1
Era un día tonto. Como todos. Completando una semana tonta. Un mes tonto. Un año tonto. Una vida tonta.
Las sonrisas no viajan en metro. Son las ocho de la mañana. La hora de los decepcionados. Apoyada en uno de los laterales del vagón, intento deshacerme de la desagradable pesadez que la falta de sueño provoca en mi cuerpo. Estoy cansada. Siempre estoy cansada. Cansada de estar cansada. Bostezo mientras me entretengo contemplando al resto de los pasajeros. Inútiles y tristes como clavos torcidos tras recibir demasiados golpes. Errores con forma humana, como yo. Las miradas resignadas perdidas en las pantallas de sus teléfonos. Preguntándose por qué ellos no son felices como la gente que aparece en Instagram, por qué ellos no bailan como la gente que aparece en TikTok. La resignación es la única respuesta. Somos víctimas del gran engaño. La esperanza es una mentirosa compulsiva que nunca cumple sus promesas. Y aun así nos aferramos a ellas. Qué otra cosa podemos hacer. El autoengaño es el Prozac de los pobres. La existencia reducida a una larga espera. A la vana ilusión de que suceda algo que lo cambie todo. Aunque sepamos que mañana será igual que hoy, y que ayer, y que pasado mañana. Otro día tonto. Otra vida tonta como la mía. Nada pesa tanto como una vida vacía.
La fregona abofetea el suelo del salón con parsimonia. La lengua de un amante hastiado que besa por rutina. Es curioso que limpiar casas ajenas aún me siga proporcionando placer. No es que me sienta realizada ni nada por el estilo, pero acabar con la suciedad, dejarlo todo reluciente, de alguna extraña forma me hace sentir que contribuyo a devolver el equilibrio a las cosas. Ayudo a que todo quede como siempre debería estar. Sé que se trata de un placer servil, como el perro que da la pata esperando una caricia que no llega, pero es un placer, al fin y al cabo. Y en mi vida los placeres no son algo común.
—Isabel, por el amor de Dios, ¿qué es esa peste? ¿Con qué estás fregando?
—Con amoniaco, señora, como hago siempre —respondo.
La dueña de la casa entra en el salón pisando con indiferencia la zona fregada. Sus zapatillas caras de deporte dejan huellas que quedan marcadas sobre las baldosas. El marchamo que identifica quién manda. Un latigazo de rabia tensa todo mi cuerpo. Noto el sabor amargo del odio en mi boca. La cabeza me ordena que proteste, que diga algo, que me enfrente a ella. Sin embargo, permanezco en silencio, plantada en mitad del salón con la vista baja. Fregando de nuevo el suelo por donde ella pasa. Y pienso que qué más da, que no tiene importancia, que mejor dejarlo correr. Hace tanto tiempo que no hago lo que mi mente ordena… Hace tanto tiempo que no hago lo que debería… Hace tanto tiempo que no hago nada…
—Qué asco, Isabel. Abre las ventanas para que esto se ventile —continúa la dueña de la casa—. Y no sé cuántas veces te he dicho que no me llames «señora». Suena tan… tan… clasista. Para ti soy Rosa. A secas. Ni señora ni doña. Ro-sa.
Llevo el suficiente tiempo limpiando mierda ajena como para diferenciar entre los distintos tipos de jefa que existen. Y las que van de amigas son las peores. Fingen tratarte como a una igual para abusar de ti. Porque las amigas se hacen favores. Y los favores no se pagan. La igualdad convertida en un adorno estético para que Rosa A Secas se sienta mejor consigo misma. «Yo trato bien al servicio. Dejo que me llamen por mi nombre de pila». Pura y puta hipocresía.
—Que no te lo tenga que repetir. Por cierto, la semana pasada no quitaste el polvo de las estanterías y mira cómo están. Hoy no te vas sin hacerlo, ¿eh? Cuando acabes, te pones con la plancha, que el montón de ropa ya no cabe en el cesto. —Suspira de forma teatral—. Es agotador estar todo el día comprobando qué haces y qué no haces, Isabel. Estas cosas deberían salir de ti, que para eso te pago. Tienes que poner más de tu parte. Un poquito de iniciativa, de ganas, ¿eh? Empieza por los uniformes de las niñas. Y no te olvides de que a mi marido le gusta llevar bien marcada la raya en los pantalones de los trajes.
