1
Miedo y sal
Venecia, septiembre de 1716
Luna llena sobre las aguas de Venecia. La calma envolvía el anochecer azul de la ciudad flotante. El mar estaba sereno. Apacible. Sin embargo, una extraña brisa con aroma a miedo y sal comenzó a inundarlo todo como si los dioses quisieran alertar de que algo malo acechaba en la laguna.
Fue aquel día y en ese momento cuando la joven Caterina Sforza y su padre, don Giovanni, el lector de cadáveres más prestigioso de la Serenísima, atravesaron el camino de plata que dibujaba la luna en el canal a bordo de una góndola destartalada y enmohecida. El médico había sido avisado de urgencia por el colapso de la anciana señora Treviso en el barrio de Cannaregio y, como siempre, acudía con su mano derecha, su hija.
—¡Han matado a mi madre! —sollozó el hijo tremendo y sesentón de la difunta derramado sobre un sillón Luis XIV color vino.
Estaba junto a la cama con dosel en la que yacía la vieja. Muy vieja. Tan flaca y diminuta que parecía imposible que aquel ser gigantesco hubiera sido hospedado en sus entrañas. Lloraba como un niño, y los cuadros de santos lánguidos que cubrían las paredes lloraban de pena con él. Al frente, otro tipo de lágrimas aún por catalogar. Las de un joven y atractivo sirviente y las de un ama de llaves rechoncha y bobalicona. Aguardaban acontecimientos.
—¿Qué le hace pensar que la asesinaron? —quiso saber don Giovanni, el dottore, examinando la boca y la piel de la anciana.
—¡Mi madre era muy joven!
—Sí, si la comparamos con una pirámide —susurró Caterina.
—Shhh. Baja el tono, pequeña loca —musitó el médico con una mirada cómplice.
—Gozaba de una salud de hierro —prosiguió el hijo—. Acudía a misa a diario, frecuentaba teatros, conciertos, casinos… Y, por encima de todo, mi madre era muy, pero que muy activa.
Un tremendo golpe de tos cercano al atragantamiento se apoderó del criado guapo. Aquello, junto al rubor de sus mejillas, funcionó como un dos más dos son cuatro en la mente de Caterina, que tuvo que llevarse la mano a la boca para contener la risa imaginando a la abuela en plena pirueta amatoria.
—Cattuccina, no —masculló don Giovanni firme, luchando por no reír él también.
Cattuccina. Así llamaba su padre a la joven por su aspecto de gatillo flaco y despeinado. En realidad, era inquietantemente hermosa. A sus diecisiete años tenía una belleza salvaje que pasaba inadvertida por los ropajes amplios y pasados de moda que le compraba con torpeza don Giovanni. Su pelo caoba se encendía brillante cada vez que le daba el sol. Pero la mayor bendición eran sus ojos. Grandes y rasgados. Pigmentados de un insólito azul violeta. El mismo color mágico que envolvía la ciudad al atardecer. Por eso a su padre le gustaba decirle: «Tienes Venecia en la mirada, Caterina». Y ella sonreía y le abrazaba fuerte, muy fuerte, sintiendo el valor de aquel halago tan grande.
—Mi madre, mi pobre madre… —gimoteó el hijo gigante, diminuto ante la inmensidad de su tragedia.
—Niña, mira el vómito y la postura de desvanecimiento del cadáver —indicó don Giovanni en un tono apenas audible—. Huele a almendras amargas.
—Me hablan de intoxicación y desmayo, padre. ¿Crees que se la cargó el criado?
Don Giovanni buscó la respuesta con una pregunta.
—Caballero, ¿me permite observar el plato que hay junto a la mesita de noche de la difunta?
El hijo asintió y el doctor cogió la pieza de porcelana blanca con dos dedos. Sobre ella reposaban varios pinchos largos con restos de manzana tostada que, con seguridad, habían pasado por algún tipo de brasa o fuego antes de ser ingeridos. El huérfano se sintió obligado a comentar.
—Son ramas de laurel con fruta ensartada que le trae cada noche nuestro criado…
Falso. No era laurel. Y la mentira convirtió los ojos de padre e hija en una serpiente que se deslizó rápida por la sala hasta llegar al criado.
—… preparada con esmero por nuestra ama de llaves…
El reptil de miradas giró como una flecha hacia la sirvienta con aspecto de idiota.
—… que yo mismo recojo de nuestro jardín para mi madre.
Y la víbora se clavó en el hijo enorme.
Una pregunta de Caterina deshizo el encantamiento.
—¿Tiene usted adelfas en su jardín?
