El oasis secreto

Paul Sussman

Fragmento

El oasis secreto

Egipto, desierto occidental,

2153 a. C.

Se habían llevado a un carnicero a los remotos yermos del deshret, el Bajo Egipto; un cuchillo para matar reses, no uno ceremonial, fue el instrumento que usó para cortarles el cuello. Un instrumento salvaje, afiladísimo, de pedernal amarillo desbastado a golpes y largo como un antebrazo; el carnicero fue de sacerdote en sacerdote, apretando con mano experta la hoja en la carne blanda, entre el cuello y la clavícula.

Con los ojos vidriosos por la infusión de shepen y shedeh que habían bebido para no sentir dolor, y gotitas de agua sagrada brillando en su cabeza rapada, cada sacerdote dirigía sus plegarias a Ra- Atum, le suplicaba que lo llevara sano y salvo por la Sala de las Dos Verdades hasta los Campos Benditos de Iaru; a continuación, el carnicero le echaba la cabeza hacia atrás, mirando al cielo del alba, y de un solo tajo le rebanaba el cuello de oreja a oreja.

—¡Que camine por las hermosas sendas! ¡Que cruce el firmamento celestial! —coreaba el resto de los sacerdotes—. ¡Que almuerce todos los días con Osiris!

El carnicero, con los brazos y el torso salpicados de sangre, lo tendía en el suelo y se acercaba al siguiente de la fila para repetir el proceso; la hilera de cadáveres crecía sin cesar mientras él se dedicaba a su tarea, inescrutable el rostro, brutal en su eficacia.

Cerca, en lo alto de una duna, Imti-Jentika, Sumo Sacerdote de Iunu, Primer Profeta de Ra-Atum y Vidente Máximo, observaba la ensayada matanza. Naturalmente, le entristecía ver morir a tantos hombres que eran como hermanos para él, pero al mismo tiempo estaba satisfecho de que hubieran cumplido su misión; además, todos ellos habían sabido siempre que aquel era el único final posible para evitar que jamás se dijese una sola palabra acerca de lo que habían hecho.

A su espalda, en el este, sintió la calidez del sol naciente, Ra- Atum en su aspecto de Jepri, portador de la luz y la vida al mundo. Quitándose la capucha de piel de leopardo, se giró hacia el astro con los brazos abiertos y recitó:

¡Oh, Atum, que recibiste el ser en el monte de la creación,

con un fulgor como el del ave Benu en el santuario Benben de Iunu!

Levantó una mano con los dedos abiertos, como si pretendiera atrapar la estrecha franja magenta que asomaba sobre la arena del horizonte. Después volvió a girarse y miró hacia el otro lado, hacia el oeste, donde, a una distancia de cien jet, un alto muro de roca se extendía de norte a sur, como una enorme cortina en el mismísimo borde del mundo.

En algún punto de la base de esos riscos, en el espeso cúmulo de sombras donde aún no había penetrado la luz del alba, se hallaba la Puerta Divina: re-en wesir, la Boca de Osiris. Desde donde él estaba no podía verla. Pero tampoco la habría visto quien se encontrase frente a ella, pues Imti había pronunciado los conjuros de cierre y ocultamiento, y solo los que sabían mirar se habrían percatado de la existencia de la puerta. Así era como había guardado sus secretos, en el infinito transcurrir de los años, la morada de los antepasados comunes, wehat er-djeru ta, el oasis del fin del mundo, cuya existencia conocía tan solo una selecta minoría; no por nada recibía también el nombre de wehat seshtat, el Oasis Secreto. Allá estaría a buen recaudo lo que habían transportado. Nadie lo encontraría. Podría descansar en paz hasta que amaneciesen días más serenos.

Imti examinó las montañas con la mirada y asintió en señal de aprobación; después enfocó la vista más cerca, en la columna retorcida de piedra que surgía de las dunas a unos ocho jet de la pared de roca. Incluso a tanta distancia dominaba el paisaje circundante: una torre curvada de piedra negra que ascendía hacia las alturas hasta casi veinte meh nswt, cual hoz gigante que perforase la superficie del desierto o, más bien, como la pata delantera de un escarabajo gigantesco arrastrándose por la arena.

Imti se preguntó cuántos viajeros habrían pasado junto al solitario centinela sin saber lo que significaba. Pocos o ninguno, pensó, respondiéndose a sí mismo, pues aquellas eran tierras despobladas, tierras muertas, los dominios de Set, donde nadie que valorase en algo su vida se adentraría. Solo aquellos que supiesen de la existencia de los lugares olvidados irían tan lejos, hasta aquella ardiente nada. Era el único lugar donde lo que habían transportado estaría realmente a buen recaudo, fuera del alcance de quienes harían mal uso de sus terribles poderes. Sí, pensó Imti, a pesar de los horrores del viaje, la decisión de llevárselo al oeste era la más acertada. Sin duda lo era.

Esa decisión la había tomado hacía cuatro lunas un consejo formado por los más poderosos del país: la reina Neith, el príncipe Merenre, el tjaty Userkef, el general Rehu y él, Imti-Jentika, Vidente Máximo.

El único ausente, el único que no había sido informado de la decisión del consejo, había sido el mismísimo nisu, el Señor de las Dos Tierras, Nefer-Ka-Ra Pepi, quien antaño fue un poderoso mandatario, como Jasejemuy, Zóser y Jufu, pero cuyo poder y autoridad, en el año noventa y tres de su reinado (el triple de la duración de una vida normal), ya no eran los de antes. En todo el país los monarcas creaban sus propios ejércitos y guerreaban los unos contra los otros. Las fronteras norte y sur sufrían las incursiones de los Nueve Arcos. En tres de los últimos cuatro años no había habido inundaciones y las cosechas se habían malogrado.

Kemet se estaba desintegrando, y se preveía que las cosas fueran a peor. Por muy hijo de Ra que hubiera sido Pepi, ahora, en tiempos de crisis, otros debían asumir el control y tomar por él las grandes decisiones de Estado. Y así se había pronunciado el consejo: para su propia protección, y por el bien de todos los hombres, había que llevarse el iner-en sedjet de Iunu, donde se guardaba, y recorrer los campos de arena para devolverlo a la seguridad del Oasis Secreto, de donde antiguamente había salido.

Y en él, en Imti-Jentika, Sumo Sacerdote de Iunu, había recaído la responsabilidad de encabezar la expedición.

—¡Condúcelo por el río sinuoso, llévalo en tu barca al lado este del cielo!

Al pie de la duna se elevaban nuevos cánticos mientras otra garganta era sesgada y otro cadáver se desplomaba en el suelo. Ya eran quince los que yacían allí, la mitad de los sacerdotes.

—¡Oh, Ra, permítele que vaya hasta ti! —exclamó Imti, sumándose al coro—. ¡Guíale por los caminos sagrados, concédele la vida eterna!

Vio que el carnicero se acercaba al siguiente hombre de la fila; en el aire reverberaba el húmedo silbido de las tráqueas seccionadas. Cuando el cuchillo inició un nuevo tajo, Imti apartó la vista y contempló el desierto; recordó la pesadilla de viaje que acababan de realizar.

Eran ochenta cuando salieron a principios de la estación de peret, cuando el calor era menos intenso. Con la carga envuelta en protectoras capas de l

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