Rosa A Secas es muy consciente de que no me dará tiempo a terminar todas esas tareas en las tres horas por las que me paga. Tendré que prolongar la jornada. Y gratis. Eso provocará que llegue tarde a los otros dos pisos que me quedan por limpiar. Y, por tanto, también a mi casa. Pero no le importa. Es algo que Rosa A Secas hace regularmente: asumir que mi tiempo no vale nada. Quizá tenga razón. Admitámoslo, existen vidas de primera y vidas de segunda. El mundo siempre ha sido así y seguirá siéndolo. Llevo trabajando en esta casa algo más de dos años. Sin contrato, por supuesto. «Puedes llamarme Rosa A Secas, pero no tienes derechos laborales porque me saldrías muy cara. Somos iguales siempre y cuando te dejes pisar todo lo que yo quiera». Asiento sin rechistar. Sin levantar la cabeza. Hace tanto que me muevo por costumbre que la inercia se ha convertido en el motor de mi vida… Lo mejor es tragar. Tragarme toda la suciedad, como la fregona que agito. Regresar a casa cuanto antes y meterme en la cama para olvidarme de quién soy. Ese ser absurdo en el que me he dejado convertir. Hasta que la mañana me despierte escupiéndome la verdad a la cara. Como todos los días.
—Me marcho ya, cariño. Luego nos vemos.
Alfonso, el marido de Rosa A Secas, lleva el traje azul y la camisa blanca que le he planchado tantas veces. Todo le sienta tan bien… Da un ligero beso en la mejilla a su esposa y luego se vuelve hacia mí para dedicarme una sonrisa que me desarma. Soy un puzle deshecho con todas las piezas esparcidas por el suelo. Esa sonrisa me acompañará durante todo el día como un secreto feliz que no puedo confesar. Sé que en el fondo no son más que migajas. Dulces migajas que se arrojan a las pobres y estúpidas palomas, porque si no qué iban a comer las pobrecillas.
Cuando Alfonso cierra la puerta camino del trabajo, Rosa A Secas avanza con prisa hacia el interior de la casa. Desde el dormitorio del matrimonio me llegan los reconocibles pitidos electrónicos. El teclado numérico de la caja fuerte, escondida detrás de ese espantoso cuadro abstracto. En cuanto el marido abandona el hogar siempre ocurre lo mismo. Imagino que Rosa A Secas se dedica a coger dinero a sus espaldas. A saber en qué se lo gastará. Al instante aparece de nuevo en el salón. Lleva puestas unas mallas y un top ajustados de color verde que dejan claro lo atractivo que sigue siendo su cuerpo a pesar de haber superado los cuarenta. Nada que ver con el chándal negro, comprado en un supermercado, que utilizo yo para trabajar. Ni con mis anchas caderas y la perenne barriga que me dejaron los embarazos. Algo viscoso se me remueve en las tripas al contemplarla. Es envidia. Y no es sana. Nunca he creído eso de que exista la envidia sana. Es como decir que tienes un cáncer sano.
—Me voy a yoga, Isabel —dice echándose a la espalda la esterilla—. Ya sabes lo que tienes que hacer, espero no encontrarme con ninguna sorpresa cuando vuelva.
El portazo subraya sus palabras, un amenazante y sonoro signo de exclamación. La casa se queda vacía como un bostezo. Es un piso luminoso y blanco al que le brillan los ojos de las ventanas al saberse tan hermoso, poblado por muebles que combinan el buen gusto con la comodidad. Un espacio donde es fácil imaginarse siendo feliz. Así lo demuestran todas las fotografías distribuidas por el salón. Rostros sonrientes de dientes blancos. Rosa A Secas, Alfonso y las dos niñas. Los abuelos, los tíos, los sobrinos, los primos. Nueva York, Roma, Disneylandia. Todos derrochando felicidad. Porque les sobra.