—Pues creo que sí, aunque no entiendo mucho de plantas.
Padre e hija se quedaron sin dudas.
—Caballero, ¿de verdad quiere usted saber quién ha matado a su madre?
Era realmente extraña aquella noche. Y así fue como se sintió ese hijo, extraño y miserable, al saber que él mismo había provocado la muerte de su madre al confundir las ramas del inocente laurel con la adelfa tóxica. Al quemarse, habían liberado ácido cianhídrico provocando la arritmia que dejó a la vieja tiesa.
Minutos después, el médico y su aprendiz estaban de nuevo en la góndola en dirección a su modesto palacio en la isla de la Giudecca. La brisa se había transformado en viento. La muchacha comandaba la nave, algo infrecuente para una dama veneciana, pero no para el rayo hecho mujer que era Caterina, quien, desde la cuna, había tenido una vida singular.
Baste decir que su primer sonajero fue un fémur. No el suyo propio, a Dios gracias, sino el de una cabra —o eso dijeron—, cuya extremidad apareció flotando en el mar a la deriva. Tras despojarlo de carne y piel y desinfectarlo meticulosamente, don Giovanni hizo gala de su particular sentido del humor —así como del ahorro— tallando el hueso con diminutas flores de lis, pues, pensó, ¿para qué gastar dinero en muñecas? Le añadió cascabeles y cintas de diferentes colores creando un instrumento como mínimo curioso que mecía sobre la cuna de la niña para calmar su llanto.
Así, mientras otras ricas patricias venecianas crecían en lujosos edificios, rodeadas de sedas orientales y brillantes terciopelos, Caterina lo hacía en una fría sala de autopsias jugando entre cuerpos rotos y vasijas de alcoholes conservantes. Arropada, eso siempre, por el inmenso amor y las tiernas excentricidades de su padre.
Ah, el dottore. Un gran hombre de ciencia que caminaba proyectado hacia adelante, como si soportara una carga pesada e invisible. Eternamente con el mismo abrigo verde pardo, austero y elegante. Preocupado a todas horas por su trabajo, pero sobre todo por su única hija.
Con cuatro años le enseñó a leer en sus libros de anatomía. Con siete jugaba con ella a diseccionar muñecas. Con diez la adoctrinó para reconocer y localizar los doscientos seis huesos del cuerpo humano con sus seiscientos cuarenta músculos. Al llegar a los catorce, Caterina pidió ver su primera autopsia. Todavía era una niña, y una mezcla de orgullo y horror invadió a don Giovanni.
Para probar su vocación, puso ante ella el cadáver de un marinero holandés tan descompuesto que, para saber de él, habría sido mejor preguntar a sus gusanos. Lo colocó sobre una mesa en decúbito supino; con un carbón dibujó entre su cuello y el pubis una perfecta línea recta y lo abrió con un bisturí siguiendo la marca. Miró a su hija… Cayó redonda al suelo. Corrió a levantarla. Al volver en sí, la niña pidió que le trajera perfume de azahar de su alcoba. Caterina lo vertió en un pañuelo, envolvió con él su nariz atándoselo en la nuca y volvió frente al difunto con gran dignidad. «Adelante, padre. Seguimos».
El dottore guardó ese momento en el alma. Había engendrado a otra apasionada de la medicina y, desde aquel día, los dos se pusieron de acuerdo para soñar que Caterina iría a la Universidad de Padua, que llegaría a ser una de las primeras mujeres doctoras; que podría, como él, descifrar los secretos que esconden los muertos.
Su madre se habría sentido orgullosa de verla, pero la vida quiso que le faltara desde la cuna. El padre asumió el doble papel con entrega y se convirtió en todo para Caterina. Con él, la niña tomó la medida del mundo y aprendió a amar Venecia. Él le enseñó a admirar sus palacios de piedra de Istria, grisáceos y enmohecidos, pero dignos y majestuosos, construidos sobre una superficie de tierra inventada, en constante lucha con la naturaleza. De su mano blanca y delgada aprendió a guiarse por las estrechas callejuelas y a mirar por los ojos de sus más de cuatrocientos puentes, aparentemente iguales pero todos distintos. Con él se santiguó más de mil veces frente a la Virgen y los santos de las pequeñas capillas —tabernacoli— excavadas en la piedra de numerosas esquinas de la ciudad. Envuelta en la risa de su padre descubrió cómo sortear las gotas de agua jabonosa que caían sobre sus cabezas procedentes de la ropa blanca recién lavada que las mujeres colgaban en las ventanas más altas de las casas y a tirar divertidos de ella provocando la furia de quienes las habían tendido. Apoyada en su hombro supo cómo dejarse embriagar por el aroma agridulce de la música veneciana, a cantar sus arias de cristal.
