dar cuenta estoy masticando aquello de paroles et paroles et paroles...

Leonor

Granada, 2008, día de Difuntos

Oye el frío en sus manos. Marina está sentada en un parque. Ha dormido en él por tercera noche consecutiva. Se abraza las piernas, por los gemelos, sin fuerza. Contrae la vejiga. Se orina. Son ya horas los minutos que lleva en esta posición. La nariz exhausta. El sol empujando. Las extremidades teñidas de azul. Casi parece una mujer. ¿A los filetes de ternera les puso el film transparente? No se acuerda. Tiene que estirar las piernas para que la sangre circule. Y el emmental en lonchas tampoco lo cubrió, eso seguro, las esquinas se van a poner tiesas. Vuelve a preguntarse si está viva. Lo intenta otra vez. No puede hacerlo. Está confinada en un irracional y pueril miedo a la muerte si se libera.

—Levántate... —se grita entre susurros.

Es inútil. Se tutea con el mismo pánico, de tacto vidrioso, que motiva a un niño a no sacar un pie de la cama por el monstruo.

Es la tercera noche. O eso cree sin su reloj, ahora propiedad de Cash Converters. Su referencia, la luz. La tercera noche escondida en un parque, apenas separada de las calles. Amanecerá de un momento a otro, se lo dice el hambre. Solo entonces desatará sus piernas, cuando la línea del horizonte, ahora añil, se vuelva pelirroja. Entretanto, las exhalaciones de vaho a las rodillas. Es agradable cuando el débil fantasma colisiona contra ellas.

Ya no tiembla. Las convulsiones que mantenían caliente su cuerpo han cesado a eso de las cuatro de la mañana, hora en la que al fin aceptó su condición de indigente. De mendiga. Marina Pastrana, de profesión maestra y de edad cuarenta y un años, madre de una hija muerta, esposa de un marido muerto, Aries, alumna de un taller de mindfulness y gestión emocional, deudora de un préstamo hipotecario y clienta los martes de la pescadería de El Corte Inglés, ya no es nada de eso: ahora es una indigente, una mendiga. Marina Pastrana ya no pasea por el parque de Fuentenueva en Granada. Desde hace tres días, vive en él.

Se levanta una persiana en los pisos de la izquierda, los que aún pertenecen a la avenida de la Constitución y su tinte plomizo. Como un disparo que despierta a los estorninos antes de tiempo. El eco genera ardor en el pecho de Marina y le estremece el torso. En el corazón una ingrávida tortura. Ahogo, como si un leviatán gris lo apretara. Tiene miedo a los ruidos fuertes. Y ganas de orinar. Su vejiga es una pelota de goma entre cinco dedos que cada vez aprietan más.

Ha de comer. Necesita una casa. Electricidad. Agua. Pasillos. Camas. Mantas. Calefacción. Bolsas de patatas. Tranchetes para sándwich. Tomate frito. ¿Qué hace en el suelo de un parque como una borracha desorientada? Escaleras. Limpiacristales. Garbanzos. Un vehículo. Pan de molde. Una cuenta bancaria donde recibir la nómina. ¿Cómo puede haber pasado tres días sin asearse? Escarbando agujeros bajo el tobogán del parque que luego rellena con tierra, como un perro, tras hacer en ellos sus necesidades. Alguien fríe cebolla, está segura, incluso puede jurar que ese alguien añade azúcar para caramelizarla. Una cebolla, al peso, cuesta unos treinta céntimos; cuarenta si es de las gordas. Un euro y medio la malla. Marina se vuelve consciente de que ni siquiera dispone de esa cantidad de dinero.

No hace ni un año desde la última clase. Es maestra de latín. Era. Acusativo adverbial. Hay pocos árboles para ser un parque, parece semidesnudo, como quien usa chaqueta sin vestir otra prenda debajo. Alguno de sus alumnos podría verla. El corazón como una herida recibiendo yodo. ¿Qué van a pensar si la encuentran así? Cristina insistirá en ayudarla, seguro. Olga y Jorge, como si nada. Sin embargo, si se trata de Óscar o de las Paulas... Picor insoportable en las nalgas, se funden con el terreno como si hubiese cemento fresco. Por amor de Dios, que no aparezcan las Paulas.

Marina sabe a la perfección lo que ha de hacer, pero su cuerpo se niega. No responde con la normalidad de un cerebro que da órdenes. No razona con la lucidez propia de una persona. De hecho, Marina solo se reconoce entre la raza humana por el absurdo deseo de sobrevivir al que se aferra. La desesperada exigencia del cuerpo a permanecer vivo.

Voces de adolescentes, serán roncas al cabo de los años, tras la valla del parque. La sobreestimulación acústica de la discoteca aún en sus oídos. Chillan para oírse.

—Mi madre nos mata, tía, nos mata. ¡Corre! ¡Mira qué hora es!

Su amiga ríe despreocupada.

—¡Yo quiero churros!

—Ya te has comido bastantes churros esta noche, bonita...

Estallan en la carcajada a la que solo tienen derecho los adolescentes. Nadie más en este mundo puede reír así. La anfitriona, sin embargo, considera que la reprimenda no va a valer el ingenio.

—En serio, tía, corre, por Dios, quítate los tacones; son las siete. ¡Se nos hace de día y mi madre nos mata!

Las siete. Escasos treinta minutos antes de que el parque se llene de runners en mallas compresivas. Y peor aún, perros que captan el olor de Marina, como a muerto; paseadores de perros con el primer pitillo del día. Los que encuentran los cadáveres en todas las novelas. Un escalofrío mece sus hombros como una pequeña ola. Sabe cuál es su única opción. Lo sabe con el cuerpo y no con la mente. Con esa parte desarrollada por el ser humano después de millones de años que clama «no voy a dejarte morir».

Ha de comer. Conseguir dinero. Dos euros. Una simple moneda de dos euros. Un billete de cinco. ¿Cómo puede haber desechado tanto a lo largo de su vida? ¿Acaso los millones no están com

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