La vida elíptica

Marian Izaguirre

Fragmento

Dos de Septiembre...

Dos de Septiembre. Nubes y claros. La mañana ha oscurecido repentinamente. Cuando Javier Azcárate entra en el aparcamiento de la facultad caen las primeras gotas de lluvia. La explanada está casi vacía. Solo cuatro o cinco coches diseminados frente a los bordillos. Intenta leer, quiere leer , una luz naranja que gira y gira... Sabe que debe detener el coche antes de que se empotre contra esas letras imposibles. Dar la vuelta... girar... verlas por el retrovisor... AMBULANCIA, imagina... Otras luces... Luces azules girando enmudecidas... Pisa el freno en el último momento, sorprendido a medias por su propia teatralidad. Uniformes... policía... él mismo. «Soy Javier Azcárate, vicedecano», se oye decir. Pasa ante el cuerpo marrón, los cinturones, la pistola, prisa, estupor... Una llamada —recuerda, mientras sube los peldaños de dos en dos—, las curvas de la Dehesa de la Villa, el paraninfo... prisa, jadeos, el rostro seguramente enrojecido, el pecho latiendo fuerte y retumbando en la garganta, la boca abierta en busca de oxígeno... Teatro, todo teatro... Quizá algo, pero no dolor, ni pena, ni compasión. Estupor, solo estupor.

Los ve agrupados en torno a la puerta. Javier Azcárate, vicedecano apenas afín al decano y, sin embargo, miembro de su equipo, oportunamente impuesto por las coaliciones de la junta de facultad, los ve, están allí, repartidos por el trozo de pasillo y en la antesala, confundidos con los policías y sanitarios, los cinco vicedecanos y Concha Palacios —¿qué hace aquí?—, y Lupe, su fiel secretaria, y los bedeles y los de secretaría, y Antonio, el conductor, junto al quicio de la puerta, recostando el dolor seguramente cierto, primorosamente colocados en el escenario del duelo, como cirios encendidos en la penumbra del decanato, todo gestos ceñudos, hombros derrumbados, caras de desconsuelo. Contempla su propia llegada, adopta un punto de vista ajeno, el que le produce esa especie de hipócrita desolación que trae en el rostro, mientras ve llegar a otro Javier Azcárate y palpa también el cuerpo tangible de lo absurdo cuando Ramón Fuertes le abraza sinceramente compungido. Ya están todos, el equipo decanal y los colaboradores más cercanos, todos ante la puerta donde yace sin vida, donde permanecerá por un tiempo seguramente breve —AMBULANCIA, recuerda— el cuerpo de Luis González Dalmau, el ilustrísimo señor decano.

—¿Le habéis visto? —Y la voz le suena ajena, como contagiada también de excepcionalidad.

—Sí —contesta pensativo Benito Bou, mientras se enreda con el pulgar y el índice un trozo de barba a la altura del mentón—. Se ha volado media cabeza. Está pálido —dice como si se diera cuenta ahora por primera vez—, muy pálido. Es terrible el aspecto que tiene, Javier. Realmente terrible.

Bou pronuncia la última frase mirándole a los ojos, el asombro y el estupor asomados también a su pupila grisácea, repartiéndose en una corta panorámica por el grupo que forman todos ellos.

Se produce un silencio deshilvanado y medroso, una especie de temor contenido por no encontrar las palabras adecuadas. Los múltiples ojos del equipo de gobierno parecen cubiertos de angustia y ansiedad, mientras la desorientación hace presa en el ánimo de Javier Azcárate. Pregunta, por fin, extrañado de los confusos sentimientos que se esconden tras la frase:

—¿Alguno de vosotros había hablado con él en estos últimos días? ¿Sabéis por qué...?

Y deja la pregunta suspendida en el aire turbio del pasillo, sabiendo que no encontrará respuesta, temiendo acaso que alguien pueda contestarla.

—Hoy mismo pensaba llamarle yo —dice Bou—. Teníamos que vernos sin falta para fijar la reunión sobre el tema del plan de estudios. Pero ya ves, ha sido su secretaria la que me ha avisado a mí. Y con esta noticia... La pobre Lupe no sabía qué hacer. Le ha encontrado a las nueve de la mañana. Está deshecha.

De nuevo el mismo silencio turbador, un espacio vacío que se rompe cuando la voz aguda de Concha Palacios les saca del ensimismamiento general. Suena confusa y titubeante. En la resonancia del corredor, se hace más ostensible su tartamudez.

—Be... nini... to —la oye decir—, yo no puedo creer que se haya susui... cicidado. Además, ¿co... cómo es que tenía esa pis... totola?

Varios ojos la miran con irritación. Javier Azcárate piensa no solo en el discurso entrecortado, sino en el tono penetrante y extrañamente metálico de su voz, en cómo crepitan los espumajos de saliva en las comisuras de los labios, al ritmo desigual de explosión-implosión, y en el vértigo que debe sentir cada mañana al presentarse en el aula, en el miedo a hablar durante cincuenta terribles y eternos minutos. ¿Qué hará cuando tenga que explicar sonidos oclusivos, cadencia, eufonía, paronimia, apofonía?

Ramón Fuertes se da media vuelta y habla con uno de los administrativos. Le da algunas indicaciones imprecisas sobre la situación. Benito Bou sigue retorciéndose la barba entrecana y contesta distraído:

—Ya sabéis todos cómo era Luis. No nos vamos a engañar.

«¿Cómo era?», tiene ganas de preguntar. En lugar de eso, se aleja de ellos, un breve apretón en el hombro de Lupe, las inevitables preguntas, las respuestas que no arrojan ninguna luz, «se tuvo que quedar en el despacho hasta muy tarde», las dudas, la extrañeza, ¿cómo era realmente?, de nuevo el llanto de su secretaria, «firmó unos papeles sobre las siete», no le conocía realmente, solo una triste superficie, lágrimas y mocos sobre el pañuelo de Lupe, «pasé a despedirme a la siete y media», no le apreciaba, era viscoso, «estaba leyendo un libro», un hombre digno de lástima en el fondo, «el mismo que estaba leyendo yo», siempre taciturno, suspicaz, retorcido, «se lo dije: ¡qué casualidad!», un intrigante de ademanes jesuíticos, «me miró como si se asustara», medroso, blando, imprevisible, «... y me fui».

Javier Azcárate entra en el despacho seguido de un policía. El cuerpo de Luis González Dalmau permanece sobre la mesa brillante y oscura. Tiene los ojos abiertos y perdidos en la superficie cercana de la pared. Javier Azcárate se queda quieto, a dos pasos de la puerta, con el policía a su lado, y desvía la vista hacia la ventana, queriendo liberarla de esa impúdica y descarnada exhibición de la tragedia. Se refugia en una masa de color que identifica inconscientemente como una bandera y, rápidamente, vuelve el rostro hacia el policía que cabecea un par de veces, asintiendo a no se sabe qué oscuros sentimientos compartidos. No quiere mirar esos ojos mudos y presentes, esos ojos que se enturbian frente a la campesina de Sorolla y parecen mantener un diálogo sobrenatural con ella, que imagina sumergidos en el paisaje castellano de Beruete, esos mismos ojos que se congelan aparentemente sobre la imagen de un labrador que toma la mano de una niña junto al brocal del pozo, todo a la vez, precipitado en la absurda irrealidad de la muerte. La escena parece estar presidida por un siniestro silencio capaz, en sí mismo, de desmenuzar los deta

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