Pero también el dottore le mostró el mundo de las sombras que habitan la ciudad. Le previno de los hombres y mujeres que esconden sus almas tras las máscaras de un carnaval infinito y aún más de los que no las llevaban jactándose de no ocultar nada, pues esos —le dijo— son los peores. Le advirtió de la envidia que se filtra por las piedras y se extiende por el agua de los canales y los pozos de los que beben cada día los venecianos. Y le habló de lo poco que vale la vida de alguien cuando hay dinero, no mucho, de por medio. Había visto demasiados cadáveres como para no saberlo.
Por todo esto, aquella noche Cattuccina no gritó al contemplar el descubrimiento siniestro. Doblaban una esquina del canal para dirigirse a su palacio avejentado, de fachada rojiza, cuando les sorprendió un resplandor confuso. Procedía del interior de una góndola encallada en el amarre de la entrada. Era una luz extraordinaria, casi sobrenatural. Caterina detuvo la embarcación y se volvió hacia su padre.
—¿Qué demonios hace eso ahí? —soltó deslenguada reproduciendo el vocabulario vulgar aprendido de su vieja y fiel criada la Morattina.
—Prudencia, hija —contestó don Giovanni echando un rápido vistazo a los alrededores para calcular respuestas.
—¿Serán amantes?
—Demasiada luz para los que no quieren ser vistos. Tampoco crepita como un fuego. Es extraño. Acércate despacio, Caterina.
La muchacha, educada en el arte de la navegación como un varón por voluntad de su padre, puso la fórcola de la góndola —el punto de apoyo sobre el que gravitaba el remo— en posición lenta. La nave se deslizó sobre el agua con sigilo y cuando llegaron a la distancia que les permitía ver el interior, sintieron que se les helaba el alma.
Rodeado por decenas de pequeñas velas encendidas yacía el cuerpo desnudo y empolvado de blanco de una hermosa joven clavada de pies y manos al negrísimo suelo de la góndola como un Cristo crucificado. Su belleza y la delicadeza de su expresión eran inmensas. Habían tapado su vientre con un trozo de terciopelo bermellón y una guirnalda de orquídeas amarillas recorría su largo cabello negro. La puesta en escena de este asesinato estaba muy trabajada y resultaba extraordinaria a la vez que deplorable. Un detalle coronaba la estampa: tenía los pezones teñidos de azul.
—Santo Dio —suspiró el médico frotándose los ojos incrédulo, como si este acto reflejo fuera un conjuro capaz de cambiar la realidad.
—Padre, no llames a Dios, que esto ha sido obra del diablo —sentenció Caterina furiosa sin apartar los ojos ni un instante del cuerpo—. Pero ¿a qué fin?
—Esa no es la pregunta. La cuestión ahora es saber si ese diablo del que hablas ha sido torpe y no ha sabido terminar su trabajo. Rápido, a la orilla.
Caterina sacudió con precisión la fórcola de su nave para bordear la góndola de la muerte e impulsó la suya contra el amarre. Padre e hija saltaron al agua sin esperar tan siquiera a llegar a tierra y en un instante ya estaban comprobando el pulso en el cuello de la joven.
—¡No siento nada, padre!
—Puede que el latido sea muy débil. Mejor miremos sus heridas; si sangran es que vive. ¡Fuera esas malditas luces!
Como dos locos quitaron a brazadas las velas que les impedían el paso y las arrojaron por la borda quemándose las yemas de los dedos. Ni se dieron cuenta. Empapados y sobrecogidos se dirigieron con inmenso respeto al cuerpo desnudo de la criatura y la recorrieron buscando un soplo de vida. Al remover los polvos de arroz que la cubrían, pudieron ver que tenía moraduras por todo el cuerpo.
—Padre, mire el suelo. Esa sangre no procede de los clavos, una vez que entraron, taponaron la herida. ¿De dónde, pues?
—De la espalda, pero no podemos verla si está clavada a la madera. Criatura —musitaron los labios del médico—. ¿Qué clase de monstruo ha sido capaz de hacer esto?
Escucharon un ruido en la maleza cercana.
—Padre, algo se mueve a su derecha.
Don Giovanni apuntó con la lámpara en esa dirección y descubrió a un pescador que sostenía tembloroso un cordón manchado de sangre.
—Maurizio, ¿tú? —preguntó incrédulo don Giovanni.