«Unos tanto y otros tampoco», pienso, riéndome de mi propia broma. El mundo está muy mal repartido. Alguien debería tratar de equilibrarlo, aunque fuese un poco. Decido echar otro tapón de amoniaco al agua de la fregona. Así el olor tardará más en desaparecer. Qué sería de mi existencia sin estas pequeñas venganzas…
La felicidad no viaja en metro. Son las ocho y media de la noche. La hora de los derrotados. El vagón es una coctelera que agita frustración y cansancio a partes iguales. El resultado es un brebaje amargo que nos obligan a tomar a la fuerza. La vida convertida en veneno. Todos queremos llegar cuanto antes a nuestros refugios para protegernos del bombardeo diario. Y mañana será otro día, tan parecido a este que no lo distinguiremos. Gemelos monstruosos y deformes que nacen muertos cada veinticuatro horas del vientre podrido de la ciudad. El convoy entra en el túnel. La oscuridad exterior convierte el cristal de la ventana que tengo enfrente en un espejo negro. Refleja la imagen de una mujer de cincuenta años, gastada y con la mirada hecha añicos que no reconozco como la mía. El deshilachado moño coronándome la cabeza, como una araña hirsuta. Las grietas del rostro dejando claro que cada vez estoy más rota. Hasta que el tren llega a la estación y la luz acaba con el espectro. Yo no soy esa. Yo no soy eso. Y para creerlo solo tengo que evitar mirarme en los espejos.
El aceite caliente protesta chasqueando la lengua cuando introduzco las rodajas de pescado en la sartén. Aún no se ha descongelado del todo y el agua que suelta provoca que se cueza en vez de freírse. Lo que le da una textura blancuzca y pastosa que hará que mis hijos se nieguen a comerlo. Pero me da igual. Es agotador librar batallas que nunca gano. Si sabes de antemano que vas a perder, jugar deja de ser divertido. Quizá por eso la vida me resulte tan aburrida.
—¡Poned la mesa, la cena ya casi está! —ordeno sin esperar que me escuchen.
Cuando entro en el salón con los platos en las manos, Noelia, mi hija, está tumbada en el sofá con la cara iluminada por la pantalla del móvil mientras lee los mensajes de WhatsApp. Siempre está así. Es lo único que hace en todo el día. Su existencia reducida a las dimensiones cuadriculadas del teléfono. Dieciséis años. Malas notas y malas contestaciones. Aquella niña cariñosa que besaba a su madre por cualquier motivo ha mutado. Las hormonas adolescentes la han convertido en un ser eternamente furioso y descontento. Ahora mi sola presencia le molesta, le irrita que tengamos que compartir espacio. Y me lo demuestra siempre que puede. El desprecio se ha transformado en su lengua materna.
Desde el televisor me llega el sonido de disparos y gritos. Mario, mi otro hijo, juega con la consola a uno de esos horribles videojuegos que le encantan. Veintitrés años. Dejó a medias la formación profesional después de demostrarnos a todos y a sí mismo que no existía asignatura que no pudiera suspender. Ahora se dedica a buscar trabajo desde el sillón. Los años de desidia han logrado desarrollar en él una fuerte inmunidad a los consejos. Y las críticas provocan el mismo efecto sobre su organismo que las mechas en las bombas. En ese momento veo cómo las cabezas de unos zombis revientan salpicando de sangre la pantalla.
—¡Toma, toma! —exclama al tiempo que se agita triunfante.
Me da tanta pereza ser yo misma… Dejo los platos y pongo la mesa sin decirles nada. Para qué. Solo conseguiría iniciar una discusión inútil. Esa es la palabra que se me viene siempre a la cabeza cuando pienso en mis hijos: inútil.
—Dejad ya las maquinitas y vamos a cenar.
—Puaj, ¡qué asco! ¡Otra vez pescado! ¿No hay pizza? —dice Noelia.
—¿Y el viejo? Deberíamos esperarlo, ¿no? —pregunta Mario.
Para él su padre es «el viejo» y su madre «la vieja». Todo muy edificante.
—Vuestro padre se habrá quedado trabajando. Hoy tenía que terminar de pintar el piso. Así que vamos a empezar sin él. Es tarde y yo mañana madrugo.
