Calor desnudo (Serie Castle 2)

Richard Castle

Fragmento

03_CALOR_DESNUDO_CAP01

Capítulo
1

 

 

 

 

Nikki Heat se puso a pensar por qué parecía que los semáforos en rojo tardaban mucho más en cambiar cuando no había tráfico. Estaba parada delante de la calle Amsterdam con la 83 y estaba tardando una eternidad. Era el primer caso de la mañana para la detective. Podía haber encendido la sirena para girar directamente a la izquierda, pero el crimen hacía tiempo que se había cometido, el forense ya estaba allí y el cadáver no iba a ir a ningún lado. Aprovechó la pausa para levantar la tapa del café y comprobar si aún estaba a una temperatura bebible. El plástico barato de color blanco crujió y acabó sosteniendo la mitad de la tapa mientras la otra mitad se quedaba sobre el vaso. Heat maldijo en voz alta y tiró la parte inservible sobre la alfombrilla del copiloto. Justo cuando estaba a punto de beber un sorbo, desesperada por un chute de cafeína que disipara su bruma matinal, oyó un claxon detrás de ella. El semáforo se había puesto finalmente en verde. Cómo no.

Mientras sujetaba con mano experta el vaso para que la inercia del giro no hiciera que el café rebosara por el borde y se le cayera encima de los dedos, Nikki dobló a la izquierda en la 83. Acababa de enderezar el volante al pasar por delante del Café Lalo, cuando un perro apareció de repente delante de ella. Heat frenó de golpe y el café se le derramó sobre las piernas empapándole la falda, pero a ella le preocupó más el perro.

Afortunadamente no lo había atropellado. De hecho, ni siquiera se había inmutado. El perro, un pequeño pastor alemán o un cruce de husky, permaneció descaradamente en medio de la calle delante de sus narices sin moverse, girando la cabeza para mirarla. Nikki le sonrió y lo saludó con la mano. Pero, aun así, siguió allí plantado. Aquella mirada la estaba poniendo nerviosa. Era a la vez desafiante e impertinente. Los ojos siniestros, hundidos bajo unas oscuras cejas y un ceño fruncido, la estaban atravesando. Mientras lo observaba, vio algo más en el perro que no encajaba, como si en realidad no fuera un perro. Era demasiado pequeño para ser un pastor o un husky y el áspero pelaje estaba oscurecido por manchas grises. Además, tenía el hocico demasiado fino y afilado. Se parecía más a un zorro. No.

Era un coyote.

El mismo conductor impaciente que iba detrás de ella volvió a pitar y el animal se fue. Pero no corriendo asustado, sino trotando, mostrando su elegancia salvaje, su velocidad implícita y algo más: su arrogancia. Ella lo observó mientras se acercaba a la otra acera. Allí se detuvo, giró la cabeza para mirarla descaradamente a los ojos y luego salió corriendo hacia la calle Amsterdam.

Nikki pensó que aquello sí que era una forma inquietante de empezar la mañana: en primer lugar por el susto al haber estado a punto de atropellar a un animal y luego por aquella espeluznante mirada. Continuó su camino y cogió unas servilletas de la guantera para secarse, deseando haber elegido una falda negra aquella mañana y no una caqui.

 

* * *

 

Nikki nunca había conseguido acostumbrarse a los cadáveres. Al volante de su coche, llegó a la calle 86 con Broadway, aparcó detrás de la furgoneta del Instituto de Medicina Forense y, mientras observaba la película muda del juez de instrucción haciendo su trabajo, una vez más pensó que tal vez aquello era algo bueno.

El forense estaba en cuclillas en la acera delante de un escaparate compartido por una tienda de lencería y una modernísima panadería de magdalenas para gourmets. Un dúo de mensajes contrapuestos, si acaso había alguno. No pudo ver a la víctima a la que estaba examinando. Debido a una huelga del servicio de recogida de basuras que afectaba a toda la ciudad, había una montaña de residuos que le llegaba por la cintura y que empezaba en el bordillo e invadía buena parte de la acera, ocultando el cadáver de la vista de Heat. El tufillo de dos días de basura putrefacta se percibía incluso con aquel frío mañanero. Al menos la montaña formaba una práctica barrera que mantenía alejados a los mirones. En el edificio de arriba había ya una docena de madrugadores y abajo, tras la cinta amarilla, en la esquina cercana a la boca de metro, había otros tantos.

Miró la hora en el reloj digital que mostraba alternativamente la hora y la temperatura que había en la acera calle arriba. Aún eran las 6.18. Cada vez más a menudo empezaban así sus turnos. La crisis económica había afectado a todo el mundo y, por lo que ella había observado, ya fuera por el recorte municipal de gastos en servicios policiales o simplemente porque la situación económica alimentaba el crimen —o ambos—, la detective Heat últimamente tenía que lidiar con más cadáveres. No necesitaba que Diane Sawyer le revelara las estadísticas delictivas para saber que, si bien el cómputo de cadáveres no había aumentado, al menos las estadísticas estaban acelerando el ritmo.

Pero no importaba cuáles eran las estadísticas, para ella las víctimas tenían una importancia individual. Nikki Heat se había prometido no convertirse nunca en una mayorista de homicidios. Ni iba con ella ni con su experiencia vital.

La pérdida que ella misma había sufrido hacía casi diez años le había destrozado las entrañas, aunque a través de la fina piel que cubría la cicatriz que le había dejado el asesinato de su madre aún manaban brotes de empatía. Su jefe en la comisaría, el capitán Montrose, le había dicho una vez que eso era lo que la convertía en su mejor detective. Bien pensado, preferiría haber llegado a donde estaba sin haber sufrido tanto, pero había sido otra persona la que había repartido las cartas y allí estaba ella, a aquellas horas de la que podía haber sido una hermosa mañana de octubre, para que le metieran de nuevo el dedo en la llaga.

Nikki siguió su ritual particular: una breve reflexión acerca de la víctima, el establecimiento de su conexión con el caso por su propio victimismo y, sobre todo, en honor a su madre. Solo le llevaba cinco segundos, pero le hacía sentirse preparada.

Salió del coche y se puso manos a la obra.

La agente Heat se coló por debajo de la cinta amarilla aprovechando un hueco en el montón de basura y se detuvo un segundo sobresaltada por encontrarse a sí misma mirándola desde la portada de un ejemplar que habían tirado de la revista First Press que asomaba por una bolsa de basura, entre una caja de huevos y una almohada llena de manchas. Dios, odiaba aquella foto: un pie sobre la silla de la oficina diáfana de la comisaría, los brazos cruzados y la Sig Sauer enfundada en la cadera al lado de la placa. Y aquel horroroso titular:

LA OLA DE DELITOS
SE TOPA CON
LA

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