—¡No, dottore, deje que le explique! —suplicó acercándose el hombre.
—¡No toques a mi padre o llamaré a la guardia! —amenazó Caterina.
No fue necesario. La suerte o la desgracia hicieron que Messer Grande Verucchio, un temido oficial de la guardia veneciana, estuviera en una casa de juego lo suficientemente cerca como para escuchar los gritos. Era un hombre enjuto con capa de paño oscura —tabarro— y pelo grasiento. De sobra conocido por los ardides y pruebas falsas que preparaba con astucia de zorro y apariencia de fariseo para acusar a los ciudadanos con la intención de prosperar en mérito ante el gobierno de la República. Iluminó con su lámpara de aceite a la muchacha de la góndola y después, sin pronunciar palabra ni alterar el gesto, dirigió su luz al pescador que aún llevaba en sus manos la cuerda ensangrentada.
El marinero cerró los ojos y sus labios le supieron a muerte. De nada valieron las excusas ni las súplicas. Ni tan siquiera el argumento obvio de que no intentó huir. Messer Grande tenía una muerta y un asesino. No necesitaba nada más.
Dos guardias, obedientes sbirri, salieron de las sombras. En un pestañeo, el pescador ya estaba con la cabeza en el suelo, como era costumbre con los detenidos, y maniatado. Solo restaba llevarse el cadáver de la joven, pero al estar clavada a la madera, la tarea no presumía ser fácil. —No perdáis tiempo —ordenó Messer Grande—, cortadle manos y pies.
—¡Ni se le ocurra! —gritó Caterina—. ¡Puede estar viva!
—Criatura, ¿tú la has visto? ¿Quién puede sobrevivir a semejante tormento?
Con una mirada ordenó a uno de sus sbirri desenfundar la espada. Este la elevó sobre su cabeza para tener fuerza en el corte, pero en ese momento, como por milagro, la crucificada emitió un lamento. Su cuerpo se estremeció y miró a Caterina. Al instante se volvió a desvanecer.
—¡Está viva! —gritó don Giovanni—. ¡Vamos, agente, cumpla con su deber y ayúdeme a liberarla!
Verucchio dudó. Su trabajo parecía muy fácil hacía tan solo un instante. Si hubiera estado solo, la habría rematado con sus propias manos. Pero el médico y su hija eran dos testigos que prometían ser latosos. No le quedó más remedio que claudicar.
—Quítenle los clavos golpeándolos por debajo de la barca —decidió.
Al soltarla, padre e hija pudieron ver la herida aún sangrante de la espalda. Faltaba un trozo de piel en forma rectangular de uno por dos palmos. Caterina respiró hondo; sacó vendas de la bolsa que siempre portaba su padre y ató con ellas las muñecas y tobillos de la joven. La laceración de la espalda era demasiado grande, así que arrancó un trozo de sus enaguas blancas y la presionó con él para detener la hemorragia.
—Están perdiendo el tiempo —afirmó Messer Grande.
—Déjela diez minutos, solo diez minutos, por favor —rogó el dottore.
El guardia resopló y dio un paso atrás. Entonces don Giovanni cogió a la muchacha en sus brazos con extrema dulzura. Caterina, al mirarlos, pensó cuánto sufriría el padre de aquella criatura si la viera malherida y en lo afortunada que era ella de tener al dottore, pues cualquier pena de una hija se empequeñece en los brazos de su padre.
Después la llevaron a toda prisa a su palacio, situado a tan solo unos metros de la orilla. Querían salvarle la vida.
2
Un lugar mágico
Varias torres de libros, cuadernos de notas ilegibles y hasta algún resto de comida de la mañana fueron derribados con violencia por Caterina del enorme escritorio de caoba francés en la biblioteca del palacio para que su padre depositara encima a la muchacha. No era el lugar más adecuado para hacerlo, pero era la estancia más cercana a la entrada del embarcadero y no era cuestión de perder tiempo.
Iban casi a tientas, su lámpara de aceite se apagaba. Una corriente de aire frío procedente de una ventana rota que daba al canal se clavó en la carne de don Giovanni como un estilete.
—¡Condenado sea el momento en que confié en mi estrafalario invento a base de trapos y algas peguntosas para tapar el agujero!
—Padre, le dije que se gastara unos cequíes y llamara a un ebanista, pero no sé si tiene más duro el oído o el bolsillo…
—¡Debiste insistir más a este pobre viejo testarudo! Ahora la sala está helada, y por Dios que lo último que necesita esta muchacha es que le baje aún más la temperatura. Ayúdame a acercarla al fuego.
Padre e hija empujaron con fuerza la mesa donde reposaba la joven hacia la chimenea de mármol blanca decorada con dos amorcillos situada en la pared norte del despacho. Ella estrelló su farol contra un puñado de brasas y eso fue suficiente para que el fuego comenzara a calentar e iluminar la sala. Se creó un juego de reflejos ocres y sombras rojizas que, poco a poco, fueron quitando el velo a la oscuridad. Estaban en un lugar mágico y espiritual donde ambos pasaban horas entregados a la lectura y el estudio. Tenía las paredes cubiertas por damascos de seda oro y verde arañados por el tiempo. Los rodeaban corpulentas librerías de nogal donde convivían tratados de anatomía y cirugía de Morgagni, Vesalio, Fabrizi d’Acquapendente, Franciscus Sylvius o Harvey con alguna espantosa porcelana china. Los grandes clásicos de la antigüedad griega y romana como Virgilio, Esquilo y Homero aguardaban, como Penélope, a ser leídos una y otra vez por padre e hija.
Salpicaban los muebles algunos textos bíblicos y vidas de santos —pocos—. Copérnico y otros astrónomos gritaban desde sus páginas silenciosas para ser oídos desde la luna. Y en una esquina, como el pasajero que llega con retraso al embarque reclamando su lugar, había una vitrina de cerezo insultantemente roja con decenas de partituras para las clases de canto de la muchacha. Porque no solo de abrir tripas vive el hombre, y la música era, sin duda, la otra gran pasión de Caterina.
—Dime qué ves —ordenó el dottore mientras intentaba dar de beber un cordial a la moribunda para reanimarla.
La hija tomó papel y pluma para anotar los hallazgos como había hecho siempre, pero su padre la reclamó.
—¡No hay tiempo! Lee su cuerpo y anótalo en tu mente.
Caterina asintió. Se apartó el pelo de la cara con el antebrazo derecho y sus cinco sentidos se convirtieron en un halcón invisible dispuesto a sobrevolar el cuerpo de la muchacha.
—Golpe con objeto no afilado en la sien derecha. Marca de cuerda en el cuello. Piel encallecida en la parte inferior derecha del mentón. Sufusiones de sangre por todo el cuerpo. Quemadura en el hombro izquierdo, clavos en…
Instantes después, la víctima dejó de escuchar la retahíla de atrocidades que sabía perfectamente que habían infligido a su cuerpo, y su corazón se detuvo.
—¡Reza hija, la perdemos!
Caterina apretó con angustia una de las manos ensangrentadas de la niña mientras suplicaba misericordia. «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…».
En vano. El alma de la muchacha había decidido marcharse agotada de tanto dolor. Abrió los ojos para mirar agradecida a padre e hija y los dejó.
La aprendiz dio una patada a la mesa con rabia y decepción.
—¡Maldita sea! ¡No es justo, padre!
El dottore disfrazó su desaliento y la abrazó.
—Hija, esa criatura estaba rota. Mejor en brazos del Señor.
—¡No lo entiendo! ¿Esto es lo que hacemos los médicos? ¿Conformarnos cuando la vida se derrama entre nuestros dedos?
Una nueva corriente de aire apareció en la sala. Messer Grande acababa de traspasar la puerta flanqueada por largos y pesados cortinajes de terciopelo verde con guardamalleta de borlas. Aquel hombre era el magnífico retrato de un buitre acudiendo al olor de la muerte.
—Ya es cadáver. Me la llevo.
Se hizo el silencio. La resignación empezaba a cubrir la estancia cuando el dottore sintió un impulso.
—No la toque —dijo don Giovanni—. Está viva.
Caterina levantó la cabeza del suelo y se volvió con preocupación a su padre temiendo que hubiera perdido el juicio.
—¿Está usted seguro, dottore? —recitó Messer Grande.
—Sí —afirmó tajante mientras miraba a los ojos de su hija con un gesto que solo ellos podían comprender—. Díselo tú.
—Está… viva —balbuceó Caterina confundida, no solo porque la información fuera absolutamente falsa, sino porque semejante mentira viniera de la boca de su padre, un hombre que le había advertido sobre los males del engaño hasta la saciedad.
—No le creo —replicó el guardia—. No se mueve.
—Porque su latido es lento y su respiración también.
—Bien —recitó incrédulo—, razón de más para llevármela.
—Pero solo mi padre puede mantenerla con vida —añadió la joven con rotundidad sumándose a la mentira.
—Déjemela unas horas… —insistió el dottore.
—¡No me joda, matasanos! ¿Antes diez minutos y ahora unas horas?
