Las cuatro después de medianoche

Stephen King

Fragmento

UNO

El suplente

1

Más tarde Sam Peebles llegó a la conclusión de que la culpa había sido del maldito acróbata. Si el acróbata no se hubiera emborrachado en el momento menos apropiado, Sam nunca se habría encontrado metido en ese lío.

No es bastante malo —se dijo con una amargura tal vez justificada— que la vida sea una estrecha viga suspendida sobre un abismo sin fondo, una viga sobre la que hay que caminar con los ojos vendados. Es malo, pero no lo bastante. A veces, además nos empujan.

Pero eso fue después. Primero, antes incluso que el asunto del Policía de la Biblioteca, sucedió lo del acróbata borracho.

2

En Junction City, el último viernes de cada mes se celebraba la Noche del Orador, en el Rotary Club local. El último viernes de marzo de 1990, los rotarios habían sido convocados a escuchar a El Increíble Joe, un acróbata que trabajaba en el Circo y Carnaval Itinerante de Curry & Trembo, y a ser entretenidos por él.

El jueves por la tarde, a las cuatro y cinco, sonó el teléfono del escritorio de Sam Peebles en la Compañía de seguros y bienes raíces de Junction City. Lo cogió Sam. Siempre era Sam quien lo cogía —Sam en persona o Sam en el contestador—, porque era el dueño y único empleado de la Compañía de seguros y bienes raíces de Junction City. No era un hombre rico, pero sí razonablemente feliz. Le gustaba decir a la gente que su primer Mercedes estaba todavía muy lejos, en el futuro, pero tenía un Ford casi nuevo y era el dueño de la casa donde vivía, en la avenida Kelton. «Además, el negocio me permite proveerme de cerveza y croquets», le gustaba añadir, aunque en realidad no había bebido demasiada cerveza desde la época del instituto y no sabía exactamente qué eran los croquets. Suponía que tal vez fuesen galletitas saladas.

—Compañía de seguros y bienes raíces de Junction City…

—Sam, soy Craig. El acróbata se ha roto el cuello. —¿Qué?
—Ya me has oído —respondió Craig Jones en tono de profundo agravio—. ¡El acróbata se rompió el maldito cuello!

—¡Oh, diablos! —exclamó Sam. Hizo una pausa y preguntó cautelosamente—: ¿Ha muerto, Craig?

—No, pero en lo que a nosotros respecta es como si hubiera muerto. Está ingresado en el hospital de Cedar Rapids con el cuello embutido dentro de unos diez kilos de escayola. Acaba de llamarme Billy Bright. Dice que esta tarde el individuo apareció borracho como una cuba en la función matinal, trató de dar una voltereta hacia atrás y aterrizó fuera de la pista central, sobre la nuca. Dice Billy que el ruido se oyó hasta en las graderías, donde estaba sentado él, y que sonó como cuando te metes en un charco que acaba de congelarse.

—¡Uf! —exclamó Sam, dando un respingo.
—No me sorprende. Al fin y al cabo, eso de El Increíble Joe ¿qué clase de nombre es para un artista de circo? Quiero decir que si se llamara El Increíble Randix, vale. O El Increíble Tortellini, ese tampoco estaría mal. Pero ¿El Increíble Joe? A mí me parece la consecuencia lógica de un caso de lesión cerebral.

—¡Jesús! ¡Qué desastre!
—Una verdadera cagada, eso es lo que es. Nos deja sin orador para mañana por la noche, compañero.

Sam empezó a desear haber dejado la oficina a las cuatro en punto. Entonces, Craig se habría encontrado con Sam contestador automático, y eso habría concedido a Sam ser humano un poco más de tiempo para pensar. Sentía que pronto necesitaría tiempo para pensar. Sentía también que Craig Jones no iba a concedérselo.

—Sí, supongo que es verdad —dijo, esperando sonar filosófico, aunque indefenso—. ¡Qué barbaridad!

—Desde luego —respondió Craig, y entonces lanzó la bomba—. Pero sé que te sentirás honrado de reemplazarlo.

—¿Yo? Craig, ¡debes de estar bromeando! Ni siquiera puedo dar una voltereta normal, así que mucho menos una para atrás.

—Pensé que podías hablar de la importancia de los pequeños negocios independientes en la vida de una ciudad pequeña —insistió Craig despiadadamente—. Si no te va bien, siempre queda el recurso del béisbol. Y en último extremo, podrías bajarte los pantalones y menear la colita delante del público. Sam, no soy solo el presidente del Comité de Oradores, aunque eso ya sería bastante grave. El problema es que desde que Kenny se mudó y Carl dejó de venir, soy el Comité de Oradores. Tienes que ayudarme. Necesito un orador para mañana por la noche. En todo el maldito club hay unos cinco tipos en los que siento que puedo confiar y tú eres uno de ellos.

—Pero…

—También eres el único que todavía no ha ayudado en una situación como esta, así que eres el elegido, compañero.

—Frank Stephens…
—… reemplazó el año pasado al tipo del sindicato de transportistas, cuando el gran jurado lo condenó por fraude y no pudo venir. Sam, es tu turno. No puedes dejarme plantado, hombre. Me lo debes.

—¡Yo llevo un negocio de seguros! —exclamó Sam—. ¡Y cuando no estoy haciendo seguros, vendo granjas! ¡Sobre todo a los bancos! ¡Eso es aburrido para la mayor parte de la gente! ¡Los que no lo encuentran aburrido, lo encuentran repelente!

—Nada de eso tiene la menor importancia —replicó Craig, que ahora entraba a matar, pisando las débiles objeciones de Sam con pesadas botas claveteadas—. Después de cenar estarán borrachos y tú lo sabes perfectamente. El sábado por la mañana no recordarán ni una palabra de lo que dijiste, pero mientras tanto necesito a alguien que se ponga en pie y hable durante media hora, y tú has resultado elegido.

Sam continuó presentando objeciones un rato más, pero Craig seguía apoyándose en imperativos, subrayándolos sin piedad: necesito, tengo que, debes…

—¡Está bien! —cedió Sam finalmente—. ¡Está bien, está bien, ya basta!

—¡Eres mi hombre! —exclamó Craig. De pronto, el sol y el arco iris habían inundado su voz—. Recuerda, no debe durar más de treinta minutos, y quizá otros diez para responder preguntas, si es que alguien hace alguna. Y, si quieres, puedes mover la colita. Dudo que alguien pueda verla, pero…

—Craig, ya basta —dijo Sam.
—¡Ah, lo siento, pif paf puf! —se disculpó Craig, tal vez mareado de alivio.

—Oye, ¿por qué no interrumpimos esta conversación? —propuso Sam, estirando el brazo en busca de la bolsa de caramelos Tums que guardaba en el cajón del escritorio. De pronto tuvo la sensación de que necesitaría bastantes caramelos durante las veintiocho horas siguientes o así—. Parece ser que tengo que escribir un discurso.

—Exacto —dijo Craig—. Recuerda: cena a las seis, discurso a las siete y media. Y, como solían decir en Intriga en Hawai, no faltes. ¡Aloha!

—Aloha, Craig —contestó Sam, y cortó.

Miró el teléfono. Sintió que un gas caliente ascendía por su pecho hasta la garganta. Abrió la boca y dejó escapar un eructo agrio, producto de un estómago que hasta hacía cinco minutos había estado razonablemente sereno.

Después, engulló el primero de los muchos caramelos que se comería.

3

En lugar de ir esa noche a la bolera, como había proyectado, Sam Peebles se encerró en el estudio de su casa con un bloc de hojas amarillas, tres lápices afilados, un paquete de Kent y seis cervezas Jolt. Desconectó el teléfono, encendió un cigarrillo y miró el bloc. Al cabo de cinco minutos de contemplación, escribió en la línea superior de la primera hoja: el comercio en las ciudades pequeñas: el nervio de norteamérica.

Lo leyó en voz alta y le gustó cómo sonaba. Bueno, quizá no se t

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