El hijo olvidado

Mikel Santiago

Fragmento

Capítulo 1

1

—Denis está metido en un lío.

—¿Otra vez? ¿Qué es lo que ha hecho ahora?

Un día estás tan tranquilo dando un paseo por la playa y te suena el teléfono. Es Mónica, tu hermana mayor. Piensas que seguramente querrá preguntarte qué tal vas. En cambio…

—No te lo vas a creer —dijo aguantándose un gemido—. Ha matado a un hombre.

Me detuve. Iba descalzo por la orilla. Era mayo, pero el agua estaba helada.

—¿Denis? Pero ¿qué dices?

Una ola demasiado grande me sorprendió y me caló hasta las rodillas, aunque apenas noté el frío. Acababa de darme un baño en el mar. Tenía el cuerpo atemperado. El corazón lento y la mente clara. Respiré hondo.

—¿Qué acabas de decir?

—Que ha matado a un hombre —repitió ella—, lo que oyes.

Las gaviotas daban vueltas sobre las olas. Yo estaba en trance. Me aferré a una vaga esperanza. ¿Un accidente de tráfico? ¿Algo involuntario?

—Pero ¿cómo ha sido? —Tuve que carraspear porque apenas me salía aire por la garganta.

Ahora fue Mónica la que no pudo hablar. Noté que se ahogaba en sus lágrimas y le di tiempo hasta que se recompuso.

—Nada tiene sentido, Aitor. Y cuando te lo cuente, vas a pensar lo mismo.

Me lo contó y era cierto: no tenía sentido.

Hace años —Denis tendría diez— vino a mi casa de visita y encontró la caja fuerte de mi habitación. Me preguntó qué era y le conté que la usaba para guardar mi arma reglamentaria. Cualquier chaval de esa edad se hubiera vuelto loco por ver la pistola, pero Denis solo preguntó una cosa: «¿Pesa mucho?», y siguió a lo suyo.

—¿Con una pistola? —No podía creérmelo—. Pero si no sabe ni disparar. Y tampoco le gustan las armas. ¿Has hablado con él?

—Sí. Está en la comisaría de Getxo. Tiene ya allí a un abogado.

—¿Y Denis qué dice?

—Que él no ha sido. Que alguien puso el arma y el dinero en su furgoneta.

—¿Dinero?

—Dicen que cometió un atraco. Que mató a un hombre para robarle.

Pensé en silencio. ¿Alguien comete un atraco y se desprende del dinero para endosárselo a otro? Era raro, pero la vida está llena de cosas raras.

—Aitor, sé que estás de baja… pero ¿puedes ir a verle? Hablar con la gente que lo ha detenido. Son tus compañeros y… no sé. Tratar de entender algo.

—Claro… Conozco a alguien en Getxo… —Las palabras me salían despacio, todavía intentando encajar la noticia—. ¿Dónde estás tú?

—En Palma. Esperando a mi avión. Llego esta misma tarde. Voy con Enrique.

—¿Dónde piensas quedarte?

—En un hotel, no te preocupes. Vete avanzando, Aitor, por favor.

Mi hermana la mayor, siempre tan taxativa. Le dije que me ponía en marcha de inmediato. Colgué, pero todavía me quedé un rato más mirando ese horizonte gris de la mañana. Las gaviotas negras se recortaban contra un paisaje de nubes oscuras. El mar parecía un metal pesado.

—Pero ¿qué coño ha pasado, Denis? —murmuré contra la brisa.

Como si fuera la noticia de su muerte, traté de recordar la última vez que lo vi. Fue el año pasado, aunque ahora me parecía que hacía una eternidad. Me lo encontré por casualidad en un bar de la playa de Sopelana. Sabía por Mónica que se había hecho surfer. Un «vagabundo de playa» que iba descalzo, con una camisa abierta hasta la mitad y unos pantalones vaqueros cortados. Bueno, allí estaba, todo un hombrecito de veintidós años, moreno y atractivo. Ese día tenía a una chica preciosa a su lado. «Te presento a mi tío Ori», le dijo. «El mejor tío del mundo».

Yo estaba en una labor de seguimiento, no pude quedarme demasiado, pero les invité a unas cervezas. Hacía tiempo que no le veía y lo noté muy cambiado. A decir verdad, para ser un chaval ya había tenido mucha vida, y hay que aceptar que la gente crece, cambia… se convierten en alguien más o menos alejado de lo que tú recuerdas. Pero ese día, en el bar de la playa, me pareció que interpretaba un papel: el de un bon vivant seductor que en el fondo no era. Para mí, Denis siempre sería ese niño de ocho años con una curiosidad desmedida y una sonrisa preciosa. Pero bueno, quizá ese era mi problema. Le di un abrazo y quedamos en vernos pronto. Y, joder, ahora ese «pronto» iba a ser en el calabozo.

Volví a casa tan rápido como fui capaz, lo cual no era demasiado. Todavía cojeaba mucho de la pierna derecha y el dolor seguía ahí. Por no hablar del cansancio. O la falta de aire. Pero supongo que no estaba nada mal para un tipo de cuarenta y siete años al que habían agujereado como a un colador hacía solo unos meses. Dos disparos en la pierna. Dos en el torso. Esto último fue lo peor, ya que me hicieron un bonito agujero en el pulmón derecho que casi me lleva por delante.

Pero basta de quejarse.

Salí de la playa y llegué a la carretera. Mi viejo Passat estaba aparcado junto al portal y tenía las llaves, pero pensé en vestirme un poco. No era cuestión de llegar en chándal y Crocs a la comisaría. Además, cosas de la vida, iba a reencontrarme con un viejo amigo de juventud, Jokin Txakartegi. No tenía su número, pero supuse que seguiría destinado allí, en Getxo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde nuestro último abrazo? ¿Veinte años? Nunca es tarde para decir hola a un viejo compañero de aventuras.

Sobre todo cuando necesitas pedirle un gran favor.

Conduje hasta Getxo. La comisaría está alojada en el edificio Basterra, un palacio de principios del siglo XX de estilo inglés. Un lugar bonito donde a veces ocurren cosas feas.

Mostré mi placa al agente de admisiones y le dije que quería información sobre un detenido que «era familia».

—Denis Orizaola.

—Sí —respondió enseguida—. Lo tenemos aquí.

—Me gustaría verle, si es posible.

El agente me miró con el ceño fruncido. Yo sabía que aquello era una petición absolutamente fuera de lugar, pero había que probar.

Hizo una llamada. Cambió un par de frases con alguien. Colgó.

—Sube a la primera planta. Los que llevan la instrucción son Néstor Barrueta y su compañero, Gaizka Martínez.

—¿Has dicho Néstor?

—Sí. Es raro, ¿verdad? —Sonrió—. Aquí todo el mundo le llama Barrueta… o Barru.

Iba a preguntarle si Jokin Txakartegi seguía destinado allí, pero en ese momento le entró una llamada, así que le di las gracias y me dirigí hacia las preciosas escaleras del antiguo palacio.

Yo era un poli de otra comisaría y además estaba de baja, allí no tenía demasiados poderes. ¿Me dejarían romper el aislamiento de un detenido solo porque «era familia»? Contaba con un «no» por respuesta, aunque siempre había hueco para el milagro del cuartelillo.

La oficina superior era más grande que la de Gernika. Habría doce agentes trabajando

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos