El misterio de Pont-Aven (Comisario Dupin 1)

Jean-Luc Bannalec

Fragmento

El primer día

Todo apuntaba a que ese 7 de julio iba a ser un espléndido día de verano. Uno de esos grandiosos días de la costa atlántica que tan feliz solían hacer al comisario Dupin. Allá adonde mirase, reinaba un azul luminoso y, aunque hacía un calor poco habitual para la Bretaña a una hora tan temprana, la atmósfera estaba tan despejada que todo presentaba unos contornos limpios, nítidos. Y eso que la tarde anterior había parecido que se les venía encima el fin del mundo: unos nubarrones negros, bajos y amenazantes habían cruzado veloces el cielo, descargando fuertes aguaceros torrenciales aquí y allá.

Concarneau, la magnífica Ciudad Azul, como seguían llamándola a causa del intenso color de las redes de pesca que el siglo anterior se tendían en su puerto, resplandecía. La esfera del reloj que coronaba el mercado, un bonito edificio antiguo en el que todos los días podía comprarse bien fresco el género que los pescadores locales habían capturado en sus redes apenas unas horas antes, marcaba las siete y media. El comisario Georges Dupin se encontraba en L’Amiral, sentado al final de la barra con el periódico abierto ante sí, como siempre. El emblemático café restaurante, que gozaba de una larguísima tradición (e incluso, una vez, había sido hotel), quedaba en el muelle y tenía justo enfrente el famoso casco histórico de la localidad. La ville close, la antigua ciudad medieval rodeada por una imponente muralla con torreones fortificados, había sido erigida sobre una islita alargada que se alzaba, como una escena salida de un cuadro, en medio de ese puerto en el que también desembocaba el tranquilo río Moros. Hacía exactamente dos años y siete meses que Dupin, tras una vida entera en París, se había visto obligado a abandonar la glamurosa capital a causa de su «traslado» a ese rincón perdido del país como consecuencia de «una serie de disputas» (según se hizo constar en el informe interno), y todas las mañanas desde entonces se tomaba su café solo en L’Amiral. Un placentero ritual que no sacrificaba por nada del mundo.

En L’Amiral se respiraba todavía ese maravilloso ambiente que lo trasladaba a uno a la gran época de finales del siglo XIX, cuando se habían hospedado allí numerosos artistas famosos, a los que años más tarde siguió incluso un personaje igualmente conocido, el comisario Maigret. El pintor Paul Gauguin, sin ir más lejos, se había visto envuelto en una vulgar pelea justo delante del restaurante una noche en que unos rudos marineros insultaron a su jovencísima novia javanesa. Con el paso de las décadas, el legendario L’Amiral se había ido deteriorando hasta que, doce años atrás, Lily y Philippe Basset —de Concarneau los dos, aunque se habían conocido en París de una manera bastante azarosa y con unos planes muy diferentes— se hicieron cargo de él y le devolvieron todo su esplendor. No se podía negar que, oficiosamente, constituía el centro neurálgico de la ciudad. La mayoría de los turistas preferían las «idílicas» cafeterías que quedaban algo más allá, en la gran plaza, de manera que en L’Amiral casi siempre estaba uno rodeado de los habituales; era acogedor, auténtico, sin decoraciones artificiosas, sin folclore.

—Otro café. Y un cruasán —murmuró el comisario.

Apenas se le había oído, pero Lily no había necesitado más que su mirada y su breve gesto para entenderlo. Ya era el tercer café de Dupin.

—¡Treinta y siete millones! ¿Lo ha visto, señor comisario? ¡El bote de esta semana es de treinta y siete millones! —Lily estaba ya delante de la enorme cafetera de bar, de esas que todavía emitían los ruidos apropiados y que, con cada café, impresionaba a Dupin tanto como el primer día.

Lily Basset debía de tener unos cuarenta y tantos años; era una mujer muy guapa, de rizada melena rubio oscuro, con una energía y un dinamismo inagotables, y unos ojos verde mar que siempre lo veían todo. No se le escapaba nada, era increíble. A Dupin le caía muy bien, igual que Philippe (el cocinero del restaurante: magnífico, apasionado y nada pretencioso), aunque nunca hablaran demasiado. O quizá precisamente por eso. Lily había aceptado al comisario desde el primer día, lo cual ya era mucho por aquella zona, y aún más teniendo en cuenta que, para los bretones, los parisinos eran los más extranjeros de todos los llegados de fuera.

—¡Maldita sea! —El comentario de Lily le había hecho recordar que aún no había echado la primitiva.

El gigantesco bote que tenía en vilo a todo el país no le había tocado a nadie la semana anterior. El comisario, que se había envalentonado y había probado suerte rellenando doce líneas, solo había conseguido acertar un número en dos hileras diferentes.

—Pues ya estamos a viernes, señor comisario.

—Lo sé, lo sé. —Iría directo al estanco de al lado.

—La semana pasada, el viernes a media mañana ya se habían quedado sin papeletas en todas partes.

—Sí, lo sé.

Esa noche, igual que desde hacía ya varias semanas, Dupin había dormido fatal, y en ese momento estaba intentando concentrarse en la lectura del periódico. Ese mes de junio, el norte del departamento del Finisterre solo había recibido un triste sesenta y dos por ciento de las horas de sol que solía tener un junio normal: ciento cuarenta y cinco. El sur del Finisterre, por el contrario, había disfrutado de hasta un setenta por ciento, y el colindante departamento de Morbihan, a tan solo unos kilómetros de distancia, un ochenta y dos por ciento. El artículo ocupaba toda la primera plana del Ouest France. Esas curiosísimas estadísticas sobre la climatología eran la especialidad del periódico… de todos los periódicos bretones, en realidad, y de todos los bretones en general. «Hacía décadas —remachaba con tono dramático— que ningún junio nos había dejado tan escasas horas de sol y tan tristes, ni unas temperaturas tan poco calurosas.» El artículo terminaba como era de esperar: «Qué se le va a hacer: en la Bretaña hace buen tiempo, pero solo cinco veces al día». Era una especie de mantra nacional. Sin embargo, cuidado, porque solo a los auténticos bretones les estaba permitido maldecir el tiempo o burlarse de él; si lo hacía un forastero, se consideraba de pésima educación. Y esa misma regla valía, tal como había aprendido Dupin en sus casi tres años allí, para todo lo que fuera «bretón».

El estridente sonido del móvil sobresaltó al comisario. Lo detestaba más cada vez que sonaba. Era el número de Labat, uno de sus dos inspectores. Dupin empezó a ponerse de mal humor y dejó que siguiera sonando. Total, si al cabo de media hora se encontraría con él en la comisaría. Labat le parecía estrecho de miras, insoportablemente solícito, servil y a la vez movido por una ambición malsana. Estaba en la treintena, era más bien grueso, tenía una carita redonda e infantil, orejas de soplillo, una calva incipiente que no le sentaba precisamente bien… y aun así se creía irresistible. Se lo habían asignado nada más llegar, y él había hecho algún que otro amago de quitárselo de encima. La verdad es que lo había intentado casi todo, pero no le había servido de nada.

E

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados