Calor helado (Serie Castle 4)

Richard Castle

Fragmento

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Capítulo

1

 

 

 

Sí, eso es, Rook —dijo Nikki Heat—. Así me gusta. Justo así. —El sudor le bajaba a Jameson Rook por el cuello hasta el pecho jadeante. Gimió y se mordió la lengua—. No te pares, sigue. —Se inclinó sobre él situando la cara a solo unos milímetros de la suya para susurrarle—: Sí, justo así. Muy bien, con ese ritmo. Eso es. ¿Qué tal?

Rook la miró intensamente antes de entrecerrar los ojos y proferir un lamento. Después relajó los músculos y dejó caer la cabeza adelante y atrás. Nikki frunció el ceño y se enderezó.

—No puedes hacerme eso. No me puedo creer que pares.

Rook dejó las mancuernas en un tapete de goma negra junto al banco de ejercicios y dijo:

—No es que pare. —Se llenó el pecho de aire y tosió—. Es que he terminado.

—De eso nada.

—Diez repeticiones. Es lo que he hecho.

—Yo no he contado diez.

—Porque te despistas. Además, necesito esta rehabilitación. ¿Por qué iba a saltarme repeticiones?

—Pues ha habido un momento en que me he dado la vuelta y creías que no miraba.

Rook resopló y preguntó:

—¿Y estabas pendiente?

—Sí, y solo has hecho ocho.

Un socio del exclusivo gimnasio de Rook pasó por detrás de Nikki para coger unas pesas y ella intentó calcular cuántas tonterías habría escuchado de la absurda conversación que estaban manteniendo. A juzgar por la música enlatada que se escapaba de sus auriculares, lo único que aquel hombre oía mientras se miraba al espejo era a los Black Eyed Peas diciéndole que aquella iba a ser una gran noche. Nikki habría sido incapaz de decir con qué disfrutaba más aquel hombre, si con su mata de pelo recién transplantado o con la visión de sus pectorales resaltados por una camiseta de marca sin mangas.

Rook se colocó a su lado.

—Bonitas tetículas, ¿eh?

—Chis. Te va a oír.

—Lo dudo. Además, ¿de quién te crees que he aprendido la palabreja?

Míster Pezones miró a Nikki en el espejo y le guiñó un ojo. Aparentemente sorprendido porque esta no cayera automáticamente rendida a sus pies, cogió sus pesas y se dirigió a las cabinas de rayos UVA. Momentos como aquel eran la razón de que Nikki Heat prefiriera su gimnasio, un local del año de la polca en el centro de la ciudad con paredes de ladrillo pintadas, ruidosas tuberías y clientes que iban allí a trabajar y no a lucirse. Cuando el fisioterapeuta de Rook —a quien este llamaba Joe Guantánamo— anuló la sesión de la mañana porque estaba enfermo y Nikki se ofreció a ayudarle en sus ejercicios diarios de rehabilitación, había pensado que irían a su gimnasio. El problema era que también ahí había peros. Bueno, un pero: Don, su antiguo entrenador de combate cuerpo a cuerpo, un exmarine con quien Nikki tenía un pasado de forcejeos no solo en el cuadrilátero, sino también en la cama. Los días de Don como entrenador con derecho a roce habían quedado atrás, pero Rook no sabía de su existencia y Heat no veía la razón de propiciar un encuentro entre los dos.

—Bueeeno, pues no sé tú —dijo Rook secándose la cara con una toalla—, pero yo me apunto a una ducha y a un buen desayuno.

—Me parece perfecto. —Nikki le tendió las mancuernas—. En cuanto hagas otra serie.

—¿Me queda otra todavía? —Se hizo el sueco todo lo que pudo y luego cogió las pesas—. Desde luego, Joe Guantánamo será un cruce fatídico entre el marqués de Sade y Darth Vader, pero por lo menos me da un respiro de vez en cuando. Y ni siquiera tuve que salvarle la vida interceptando una bala dirigida a él.

—Uno —dijo Nikki por todo comentario.

Rook vaciló un momento y a continuación hizo su primera repetición.

—Uno.

En ese tiempo ya bromeaban sobre el tema, pero aquella noche, dos meses atrás, en la estación de gestión de residuos del muelle del río Hudson, Nikki pensó que le había perdido. El médico de urgencias le aseguró después que poco había faltado. Solo una fracción de segundo después de que hubiera neutralizado y desarmado a un policía corrupto en el almacén de gestión de residuos, su malvado socio la había disparado por sorpresa. Heat no le había visto venir, pero Rook —ay, Rook—, que se suponía que ni siquiera tenía que estar allí, había saltado y la había obligado a apartarse, recibiendo el balazo destinado a ella. Durante su carrera en el cuerpo de policía de Nueva York, primero como agente uniformada y luego como detective de homicidios, Nikki Heat había visto muchos cadáveres y a muchos hombres morir delante de ella. Aquella noche de invierno, mientras el color abandonaba el rostro de Rook y notaba su cálida sangre brotar del pecho empapándole los brazos, le pasaron por la cabeza todas las pérdidas y finales sin solución que había vivido. Jameson Rook la había salvado de la muerte, y que encima hubiera sobrevivido era poco menos que un milagro.

—Dos —dijo—. Rook, das pena.

Ya fuera, en la calle, Rook tomó aire con lentitud exagerada. Me encanta el olor de Tribeca por la mañana —dijo—. Huele... a diésel.

El sol estaba lo bastante alto en el cielo para que Nikki se quitara la sudadera y disfrutara del aire de abril acariciándole los brazos desnudos. Cuando sorprendió a Rook mirándola, dijo:

—Cuidado. Solo te faltan los implantes de pelo para convertirte en míster Pezones.

Echó a andar y pronto él caminaba a su lado.

—No puedo evitarlo. Ya sabes, cualquier momento puede convertirse en algo romántico. Lo decían en un anuncio de televisión.

—Si quieres que vaya más despacio, me avisas.

—No, voy bien.

Heat le miró de reojo. Sí parecía seguirle el ritmo sin problemas.

—¿Te acuerdas de cuando empecé a andar por el pasillo del hospital? Parecía el pato Lucas en un pase de modelos. Y ahora mírame, he recuperado mis andares de superhéroe.

Hizo una demostración corriendo hasta la esquina.

—Muy bonito. Si alguna vez ne

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