—¡Y así podrá contar a sus superiores que no solo detuvo a un asesino, sino que también salvó a su víctima!
Messer Grande dio con su puño en la pared y se aproximó tanto a don Giovanni que este pudo oler su aliento a tabaco y el sudor de varios días en su ropa.
—No juegue conmigo, señor Sforza. No sé qué se trae entre manos, pero le voy a dar la oportunidad de hacer algo bueno por mí. Voy a trasladar a ese pescador desgraciado a prisión, pero regresaré al amanecer y me da igual que haya vuelto el mismísimo Jesucristo a resucitar a la joven porque pienso llevármela. ¿Lo ha entendido?
—Sí, agente —contestó el médico sosteniéndole la mirada con respeto.
—Ah, y bajo ningún concepto se le ocurra abrir a la muchacha. No tiene permiso judicial. Ya sé que dice usted que no está muerta, pero, por si acaso…
El guardia abandonó la biblioteca y Caterina se dirigió brava a su padre.
—Ahora es cuando usted me explica por qué nos hemos jugado el cuello con semejante patraña.
Don Giovanni sonrió y la tomó suavemente por los hombros.
—Hija, antes me has preguntado qué podemos hacer mientras la vida de una víctima se pierde. Esta es la respuesta: leer sus heridas para encontrar al culpable. Después, que la justicia divina y los tribunales de la República se encarguen de castigarlo o no… Pero ayudar a descubrirlo, eso sí que podemos hacerlo.
Caterina iba a decir algo; sin embargo, decidió cerrar la boca y apoyar la cabeza en el pecho del dottore. Él siempre tenía una respuesta de esperanza. Era capaz de prender una luz en cualquier oscuridad; en este caso, una luz muy poderosa, pues la había hecho heredera de una misión universal y ella estaba a punto de aceptarla.
—De acuerdo —contestó firme.
—Entonces ayúdame a bajarla al inferno.
—Pero, padre, ¡esa alimaña de Messer Grande nos ha prohibido abrirla!
—No será necesario. Tápala con una sábana y sígueme. Vamos a abrir a su espejo.
Empezaron su descenso al inferno. Así llamaban ambos al sótano escondido tras una falsa pared donde el médico había construido una gran piscina. La había llenado de cadáveres que guardaba en una solución de alcohol para su estudio. Los había comprado con sobornos a guardianes de las prisiones y enterradores corruptos. Los primeros le proporcionaban prisioneros muertos y algunos ahogados de la laguna que nadie reclamaba. Los segundos le entregaban difuntos cuya familia no tenía dinero para pagarles cristiana sepultura. Entonces el dottore, como Caronte, el viejo barquero de Hades, escogía los cadáveres de su particular río Aqueronte; los abría en canal para estudiar las causas de su muerte y finalmente, en agradecimiento, los transportaba hasta la cercana isla de San Michele, donde un sacerdote amigo liberaba sus almas y les daba digno entierro.
Desde el techo, la pintura al fresco de Higia, la diosa de la curación, interpretada como una bella mujer semidesnuda que alimentaba con su mano a una serpiente, llevaba años siendo testigo silencioso de cuanto allí se hacía. A la derecha, bajo cinco lámparas de aceite, había una mesa de disección e instrumental médico. A la izquierda, numerosas vasijas de cristal con manos, pies, vísceras, fetos de diferentes edades y un sinfín de restos humanos más para experimentar, para aprender, para saber.
—Caterina, coge la red y ayúdame a sacar a la sirena del agua.
No era un eufemismo. Flotando en la gigantesca bañera y envuelto en algas grises estaba el cadáver de una joven no demasiado deteriorada, pues, afortunadamente, había pasado muy poco tiempo en el agua. Vestía un apretado traje de tela brillante en color verde esmeralda que simulaba la piel de un pez. De cintura para arriba se transparentaba su cuerpo. De cintura para abajo tenía cosidos diminutos trozos de tela verde y oro brillantes, superpuestos con ingenio para que, con el más mínimo movimiento, parecieran escamas. Seguro que aquel disfraz terminaba en una cola, pero quedaba poco de ella y solo unos harapos que colgaban permitían imaginarla.
—¿Ella es el espejo? —preguntó Caterina incrédula.
—Me la vendió un enterrador hace cuatro días asegurándome que era una prostituta —contestó el padre—. Provocó mi curiosidad la parafernalia de su muerte. Al parecer, la encontraron en el agua envuelta en una red de pescador. Es una muchacha muy joven, tiene restos de margaritas anudadas a conciencia en su pelo que me han recordado a las orquídeas de…
—No siga, padre. Confío en su intuición. Vamos a ver qué refleja este espejo muerto.
