Intruso en el polvo

William Faulkner

Fragmento

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Uno

 

Era justo mediodía aquel domingo cuando el sheriff llegó a la cárcel con Lucas Beauchamp, aunque toda la ciudad (y todo el condado también) sabía desde la noche anterior que Lucas había matado a un blanco.

Él estaba esperando. Era el primero, parado sin más mientras intentaba parecer ocupado o al menos inocente, bajo el cobertizo delante de la fragua cerrada enfrente de la cárcel donde sería menos probable que lo viese su tío si cruzaba la plaza o más bien cuando la cruzara hacia la oficina postal para recoger el correo de las once.

Porque también él conocía a Lucas Beauchamp; es decir, lo conocía igual que cualquier blanco. O tal vez mejor que ninguno, salvo quizá Carothers Edmonds, en cuya hacienda vivía Lucas a veintisiete kilómetros de la ciudad, porque él había comido una vez en casa de Lucas. Fue a principios de invierno, hacía cuatro años; entonces él sólo tenía doce y había ocurrido así: Edmonds era amigo de su tío; habían coincidido en la escuela de la Universidad del Estado, donde había ido su tío cuando regresó de Harvard y de Heidelberg para aprender derecho suficiente para que le eligieran fiscal y Edmonds había ido a la ciudad el día anterior a ver a su tío por asuntos del condado y se había quedado a pasar la noche con ellos y en la cena, Edmonds le había dicho a él:

—Acompáñame mañana a casa y sales a cazar conejos —y luego a su madre—: Volverá mañana por la tarde. Le acompañará un chico cuando salga con la escopeta —y luego a él otra vez—: Tiene un buen perro.

—Él tiene un chico —dijo su tío. Y Edmonds dijo:

—¿Acosa también a los conejos su chico? —y su tío dijo:

—Prometemos que no estorbará al tuyo.

Así que al día siguiente, Aleck Sander y él se fueron con Edmonds. Hacía frío aquella mañana, la primera ola de frío invernal; los setos vivos estaban rígidos cubiertos de escarcha y el agua estancada de las cunetas de la carretera tenía una fina capa de hielo e incluso las orillas del agua corriente del arroyo Nine Mile brillaban frágiles y centelleantes como cristal mágico y de la primera granja que pasaron y luego de las siguientes llegaba el fuerte olor encalmado a humo de leña y vieron en los patios traseros los calderos de hierro negros humeantes ya mientras las mujeres todavía con los gorros de verano o con viejos sombreros de fieltro y largos abrigos masculinos echaban leña al fuego debajo y los hombres con delantales de saco atados con alambre sobre los monos afilaban los cuchillos o trajinaban en las pocilgas donde los cerdos gruñían y chillaban sin sobresalto ni alarma, sólo atentos, como si ya intuyeran aunque apenas de forma confusa su destino inminente y suculento; al caer la noche, sus espectrales cuerpos color sebo adornarían toda la hacienda abiertos en canal sujetos por las patas en actitudes de carrera frenética hacia el centro de la tierra.

Y él no sabía cómo ocurrió. El chico, uno de los hijos del colono de Edmonds, mayor y más alto que Aleck Sander, que era a su vez más alto que él aunque tenían la misma edad, esperaba en la casa con el perro —un conejero auténtico, con algo de sabueso, bastante, tal vez sabueso sobre todo, quizá con una pizca de perdiguero por algún lado, mapachero, un perro de negro al que bastaba echar una ojeada para ver que tenía una afinidad una compenetración con los conejos como la que decía la gente que tenían los negros con las mulas— y Aleck Sander ya llevaba su palo de tuerca —uno de los pesados pernos con que atornillan las vías férreas, ajustado a un trozo de palo de escoba corto que sabía lanzar dando vueltas a un conejo a la carrera casi con la misma precisión con que sabía disparar la escopeta— y Aleck Sander y el chico de Edmonds con palos iguales y él con la escopeta bajaron por el parque y cruzaron un prado hasta el arroyo donde el chico de Edmonds sabía que estaba el tronco para cruzar y él no sabía cómo ocurrió, algo que sólo podría esperarse de una chica e incluso disculparse, ya iba por la mitad del tronco y sin pensarlo siquiera (había recorrido muchas veces la parte superior de la cerca una distancia doble) cuando de repente la soleada tierra invernal familiar conocida estaba al revés y él se precipitaba de bruces sin soltar la escopeta sin alejarse de la tierra sino del sol resplandeciente y todavía recordaba el nítido tintineo del hielo al quebrarse y que ni siquiera sintió el impacto del agua sino sólo el del aire al emerger. Había soltado la escopeta y tuvo que zambullirse, sumergirse de nuevo para buscarla, volver del aire gélido al agua, que tampoco le produjo ninguna sensación, ni frío ni nada, y donde ni siquiera las prendas empapadas —las botas y los gruesos pantalones y el jersey y la chaqueta de caza— resultaban pesadas, sólo embarazosas, y encontró la escopeta e intentó hacer pie de nuevo y luego nadó con una sola mano hacia la orilla y manteniéndose a flote y agarrándose a una rama de sauce alzó la escopeta hasta que alguien la alcanzó; el chico de Edmonds sin duda porque en aquel momento Aleck Sander le dio con el extremo de un palo largo, casi un tronco, cuyo primer empujón lo hundió de nuevo y casi le hizo soltar la rama de sauce hasta que una voz dijo:

—No le estorbes con el palo que no podrá salir —sólo una voz, no porque no pudiese ser nadie más que Aleck Sander o el chico de Edmonds sino porque no importaba de quién fuese: al salir entonces con ambas manos entre los sauces, con la fina capa de hielo crujiendo y tintineándole en el pecho, la ropa como plomo frío blando en la que no se movía sino que más bien parecía engastado en ella como en un poncho o un impermeable: orilla arriba hasta que vio dos pies con botas de goma que no eran del chico de Edmonds ni de Aleck Sander y luego las piernas, el mono que salía de ellas, y siguió trepando y se levantó y vio a un negro que lo estaba mirando: llevaba un hacha al hombro, zamarra y sombrero de ala ancha de fieltro desvaído como el que solía usar su abuelo y esa fue la primera vez que vio a Lucas Beauchamp que él recordara, es decir, la primera vez, porque uno no olvidaba a Lucas Beauchamp; jadeante, tiritando y notando al fin el efecto del agua fría, alzó la vista hacia el rostro que lo miraba sin piedad conmiseración ni nada, ni siquiera sorpresa: sólo mirándolo, y cuyo propietario no había movido un dedo para ayudarle a salir del arroyo, en realidad había ordenado a Aleck Sander que dejara de intentarlo con el palo que había sido la única tentativa de ayuda que alguien había hecho —un rostro que a su juicio podría tener menos de cincuenta años e incluso de cuarenta, salvo por el sombrero y por los ojos y con piel de negro—, pero eso era todo incluso para un muchacho de doce años que temblaba de frío y que seguía jadeando por la impresión y el esfuerzo, porque lo que afloraba en su expresión no tenía ningún pigmento, ni siquiera la falta de pigmento de los blancos, no era arrogante ni siquiera burlón: sólo huraño y tranquilo. El chico de Edmonds le dijo entonces algo al h

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