Perder el equilibrio

Miguel Á. González
Miguel Á. González

Fragmento

g-3

1

Lo primero que sorprende a Jonás al instalarse en su nueva casa es que el vecino de abajo no tiene dientes; se cruzan en la escalera porque no hay ascensor, así que ha de subir apoyando las muletas en cada escalón y dando un pequeño salto, un saltito diminuto que hace que se sienta ridículo. Al cargar su peso sobre ellas, el amortiguador emite un sonido que le irrita porque le recuerda al cricrí de un grillo en una calurosa noche de verano. El apartamento que ha alquilado se encuentra en la tercera planta, y no puede evitar pensar que cada vez que necesite salir a la calle deberá hacerlo de esa forma, subiendo y bajando las escaleras con las muletas, dando ridículos saltos sobre su única pierna para ir posándose en cada escalón. Tampoco ha podido evitar contar los peldaños, son diecinueve los que hay desde el portal hasta el rellano del primer piso, en el que se encuentra. Los multiplica por tres mentalmente y asume que siempre que quiera entrar o salir de su nueva casa deberá dar cincuenta y siete saltos. Se lo toma como una especie de sacrificio, como una penitencia. «Todo tiene un precio», piensa. Y está dispuesto a pagarlo, está dispuesto a hacerlo si a cambio logra cumplir su objetivo.

Cuando llega al segundo piso se abre una puerta y entonces lo ve por primera vez. Le sorprende que el encuentro se produzca tan pronto; había imaginado que tardarían varios días en coincidir. El vecino que aparece frente a él se llama Fausto, trabaja en un hotel y no tiene dientes. Eso es lo que le dice cuando se conocen: se llama Fausto y trabaja en un hotel. No dice nada acerca de los dientes, pero no es necesario.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta Fausto.

Jonás apoya una muleta en la pared y se limpia la mano liberada sacudiéndola contra el bolsillo trasero de su pantalón, como si fuera un repostero al que hubieran abordado mientras amasaba pan. Aunque solo ha subido dos plantas está cansado y jadea ligeramente. Extiende la mano que acaba de limpiarse y estrecha la que le tiende Fausto.

—Me estoy instalando en la planta de arriba, perdona si durante los próximos días oyes ruido de cajas y muebles —se disculpa Jonás por adelantado.

Con un aspaviento y un gesto de comprensión, Fausto le indica a su nuevo vecino que no debe preocuparse por nada.

—Deja que te ayude —le vuelve a decir.

Las manos se sueltan, Jonás da un paso atrás y se apoya en la pared, junto a la muleta.

—No es necesario —le aclara—, puedo solo. —Al oír sus propias palabras las siente más severas de lo que había imaginado e intenta equilibrar el tono bromeando—: He firmado un contrato de alquiler por cinco años, así que lo mejor será que me vaya acostumbrando a estas escaleras.

Sonríe y Fausto lo mira. Lo más probable es que se esté preguntando qué motivos habrán llevado a un tullido a alquilar un apartamento en la tercera planta de un edificio sin ascensor. Guardan un segundo de silencio tras el cual Jonás está a punto de decirle que se llama Jonás, pero lo que finalmente dice es: «Me llamo Ismael».

Ahora es Fausto quien sonríe y Jonás el que mira. No son tan distintos: ambos de estatura media, ambos pesan alrededor de setenta kilos y ambos aparentan haber sobrepasado la barrera de los cincuenta. Es su rostro lo que los distingue, Fausto tiene un pelo negro y rizado que contrasta con el de Jonás, canoso y lacio. El tono de los ojos de los dos hombres es idéntico, más oscuro que la miel y más claro que la cáscara de una nuez, pero bajo los de Jonás hay dos surcos ennegrecidos que le hacen parecer casi anciano, casi agotado, casi derrotado, mientras que bajo los de Fausto hay decenas de perforaciones diminutas que convierten sus pómulos en una especie de lija de carpintero o en las páginas de un libro escrito en braille.

Y los dientes.

Fausto no tiene dientes; cuando habla, deja a la vista sus encías desnudas como una herida abierta y, cuando calla, los labios se relajan y retroceden hacia el interior de la boca formando una mueca extraña, entre de estupefacción y de asombro, como si todo lo que ocurriera a su alrededor fuera para él motivo de inesperada sorpresa.

—Supongo que nos veremos a menudo —dice Fausto a modo de despedida.

—Sí, así es —responde Jonás—. Me mudo ahí, justo encima de tu casa. —Acto seguido le indica el piso superior.

De manera instintiva ambos levantan la mirada hacia el lugar que señala el dedo.

—La propietaria me ha contado que el piso llevaba varios meses vacío, supongo que ya te habías acostumbrado a no oír ruidos de los vecinos, pero no tienes que preocuparte. Como ya habrás imaginado, no suelo ponerme a bailar ni a correr por el pasillo —dice bajando la vista hacia el espacio vacío que debería ocupar su pierna. Cuando vuelve a levantar la cabeza, muestra una amplia sonrisa.

—Ya…, sí, no sé. Ni siquiera sabía que la casa estuviera vacía —responde un Fausto que, al contrario que su interlocutor, parece haber cambiado el tono y ya no se muestra tan cordial como hace un momento.

—Claro, es normal. Esta es una zona de estudiantes, además. Jóvenes que comparten piso y que desaparecen en cuanto acaba el curso.

Fausto no dice nada, guarda silencio, un silencio largo y denso, y Jonás siente la necesidad de seguir hablando, como si hubiera dejado una frase a medias y tuviese que cerrarla para que la conversación pueda continuar.

—Bueno, no lo sé, eso fue lo que me dijo la dueña —añade—. No quería más estudiantes, buscaba a alguien que se quedara por un periodo más largo. Quizá por eso el apartamento habrá estado vacío tanto tiempo, ¿no crees?

Es como si el comentario de Jonás pesara una tonelada, como si fuera una losa enorme entre los dos hombres que los separa irremediablemente.

—Supongo —contesta por fin Fausto. Después da media vuelta, cierra la puerta de su casa con llave y se despide—: Tengo que irme, el hotel en el que trabajo está en el centro y si no salgo ahora mismo llegaré tarde.

—Claro, ya coincidiremos en el portal —dice Jonás y, ahora sí, se despide.

Fausto no responde y comienza a bajar las escaleras. Lo hace a zancadas, con las manos en los bolsillos, sin apoyarse en la barandilla. Tras dar una docena de pasos se pone a silbar.

Jonás vuelve a colocar ambas muletas bajo sus axilas y se queda un rato de pie, contemplando a su vecino hasta que este desaparece de su campo de visión.

Le sorprende el aspecto de Fausto. No lo había imaginado así.

g-4

2

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos