La cura

Glenn Cooper

Fragmento

Capítulo 1

1

Sonaba como si algo sacudiera los barrotes de una jaula. Las frágiles manos de venas azuladas de la anciana se aferraban a las barras de la barandilla de protección y las zarandeaban con toda la fuerza de su demacrado cuerpo. El estruendo recorrió el pasillo hasta llegar al puesto de enfermería.

—Ya está otra vez —dijo la joven enfermera.

La supervisora no levantó la vista de su papeleo.

—¿Estás segura de que no se nos permite atarla? —preguntó la joven.

—Es la única paciente de esta ala. ¿A quién va a molestar?

—¿A mí?

La supervisora le dijo que, si tanto la molestaba, llamara al doctor Steadman y le pidiera una orden para inmovilizarla.

—No voy a llamarle para eso —repuso la joven enfermera, horrorizada—. ¿Puedo enviarle un mensaje al médico de guardia?

—Steadman se encarga personalmente de todas las instrucciones relacionadas con la paciente.

—Pues no pienso llamarle.

—Estupendo.

Entonces empezaron los gritos estridentes.

Chillidos. Sacudidas. Chillidos. Sacudidas.

La enfermera se llevó las manos a la cara.

—Dios, y ahora encima esto. ¿Qué está diciendo?

—Es japonés. ¿Acaso tengo pinta de hablar japonés?

—¿No sabe hablar inglés?

—Sí, pero solo recuerda el japonés.

Una enfermera un poco mayor salió de la sala de medicación.

—Seguro que tiene hambre y quiere arroz —dijo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó la enfermera joven.

—Me lo comentó su nuera. O eso, o es que se lo ha vuelto a hacer encima.

—¿Y no te acuerdas de si es una cosa o la otra? —preguntó la supervisora.

La enfermera mayor se encogió de hombros.

—Va alternando entre ambas frases.

—¿Quieres ir a comprobarlo? —La supervisora se dirigió a la enfermera joven.

Ella se quejó porque tenía que ponerse de nuevo el traje de protección. Cuando regresó al cabo de unos minutos, dijo:

—Creo que tiene hambre.

—¿No está mojada? —preguntó la supervisora.

—Completamente seca. Acabo de malgastar veinte dólares en equipo de aislamiento solo para comprobar que quiere arroz cuando apenas hace media hora que ha desayunado.

—Se olvida de que ha comido —añadió la enfermera mayor—. A mi padre le pasaba lo mismo.

—¿A qué hora está previsto que Steadman haga su gran hazaña? —preguntó la joven.

—A lo largo de esta mañana —contestó la supervisora.

—Puede que, cuando yo venga mañana para hacer mi turno, la mujer ya esté usando el botón para llamarnos y viendo culebrones.

—Tú sigue soñando.

Roger Steadman llegó a media mañana, custodiado por su séquito. Surcó el pasillo del hospital con su larga bata blanca desabotonada ondeando tras él, como el espináker del hermoso Beneteau que tenía amarrado en el puerto náutico de Baltimore. Su intenso bronceado y la fluidez de sus movimientos hacían que pareciera joven, aunque no lo era. Era uno de los veteranos del Baltimore Medical Center, una figura legendaria de la neurociencia estadounidense, con un currículum tan grueso como el listín telefónico de una pequeña población.

—¿Ruth? —llamó a la supervisora de enfermería—. ¿Está lista mi paciente?

Las tres enfermeras se pusieron en pie. Steadman era de la vieja escuela. Le gustaba que se cuadraran ante él.

—Lo está, doctor Steadman.

—Muy bien. Coja la jeringuilla y ayúdeme a ponerme el equipo.

—¿Va a administrarle usted mismo la dosis?

—Por supuesto. Hoy vamos a hacer historia. Marcadlo en vuestros calendarios, chicos y chicas —dijo dirigiéndose a sus estudiantes—. Durante muchos años, este día se recordará como el día en que se empezó a aplicar un tratamiento efectivo, quizá incluso una cura, para el alzhéimer. Y no podía dejar pasar la oportunidad de ser yo mismo quien administrara la primera dosis al paciente cero. Aparte de mí, el único médico de mi equipo que ha pasado las pruebas de detección vírica es el doctor Pettigrew. Le necesito para tomar las fotos. Colin, dime que has traído la cámara.

Colin Pettigrew, su colega de investigación, levantó la Nikon.

—Aquí la tengo —contestó con un afectado acento británico.

—Acuérdate de que mi lado bueno es el izquierdo. Aunque el derecho también está muy bien. —Ante el incómodo silencio que siguió, Steadman añadió—: Chicos, no estaría de más que os rierais de vez en cuando. No hay que tomarse la vida tan en serio.

Estudiantes y residentes se congregaron en el pasillo delante de la antesala del vestuario mientras la supervisora y los dos doctores se ponían los trajes, las mascarillas, los cubrezapatos y los guantes. A través del intercomunicador, Steadman hizo su numerito, apenas disimulado como una sesión de preguntas y respuestas.

—La señora Noguchi es la primera paciente de la fase uno del ensayo clínico basado en una novedosa terapia génica contra el alzhéimer —anunció—. Esta pregunta es para los estudiantes, no para los residentes: ¿cuál es el objetivo de la fase uno de un estudio clínico? Cualquiera de vosotros. Adelante.

Una estudiante alzó la mano con gesto ansioso.

—La seguridad.

—Correcto. La seguridad. Tratamos a un reducido número de pacientes secuencialmente, en este caso hasta diez pacientes aquejados de una enfermedad severa, y en el proceso vamos realizando exhaustivos perfiles de seguridad. Si todo va bien, y estoy bastante seguro de que irá bien, llevaremos a cabo un ensayo más extenso de fase dos, cuyo objetivo será determinar la eficacia. Por supuesto, durante la fase uno, a lo mejor recibimos un regalo de Navidad o de Janucá por adelantado, si obtenemos alguna señal de eficacia. Y lo sabremos porque haremos pruebas diarias de memoria y estado mental. Muy bien, como acabo de decir, este es un ensayo de terapia génica. ¿Cuáles son los componentes esenciales de una terapia génica?

Otro estudiante se apresuró a contestar:

—Una terapia dirigida y un virus para poder aplicarla.

Steadman dejó que la enfermera le anudara la bata a la espalda.

—Correcto. Un virus y una carga genética. En este caso, la carga es un factor de transcripción nuevo, el NSF-4, el recientemente descubierto factor de estimulación de la neprilisina, que ejerce un gran efecto en la producción natural de esta misma. ¿Alguien sabe lo que es la neprilisina?

Un estudiante con barba respondió con voz clara:

—Una proteasa que acelera la degradación de los beta-amiloides.

—Y díganos, por favor, ¿qué es un beta-amiloide? —preguntó Steadman.

Varios estudiantes trataron de responder, pero el de la barba se les adelantó.

—Es la sustancia tóxica que se acumula en

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados