Blaze

Stephen King

Fragmento

Plena Revelación

Plena Revelación

QUERIDO LECTOR CONSTANTE:

Esta es una novela de baúl, ¿de acuerdo? Quiero que sepas esto mientras aún tienes en tu poder el ticket de compra y antes de que la ensucies con un poco de salsa o helado, lo que complicaría o haría imposible su devolución.[1] Es una novela de baúl revisada y actualizada, pero eso no cambia su concepción básica. El nombre de Bachman aparece en ella porque es la última novela del período 1966-1973, los años de mayor productividad de este caballero.

Durante aquellos años fui en realidad dos hombres. Stephen King fue quien escribió (y vendió) varias historias de terror para vulgares revistas eróticas como Cavalier o Adam,[2] pero Bachman fue quien escribió una serie de novelas que no se vendían en absoluto. Entre ellas se incluían Rabia,[3] La larga marcha, Carretera maldita y El fugitivo.[4] Las cuatro fueron, al final, publicadas directamente en formato de bolsillo.

Blaze es la última de esas novelas primerizas; el quinto fragmento, si lo quieres así. Quizá, si insistes, solo se trate de otra novela de baúl de un escritor conocido. Fue escrita entre finales de 1972 y comienzos de 1973. Pensaba que era genial mientras la escribía y una mierda cuando la releí. Lo que recuerdo es que no llegué a enviarla a ninguna editorial, ni siquiera a Doubleday, donde había encontrado a un buen amigo llamado William G. Thompson. Bill fue quien más tarde descubrió a John Grisham, y fue Bill quien adquirió los derechos del libro que siguió a Blaze, un cuento retorcido pero bastante entretenido sobre un baile de graduación en el centro de Maine.[5]

Olvidé Blaze durante años. Luego, después de que las otras obras de Bachman se publicaran, lo rescaté y examiné detenidamente. Cuando llevaba leídas las primeras veinte páginas, concluí que mi primera impresión había sido la correcta, y volví a colocarle el chador. Me parecía que la redacción estaba bien, pero la historia me recordaba lo que Oscar Wilde dijo una vez. Él apuntaba que era imposible leer Almacén de antigüedades de Dickens sin llorar de risa.[6] Por lo tanto, Blaze quedó olvidado pero nunca se llegó a extraviar. Solo permaneció relegado en un rincón de la Biblioteca Fogler de la Universidad de Maine con el resto del material de Stephen King/Richard Bachman.

Blaze terminó pasando los siguientes treinta años en la oscuridad.[7] Entonces publiqué un escueto libro de bolsillo titulado Colorado Kid en la editorial Hard Case Crime. Esta línea de libros (idea original de un fantástico colega muy inteligente llamado Charles Ardai) estaba dedicada a resucitar viejas novelas negras y publicar nuevas historias de crímenes en formato de bolsillo. Kid era decididamente indulgente, pero Charles decidió publicarla de todas formas, con una de esas geniales portadas antiguas.[8] El proyecto completo fue un gustazo, salvo por lo lentas que fueron las liquidaciones.[9]

Cerca de un año más tarde, pensé que me gustaría volver al redil de Hard Case, posiblemente con algo más fuerte. Mis pensamientos se volvieron hacia Blaze por primera vez durante años, pero siempre se me aparecía la maldita cita de Oscar Wilde sobre Almacén de antigüedades. El Blaze que recordaba no era una dura novela negra, sino un drama lacrimógeno. Aun así, resolví que no dolería echarle un vistazo. Siempre y cuando pudiera encontrar el libro. Recordaba la caja de cartón, y recordaba el característico tipo de letra del texto (el de la vieja máquina de escribir que mi esposa Tabitha poseía en la facultad, una invencible Olivetti portátil), pero no tenía ni idea de lo que había sido del manuscrito que supuestamente estaba dentro de esa caja de cartón. Por lo que yo sabía, se había perdido, baby, perdido.[10]

Pero no. Marsha, una de mis dos estimadas asistentes, lo encontró en la Biblioteca Fogler. Ella no me dejaría el manuscrito original (yo, bueno, pierdo las cosas), pero me hizo una fotocopia. Cuando redacté Blaze, en la máquina de escribir debí de utilizar una cinta cercana a la muerte, porque la copia era difícilmente legible, y las notas en los márgenes eran poco más que borrones. Aun así, me senté y empecé a leer, preparado para sufrir las punzadas de la vergüenza que solo la versión joven de uno mismo puede proporcionarte.

Pero me pareció bastante buena, claramente mejor que Carretera maldita, la cual, en su momento, había considerado la definitiva ficción americana. No era una novela negra. Era, más bien, un intento de escribir una novela naturalista con crímenes como las que escribieron M. Cain y Horace McCoy en los años treinta.[11] Pensaba que los flashbacks eran realmente mejor que las historias lineales. Me recordaban la trilogía Young Lonigan de James T. Farrell y la olvidada (pero sabrosa) Gas-House McGinty. Sin duda, contenía las tres P,[12] pero había sido escrita por un hombre joven (tenía veinticinco años) que estaba convencido de que ESCRIBÍA PARA LA ETERNIDAD.

Pensé que Blaze podía ser reescrita y publicada sin demasiado rubor, pero probablemente no sería idónea para Hard Case Crime. De ninguna manera podría pasar por una novela policíaca. Pensaba que si la reescritura era despiadada, llegaría a ser una tragedia, aunque menor, sobre la vida de un pobre desafortunado. Por eso adopté los tonos planos y secos que la mejor ficción negra suele utilizar, incluso usé un tipo de letra llamada American Typewriter para recordarme a mí mismo en qué estaba metido. Trabajé rápido, sin mirar nunca atrás o adelante; quería capturar la impetuosa energía de esos libros (estoy pensando más en Jim Thompson y Richard Stark que en Cain, McCoy o Farrell). Decidí hacer las correcciones al acabar, a lápiz en lugar de en el ordenador, como dicta la moda actual. Si el libro iba a ser una vuelta al estilo del pasado, prefería adoptar totalmente la manera de escribir de aquellos años. También decidí desnudar cualquier sentimiento que pudiera haber en la narración, quería que el libro terminado fuera tan austero como una casa vacía sin ni siquiera

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