Ojos de fuego

Stephen King

Fragmento

mano y cogió uno de los pomos, diciéndose que igualmente no tenía por qué preocuparse. La puerta estaría cerrada con llave y al diablo con todo.

Pero no lo estaba. El pomo giró sin dificultad. La puerta se abrió.

El recinto estaba vacío, iluminado sólo por la luna que se filtraba espasmódicamente entre las ramas de los viejos olmos que se agitaban. La luz le bastó para comprobar que habían quitado las camillas. Habían borrado y lavado la pizarra. El gráfico estaba enrollado como una persiana, y lo único que colgaba era la anilla que servía para desenrollarlo. Andy se acercó al gráfico, y al cabo de un momento estiró la mano, ligeramente trémula, y tiró hacia abajo.

Los cuadrantes del cerebro. La mente humana exhibida y fraccionada como una res en el diagrama de un carnicero. El solo ver la imagen le produjo aquella sensación psicodélica, como si le hubieran administrado una descarga de ácido. Eso no tenía nada de divertido. Era nauseabundo, y se le escapó un gemido de la garganta, tan frágil como el hilo de plata de una tela de araña.

La mancha de sangre estaba allí, una coma negra a la luz inquieta de la luna. Una leyenda impresa que indudablemente había rezado CORPUS CALLOSUM antes de su experimento del fin de semana, rezaba ahora CO

ROSUM, interrumpida por la mancha en forma de coma.
Algo tan insignificante.

Algo tan descomunal.

Se quedó plantado en la oscuridad, mirando, y empezó realmente a temblar. ¿Qué confirmaba esto? ¿Un poco? ¿Casi todo? ¿Todo? ¿Nada de lo precedente?

Oyó un ruido detrás de él o creyó oírlo: el chirrido sigiloso de un zapato.

Sus manos se dispararon violentamente y una de ellas azotó el gráfico con el mismo y espantoso ruido restallante. Volvió a enrollarse con un tableteo, tétricamente fuerte en ese recinto semejante a un foso negro.

Un golpe repentino en la ventana del fondo, espolvoreada por la luna. Una rama, o quizá unos dedos muertos veteados de sangre y tejidos. Déjame entrar olvidé mis ojos ahí adentro oh déjame entrar déjame entrar

Giró en un sueño de cámara lenta, un sueño en slomo, abrumadoramente convencido de que sería ese chico, un espíritu con una túnica blanca, con unos agujeros negros chorreantes donde había tenido los ojos. Su corazón era algo vivo atascado en su garganta.

Allí no había nadie.

Allí no había nada.

Pero tenía miedo y cuando la rama reanudó su golpeteo implacable, huyó, sin molestarse en cerrar la puerta del aula a sus espaldas… Corrió por el angosto pasillo y de pronto unas pisadas lo siguieron realmente, el eco de las suyas propias. Bajó los escalones de dos en dos y así llegó de nuevo al vestíbulo, jadeando, con la sangre martilleándole las sienes. El aire que circulaba por su garganta pinchaba como heno segado.

No vio al vigilante por ninguna parte. Salió, cerró una de las grandes puertas de cristal del vestíbulo detrás de él, y se deslizó por el sendero que conducía al parque, como el fugitivo que llegaría a ser más adelante.

17

Cinco días más tarde Andy arrastró a Vicky Tomlinson hasta el Pabellón Jason Gearneigh, muy contra la voluntad de ella. Vicky ya había resuelto que no quería volver a pensar nunca en el experimento. Había recogido su cheque de doscientos dólares extendido por el Departamento de Psicología, lo había ingresado en el banco y deseaba olvidar cómo lo había conseguido.

Él la persuadió de que debía acompañarlo, utilizando una elocuencia que no creía poseer. Entraron aprovechando el cambio de clases de las tres menos diez. El carillón de la capilla Harrison tañía en el aire aletargado de mayo.

—En plena luz del día no puede ocurrirnos nada —afirmó él, sin aclarar, ni siquiera para sus adentros, qué era exactamente lo que podía infundirle miedo—.

