La condesa maldita

Reyes Monforte

Fragmento

Capítulo 1

1

No había sido buena idea contemplar su expresión embalsamada en el espejo bizantino que presidía la recepción del hotel Danieli. El reflejo le devolvía una imagen ajena: el rostro de un joven imberbe, pálido y demacrado, como el enfermo que aguarda rendido en el umbral de la muerte. «El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella, tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba». Los versos de Charles Baudelaire, que le habían convertido en el mejor traductor ruso del poeta maldito, caían con un exceso de realismo sobre su rostro, cincelando una fisonomía fúnebre.

Una voz servicial interrumpió el susurro baudelaireano.

—Señor, ¿necesita ayuda con su equipaje? —preguntó el recepcionista al observar su mano temblorosa.

El huésped encerraba en el puño la llave de la habitación número 80 como si se resistiera a entregarla, porque sólo aferrándose al llavero dorado con borlas rojas podría mantenerse a salvo. Esperó unos segundos antes de insistir en su oferta:

—¿Quiere que le ayudemos con el equipaje?

—No… —respondió el joven, como si despertara de algún sueño extraño—. Yo… puede, puede que… —De nuevo, el habitual tartamudeo hilvanando sus palabras cuando la embriaguez o el éxtasis sexual le espoleaban.

—¿Se encuentra bien, caballero?

Reconoció al cliente; lo último que deseaba era otro episodio desagradable como el sucedido unas horas antes.

—Perfectamente —replicó desterrando el titubeo, como si, al abandonar su mirada la superficie del espejo, hubiese vuelto a una realidad más agradecida—. Creo que pasaré más tarde a recoger mi bolso de viaje. Debo hacer algo antes.

—Como guste. Le espera el transporte que nos ha solicitado —dijo sin perder la sonrisa, mientras señalaba el pasillo que conducía al embarcadero del estrecho canal que bañaba uno de los laterales del hotel—. Si puedo hacer algo más por usted, señor Prodorowski…

El recepcionista había pronunciado aquel nombre con una naturalidad que a él se le resistía. Por un instante, contempló con celo la escalera de mármol alfombrada en rojo que custodiaba el recibidor y llevaba a las habitaciones. Durante décadas, aquellos peldaños habían sostenido el paso de los más ilustres personajes: Charles Dickens, Rainer Maria Rilke, Marcel Proust, Honoré de Balzac, Richard Wagner, Percy B. Shelley… Un aquelarre de fantasmas tiraba de él, tentándole a recorrer los escalones para driblar así a su destino, como hicieron la novelista George Sand y el poeta Alfred de Musset cuando consumaron su amor epistolar en aquel lugar. Fue también allí donde ella terminaría enamorándose del médico Pietro Pagello, que acudió para atender a De Musset de unas fiebres tifoideas. «El amor es un crimen que no puede realizarse sin cómplice». Otra vez, Baudelaire le apremiaba.

—En realidad, hay algo que podría hacer por mí —anticipó mientras hundía la mano en el bolsillo interior izquierdo de su levita. Supo que palpaba el bolsillo incorrecto al rozar el montante laminado de liras enrolladas como un túbulo. Sus dedos buscaron la faltriquera en el lado derecho y extrajeron un sobre con un nombre y una dirección de Kiev escritos en él con una letra cuidada, perfectamente delineada—. Les agradecería que franquearan esta carta lo antes posible. Es urgente. Si pudiera salir esta misma mañana…

—Por supuesto, señor —aseguró el recepcionista—. Permítame recordarle que, si le urge mucho, el hotel dispone de un servicio telegráfico.

—Es demasiado privado para un telegrama —justificó de manera cortante, aniquilando toda réplica del conserje, que temió estar pisando arenas movedizas.

—Como desee el señor —respondió al tiempo que colocaba el sobre en la bandeja del correo urgente y esbozaba una de las características sonrisas de cartón piedra que ofrecía siempre a los clientes.

El enigmático huésped alzó la vista para contemplar el techo de cristal del atrio en mármol rosa que presidía la entrada del hotel. Qué distintos eran los palacios italianos de los rusos, pensó. Delicados frescos de temática religiosa o mitológica, coloridos y festivos, decoraban los techos de los primeros, embellecidos por los pinceles de Tintoretto o Veronese, mientras que los eslavos se mostraban oscuros y solemnes, y primaban las figuras militares, los guerreros bélicos. Sintió la mirada del conserje, que le observaba con cierta preocupación. Desde su llegada a Venecia, percibía un ejército de sombras al acecho. Era una sensación tan extraña como intimidante…

Salió por los arcos góticos bizantinos, deseoso de abandonar aquel recargado mausoleo de mármol, oro, madera, terciopelo rojo, lámparas de Murano y porcelana de Limoges que representaba el Danieli, guardián de la reminiscencia de un pasado noble en el que el dux Enrico Dandolo conquistó Constantinopla en 1204 y llenó su palazzo veneciano con innumerables obras de arte bizantinas, convirtiéndose en uno de los grandes mecenas de la ciudad adriática. Se ajustó la levita gris, que en unas horas parecía haber ensanchado dos tallas, e hizo lo propio con el sombrero Homburg de fieltro blanco que llevaba en la mano. Fue entonces cuando el número de la góndola negra se clavó en su retina: el 8.

—Diríjase al Gran Canal —ordenó al gondoliere antes de acomodarse en el interior de la embarcación.

Lo hizo con cuidado. Su estado actual, enemigo acérrimo del equilibrio, no era el más adecuado para abandonarse al balanceo de las aguas. Respiró hondo, intentando apaciguar la violencia con que la sangre golpeaba sus sienes, como si se hubiera armado con martillos de hierro.

Podría haber optado por caminar hasta su destino, el Palazzo Maurogonato —no le hubiese llevado más de diez o quince minutos—, pero las calles de Venecia no le eran tan familiares como las avenidas de Kiev, Orel o San Petersburgo, y un descuido podría ser fatal. Lo comprobó el día anterior, cuando se dirigía a consumar lo que le había llevado a la ciudad de los canales, y una confusión con los nombres del callejero le obligó a abortar su misión. Además, un paseo podría dar opción a que el sentido común, la debilidad de ánimo o un inoportuno y cobarde sentimiento de culpa conquistaran sus pensamientos. Precisaba ser impetuoso, decidido. No había recorrido casi tres mil kilómetros para dejarse arrastrar por la duda. El deber estaba por encima de todo y él se lo debía. Era un hombre de honor, y como tal tenía que actuar.

Cuando la góndola abandonó el estrecho canal y se adentró en la amplia laguna, su espíritu se serenó. Quizá era cierto que aquellas aguas de Venecia tenían cualidades medicinales y curativas, al igual que su niebla, a la que se le concedió una propiedad terapéutica «penetrante», según rezaba la publicidad de las aguas termales de los hoteles del Lido. Agradeció que la góndola no tuviera felze, no sólo porque el servicio en una embarcación con cabina cubierta resultaba m

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