—Sí, sí… Seguro que está pintando…, pintando la mona en la barra del bar —añade Mario divertido mientras forma una botella con los dedos y se la lleva a la boca mirando cómplice a su hermana.
—No pienso comerme esto —vuelve a la carga Noelia—. Además, huele mal, como a… a…
—A amoniaco. Y no es el pescado, soy yo. Aún no he tenido tiempo de ducharme. Si me echarais una mano de vez en cuando… —contraataco.
—¡La vieja huele a pescado en mal estado! ¡La vieja huele a pescado en mal estado! —Mario se ríe de mí a la menor ocasión. Atacar a alguien es el tipo de humor que más seguidores tiene en mi casa. Y ese «alguien» suelo ser yo. La víctima más débil. La mujer felpudo que solo sirve para ser pisada por todo el mundo. Incluso por sus propios hijos.
Después de una cena con quejas de primer plato y protestas de segundo, regreso con el pescado a la cocina sin que apenas lo hayan tocado. Mientras friego a mano para no gastar luz con el lavavajillas (ya casi estamos a fin de mes), escucho que a Noelia le suena el teléfono. Una oleada de desazón me recorre el cuerpo dejando una estela de miedo en mi interior.
—¡Mamá, me bajo! —grita desde el salón.
—Pero ¿adónde vas a estas horas? Que mañana tienes instituto.
—¿Y a ti qué te importa? Por ahí. ¡Qué pesada eres!
La inquietud me empuja hacia el salón. Mi hija está a punto de salir por la puerta cuando llego. Se ha cambiado de ropa. Ahora lleva una diminuta minifalda y toda la gama Pantone espolvoreada por la cara. No alcanzo a decirle nada, así que me apresuro a asomarme al balcón. A los pocos segundos, veo a Noelia avanzar hacia un grupo de chicos sentados en un banco del parque, encorvados sobre el respaldo igual que siniestros garfios. Las puntas de sus cigarrillos se mueven como luciérnagas. Una litrona va pasando de mano en mano. Mi hija agarra la cerveza nada más llegar y le da un trago largo. Luego dirige su mirada hacia el balcón, alzando la barbilla desafiante. Los chicos celebran su llegada con risas y aplausos. Es la única chica de la reunión. Se lo he advertido; se lo he advertido mil veces. Que esa gente no le conviene, que no le traerán nada más que problemas. Da igual. Hace tiempo que las palabras de su madre son como el sonido de un silbato para perros, inaudibles. Y me quedo allí, tras el cristal, con las cortinas en la mano, viendo a mi hija deslizarse poco a poco por la pendiente del fracaso. Observando cómo los mismos errores se repiten generación tras generación. Las mismas elecciones equivocadas, las mismas malas decisiones que nos convierten en una saga de infelices, en una masa de incapacitados vitales.
Escucho el sonido de la puerta a mi espalda. Julián, mi marido, entra resoplando. El semáforo en rojo de su rostro me indica que ha bebido. Tiene pintura seca en las manos y el pelo blanquecino y sólido por el yeso. Cuando me ve, gruñe. Es su forma de saludarme. Le devuelvo el gruñido y llevo el pescado a la mesa después de recalentarlo.
—Hueles a amoniaco —dice cuando le pongo delante el plato.
—Y tú a cerveza rancia.
Le cuesta pronunciar las palabras, como si su lengua hubiera duplicado su tamaño por culpa del alcohol.
—La niña está otra vez con esos.
Gruñe para hacerme saber que no le importa. Gruñe para que deje de molestarlo. Gruñe para demostrarme que se ha rendido. Le miro mientras come, engullendo el pescado casi sin masticar. Y siento asco, y desprecio, y me parece un extraño. Cuando nos casamos era un hombre apuesto, viril, cargado de sueños y proyectos. Pero el alfiler del tiempo los fue pinchando uno tras otro como globos de un niño malcriado que no se los merece. La vida le golpeó duro hasta transformarlo en lo que tengo delante. Un ser hinchado y amoratado. Como una contusión. Supongo que él verá algo parecido cuando me mira. Nos hemos convertido en heridas. Heridas que la desolación no permite cicatrizar.