3
La mansión del diablo
Los grilletes comenzaban a lacerar sus muñecas y su espalda se llenaba de sudor frío mientras Maurizio, que así se llamaba el pescador al que Caterina y el dottore habían descubierto en su amarre, era conducido a paso rápido por un sbirro entre el laberinto de pasillos de las cárceles de Venecia. El detenido era un hombre pequeño y compacto, de espalda ancha y cabeza diminuta, con una tez endiabladamente morena curtida por el sol cuya expresión desprendía bondad y nobleza.
Acababa de entrar en las Prigioni Nuove —Prisiones Nuevas— y, como rezaba un grafito dibujado en la pared por algún preso irónico: «Ponte cómodo, estás en la mansión del diablo».
Asesinos, violadores, ladrones y demás joyas oscuras de la sociedad convivían con hombres honestos acusados injustamente con la condescendencia de la República. A todos ellos les aguardaba una vida tan cruel y con tantas privaciones que más de uno habría firmado su muerte con tal de no pasar un día más en aquel lugar.
No habitaba la elegancia, por así decirlo, en sus aposentos. Celdas diminutas —camerotti—, algunas de ellas asfixiantes, donde solo podía entrar un hombre agachado, cuando no de rodillas, convivían con otras más espaciosas, pero a cambio debían ser compartidas por hasta treinta y tantos presos, muchos de ellos enfermos o moribundos. Allí las infecciones se propagaban como reguero de pólvora ante unos médicos escasos y unas medicinas prácticamente inexistentes, convirtiendo el lugar en el reino del tifus, la tiña, las llagas, la gangrena o la locura. Por no hablar de los tres interminables días que podía pasar un cadáver en una celda compartida hasta que se emitiera la licencia de sepultura para retirarlo.
La vida allí podría ser peor, pero era difícil.
Es cierto que estas Prigioni Nuove se habían construido hacía un siglo con el gentil espíritu de mejorar las condiciones de hacinamiento de sus antecesoras. En su diseño incluso había participado Zaccaria Briani, un condenado a cadena perpetua muy astuto que ofreció su propia experiencia para dar consejos y propuestas de mejora a cambio de obtener tres años de remisión de su pena. Pero el espíritu benevolente de la creación del edificio se fue al mismo agujero que las almas de los reos que murieron sin tan siquiera recibir la extremaunción, porque hasta para eso era difícil tener allí derecho.
A la vez, en las antiguas prisiones seguían funcionando dos grupos de camerotti de rigidez extrema para los detenidos que tenían el dudoso honor de ser juzgados por los Inquisitori di Stato —Inquisidores de Estado—. Se conocían como Pozzi y Piombi; ataúdes para vivos los primeros; hornos y neveras, dependiendo de la estación, los segundos.
Y pese a tanto dolor, el aspecto exterior de las cárceles era hermoso e imponente; en perfecta armonía con una ciudad donde se le daba tanta importancia a la belleza: por encima de todo, la presencia.
La fachada de las cárceles frente a la laguna estaba fabricada con bloques cuadrados de piedra blanca, y en el lado occidental, uniendo la prisión con el Palacio Ducal, se levantaba el puente de los Suspiros, un pasadizo hacia la muerte disfrazado, como casi todo en Venecia, de antifaz níveo. A través de sus ojos enrejados los prisioneros lloraban contemplando el mar y la libertad por última vez en mucho tiempo, o quizá para siempre.
Este era el aterrador paraíso por el que caminaba ahora el pescador. Aun así, su instinto de supervivencia luchaba por ordenar las imágenes desde su ingreso para construir una improbable fuga… «Me han obligado a entrar por la entrada principal, frente al Canal. He pasado a un gran vestíbulo al que asomaba la escribanía, donde había un notario y tres capitanes de diferentes guardias, y un depósito de pan para los presos. El sbirro que me acompaña, corpulento y hastiado, me ha hecho subir varios peldaños y he podido ver un entresuelo con celdas y algunas salas de aspecto más noble.
»Me he cruzado con dos miembros de la Fraternidad del Santísimo Crucificado de San Bartolomé, ángeles de los prisioneros pobres; uno ha susurrado al mirarme: “otro miserable” y se han santiguado. He subido otro tramo de escaleras equivalente a una planta…, aunque quizá fueran dos. No puedo recordarlo. He sido conducido por un pasillo oscuro lleno de celdas con grandes cerrojos de hierro oxidado y ventanas de doble reja, a través de las cuales se escuchaban blasfemias y lamentos de los presos. El hedor era repugnante.
