Calor asfixiante (Serie Castle 6)

Richard Castle

Fragmento

calor-3

Capítulo
1

Nikki Heat se preguntaba cómo habría sido su vida si no hubiesen asesinado a su madre. ¿Estaría pateándose el camino, como en ese momento, desde la comisaría de policía al escenario de un crimen o se encontraría ensayando en Broadway un nuevo montaje de Chéjov o algún experimento vanguardista sobre las relaciones humanas con posibilidades de optar a uno de los Premios Tony? Se detuvo en Columbus Avenue a esperar a que el semáforo se pusiera en verde para los peatones. Su vida también podría haber transcurrido de otro modo. El destino podría haberla convertido fácilmente en esa madre sibarita sentada junto al ventanal del Starbucks que tenía a la derecha que ayudaba a su hijo pequeño a tomarse un chocolate caliente. O podría haberla convertido en una mendiga, como el tipo ese que agitaba su vaso de plástico lleno de monedas en la puerta de la tienda de vinos al otro lado de la calle. No veía a ningún cantante de coros de Steely Dan a su alrededor, pero también estaría más que abierta a esa posibilidad.

Un remolino de viento urbano levantó un poco de suciedad en un minitornado y Nikki vio cómo una bolsa de plástico de una tienda de comestibles, unos envoltorios de caramelos y la página de anuncios de un periódico daban vueltas en dirección sur desde la calle Ochenta y Dos, hasta que el espectáculo perdió su centro y se desparramó convirtiéndose en algo más mundano: simple basura. Todavía eran las diez de la mañana. ¿Por qué iba a mendigar nadie en la puerta de una bodega que se encontraba cerrada?

Se giró para mirar al mendigo, pero este le dio la espalda y empezó a arrastrar los pies en dirección norte. El semáforo se puso en verde y Heat cruzó. Una esquina más abajo, los guardias de tráfico cortaban el aire con las manos enguantadas para que los mirones pasaran sin detenerse junto a la valla. Pero a ella sí que la dejarían pasar. La detective de homicidios más famosa del Departamento de Policía de Nueva York tenía una cita con un cadáver.

La llamada por radio de los primeros agentes que habían llegado al lugar de los hechos la había advertido: «No comas ni bebas nada cuando vengas de camino. En serio». En parte como desafío y en parte porque necesitaba cafeína, Heat se llevó consigo el resto del café con leche y vainilla que se enfriaba sobre su mesa y se lo acabó antes de llegar al cordón policial. Lanzó el vaso al interior de una papelera y enseñó su placa al agente que vigilaba el cordón policial.

Nada más traspasarlo, Nikki se detuvo. Para cualquiera que mirase, era como si se hubiese parado para ajustarse la funda de la pistola, que en realidad fue lo que hizo. Pero era una excusa. Esa pausa era su momento, un ritual para respirar hondo y rendir homenaje a otra vida perdida, además de para conectar con su propia experiencia con la tragedia. Aunque Heat había cerrado el caso de su madre dos años atrás, aún pensaba en su sencilla promesa cada vez que iba a ver un nuevo cadáver: las víctimas merecían justicia; sus seres queridos se merecían unos policías inteligentes. Cuando terminó, soltó el aire y siguió adelante.

Observó la calle Ochenta y Uno con ojos de principiante, vació la mente y la abrió para recibir las primeras impresiones analíticas. Los investigadores experimentados eran más proclives a pasar por alto algunas pistas, porque su trabajo se convertía en rutinario. Así que Heat redujo la marcha al ritmo de novata y se aproximó como si se tratara de su primer caso.

La primera alerta de Nikki saltó a media manzana del planetario. El equipo de paramédicos que se encontraba en primer plano estaba ocupado. Normalmente, los servicios de emergencia médica ya no estaban haciendo nada cuando ella llegaba al lugar de los hechos porque la víctima estaba muerta. En ocasiones, un tiroteo o una pelea a navajazos terminaba con una o dos víctimas colaterales que necesitaban tratamiento o que se los llevaran. Pero esa mañana el reflejo de las brillantes luces de emergencia sobre la acera mojada quedaba interrumpido por grupos de estudiantes de secundaria que se apiñaban alrededor de tres ambulancias. Incluso desde cierta distancia, Nikki había notado alguna muestra de trauma emocional —sollozos, mareos, miradas perdidas—. Había un adolescente sentado en una camilla en el interior de una ambulancia vomitando. Fuera de ella, un par de chicas se abrazaban y se secaban las lágrimas.

Pasó al lado de un autobús con matrícula de Edmonton que estaba detenido junto al bordillo. Alrededor de dos docenas de ancianos canadienses se agrupaban junto a su puerta murmurando indignados bajo la llovizna y levantaban la cabeza para intentar ver lo que pasaba a través de los árboles del parque Theodore Roosevelt. De manera instintiva, Heat miró en sentido contrario, detrás de ellos. Inspeccionó el lado este desde el hotel Excelsior, a lo largo de la manzana de lujosos edificios de apartamentos, hasta el Beresford, cuyas torres del tejado se desdibujaban siniestras entre las nubes bajas, dándole la apariencia de un castillo encantado que acechara entre la niebla con su altura de veintitrés plantas. Muchas de las ventanas de la calle se habían llenado de curiosos, algunos de ellos con sus smartphones en la mano para retransmitir en directo vía Twitter la carnicería desde sus apartamentos de tres millones de dólares. Ella sacó su propio móvil e hizo algunas fotos para, después, decidir adónde enviar a su brigada para entrevistar a testigos.

Muy por encima del manto gris, el vago estruendo de un reactor que se acercaba a uno de los aeropuertos hizo que se acordara de él. Seis días más y estaría de vuelta. Dios, aquellos meses le habían parecido una eternidad. Nikki alejó de su cabeza esa distracción y, de nuevo, ordenó a su nostalgia que fuera paciente.

En el camino de adoquines que llevaba a la entrada principal del museo lo vio con sus propios ojos y se detuvo en seco. Fascinada, Nikki estaba entre las personas evacuadas y miraba fijamente como todos los demás. Después maldijo entre dientes.

Parecía como si un meteoro se hubiese estrellado contra el tejado de la descomunal caja de cristal de seis plantas que albergaba el Planetario Hayden. Pero lo que había causado un agujero en lo alto del enorme cubo había provocado una explosión de sangre en el círculo dentado del techo. En la pared interna, trazos de color rojo se extendían hacia el suelo, manchas traslúcidas de diez metros o más que bajaban por la cubierta de cristal. La detective Heat no necesitó meterse en el papel de novata. Aquello contaba como una primera vez.

—Ten cuidado por dónde pisas, detective —dijo la forense. Pero Heat ya se había detenido en el escalón de abajo, que llevaba al nivel inferior del enorme patio interior. La doctora Lauren Parry estaba arrodillada en el suelo vestida con su traje espacial marcando pruebas bajo el Alfa Centauri—. Hay restos de este cadáver por todas partes. Algunos siguen cayendo todavía. O mejor dicho, goteando.

Nikki inclinó la cabeza hacia atrás. Treinta metros por encima de ella, la llovizna y la luz gris sin filtrar atravesaban la perforación que una bala de cañón humana había provocado. El agujero formaba una diana irregular en la corteza vidriada que enmarcaban los bordes exteriores del tejado. Bajo los destrozos del impacto, más sangre —mezclada con trozos de tejido—goteaba no solamente desde la ventana, sino también sobre la mitad de la esfera gigante situada en el interior

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