Las mariposas negras

Gabriel Katz (Mody)

Fragmento

La rabia. Los gritos. Los insultos. El rugido de la multitud, apelotonada detrás de las rejas. Los puños crispados, las manos tendidas, la V de victoria. Y esta alegría salvaje, desenfrenada, ensordecedora que invade la calle como un torrente de lava.

Van a abrir las puertas.

Entonces se apiñan unas contra otras en ese pequeño patio salpicado de escupitajos, como si juntas pudieran contener la ola. Como si pudieran fundirse, desaparecer bajo los adoquines, olvidarlo todo y empezar de cero. Pero las empujan por la espalda y la calle las aguarda, impregnada de odio, de risas y de cerveza.

Ella avanza la primera: le parece peor esperar y además está embarazada. Nadie mata a una mujer embarazada. En todo caso, no así, ni por esto. Esas personas ya no tienen cara, sólo son un amasijo de rabia, a pesar de que crecieron con ella, fueron al colegio con ella, le compraron gorros cuando aún hacía media. Gorros de invierno, de punto grueso, y también chales y mitones. Es posible que se acuerden, bajo este cielo demasiado azul para morir y este fuerte calor de pleno mes de agosto.

Con las manos abrazando la barriga, se deja arrollar por la multitud con la mirada perdida y el corazón acelerándose como un tambor. Sus zapatos de suela de madera se aferran a la tierra compacta de la calle principal. Una mano le agarra la chaqueta, una mujer le grita a la cara. Un hombre le arroja un objeto contra la espalda, una fruta podrida quizá, o algo peor. Y las palabras silban como balas. Cerda, puta de los alemanes, colaboracionista.

Las calles de pueblo son largas. Nadie se imagina lo largas que llegan a ser.

Con el corazón en un puño, trata de recuperar el aliento. Para resistir, para seguir avanzando, pero sobre todo por el pequeño que está ahí, en su vientre, y que sólo la tiene a ella para protegerlo. Piensa llegar hasta el final. Pase lo que pase, llegará hasta el final. Junto con los insultos, cae una lluvia de proyectiles. La hostigan, la atropellan, la empujan hacia una tarima, en medio de la calle. El cadalso de la vergüenza. Una silla, un cubo y un hombre que aguarda con una maquinilla de afeitar en la mano y un brazalete del FFI, las siglas de las Fuerzas Francesas del Interior, que su mujer le ha cosido esa misma mañana.

Tropieza, alguien le escupe en la cara. Se limpia el hilillo de saliva caliente con la mano y apenas siente asco. Ya no siente nada, aparte de miedo; el miedo que palpita en sus sienes, que le quema los pulmones. La muchedumbre clama venganza por esos cuatro años de vergüenza. Por las privaciones, las cartillas de racionamiento, las detenciones y el ruido de las botas. Sólo ha quedado un puñado de mujeres, y alguien ha de pagar por todo eso.

Un niño rubio la agarra del brazo agitando una pistola y ella cierra los ojos, pero el disparo no llega. Sólo una bofetada, seca, brutal, que le hace saltar las lágrimas. Luego le arrancan la chaqueta, le suben la falda, le desgarran la camisa y las risas se vuelven obscenas. Detrás de ella desfilan otras medio desnudas, vapuleadas por la masa de gente, así que renuncia a luchar. Es culpable. La ha declarado culpable un tribunal marcial de adolescentes armados. Los hijos de Fernande, el ayudante del farmacéutico. Y dos desconocidos engominados que blandían sendas metralletas para jugar a los soldados. La han arrastrado con las otras hasta la gran sala de las bodas, presidida todavía por la foto enmarcada de Pétain, donde le han leído el acta de acusación, garabateada a lápiz en un cuaderno escolar, antes de dibujarle en la frente una cruz gamada con carbón.

Colaboracionista. Acostarse con un alemán, aunque sea un soldado raso, sin grado, es traicionar a Francia. Y enamorarse es aún peor; eso merece la muerte.

Desnuda en la silla, frente a la multitud, se traga la vergüenza que le enciende las mejillas. Ellos asisten al espectáculo como si estuvieran en un palco. Incluso se han puesto a sus hijos sobre los hombros. Un grupo de adolescentes, amontonados encima de un carro de combate estadounidense, se contorsiona para verla. Se van perfilando caras conocidas, su antiguo maestro, el jefe de correos, la quesera. El primo Henri. Y ese otro, uno al que una vez rechazó, que la insulta llamándola cerda. Se esfuerza por evitar las miradas, por fijar la vista en otra parte, más allá, sobre un tejado donde se ha posado un gorrión. O tal vez sea un petirrojo. El pájaro se sacude en el canalón, salta y aletea. Le gustaría sonreírle, hacerle una señal, decirle lo mucho que lo envidia. La maquinilla de afeitar chirría en contacto con su cráneo, los mechones le caen por los muslos y alguien se pone a su lado para que le saquen una foto. El pájaro se ha ido volando y ya sólo quedan la calle, las banderas, la fanfarria y la masa vociferante que canta a gritos La Marsellesa.

En ese instante casi quiere morirse.

Los minutos se desgranan como siglos, y la maquinilla devora las últimas migajas. La nuca. Las sienes. De su melena, peinada con esmero esa mañana, sólo queda una alfombra de mechones que languidece entre sus dedos. Le levantan la barbilla, la encaran hacia el objetivo. Sonríe, pon buena cara. Ya no presumes tanto sin tu alemán, ¿eh? Después la levantan, la empujan, la arrojan a la calle. Aún no se ha acabado, ahora toca el pasacalles, el desfile, el carnaval. Caminar desnuda bajo los insultos, seguida por los curiosos. Aguantar los escupitajos, las amenazas, el escarnio. Su mirada fija a lo lejos atiza la cólera de la masa; la tachan de provocadora, de María Antonieta. Se acercan, la tocan, le manosean los pechos, las caderas, las nalgas. Ella se arquea en vano con las manos crispadas sobre el hijo que se esconde en su vientre... Pero son demasiados, un auténtico hervidero. Huele a sudor, a asfalto y a polvo. También detecta ese típico olor a uniforme, una mezcla a tela burda y naftalina. Una mujer vestida de traje, con un sombrero gris, se abre camino entre la marea humana para asestarle un bofetón en la cara. Zorra. Puta.

Como un dique que se quiebra, la multitud empieza a pedir a gritos su cabeza.

Querría decirles algo, suplicar su perdón, pero los golpes llueven y las palabras se aplastan contra sus dientes. La golpean a ciegas, al tuntún, entre risotadas. Se empujan unos a otros para conseguir su ración, pues ahora tienen la revancha a su alcance. Ella pagará por él, pagará por todos. Por los alemanes a los que nunca se atrevieron a mirar a la cara, por los altivos oficiales ante los que se quitaban el sombrero en la calle. Pagará por los años de privaciones, por las requisiciones, por los hombres de la región que marcharon a trabajar a Alemania. Pagará por lo que ninguno de ellos se atrevió a hacer, por el miedo que los tuvo petrificados durante tanto tiempo, por la arrogancia de los resistentes de última hora que han olvidado lo que fueron ayer. Puta de los alemanes. Los golpes resuenan en su cabeza, pero no levanta los brazos. No va a privar a su hijo de su único parapeto. Él la neces

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