Rosy & John (Un caso del comandante Camille Verhoeven 3)

Pierre Lemaitre

Fragmento

rosy-5

 

17.00 h

El encuentro fortuito que da un vuelco completo a tu vida, la placa de hielo traicionera, la respuesta que se pronuncia sin pensar… Las cosas decisivas ocurren en menos de una décima de segundo.

Por ejemplo, ese chiquillo de ocho años. Si da un simple paso en falso puede cambiarlo todo, irreversiblemente. Su madre fue a que le echaran las cartas, y le predijeron que sería viuda antes de que terminase el año. Se lo contó a su hijo entre lágrimas, con los puños contra el pecho, la voz entrecortada por los sollozos. Necesitaba hablarlo con alguien, ¿entiendes? Pero él nunca había sido capaz de imaginar siquiera la muerte de su padre, que le parecía indestructible. Y ahora vive atemorizado. Es que hay cada madre… La suya tiene treinta años, pero la madurez de una adolescente. Hace tiempo que olvidó aquella predicción (aparte de un poco inconsciente, es bastante olvidadiza, y pasa de un pensamiento a otro con una velocidad pasmosa). Evidentemente, para su hijo es harina de otro costal. Su imaginario quedó marcado por completo por esa historia de brujas, de la que no habla con nadie a pesar de que le desata numerosas pesadillas. Algunos días, la idea de la muerte de su padre le invade hasta el punto de ponerle enfermo, para después desaparecer durante semanas como por arte de magia. Pero al regresar lo hace con una fuerza redoblada, provoca que le flaqueen las piernas, literalmente, y tiene que apoyarse en algún sitio, o sentarse.

Cuando la amenaza aparece de nuevo él lleva a cabo toda clase de conjuros, convencido de que, si su padre muere, será culpa suya.

Hoy, por ejemplo, piensa: «Si no piso ninguna junta de la acera, mi padre no morirá». Y empieza a contar a partir de la panadería.

Camina conteniendo la respiración desde casa hasta la escuela de música, y eso que el trayecto es largo. Algo le dice que esta vez no lo conseguirá, pero no encuentra nada, ningún pretexto, ninguna excepción que pueda servirle de excusa para renunciar. Una calle, dos calles, puede ver ya el bulevar, pero la angustia aumenta y tiene la impresión de que cuanto más se acerca a la meta, más se aproxima a la catástrofe. Va con la mirada clavada en la acera, y el estuche de su clarinete balanceándose apenas en su mano. Suda. Está a doscientos metros de la escuela de música. Vete a saber por qué —quizás un presentimiento—, mientras avanza levanta los ojos y ve aparecer de repente a su padre, que se acerca en sentido contrario. A esa altura de la calle, un andamio obliga a dar un rodeo, hay que cruzar sobre una pasarela de madera que invade la calzada. El paso es estrecho. Su padre camina decidido, con los hombros hacia delante. Cuando anda de esa forma, se diría que nada puede detenerlo. El chico se sorprende, porque no es normal verlo llegar tan pronto.

Las imágenes posteriores se grabarán a cámara lenta en su memoria.

Porque, evidentemente, ese segundo de distracción ha sido fatal. Un instante después, el niño se detiene en seco y baja los ojos: su pie está en medio de la junta de cemento…

Así que su padre va a morir, es inevitable.

Sí, las cosas decisivas ocurren a una velocidad asombrosa.

Miren por ejemplo a esa chica, a algunos metros detrás de nuestro chiquillo. Poco agraciada, estudiante de Economía, nunca ha tenido relaciones sexuales. Ella dice tan solo que «no se ha presentado la ocasión», aunque es bastante más complicado que eso, pero no importa. Estamos en mayo y tiene veintidós años, y eso es lo único que cuenta porque, en ese preciso momento, se encuentra en la esquina de la rue Joseph-Merlin frente a un hombre que la desea. Él la ha citado para decirle eso, que la desea. Basta que le responda sí o no para que todo se decida en un sentido o en el otro. Y no solamente en lo que respecta a la cuestión poco prosaica de la virginidad. Porque ella va a decirle que no. El hombre entonces le asegurará que lo entiende (venga ya…), ella verá cómo se aleja, y en el momento en que empiece a arrepentirse de su rechazo, en que quiera volver a llamarlo…

Será demasiado tarde.

La explosión es tan potente que hace temblar el barrio entero. Como si se tratara de un terremoto, la onda expansiva puede sentirse a un centenar de metros.

En una fracción de segundo, el niño ve volar el enorme cuerpo de su padre, podría jurar que una mano gigante a la altura del pecho acaba de empujarlo con brutalidad. En cuanto a la joven, no tiene tiempo más que de abrir la boca, y su ex futuro amante ya no pisa el suelo y atraviesa, de cabeza, el escaparate de la tienda Women’Secret.

La rue Joseph-Merlin es muy comercial. Ropa, zapatos, alimentación, lavandería, droguería…, puede que sea la más comercial del barrio, porque para encontrar una mejor habría que subir hasta el cruce con Pradelle. Hoy es 20 de mayo, hace días que brilla un suave sol estival, son las cinco de la tarde y, con un poco de imaginación, podríamos creer que estamos en julio y sentir deseos de sentarnos a tomar el aperitivo en una terraza. La calle está atestada, así que la explosión de la bomba es una catástrofe, y también una injusticia.

Sin embargo, si el mundo fuera justo…

Los viandantes derribados se protegen con los brazos. Una mujer con un vestido estampado cae violentamente de espaldas, y su cabeza choca con fuerza con la barandilla de la pasarela de madera que está delante del inmueble. En la acera de los pares, un travesaño venido de no se sabe dónde golpea en la cintura a un hombre que se bajaba de una motocicleta y lo dobla por la mitad; lleva el casco puesto, pero no parece que eso vaya a ser suficiente para salvarle la vida.

Al ruido de la explosión sucede un estruendo metálico ensordecedor. Con un ligero retraso respecto a la detonación, como si se hubiese tomado tiempo para pensárselo, el enorme andamio, se diría que sobresaltado, se levanta ligeramente del suelo para después desplomarse por completo, casi sentándose, igual que esos edificios que, en la televisión, dan la impresión de caer de un solo golpe. En la acera contraria, la de los impares, una joven con botas blancas de tacón alto levanta la cabeza y ve los tubos de metal dispersarse por el cielo, como fuegos artificiales, y descender sobre ella a una velocidad tan lenta como inexorable…

La deflagración barre escaparates, vehículos y todo lo que hay en el cerebro. Durante unos segundos nadie piensa, las ideas parecen también barridas por la explosión, como la llama soplada de una vela. Desaparecen hasta los ruidos ordinarios, y reina sobre el lugar del siniestro una calma tensa, vibrante, como si la ciudad acabase de morir de pronto.

Cuando la información toma el suficiente aliento, revienta en todas las almas. Sobre la calle, las ventanas que no han estallado en pedazos se abren con timidez y dejan asomar algunos rostros incrédulos.

Abajo, los que han escapado al cataclismo se ponen en pie y miran, sin comprender, el nuevo paisaje que se abre ante sus ojos.

Una ciudad en guerra.

Los escaparates de las tiendas se han volatilizado, dos muros situados bajo el andamio se han desmoronado, provocando una nube de polvo que va cubriéndolo todo, lentamente, como nieve sucia. Lo más espectacular es, por supuesto, la masa de barras metálicas y planchas de contrachapado desplomada

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