—Me voy a acostar —dice Julián arrastrando las consonantes como los pies de un condenado al que llevan al cadalso.
Al poco rato escucho los ronquidos procedentes del dormitorio. Recojo la mesa en silencio. Sé que no podré dormir hasta que Noelia regrese, así que me siento en el sofá a esperar. Como siempre. Sin saber muy bien qué es lo que espero en realidad. Prefiero no hacerme esa pregunta porque la respuesta me da miedo.
En la tele, Mario está viendo una serie en alguna plataforma.
«… Ted Bundy confesó haber asesinado a más de treinta mujeres, aunque nunca sabremos el número total de sus víctimas. Se lo podría considerar como el psicópata perfecto…».
—¿Qué es esto? —le pregunto.
—Documentales sobre asesinos en serie. Dahmer, John Wayne Gacy, Chikatilo, Garavito…, hoy hablan de Ted Bundy.
—¿Te sabes sus nombres?
—Claro, vieja. ¿En qué mundo vives? Son famosos. Todo el mundo los conoce.
«… El coche que Bundy utilizaba en sus crímenes, un Volkswagen escarabajo, se conserva en un museo de Tennessee…».
—¿Y el de las víctimas? ¿Conoces el nombre de las víctimas?
—Puf, ¿para qué? Las víctimas no le interesan a nadie.
En la pantalla observo cómo el mal convierte a seres aparentemente anodinos en exuberantes y originales monstruos mientras pienso que mi hijo tiene razón: las víctimas no le importan a nadie.
2
Desde el techo de la sala de reuniones, un tubo fluorescente no paraba de guiñarle el ojo a Eloísa. Burlándose de ella. Era lo que hacían todos nada más verla. Su más de uno noventa de estatura unido al tamaño de los hombros, fruto de años jugando al waterpolo, conferían a su cuerpo un indisimulable aspecto masculino. Una diana demasiado evidente para dejarla pasar sin arrojar algún dardo. Ya estaba acostumbrada, lo que no quería decir que no le doliera. Se abrió paso entre los asientos recolectando los habituales insultos y protestas de sus compañeros.
—¡Cuidado, que embiste!
—¡Eloísa, te pega más llamarte José Luis!
—¡Han abierto la jaula del gorila!
—¡¿Hoy te has afeitado, Tkachenko?!
Tkachenko. Así la llamaban. Como aquel mastodóntico jugador de baloncesto de la Unión Soviética. Con frecuencia, la crueldad se disfraza de burla para pasar desapercibida, oculta tras la máscara del humor. A Eloísa le entraron ganas de darse la vuelta, de devolver los golpes, de aplastar las caras de todos aquellos gilipollas. Pero un día más, el miedo le tapó la boca a la rabia. Un día más, se conformaría con seguir creando en su mente violentas venganzas que nunca llevaría a cabo. Sin decir nada, se dirigió hacia el fondo de la habitación mientras la vergüenza la obligaba a avanzar a empellones. Allí la esperaban apiñadas las otras tres mujeres asignadas a su grupo operativo. Un espacio seguro. El círculo de caravanas protegiéndose del ataque de los salvajes. La recibieron posando las manos sobre sus hombros. El sanador contacto humano, más eficaz que cualquier palabra de consuelo vacía.
En la pared descascarillada, el reloj se disponía a ponerse serio, formando el ángulo recto que marcaba las nueve en punto. La hora de la reunión en la comisaría de Moratalaz, donde a los agentes se les daría instrucciones antes de que comenzase su turno, a las diez de la noche. Pero aquella no era una reunión normal. Se podía escuchar la tensión zumbando en el ambiente. El avispero estaba nervioso. Los uniformes azules, con el perfil del águila en el brazo derecho, aguardaban la llegada de Barrajón, el inspector jefe de la Unidad de Prevención y Reacción de la Policía Nacional, más conocidos como los Bronce. Y eso solo podía significar una cosa: problemas. Algo había pasado. Algo malo. Las botas golpeaban rítmicamente el suelo. Los dedos tamborileaban sobre las mesas. Las mandíbulas hacían rechinar los dientes. Desde el techo, el tubo fluorescente seguía mofándose de Eloísa con su insoportable tic.
