Venganza (Trilogía Justicia 3)

Javier Díez Carmona

Fragmento

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1

A través de la única ventana de la vivienda, la luz se filtraba con la desgana de cada jornada, luz de plomo y lluvia, luz de invierno, luz de rutinas y hastío.

Luz de Bilbao.

Osmany Arechabala dedicó unos minutos a estudiar el perezoso despertar de los muebles al entrar en contacto con ese resplandor que dibujaba perfiles huidizos en los que apenas eran reconocibles el incómodo sofá de manufactura sueca; la cocina encastrada a una de las paredes como una hedionda protuberancia; la mesa, donde un vaso replicaba el brillo ahogado del amanecer, y la guerrera de camuflaje colgada en el respaldo de la silla, un soldado vacío, derrotado, cuyas mangas, hundidas en el falso regazo del asiento, evidenciaban la aceptación de su fracaso.

Despacio, disfrutando a su pesar de cada crujido de los huesos, de la tirantez de unos músculos empeñados en recordarle el peso de los años, y del escozor de la piel allí donde las llamas se acercaron más de lo debido, abandonó la cama y trastabilló hasta la mesa. Llenó de agua el vaso, lo vació de un trago y volvió a llenarlo, como si necesitara apagar los rescoldos del incendio que pugnaba por reproducirse en sus entrañas. Bebió otra vez, lo devolvió a su lugar, al círculo impreso en el polvo, y se dejó caer en el sofá.

El móvil seguía enredado en los cojines, testigo mudo de unos acontecimientos que, estaba seguro, no tardaría en describir con todo detalle a los agentes de la Ertzaintza. Osmany sabía que esa era la función de unos aparatos por los que se desvive la mayor parte de la gente: delatar a sus propietarios, espiar sus conversaciones, recabar sus búsquedas, analizar sus gustos, seguir sus pasos, almacenar toda la información posible y vendérsela al mejor postor.

O entregársela a la policía si un juez así lo requería.

Con un suspiro de resignación, tomó el extremo del cargador, aún enchufado junto al brazo del sofá, y conectó el teléfono. Hubo un pitido, la pantalla se iluminó durante un segundo y la imagen de una pila hueca en cuyo interior subía y bajaba una línea cobriza le confirmó que no tenía batería. Lo dejó cargando, se incorporó con la premonitoria torpeza de un anciano y regresó al tabique contra el que se recostaba la cocina.

Cuando el café comenzó a llenar el ambiente de su indefinible aroma a hogar, la imagen de Rutherford volvió a dibujarse en su memoria. Pero no era la de su rostro enmarcado por la larga melena pelirroja, su mirada limpia, demasiado ingenua para pertenecer a una agente de la ley. No. En sus neuronas permanecía el eco de su cadáver, la sangre que no dejaba de manarle desde la frente, los espejos muertos de sus ojos, pendientes de la voracidad de un incendio que no tardaría en reducir a cenizas la carne y las esperanzas de una mujer cuya única aspiración era regresar a tiempo de recoger a la niña a la salida de clase. Osmany contuvo un suspiro, uno más, se sirvió el café, retiró de la silla la chaqueta de camuflaje que le acompañaba desde la olvidada batalla de Cassinga y tomó asiento frente a la mesa. Rutte, María López Rutherford, la agente de la escala básica de la Ertzaintza a quien sus compañeros miraban por encima del hombro a causa de sus reiteradas bajas, había demostrado más valor que la mayor parte de los hombres que el capitán Arechabala conoció a lo largo de su vida. Por eso estaba muerta. Por eso y porque el cubano acudió a ella cuando Nekane Gordobil se negó a seguir acompañándole en su absurda búsqueda de una compatriota a lo largo de la comarca de Las Encarta­ciones.

El móvil zumbó dos veces, dos temblores que repicaron entre los cojines del sofá como la nerviosa fricción de un grillo impaciente. Osmany lo tomó sin desenchufarlo y deslizó el dedo por la pantalla. Había una llamada perdida, un número conocido que dejó su huella en la memoria del celular a las once y media de la noche del sábado, solo unos minutos antes de que una bala atravesara el cráneo de Rutherford. Pero sobre el cristal también brillaba un mensaje de su nuera.

Desenchufó el teléfono, regresó a la silla y, consciente de su torpeza con esos aparatos que cualquier crío manejaba con más soltura que un juguete, se esforzó en abrir el SMS. Maider, su nieta, la hija que Camilo tuvo antes de ser asesinado, estaba enferma. O esa excusa esgrimió su madre durante toda la semana para impedir que la viera. Osmany sospechaba que los males de la pequeña no tenían relación ni con virus ni con bacterias, sino con la presencia en la vivienda de Abdoulayé Diop, el senegalés que ocupó en el lecho de Nerea Goiri el hueco que había dejado Camilo, con su mal talante y su facilidad para alzar la mano cuando la niña le importunaba. Pero, sin pruebas, no le quedó más remedio que aceptar la palabra de la madre. El sábado la llevó a las consultas externas del hospital de Basurto, y desde allí prometió a Osmany mantenerlo informado de lo que dijeran los médicos. Algo que aún no había hecho.

Maider se ha quedado en observación. Tiene una fisura en una costilla, de una caída. Seguramente mañana podamos volver a casa.

Leyó el mensaje una, dos, tres veces mientras la rabia, como una rata famélica, comenzaba a roerle las entrañas. Una fisura en una costilla. No se trataba de un constipado, una gripe, una enfermedad. Una costilla rota. Un golpe.

Un golpe de Abdoulayé.

O más de uno.

El sistema había fechado el mensaje el domingo a las 13.05. Casi diecinueve horas atrás. Diecinueve horas que la pequeña, un bebé de año y medio, pasó en la cama de un hospital mientras su abuelo dormía a pierna suelta. Dejó el móvil, apoyó la espalda contra la silla, notando cómo sus articulaciones perseveraban en sus quejas, y negó al vacío, como si con ese gesto infantil pretendiera excusarse ante el inexistente fantasma de Camilo.

Cuando llegó a casa en la madrugada del domingo, Osmany se encontraba al límite de su resistencia, una resistencia que estuvo a punto de quebrarse en cuanto dejó atrás el infierno desatado en el Karpin.

Una resistencia al límite no solo de lo físico.

El palacete se materializó de nuevo en la penumbra de la estancia, una mole oscura recortada contra el tapiz hosco de la niebla. Según Rutte, la finca donde ahora se ubicaba la reserva de vida salvaje del Karpin perteneció a una de las acaudaladas familias del valle. Por eso, entre los cercados donde hozaban ñus, ciervos, osos y tortugas, la mansión erigida por el patriarca sobrevivía abandonada a su suerte, perdiendo cada invierno trozos de tejado, cristales quebrados por la pedriza y restos podridos de tarima. Entonces, mientras esperaban a la Ertzaintza a la entrada del recinto, Rutherford seguía dudando de que la mujer desaparecida se encontrara allí, que un psicópata la estuviera torturando a escasos metros del lugar donde ellos conversaban sobre nimiedades.

Osmany no tenía ninguna duda. Por eso abandonó el coche. Por eso entró.

Ahogado en la culpa, en la sensación vagamente racional de haber causado la muerte de Rutte, se separó de la mesa y paseó en torno a la habitación como un felino enjaulado, uno de esos cuyos rugidos le acompañaron durante la angustiosa búsqueda del secuestrador y su víctima.

Tuvo suerte.

No, pensó mientras notaba cómo se le erizaba el vello de los brazos. No se trató de un golpe de fortuna. Tuvo a Rutherford. No supo cómo, aún seguía sin saber

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