El último verano en la isla (Cuarteto de Öland 4)

Johan Theorin

Fragmento

cap-2

 

VERANO DE 1930

Gerlof Davidsson acabó los seis cursos de la escuela básica a los catorce años, y se hizo a la mar como grumete dos años después. Entretanto, cuando no ayudaba a la familia en la pequeña granja, trabajó en Öland. Algunos empleos fueron buenos, otros peores. El único que acabó mal fue el de sepulturero en el cementerio de Marnäs.

Durante toda su vida Gerlof recordaría el último día de trabajo, cuando enterraron dos veces seguidas a Edvard Kloss, el terrateniente. Ya de mayor Gerlof seguiría sin hallar una explicación sobre qué había pasado.

Le gustaban las historias de fantasmas, pero nunca las había considerado ciertas. No creía en la venganza desde el otro lado de la tumba. Y Gerlof apenas asociaba palabras como «fantasma» o «espectro» con oscuridad y desgracia.

Y menos con el verano y el sol.

Era un domingo a mediados de junio y Gerlof tomó prestada la bicicleta grande de su padre para ir a la iglesia. Ahora podía manejarla, el último año había crecido mucho y ya había alcanzado a su padre.

Gerlof agachó la cabeza y abandonó pedaleando el pueblo costero. Vestía una camisa blanca con las mangas arremangadas. Condujo la bicicleta en dirección sudeste, hacia el interior. A lo largo del recto camino de grava florecían viboreras y pequeñas alióideas, tras ellas crecían enebros y avellanos; más allá, en el llano horizonte, se alzaban las aspas de un par de molinos de viento. Las vacas pastaban en el prado y las ovejas balaban. Tuvo que bajarse dos veces para abrir las anchas puertas que mantenían el ganado en su interior.

El paisaje era extenso y abierto, sin apenas árboles. Y cuando las golondrinas revoloteaban junto a la bicicleta para luego remontar hacia el sol, Gerlof solo deseaba abandonar el camino y adentrarse en el viento y la libertad.

A continuación pensó en el trabajo que le esperaba y parte de la alegría se desvaneció.

Edvard Kloss había fallecido una semana atrás a la edad de sesenta y dos años. En el norte de Öland era considerado como una persona acomodada; no contaba con una gran fortuna, pero poseía grandes extensiones de terreno en la costa al sur de Stenvik, el pueblo de Gerlof.

«Muerto de forma repentina, todos lamentamos su pérdida», había leído Gerlof en la esquela de Edvard Kloss. Falleció durante la construcción de un enorme granero. Una tarde, una de las nuevas paredes le cayó encima.

Pero ¿lamentaba todo el mundo su pérdida? Corrían unas cuantas historias sobre Kloss, y la causa del accidente no estaba aclarada del todo. Sus dos hermanos menores, Sigfrid y Gilbert, eran las únicas personas que se hallaban a última hora de la tarde en el lugar, y ambos se acusaban mutuamente. Sigfrid dijo que se encontraba lejos, junto a la pila de madera, cuando la pared se desplomó, pero aseguraba que, en el momento de la muerte, Gilbert estaba en el interior del granero. Este afirmaba todo lo contrario. Asimismo, un vecino insistía en que esa misma noche había oído en el lugar voces de otras personas, además de las de los hermanos Kloss. Voces que no reconoció.

Gerlof no vio a ninguno de los dos hermanos cuando aparcó la bicicleta junto al cementerio, y eso le alegró. Presentía que sería un entierro sobrio.

Eran las nueve y media de la mañana, pero los rayos de sol ya quemaban la hierba y las tumbas. La iglesia de piedra encalada, construida como una fortaleza de gruesos muros, se alzaba al cielo azul. Desde el campanario oeste, un sordo repicar se extendía por la planicie. Era el sacristán que tocaba a muerto.

Gerlof abrió la puerta de madera y caminó entre las tumbas. A la izquierda se hallaba la cámara mortuoria.