La entrada del inspector jefe Barrajón en la sala provocó la automática puesta en pie de los agentes. Con un gesto despectivo de su mano les ordenó que se sentaran. La figura achaparrada y vulgar del hombre restaba marcialidad a su uniforme de policía, convirtiéndolo en el mono azul de un mecánico de barrio. Rondaba los sesenta. Bigote arcaico que no podía ocultar el eterno gesto de asco de su boca. Calva surcada por un diminuto oleaje de pliegues que embestían contra los diques de sus cejas. Un hombre de otra época, de otro tiempo. Eternamente cabreado con el mundo. Por haber cambiado. Por ir tan deprisa. Por dejarlo atrás. Comenzó a hablar desde el atril ahorrándose la cortesía hipócrita de dar las buenas noches.
—Agentes, los he reunido hoy aquí para hablarles de mi padre —dijo asintiendo con teatralidad—. Sí, sí, no pongan esa cara. Aunque les sorprenda, yo también tuve un padre. Y, a diferencia de alguno de ustedes, sé quién era.
Los pelotas le rieron la gracia. Error. El inspector jefe alzó la vista. El queroseno de su mirada calcinó las carcajadas. No había sitio para las bromas en la sala de reuniones. Ese día no.
—Y quería hablarles de mi padre porque en las últimas horas no he dejado de acordarme de él. Continuamente. Con machacona insistencia. Mi padre era un hombre bueno. Un hombre honesto y justo. Por eso me siento mal conmigo mismo. Porque desde ayer noche me he cagado en mi padre veintitrés, cuarenta y nueve, sesenta y siete veces. ¿Y saben por qué? ¡Por su culpa! ¡Por su puta culpa!
La sala de reuniones fue engullida de un bocado por la inmensa boca del silencio.
—Ayer noche, en lo que debía ser una intervención rutinaria —continuó Barrajón—, una de nuestras agentes, recalco el «una» y lo subrayo en rojo, se dejó reducir por un sospechoso. ¡Un carterista de mierda que no tenía ni media hostia consiguió agarrar por el cuello a una Bronce armada y entrenada!
Elena, la agente sentada junto a Eloísa, comenzó a hacerse pequeña, como si se desinflase atravesada por las puntiagudas miradas de sus compañeros.
—Pero esperen, que la cosa no acaba aquí, ¡qué va! El final es aún más sonrojante. Cuando nuestra aguerrida compañera estaba a punto de perder el conocimiento víctima del mataleón que le aplicaba el carterista, un arrojado ciudadano salió en su defensa. Y no solo consiguió liberarla de la llave, no, no. En un alarde sin precedentes, también logró inmovilizar al puto mangui. Impresionante, ¿verdad? ¿A que no adivinan quién era nuestro misterioso héroe anónimo? Un guardia civil fuera de servicio. ¡Un puto guardia civil! ¡Me cago en mi padre! ¡Me cago en mi padre y en todo mi árbol genealógico sin dejarme ni una rama, joder!
El silencio ensordecedor se convirtió en un pitido constante dentro de la cabeza de los agentes.
—¿Escuchan eso? —preguntó Barrajón, haciendo pantalla con la mano sobre uno de sus oídos—. ¿No lo oyen? Son las carcajadas de los cabrones de la Benemérita descojonándose de nosotros. Llevo escuchándolas desde ayer. ¡Y esas putas risas me resuenan en las tripas! ¡En la cabeza! ¡En los cojooones!
Con la apoplejía dibujada en el rostro, el inspector jefe boqueaba en busca de aliento al tiempo que daba dentelladas al aire.
