La secta de Paragon Walk (Inspector Thomas Pitt 3)

Anne Perry

Fragmento

cap

1

El inspector Pitt miró a la muchacha y le embargó una abrumadora sensación de pérdida. No la había conocido en vida, pero imaginó y valoró todas las cosas que había perdido.

Con apenas diecisiete años, era delicada y poseía una hermosa melena castaña. Tendida sobre la mesa blanca del depósito de cadáveres, parecía tan frágil que Pitt supuso que podía quebrarse sólo con tocarla. En sus brazos se apreciaban las magulladuras sufridas durante el forcejeo.

Iba vestida con un elegante traje de seda azul, y una cadena de oro y perlas adornaba su cuello. Cosas que él jamás podría permitirse. Cosas bonitas pero banales ante la muerte, que sin embargo desearía poder ofrecer a Charlotte.

El recuerdo de Charlotte, segura y cómoda en casa, le provocó un nudo en el estómago. ¿Amaba algún hombre a esa muchacha como él amaba a Charlotte? ¿Alguien en ese momento sentía que había perdido todo aquello que representaba la inocencia, la luz, la dulzura? ¿Sentía alguien que con la aniquilación de aquel frágil cuerpo le habían arrebatado la risa?

Se obligó a mirarla de nuevo pero sus ojos evitaron la herida en el pecho, el torrente de sangre ahora coagulada y espesa. La cara, pálida, carecía de expresión, ya no había en ella sorpresa ni horror. Estaba algo demacrada.

La muchacha había vivido en Paragon Walk, un barrio rico y elegante e indudablemente ocioso. Pitt no tenía nada en común con ella. Él había trabajado desde el día que abandonó la finca donde estaba empleado su padre, sin más equipaje que una caja de cartón con un peine y una camisa limpia, y una educación compartida con el hijo de la casa. Había conocido la pobreza y la desesperación que hervían justamente detrás de las calles y plazas elegantes de Londres, cosas que aquella muchacha jamás habría imaginado.

Con una mueca de disgusto, recordó el semblante horrorizado de Charlotte la primera vez que se las describió, cuando él no era más que el policía que investigaba los asesinatos de Cater Street, y ella una de las hijas de la casa Ellison. A los padres de Charlotte les había aterrado el mero hecho de recibirlo en la casa, y ya no digamos dirigirse a él socialmente. Charlotte había demostrado un gran valor casándose con él, y al recordarlo el cariño embargó de nuevo a Pitt y sus dedos se aferraron al canto de la mesa.

Contempló una vez más la cara de la joven, furioso por la pérdida, por las experiencias que ya nunca tendría, por las oportunidades desvanecidas.

Desvió la mirada.

—Ayer noche, una vez hubo oscurecido —explicó sombríamente el agente que estaba a su lado—. Un caso horripilante. ¿Conoce Paragon Walk, señor? Un barrio de clase muy alta, se lo aseguro. Toda esa zona lo es.

—Sí —respondió Pitt.

Por supuesto que lo conocía. Era parte de su distrito. No añadió que conocía especialmente Paragon Walk porque allí residía la hermana de Charlotte. Ésta se había casado con un hombre de clase inferior a la suya, mientras que Emily lo había hecho con uno de clase superior y era ahora lady Ashworth.

—No es el tipo de crimen que cabría esperar en un barrio como ése —prosiguió el agente, y expresó su desaprobación con un leve chasquido de la lengua—. No sé adónde iremos a parar. Primero el general Gordon, muerto a manos de aquel bruto en enero, y ahora tenemos violadores en un lugar como Paragon Walk. Es espeluznante. Pobre muchacha. Parece inocente como un corderito, ¿no cree? —La miró con tristeza.

Pitt se volvió hacia el agente.

—¿Ha dicho violada?

—Sí, señor. ¿No se lo dijeron en comisaría?

—No, Forbes, no lo hicieron —repuso Pitt con una brusquedad involuntaria, como si intentara ocultar la nueva desgracia—. Sólo me hablaron de asesinato.

—Oh, también la han asesinado —observó razonablemente Forbes—. Pobre criatura. —Sorbió—. Supongo, inspector, que querrá visitar Paragon Walk y hablar con toda esa gente.

—Sí —dijo Pitt, disponiéndose a partir.

Ahí ya no podía hacer nada. El arma del crimen era obvia: un cuchillo de hoja larga y afilada, de dos centímetros y medio de ancho como mínimo. Sólo había una herida.

—Bien. —Forbes siguió a Pitt escaleras arriba con pasos pesados y sonoros.

Una vez fuera, Pitt respiró el aire estival. Los árboles habían echado todas sus hojas y a las ocho de la mañana ya hacía calor. Un coche de caballos descapotado chacoloteó al final de la calle y un joven recadero se dirigía silbando hacia su destino.

—Iremos a pie —dijo Pitt, emprendiendo la marcha a grandes zancadas, con el sombrero encasquetado y la capa ondeando al viento.

Forbes se vio obligado a apretar el paso para no rezagarse, y mucho antes de que llegaran a Paragon Walk ya resollaba y se lamentaba de que le hubiese tocado trabajar justamente bajo las órdenes de Pitt.

Paragon Walk, un paseo sumamente elegante construido en tiempos de la Regencia, se erigía frente a un parque de macizos florales y árboles decorativos, formando una suave curva de unos mil metros. Envuelta por el sol, era una mañana blanquecina y silenciosa, y no se veía a nadie en la calle, ni siquiera un mayordomo o un ayudante de jardinero. Claro, la voz sobre la tragedia había corrido. En las cocinas y despensas se formarían corrillos y en los pisos de arriba se harían observaciones incómodas en las mesas del desayuno.

—Fanny Nash —dijo Forbes cuando su superior se detuvo y pudo recuperar el aliento.

—¿Cómo?

—Fanny Nash, señor —repitió Forbes—. Así se llamaba la muchacha.

—Ah, comprendo.

Por un instante, la sensación de pérdida le invadió de nuevo. Ayer, a esa misma hora, la muchacha estaba viva detrás de una de aquellas ventanas, probablemente decidiendo qué vestido ponerse, indicando a su doncella qué complementos extender para ella, planificando el día, a quién visitar, qué chismorreos contar, qué secretos guardar. Era el comienzo de la temporada social londinense. ¿Qué sueños, tan sólo hacía unas horas, habían colmado sus expectativas?

—Número cuatro —dijo Forbes a su espalda.

Pitt maldijo en silencio el espíritu práctico de Forbes, aunque sabía que estaba siendo injusto. Se hallaban en un mundo desconocido para el agente, más extraño que los barrios bajos de París o Burdeos. Forbes estaba acostumbrado a mujeres sencillas que trabajaban de la mañana a la noche, a familias numerosas que vivían hacinadas en habitaciones minúsculas impregnadas de olor a comida, a la práctica íntima de pecados y placeres. No podía ver a esas personas como sus iguales, bajo aquellas prendas costosas y aquellos modales rígidos y afectados. Ajenas a la disciplina del trabajo, habían inventado la disciplina de la etiqueta hasta convertirla en un patrón igualmente implacable. Pero Forbes no podía entenderlo.

Pitt sabía que, como policía, se esperaba de él que entrara por la puerta de servicio, pero no iba a comenzar ahora un hábito que había rechazado toda su vida.

El mayordomo que le abrió la puerta se mostró severo y estirado. Contempló a Pitt con antipatía distante, si bien la arrogancia de su mirada quedaba ligeramente mermada por el hecho de que Pitt era varios centím

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