Amanecer con hormigas en la boca

Miguel Barroso

Fragmento

cap-1

Aquí estoy, solo estoy, despedazado.

JOSÉ MARTÍ

Abrí las ventanas y me envolvió un aire húmedo, caliente y salado; como el aliento de un perro que bebiera agua de mar.

Desde la altura alcanzaba a ver casi todas las luces de la bahía. A la izquierda, las bombillas mortecinas de la Casa de Salud La Benéfica, un hospital para pobres. En la misma diagonal, pero más cerca, la terminal de los vapores que cubren la línea de Miami y las farolas de la estación. Enfrente, como a un palmo, los focos de los camiones lamiendo con su lengua de luz el asfalto de la Vía Blanca hasta desembocar en Guanabacoa. A la derecha, las torres altas de la Compañía de Electricidad. El faro del Morro disparaba destellos de luz al vacío. Y al fondo, el trazado caprichoso de los barrios de La Habana Vieja. El conjunto componía un panorama triste, ideal para reafirmar el propósito de un suicida.

Luyano podía ser un barrio tan bueno para vivir como cualquier otro de La Habana, me dije. Siempre y cuando fueses una rata y no te dieran miedo las ratas más grandes que tú. Al fin y a la postre, poseía todo lo que un hombre en mis circunstancias podía necesitar: pensiones baratas, proximidad al atracadero del ferry que cubre a diario la línea de Key West cargado de automóviles y turistas yanquis, y una tortuosa vía ferroviaria por la que desfilan cuantos mercancías parten hacia Oriente.

Había llegado al hostal Chicago muy cerca de la medianoche. Se anunciaba engañosamente como Casa de Huéspedes con un rótulo de neón que prometía precios módicos y alquiler de habitaciones por semanas, días e incluso horas. Ocupaba la quinta planta de un edificio que una vez fue blanco. El tiempo lo había convertido en uno de esos lugares a los que va a parar la gente que transita la etapa de su vida que precede al desastre y que utilizan también las parejas sin futuro. Pensándolo bien, la mayor ventaja de alojarse en el Chicago consistía en salvarse de la Mansión Oriental, el primer destino que me propuso el taxista.

El tipo de la recepción del hostal tenía entre cuarenta y sesenta años. Camuflaba la calva paseando una sola mata de pelo superviviente, y que había teñido de rojo, desde el temporal izquierdo por todo el cráneo. Hablaba masticando un pedazo de pan, como si se enjuagase con él la boca.

—Estará como en casa —me dijo.

Tuvo que interrumpir su campaña de propaganda unos instantes para tranquilizar a un huésped que se asomó al pasillo quejándose a gritos de un corte de agua.

—El ambiente es familiar —agregó.

Tomó una llave del cajetín y me acompañó hasta la última habitación libre. Descorrí una cortina que llevaba tiempo sin asomarse al agua.

—Gallego, ¿verdad? —preguntó desde el quicio de la puerta.

Si hubiera tenido intención de responder, no me habría dado tiempo, porque continuó:

—Lo sé porque lo primero que miran los gallegos es la ventana, para calcular la claridad de la mañana —prosiguió—. Cada quien tiene sus manías: los americanos se preocupan por la ventilación, los mexicanos palpan el colchón, los venezolanos abren la llave del agua… El cubano es rascabucheador: antes que nada observa si hay ventanas enfrente, para espiar de noche a las mujeres.

Me fijé en la camisa que dejaba caer por fuera del pantalón, como hacen los gordos. En el pecho resaltaba un mamey, en un sobaco un racimo de cerezas, en el vientre un cuerno de la abundancia que rebosaba monedas de oro. Toda esa euforia primaveral emanaba de un fondo rojo. Tan rojo como los días de fiesta de un almanaque. Seguía hablando.

—Me gustan los gallegos. Mi padre era gallego, de las islas Canarias. Son gente seria. Trajeron cosas buenas a América, como el idioma, la raza o la siesta. Aunque a mí no me gusta la gaita que tocan en las romerías….

De un manotazo se sacudió un mosquito del tamaño de una libélula que se le había posado en el cuello. Exploró la mano en busca de restos y me sonrió, como restando importancia a la travesura de un animal doméstico. Antes de escuchar un relato de la guerra de Cuba pregunté el precio.

—Un peso al día. Si se queda más tiempo, cinco pesos por semana. Hay agua corriente en cada cuarto. Cada baño son diez centavos. Y no tenemos teléfono, pero puede llamar desde la vidriera de apuntaciones de la esquina y ahí mismo le toman los mandados.

—Sólo quiero dormir, no pienso comprar la habitación —le respondí.

—No se me ponga bravo, gallego. Todo se puede hablar. Podemos dejarlo en la mitad. Se le ve buena gente y formal.

Volvimos a la entrada. Mientras recogía mis cosas, en una radio sonaba una voz afectada cantando «Si muero en la carretera no me pongan flores…» sobre un fondo de violines. El gordo seguía mascando el mismo pedazo de pan.

—¿Tiene algo para los mosquitos?

—Lo ideal es poca claridad y mucha ventilación.

—Quiero decir si tiene algo contra los mosquitos.

—Lo mejor es no hacerles caso y dejar trabajar a las arañas.

—Ya. ¿Y aparte de las arañas tiene algo más?

Escarbó bajo el mostrador y apareció un matamoscas verde. Lo asió por la varilla como si fuera un florete.

—Con esto no se le escapa uno.

Tendió la empuñadura con la misma solemnidad que si me confiara la espada de caballero.

—Seguro, pero aparte de la esgrima también quisiera dormir un rato.

La sonrisa se esfumó, sustituida por un mohín. Rebuscó en el mismo sitio hasta que apareció un pulverizador de flis. Lo agité y se lo devolví: el tambor estaba en las últimas. Aquello era más de lo que el gordo podía soportar. Desenroscó de mala gana un frasco con una etiqueta roja que tenía dibujada una legión de insectos convalecientes y una calavera pequeña. Vertió un chorro discreto.

Me tumbé en la cama. El colchón, o lo que hubiera debajo de las sábanas, era algo menos duro y estrecho que un reclinatorio; pero la palabra clave era «algo». Después de rociar el cuarto un buen rato con el pulverizador me quedé observando una araña muy plana y de patas largas y peludas. Debía de ser hembra porque era enorme y se aproximaba distraídamente hasta un mosquito que deambulaba cerca de la bombilla del techo. Su merodeo componía un movimiento parecido al tamborileo de una mano sobre la mesa. Tanto el cazador como la presa pertenecían probablemente a especies mutantes inmunizadas contra el insecticida o tal vez la calavera del frasco sólo advertía a los vertebrados. Les dejé hacer sin tomar partido. No sé si los insectos tienen oídos, pero la araña aprovechó el pitido de un tren al tomar la curva del puerto para atrapar al mosquito.

Observar la cacería me llevó unos veinte minutos. Otros diez los dediqué a fumarme el último pitillo de una cajetilla de Belmont que había comprado en la escala de Caracas. Después, saqué de la americana la cartera y desdoblé un sobre astroso en el que figuraba junto a mi nombre una dirección antigua y al tiempo reciente: «Penal del Dueso. Segunda Galería. Santoña (Santander). España». El matasellos emborronaba el perfil resuelto del primer presidente de Cuba, Carlos Manuel de Céspedes: «La Habana. 10.4.49». Extraje su contenido y me concentré en él una vez más.

Tres jóvenes de uniforme componían una pose improvisada. Medina, con una rodilla clavada en tierra, tendí

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