—Algunos de ustedes recordarán cómo se denominaba este grupo en los buenos tiempos. Nos llamábamos Centauros. ¿Saben por qué elegimos ese nombre? Porque, como la criatura mitológica, éramos guerreros. Fuertes y rápidos. Siempre dispuestos para la batalla diaria. Pero a los de arriba les pareció que sonaba demasiado… violento, demasiado amenazador para una policía moderna y dialogante. ¡Dialogante! ¡Ahora resulta que nuestro trabajo consiste en dar conversación a los delincuentes! ¡Tócate los huevos! Putos tiempos de maricones… Sí, coño, sí. ¡Qué cara de susto ponen algunos! He dicho «maricones». ¿Qué pasa? ¿No les ha quedado claro? ¿Quieren que lo repita otra vez? MARICONES. TIEMPOS DE MA-RI-CO-NES. Están tan acostumbrados a vivir rodeados de mentiras que cuando escuchan la verdad les parece un insulto. Época de mierda. ¡Ustedes no son una generación, son una degeneración! Sin honor, sin principios. Todo prejuicios. Los derechos para mí, las obligaciones para los demás. ¡Qué blanditos son! Y luego pasa lo que pasa. ¿No les gusta cómo hablo? ¿Mi forma de expresarme les ofende? ¡Me suda la polla! ¿Queda claro? Y me importa tres cojones que algún pandereta grabe mis palabras y les vaya con el cuento a los de arriba. No sería el primero. Otros ya lo intentaron antes. Vender a un superior acusándole de cometer los pecados de moda: machismo, racismo, homofobia, violencia verbal…, el mejor atajo hacia un ascenso. Déjenme que les dé un consejo: nunca me van a echar por mucha mierda que salga de mi boca. ¿Y saben por qué? Porque aunque los jefes hagan creer a los ciudadanos que viven en Disneylandia, saben que hay lobos ahí fuera. Cada vez más grandes. Cada vez más hambrientos. Y se están agrupando. Ustedes y yo los oímos aullar todas las noches, en las calles. Y para que no ataquen a las pobres ovejitas necesitan perros de presa. No vaya a ser que al rebaño le dé por cambiar el sentido de su voto. Por eso no les importa que el perro de presa ladre. Lo que de verdad les interesa es que muerda. Y yo muerdo.
Barrajón dejó que su mirada se paseara despacio por toda la sala, un arma apuntando a un grupo de rehenes.
—Lo que sucedió ayer noche es motivo de vergüenza para los que sientan este uniforme; al resto, los que se hicieron policías para tener un trabajo fijo, solo puedo dedicarles mi más sincero desprecio. Cedo la palabra al inspector Uceda, que les dará las indicaciones necesarias sobre el operativo de esta noche.
—Muchas gracias, inspector jefe. Le garantizo que algo así no volverá a repetirse. Tiene mi promesa —dijo algo azorado el jefe de grupo mientras ocupaba el atril.
Barrajón abandonó la sala cabizbajo ignorando sus palabras.
—Continuamos porque el trabajo sigue. Esta noche nuestro objetivo es El Edén Tropical, un bar situado en el distrito de Tetuán. Se trata de uno de los centros de reunión de los Dominicans Don’t Play, según la Brigada de Información. Como sabrán, los DDP han estado muy activos estos últimos meses. Hemos registrado no menos de seis ataques a miembros de los Trinitarios, sus rivales en la zona. Y ya sabemos lo que eso significa. Habrá respuesta. Hay que evitar a toda costa una escalada de agresiones. Los de arriba no quieren leer titulares que incluyan las palabras «guerra entre bandas latinas», ¿queda claro? Tenemos que demostrarles que nosotros somos los reyes de la ciudad. Acción-reacción. Si tú te mueves, yo golpeo. Esta noche realizaremos una redada preventiva en el local, a ver qué encontramos. Recuerden: esa gente solo entiende un idioma. La «p» con la «a», «pa»; la «l» con la «o», «lo». Y si lo leemos todo junto suena…
—Paaa-looo —gritaron los policías a coro.
—El lenguaje internacional que todo el mundo comprende. Más útil que el esperanto —continuó Uceda—. El objetivo: que sientan nuestro aliento en la nuca. Que sepan que estamos ahí, vigilándolos. Siempre.
3
En la cafetería, los agentes apuraban los últimos minutos antes de que comenzase el turno. Sus voces formando un infranqueable muro sonoro. Cafés y Red Bull para mantenerse despiertos, alerta, tensos, con su versión en polvo dentro del cuarto de baño. Eloísa y el resto de las mujeres Bronce ocupaban una mesa al fondo del local, un poco apartadas del resto. Las palabras del inspector jefe aún les enrojecían la cara como bofetadas.