NO, cuando nos rodean docenas de personas.

—Sencillamente no quiero ir —protestó ella, pero fue.

Dos o tres chicos salían de la sala de conferencias con libros bajo el brazo. El resplandor del sol pintaba las ventanas con un tono más prosaico que el del polvo de diamantes de la luna, que recordaba Andy. Cuando entraron Andy y Vicky, los siguieron algunos otros que se dirigían al seminario de biología de las tres. Uno de sus casuales acompañantes empezó a hablar parsimoniosa y seriamente a otros dos acerca de una manifestación contra los cuerpos de entrenamiento de oficiales de reserva que se organizaría durante el fin de semana. Ninguno de ellos prestó la menor atención a Andy y Vicky.

—Está bien —dijo Andy, con voz pastosa y nerviosa—. A ver qué opinas.

Tiró de la anilla oscilante y desenrolló el gráfico. Se encontraron con la imagen de un hombre desnudo y desollado, con los órganos rotulados. Sus músculos parecían madejas entrelazadas de estambre rojo. Un chistoso lo había bautizado Oscar el Cascarrabias.

—¡Jesús! —exclamó Andy.

Ella le cogió del brazo con una mano recalentada por la transpiración nerviosa.

—Andy. Por favor, salgamos de aquí. Antes de que alguien nos reconozca.

Sí, estaba dispuesto a irse. El hecho de que hubieran cambiado el gráfico lo asustaba, por alguna razón, más que todo lo demás. Tiró bruscamente de la anilla y la soltó. Produjo el mismo restallido al enrollarse.

Otro gráfico. El mismo ruido. Doce años más tarde aún podría oír el ruido que hacía… cuando se lo permitía el dolor de cabeza. Después de aquel día nunca volvió a entrar en el Aula 70 del Pabellón Jason Gearneigh, pero estaba familiarizado con el ruido.

Lo oía frecuentemente en sueños… y veía esa mano implorante, que se ahogaba, ensangrentada.

18

El coche verde se dirigió zumbando por el empalme del aeropuerto hacia la rampa de entrada de la Northway. Detrás del volante, Norville Bates estaba sentado con las manos firmemente colocadas en la posición de las dos menos diez. Del receptor de FM fluía una melodía atenuada y suave de música clásica. Ahora llevaba el pelo corto y peinado hacia atrás, pero la pequeña cicatriz semicircular de su mentón no había cambiado: allí era donde se había cortado en su infancia con el fragmento mellado de una botella de cocacola. Si Vicky hubiera estado viva, lo habría reconocido.

—Tenemos una unidad en camino —anunció el hombre del traje Botany 500. Se llamaba John Mayo—. El tipo es un agente múltiple. Trabaja para la DIA, la Agencia de Inteligencia de Defensa y, además, para nosotros.

—Una puta común y corriente —comentó el tercer hombre, y los tres soltaron una risa nerviosa, atiplada. Sabían que estaban cerca y casi olían la sangre. El tercer hombre se llamaba Orville Jamieson, pero prefería que lo llamaran OJ, o mejor aún, El Jugo. Todos los informes de su oficina los firmaba OJ. Uno lo había firmado El Jugo y el hijo de perra de Cap lo había amonestado. No sólo verbalmente, sino por escrito, y la amonestación figuraba en su hoja de servicios.

—¿Crees que están en la Northway, eh? —preguntó OJ.

Norville Bates se encogió de hombros.
—En la Northway o van rumbo a Albany —dijo—. Le adjudiqué al palurdo local los hoteles de Albany porque al fin y al cabo ésta es su ciudad, ¿correcto?

—Correcto —asintió John Mayo.
Él y Norville se llevaban bien. Su colaboración se remontaba hasta muy atrás. Hasta la época del Aula 70 del Pabellón Jason Gearneigh, y esto sí que había sido peliagudo, amigo, si alguna vez te lo preguntan. John no quería volver a pasar nunca por una situación tan peliaguda. Él había sido el encargado de aplicarle la corriente al chico que había sufr

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados