Todo lo mejor

César Pérez Gellida

Fragmento

todolomejor-4

EL TIPO QUE IBA A SER SECUESTRADO

Taberna Wirtsgarten

Distrito de Köpenick. Berlín Oriental (RDA)

24 de septiembre de 1980

Todo lo mejor es lo peor cuando uno no sabe de qué lado está —sentenció.

Por aquel entonces, el tipo que iba a ser secuestrado sabía pocas cosas, pero las pocas cosas que sabía no eran objeto de debate en su fuero interno.

Sabía que el mundo en que le había tocado vivir se sustentaba en una omnímoda verdad: solo es cierto lo que es susceptible de convertirse en mentira. Y aquel axioma, aplicado como única regla del juego, provocaba que lo bueno y lo malo fueran dos conceptos confusos; dos ideas suplementarias que se fundían y confundían al tiempo que se complementaban.

Dos caras de una moneda que rara vez caía de canto.

Ello explicaba que, en un tablero con solo dos jugadores, lo que era bueno para uno no tenía por qué ser del todo malo para el otro. Dependía de cuáles fueran los intereses y estos, volubles y caprichosos, mutaban a mayor velocidad de lo que giraba la moneda en el aire. Pero, además, si se pretendía contar con un rival fuerte con el que proseguir la partida, era imprescindible repartir las victorias y las derrotas de forma ecuánime. De otra manera, ¿qué sentido tendría el capitalismo sin un peligroso enemigo al que temer como era el comunismo? ¿Y qué sería del Bloque Oriental sin la sempiterna amenaza del imperialismo?

El símbolo del dólar contra la hoz y el martillo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética devinieron en antagonistas necesarios para escenificar un innecesario vodevil cuyo final infeliz se visualizaba en forma de hongo nuclear, de estallido cegador, de destrucción masiva replicada a lo largo y ancho del globo terráqueo en un apocalipsis que muchos tildaban de inevitable. Enclavada en el corazón de la vieja Europa e inmersa en ese marco belicista silencioso de principios de los años ochenta, existía una ciudad partida en dos que había sido elegida como escenario principal del conflicto y, al mismo tiempo —antojadizo infortunio—, como el único camerino que debían compartir los dos actores principales. Berlín representaba a la perfección las dos caras de esa moneda que, harto veleidosa, había caído de canto en forma de muro.

En ese enclave urbano, el tipo que iba a ser secuestrado había llevado al extremo la conjetura sobre la difusa frontera que separaba el bien y el mal, lo bueno y lo malo.

—Todo lo mejor es lo peor cuando uno no sabe de qué lado está —le repitió a su vecino de taburete, que, más ocupado por mantener la verticalidad que preocupado por el misterio que encerraba la frase, no le prestó oídos.

Algo contrariado, buscó la complicidad de Rudi, el barman del turno de noche del Wirtsgarten. Lo conocía desde hacía un par de meses, coincidiendo con su regreso de los JJ. OO. de Moscú, pero ello no obstaba para que se hubiera convertido, si no en un amigo, sí en su estoico confidente. Rudi escuchó sus últimas aseveraciones mientras pasaba el trapo a la sufrida barra sobre la que se acodaban muchos de los funcionarios más crápulas del Berlín Oriental. Y dentro del casi infinito funcionariado público de la República Democrática Alemana, no había un departamento más numeroso que aquellos que trabajaban para el Ministerio para la Seguridad del Estado, más conocido popularmente como la Stasi.

El tipo que iba a ser secuestrado era uno de ellos.

—Ya sé que vas a cerrar, interpreto las señales, pero haz un último favor a este sufrido cliente y ponle el penúltimo.

Sin otra opción que seguir sus instrucciones, Rudi agarró la botella de vodka de la marca Zhuravlí que tenía separada para él y le rellenó el vaso al tipo que se hacía llamar Viktor pero al que se solían referir con apelativos relacionados con los cráteres que el paso de la viruela había dejado en su rostro.

—Esto parece un cementerio. Voy a tener que animar a la parroquia —le dijo en voz queda—. Necesito que me ayudes.

—No me fastidies, Viktor, que me quiero marchar a casa de una vez —protestó tímidamente Rudi.

—Te dejo elegir: Auferstanden aus Ruinen o Augen geradeaus.

—¿Conoces Die Grenzerkompanie? —propuso Rudi.

—Otro día. Vamos con Auferstanden aus Ruinen.

Con las primeras estrofas del himno comunista, resonaron voces dispersas que provenían de las mesas del fondo, alguna enérgica, casi todas tímidas, forzadas a cumplir con el expediente patriótico.

Viktor se giró sin dejar de cantar y buscó con la mirada a la única pareja entusiasta que se había incorporado y alzado sus jarras de cerveza. La escasez de bombillas generaba amplias zonas de penumbra bajo las que se cobijaban aquellos que no querían exponerse al escrutinio ajeno. Ella, rubia, con el pelo cardado y el flequillo abombado hasta las cejas, le sonreía animosa. Él sostenía un cigarro entre los dientes y se cubría la cabeza con una desgastada gorra de corte leninista, que seguía siendo el distintivo por excelencia de la clase obrera en la Alemania del Este. Ninguno superaba la treintena; como él. Tambaleándose, se aproximó con su mejor sonrisa y la peor de sus intenciones, elevando la voz para entonar con la pasión que requería el tramo final de la letra.

—Und die Sonne schön wie nie über Deutschland scheint, über Deutschland scheint! ¡Salud, camaradas!

—¡Salud! —contestaron ellos al unísono.

—¿Puedo? —preguntó agarrando el respaldo de una de las dos sillas libres. Ninguno dudó.

—Por supuesto —dijo él cortésmente.

Viktor Lavrov levantó el brazo y le hizo una seña a Rudi. Los aturquesados ojos de la joven repararon en el grosero bulto que conformaba la Makarov de 9 mm —el arma oficial de la Stasi— bajo el ajustado jersey de su invitado. Antes de que la pareja terminara de contarle que él, Thomas, trabajaba en un taller de vehículos y ella, Annike, era dependienta de una floristería situada en el distrito obrero de Friedrichshain, ya había servido dos jarras de cerveza y entregado la custodia de su botella de vodka a su legítimo propietario.

—Mi Trabi me está dando problemas últimamente —expuso Viktor haciendo que su lengua patinara de un modo estrepitoso sobre el pavimento alcoholizado de su paladar.

—¿Qué tipo de problemas?

—De esos que te pueden arruinar el día. Arranca cuando le viene en gana y hoy no ha sido uno de esos días que le ha apetecido.

—¿De qué modelo se trata?

—Un 601, modelo Kübel del año... No sé qué maldito año es —reconoció tras vaciar el vaso.

—No me digas más. El sistema de calentamiento auxiliar da fallos en cuanto empieza a hacer frío. Si quieres traerlo al taller, lo reviso encantado y puede que mi jefe me permita hacerte una rebaja en el precio.

—Si mañana resucita, puede que lo haga —dijo recogiendo la tarjeta arrugada con visibles manchas de aceite que Thomas le ofreció.

Tras varios minutos de intercambio de información pueril, a Viktor le pudo su deformación profesional.

—¿Os dejáis caer mucho por aquí? —quiso saber el de la Stasi.

—Yo, en realidad, sí —intervino Annike—. Suelo venir con mi amiga Ebba, pero hoy tenía otros planes.

—¿Ebba Wiegmann, de la Comisión de Comercio y Abastecimi

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