—Está claro que Barrajón me la tiene jurada. Es mejor que me vaya haciendo a la idea de pedir el traslado. Que me metan en una oficina calentita o en alguna comisaría haciendo DNI —dijo Elena con la mirada perdida mientras acunaba su taza de café con ambas manos—. Y que les den a los putos Bronce.
—No hagas caso a ese gilipollas. Es un machista de mierda. Lo de la otra noche le podía haber pasado a cualquiera y lo sabes —respondió Eloísa tratando de animarla.
—Pero me pasó a mí. ¡A mí! Y no me lo van a perdonar. ¿Es que no habéis visto cómo me miran nuestros queridos «compañeros»? —dijo Elena dibujando unas comillas en el aire.
En ese momento, Eloísa se fijó en la mesa de al lado. Un grupo de agentes se reían mientras observaban en el teléfono de uno de ellos un vídeo donde la policía estadounidense abatía a un hombre negro armado con un hacha.
—Le tenía que haber roto la cara al puto carterista en cuanto lo tuve delante. Sin más —continuó Elena alterada—. Siempre te hacen trabajar con el freno de mano puesto. No vaya a ser que te acusen de violencia policial. Si te pasas, eres una loca que quiere igualarse a sus compañeros varones a hostias; y si no llegas, significa que no vales para estar en la calle porque te falta agresividad. ¡Anda y que les den! ¡Que les den a todos los putos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado! ¡Y que les sigan dando!
—Deberías haberte pedido la baja por ansiedad —intervino otra de las mujeres policías sentadas a la mesa.
—¡Lo que me faltaba! No solo quedo como una incompetente, sino que además reconozco delante de todos que soy una acojonada. No, esto no se soluciona con un psicólogo y unas pastillas para atontarme. Abandono. Punto final. Pido el traslado y en paz. Además, dejar de ser una Bronce no es el fin del mundo. Si lo pienso, hasta puede que sea mejor. Se acabó eso de vivir con el horario de los vampiros. Volveré a trabajar de día y a dormir por las noches, como las personas normales. Pero ¿a qué vienen esas caras? Es solo curro. Hay cosas mucho más importantes en la vida. Mira si no lo que le ha pasado a Eloísa. Por cierto, ¿cómo lo llevas? ¿Has vuelto a saber algo de Santiago?
Santiago.
El hijo de puta de Santiago.
Eloísa sintió cómo la bofetada le estallaba en la cara al escuchar ese nombre. No, no había vuelto a hablar con él desde que se marchó de casa. Desde que terminó con ella tras cinco años de relación. Desde que la abandonó para largarse con un hombre. Y no, tampoco quería hablar del tema. La ruptura se había convertido en la nueva munición con la que mofarse de Eloísa. Balas explosivas que ningún chaleco podía neutralizar. «El novio de la Tkachenko la ha dejado por un tío. ¿Es que no se había dado cuenta de que ya estaba con uno?», «El novio de la Tkachenko se ha buscado a uno mucho más femenino que ella», «La Tkachenko es demasiado hombre hasta para un gay». Alambre de espino, sentía que a su alrededor no dejaba de crecer alambre de espino en el que siempre acababa enredada.
—Bien, estoy bien —mintió. Las mentiras son el papel burbuja con el que nos envolvemos para que nada nos haga daño, para que nada nos rompa. Peligro, material frágil. Por eso, la persona a la que más mentimos al cabo del día es a nosotros mismos.
—Lo que te ha pasado es muy heavy, tía —dijo Elena, satisfecha por haber conseguido dejar de ser el centro de la conversación—. Admiro la forma en que lo estás llevando. De verdad. Yo no sé cómo reaccionaría si me sucediera algo así. Porque, vamos, una cosa es que te dejen, que eso le puede ocurrir a cualquiera. Pero que encima te diga que se ha dado cuenta de que es homosexual, después de cinco años…
—Voy a por otro café. ¿Queréis algo? —anunció Eloísa poni