Detrás vio a un myling sentado.

Fue lo primero que pensó, que había visto un myling, un niño fantasma. Parpadeó, pero el niño seguía allí.

Se trataba de un chaval unos años menor que Gerlof. Estaba extrañamente pálido, como si hubiera pasado toda la primavera encerrado en un sótano. Se encontraba acuclillado, descalzo, con la espalda apoyada contra la cámara, vestía una camisa blanca y pantalones cortos claros. Lo único oscuro que mostraba era un largo arañazo en la frente.

—¡Davidsson! ¡Aquí!

Gerlof volvió la cabeza. Vio a Roland Bengtsson, el sepulturero, de pie y saludando con la mano junto al muro del cementerio.

Gerlof devolvió el saludo y se encaminó hacia él, pero le echó un último vistazo al niño. Sí, allí seguía. Gerlof no lo reconoció y reflexionó sobre su palidez, aunque le consolaba que no se tratara de ningún fantasma.

Bengtsson esperaba a Gerlof con un par de palas. Era un hombre alto y encorvado, de brazos nervudos bronceados por el sol y siempre daba un fuerte apretón de manos al saludar.

—Bienvenido, Davidsson —dijo en tono alegre—. Vamos a cavar, ¿no?

Gerlof vio que habían recortado y apartado un ancho rectángulo de hierba junto al muro de piedra. La tumba de Edvard Kloss.

Hacia allí se dirigió Bengtsson, y al llegar preguntó en voz baja:

—¿Nos bebemos una pilsener bien fría antes de empezar?

Cabeceó hacia el grueso muro del cementerio, allí esperaban sobre la hierba un par de botellas marrones. Gerlof sabía que la mujer de Bengtsson era templaria, así que supuso que el sepulturero bebía cerveza en el trabajo ya que no podía hacerlo en casa.

Gerlof vio que las botellas estaban muy frías, ya empañadas por el sol, pero a pesar de haber venido en bicicleta desde la costa y tener sed, negó con la cabeza.

—No, gracias.

No le gustaba mucho la cerveza, y prefería estar en plena forma cuando tenía que cavar.

Bengtsson cogió una botella y dirigió la mirada hacia la cámara mortuoria. Gerlof vio que el niño se había puesto de pie y se encontraba entre las sepulturas, como si esperara algo.

Bengtsson alzó la mano.

—¡Aron! —gritó.

El muchacho alzó la vista.

—¡Ven a echarnos una mano, Aron! Te doy veinticinco céntimos si cavas con nosotros.

El chico asintió.

—Muy bien —dijo Bengtsson—. Ve al cobertizo y coge una pala.

El muchacho se marchó cabizbajo.

—¿Quién es? —preguntó Gerlof, cuando ya no podía oírlos—. No es de aquí, ¿verdad?

—¿Aron Fredh? —respondió Bengtsson—. No, viene del sur, de Rödtorp… Es una especie de pariente. —Bengtsson colocó la botella vacía detrás de una lápida y miró a Gerlof—. Un pariente incognitus. ¿Entiendes, Davidsson?

Gerlof no comprendió. No había oído hablar de Rödtorp y no conocía ningún idioma extranjero. Sin embargo, asintió. Sabía que Bengtsson solo tenía una hija pequeña, así que ¿el chaval era sobrino suyo?

El muchacho pálido regresó del cobertizo con una pala en la mano. No pronunció ni una sola palabra, se colocó junto a Bengtsson y Gerlof, y comenzó a cavar. Era un terreno sin piedras y seco debido al verano, aunque tras solo unos minutos la pala de Gerlof recogió el primer resto de un esqueleto. Se trataba de un hueso humano de color marrón oscuro, quizá fuera un fémur. Después de llevar un mes trabajando como sepulturero estaba acostumbrado a esos descubrimientos, así que depositó el hueso con cuidado sobre la hierba y lo ocultó bajo una capa de tierra. Siguió cavando.

Ahonda

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