La hermana menor (Philip Marlowe 5)

Raymond Chandler

Fragmento

1

El cristal de la puerta tiene una maltrecha inscripción en negro: «Philip Marlowe. Investigaciones». Es una puerta moderadamente sórdida al final de un pasillo moderadamente sórdido en ese tipo de edificios que fueron nuevos en la época en que los baños alicatados se convirtieron en los cimientos de la civilización. La puerta está cerrada con llave, pero al lado hay otra, con el mismo letrero, que no está cerrada. Adelante: dentro no hay nadie, solo yo y un moscardón. Pero absténganse los nativos de Manhattan, Kansas.

Era una de esas mañanas de verano claras y brillantes, frecuentes en California a principios de la primavera, antes de que baje la niebla. Las lluvias han terminado. Las colinas siguen verdes y en el valle al otro lado de Hollywood puede verse la nieve sobre las montañas más altas. Las peleterías anuncian las rebajas anuales. Las casas de citas especializadas en vírgenes de dieciséis años están haciendo grandes negocios. Y en Beverly Hills las jacarandas empiezan a florecer.

Yo había estado acechando durante cinco minutos al moscardón, esperando a que se posara. No quería posarse. Solo quería volar y cantar el prólogo de Pagliacci. Tenía el matamoscas en posición, y estaba dispuesto a dar el golpe. Había una franja de sol en la esquina del escritorio, y sabía que tarde o temprano pasaría por allí. Pero cuando lo hizo, en un primer momento no lo vi. El zumbido se había interrumpido, y ahí estaba. Entonces, sonó el teléfono.

Llevé centímetro a centímetro una lenta y paciente mano izquierda hasta el aparato. Levanté el auricular muy lentamente y hablé en voz baja:

—Un momento, por favor.

Deposité el teléfono suavemente sobre el vade de piel marrón. El moscardón seguía allí, brillante y azul verdoso, lleno de malicia. Aspiré con fuerza y descargué el golpe. Lo que quedó del insecto voló por media habitación y cayó sobre la alfombra. Fui hasta allí, lo cogí por el ala que le quedaba y lo tiré a la papelera.

—Gracias por esperar —dije al teléfono.

—¿Es usted el señor Marlowe, el detective?

Era una vocecita juvenil y preocupada. Dije que era el señor Marlowe, el detective.

—¿Cuánto cobra por sus servicios, señor Marlowe?

—¿Qué quiere que haga?

La voz se endureció un poco.

—No puedo contárselo por teléfono. Es… es muy confidencial. Antes de perder el tiempo yendo a su oficina querría tener una idea…

—Cuarenta por día más gastos. Salvo que sea la clase de trabajo que puede hacerse por la tarifa simple.

—Es demasiado —dijo la vocecita—. Podría costar cientos de dólares y yo vivo de un pequeño sueldo y…

—¿Dónde está ahora?

—Estoy en un café. Justo enfrente del edificio donde está su oficina.

—Podría haberse ahorrado la moneda. El ascensor es gratis.

—¿Pe… perdón?

Se lo repetí.

—Suba y déjeme verla —añadí—. Si tiene el tipo de problemas que puedo arreglar, podré darle una idea…

—Tengo que saber algo sobre usted —dijo la vocecita con mucha firmeza—. Es un asunto muy delicado, muy personal. No podría hablar de él con cualquiera.

—Si es tan delicado —dije—, quizá lo que necesita es una detective mujer.

—Cielos, no sabía que hubiera. —Pausa—. Pero no creo que una detective mujer pudiera hacerlo. Sabe, Orrin estaba viviendo en un barrio muy duro, señor Marlowe. O al menos a mí me pareció duro. El administrador de la pensión es una persona sumamente desagradable. Olía a alcohol. ¿Usted bebe, señor Marlowe?

—Bueno, ya que lo menciona…

—No me veo capaz de contratar a un detective que consuma bebidas alcohólicas de ningún tipo. No apruebo ni siquiera el tabaco.

—¿Me despedirá si me ve pelando una naranja?

Oí una súbita inhalación al otro lado de la línea.

—Al menos podría hablar como un caballero —dijo.

—Será mejor que pruebe en el Club Universitario —repliqué—. Tengo entendido que allí quedan dos o tres, aunque no sé si le permitirán llevárselos a su casa.

Colgué.

Fue un paso en la dirección correcta, pero no lo bastante enérgico. Debería haber cerrado con llave la puerta y haberme escondido bajo el escritorio.

2

Cinco minutos después sonó el timbre de la puerta exterior de la pequeña oficina que uso como sala de espera. Oí cerrarse la puerta. Después no oí nada más. La puerta que une la sala de espera con mi despacho estaba entornada. Escuché y pensé que alguien se había asomado, había visto que no era la oficina que buscaba y se había marchado sin entrar. Entonces alguien golpeó muy suavemente sobre la madera. Después se oyó esa especie de tos que se usa con el mismo fin. Bajé los pies del escritorio, me puse de pie y fui a mirar. Allí estaba. No tuvo que abrir la boca para decirme quién era. Y nadie se pareció nunca menos a Lady Macbeth. Era una chica bajita, pulcra, de aire más bien remilgado, con el cabello castaño lacio y gafas sin montura. Llevaba un traje marrón y de una correa en el hombro le colgaba una de esas raras carteras cuadradas que hacen que uno piense en una hermana de la caridad auxiliando a los heridos. Sobre el cabello castaño reposaba un pequeño sombrero arrancado del nido demasiado pronto, sin darle tiempo a crecer. No llevaba maquillaje, ni pintalabios, ni joyas. Las gafas sin montura le daban un aire de bibliotecaria.

—No es modo de hablarle a la gente por teléfono —dijo con energía—. Debería darle vergüenza.

—Estoy demasiado orgulloso de mí mismo para avergonzarme —repliqué—. Pase.

Le aguanté la puerta abierta. Después le acerqué una silla.

Se sentó a no más de cinco centímetros del borde.

—Si yo le hablara así a uno de los pacientes del doctor Zugsmith —dijo—, perdería mi empleo. El doctor es muy exigente en cuanto a la forma de dirigirme a los pacientes… incluso a los más difíciles.

—¿Cómo está el viejo doctor? No lo he visto desde aquella vez que me caí del tejado del garaje.

Pareció sorprendida y muy seria.

—Estoy segura de que usted no puede conocer al doctor Zugsmith.

La punta de su lengua más bien anémica asomó entre sus labios y buscó furtivamente algo invisible.

—Conozco a un doctor George Zugsmith —dije—, en Santa Rosa.

—Oh, no. Este es el doctor Alfred Zugsmith, de Manhattan. Manhattan, Kansas, ¿sabe?, no Manhattan, Nueva York.

—Es otro Zugsmith entonces —dije—. ¿Y usted es…?

—No sé si debo decirle mi nombre.

—¿Tan solo está tanteando el terreno, eh?

—Supongo que podría llamarlo así. Si tengo que contarle mis problemas familiares a u

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