Sal del bosque

Sergio Dueñas

Fragmento

1. La verja de color burdeos

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La verja de color burdeos

«Bosque» no es una palabra cualquiera para los alumnos de La Liande, un internado milenario situado en la frontera norte del país.

No es un término más porque los alumnos de este centro reciben indicaciones confusas, órdenes incoherentes, y les cuentan historias contradictorias sobre lo que debe suponer para ellos.

El bosque de La Liande llega hasta donde alcanza la vista. Cuentan las leyendas que hay animales exóticos en su cielo, criaturas en peligro de extinción en su tierra y peces sin catalogar en sus lagos. El patio limita con la entrada. Esta cercanía podría suponer la excusa perfecta para que fuera la seña de identidad del internado al que rodea, un orgullo, y que cada ceremonia de apertura y cierre de curso se celebrara en su interior. Podría servir también para algo más simple, como las excursiones. Pero eso jamás ha sucedido. Su acceso está vallado a lo largo de muchos kilómetros. Por estructura y forma, la cantidad de alambre recuerda al que ponen en las cárceles de alta seguridad. En este caso, el alambrado está recubierto de una fina capa de pintura de color burdeos que, si se examina con lupa, no tiene ni el más mínimo rasguño. Ningún alumno tiene permitido el acceso, y existe una división entre los que lo admiran y ensalzan por lo que cuentan de él y por lo que podría llegar a ser y aquellos que prefieren ignorar su imponente presencia al otro lado de la verja, temerosos de lo que quizá se halle en su interior.

Pero hay algo en lo que todos coinciden: el deseo de que nadie se pierda en él. A lo largo de los años se han hecho bromas y suposiciones sobre lo que ocurriría si sucediese; si esas bromas llegan a oídos del director, son castigadas con severidad. Sin aliento, los profesores, con la piel pegada a los huesos y castigados por la profundidad de las cuencas de sus ojos, intentan atenuar esa fascinación que sienten todos los alumnos ante lo desconocido. Si el maestro de oratoria, medio senil y totalmente cojo, cuenta que una vez se adentró en él, todos le escuchan; si el de literatura, medio arrugado y muy desmotivado, exige una redacción sobre cómo se imaginan sus paisajes, todos la entregan; y si la maestra de filosofía, medio dictadora y consumida por el tabaco de pipa, cuestiona si está bien o mal visitarlo, todos participan en el debate.

Jonás, un chico de espaldas anchas y paso indiferente, recorre solo el pasillo del internado. Han dado comienzo las clases, y es el momento en que los profesores reparten los horarios de cada asignatura. Las puertas están cerradas, y de camino a Dirección solo se oyen sus pisadas sobre las baldosas huecas.

Va hasta el despacho con una mano en el bolsillo. En su interior juega con una moneda de plata limada que encontró en el patio su primer día de colegio a los tres años. Con la mano libre, balancea los cuadros de la pared que exhiben las orlas de cursos anteriores. Lo hace al ritmo de su paso, sin detenerse, a modo de juego.

El material de los marcos intenta imitar el color más sucio del oro. En las fotografías de los alumnos se nota el paso del tiempo, pues van del blanco y negro más clásico al color en una versión moderna que, en ningún caso, deja de ser desvaída. Jonás se da cuenta de que algunas fotografías de antiguos alumnos están tan avejentadas y descuidadas que muchas caras son irreconocibles, nombres ilegibles que se han perdido en la historia de estas paredes.

Llega casi cinco minutos tarde. No es lo apropiado después de recibir una llamada urgente. La puerta de Dirección conserva un olor natural a pino, y el felpudo es un noventa por ciento mezcla de tierra y barro, quién sabe si por respeto a aquello que hay más allá de la verja de color burdeos.

En cuanto entra, el director, que revisa nervioso una caja de acero cromado llena de documentos y llaves de todo tipo, da un bofetón descontrolado a Jonás. El chico cae y se recompone al momento. La bofetada le desorienta, pero no quiere que el director vea signos de debilidad en él después de lo que ha hecho. Así que, con los dientes apretados y las rodillas flexionadas para no perder el equilibrio si se produce otro golpe, mantiene la mirada al hombre, que eleva el puño más que antes, y le iguala en actitud.

El arrebato —y la agresión— ha sido provocado por el paradero de Quim, el único de los novatos que no se ha presentado al recuento del ama de llaves. El director tiene a su gente de confianza, alumnos incluidos, un detalle inteligente en un internado en el que conviven más de quinientas personas. Horas después de que sucediera, ya le habían informado de que la noche anterior Jonás, Fane, Rei y Matías arrastraron a Quim hasta «el limbo», la zona que separa la entrada del bosque de lo que hay más allá. Solo los profesores y trabajadores de La Liande lo conocen por este nombre.

Para que Quim pudiera acceder, los alumnos no tuvieron que cortar parte de la verja, sino que cavaron un hoyo con una pala que robaron del antiguo armario del conserje Marcial, del que se decía que había perdido la cabeza hasta que un día desapareció. Fue la forma más rápida que encontraron de hacerlo, ya que no hay en el mundo una escalera tan alta como para sobrepasar la verja. Cada palada bajo la luz de la luna recordaba más a la construcción de una fosa que a lo que debió haber sido una simple travesura.

Fane, Rei y Mati —nombre por el que es conocido por sus compañeros— esperan fuera del despacho del director. Han recibido la orden más tarde que Jonás y aguardan inquietos su turno. Rei, el más atractivo y atlético del grupo, se acerca a la puerta, por si en el interior están hablando de lo que piensan hacer con ellos.

—Rei, ven. Eso no sirve de nada —susurra Fane.

Con un gesto instintivo, se aparta el flequillo de la frente que, junto a su modo de llevar el uniforme, le da esa apariencia de elegancia descuidada que solo se consigue cuando no se busca.

—Si hablas, no me entero —responde Rei, que procura concentrarse en la conversación que se está produciendo dentro.

—Estamos perdidos... —añade el otro chico, que no despega la mirada del suelo. La poca distancia entre sus ojos y el punto al que mira, junto a su frágil constitución, contribuyen a minar su credibilidad.

—Mati... ¡Calla! —le ordena su amigo mientras vuelve a la pared en la que se apoyan sus compañeros.

De repente, el director sale del despacho con un portazo. Lleva a Jonás agarrado del brazo y una mochila desgastada y manchada colgada de los hombros. Es abultada y cuenta con decenas de cremalleras.

No saben durante cuánto tiempo han esperado frente a la puerta cerrada, pero ha debido de ser bastante, ya que el pasillo ha empezado a llenarse de alumnos que se dirigen a la siguiente clase. La escena ha llamado la atención de los que pasaban cerca del despacho, que se han detenido y han empezado a cuchichear, como si se trat

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