»He sido informado de que estoy bajo la jurisdicción de los Signori di Notte —Señores de la Noche—. Eso es malo. Son los magistrados más crueles de la República, los que, como vampiros hambrientos, toman Venecia cuando se pone el sol. Me han tenido más de una hora en uno de sus estrechos y oscuros calabozos, donde un funcionario me ha preguntado quién soy y quién es mi familia. Después me han hecho salir y caminar no más de veinte pasos.
»Ahora estoy frente al quicio de la puerta de una gran sala. Le pido a Dios que no sea la que me temo. Los contrabandistas y los rateros hablan de ella. Al fondo hay una mesa de tribunal en madera, con tres asientos vacíos. Hay muy poca luz, pero diría que en el centro hay una maroma unida a una polea clavada en el techo, y la misma sirga se une también tirante con una máquina que reposa en el suelo con forma de inmenso tornillo… Señor, ten piedad de mí. Es la sala de tortura de los Signori di Notte».
—¡Yo no he hecho nada a la muchacha, agente, déjeme que le explique! —suplicó el pescador sin apenas saliva en la boca resistiéndose a pasar adentro.
—Silencio —ordenó el sbirro que le custodiaba—. Entra.
La voz del pescador comenzó a perderse incluso antes de ser pronunciada. Entraron tres hombres que tomaron asiento. El primero fue Messer Grande, el capitán que le había detenido. El segundo fue el notario Piero Scarpa, un sujeto redondo y grisáceo con aspecto de búho por la asombrosa facilidad con la que giraba su cabeza, dispuesto a tomar meticulosa nota de todo cuanto allí iba a ser dicho o hecho. El tercero era el más duro, el que tenía su vida en sus manos. O eso creían. Se llamaba Piero Scarabella y pertenecía al temido cuerpo de los Señores de la Noche. Extremadamente delgado, se movía con la precisión de una garza huesuda. Ataviado con toga negra, ejercía la doble función de juez y fiscal del acusado. Un contrasentido que erizaba la piel del pensamiento lógico. Pero así era Venecia, un lugar donde todo detenido era culpable hasta que se demostrase lo contrario. Comenzó así la toma de declaración inicial previa al juicio, que se celebraría más adelante.
—Señor Isola, de nombre Maurizio, pescador de oficio —leyó en un documento el magistrado Scarabella—; hijo de Francesco Isola, también pescador, y Marcellina Constanza. ¿Tiene usted algún protector u hombre noble que le avale?
—No, ya se lo he dicho antes al guardia. Solo me tengo a mí mismo.
—El Estado de Venecia le acusa de golpear y torturar a… —se volvió a Messer Grande Verucchio con la pregunta en el rostro.
—Joven de momento desconocida —contestó.
—Desconocida… —repitió en voz baja el notario a la vez que lo escribía en su libro de testimonios.
—Se adjunta la prueba de una cuerda ensangrentada que Messer Grande encontró en sus manos tras atarla el acusado al cuello de la dama.
—¡Pero yo nunca hice tal cosa!
—¿Tiene testigos de lo que dice?
—Pues… solo Dios nuestro Señor.
—Caballero, en este tribunal no acostumbramos a tomar testimonio al Altísimo. Sin otro testigo, el informe se queda como está.
—¡Un momento! —rogó—. No tengo dinero ni fortuna, pero conozco los derechos de los detenidos de la República de Venecia. Ustedes no me pueden acusar sin escucharme antes y el notario debe dejar constancia escrita de mi versión de lo ocurrido.
Messer Grande miró a Scarabella.
—Que hable —permitió condescendiente y, a continuación, se acomodó en el respaldo de su asiento, ahuecó las piernas y se quedó mirándole con el gesto de quien va a asistir a una representación teatral.
El pescador abrió la boca con la certeza de lo inútil. Pero tenía que hacerlo. En alguna parte de este mundo debía constar la verdad. Miró la cuerda que pendía del techo, bajó la cabeza y cerró los ojos recordando.
—No tenía que haber salido a faenar. Me habían avisado de que había mala pesca, pero tengo que mantener a mi familia, así que cogí la barca. Pasé toda la noche echando la red y solo conseguí una miseria. Cuando por fin decidí volver a casa, vi las dos góndolas en el canal.
—¿Dos? —preguntó Scarabella.
—Sí, señor. Una grande que empujaba a otra más pequeña de la que salía una inmensa luz. Me quedé quieto, sin hacer ruido por temor a que fueran contrabandistas. La barca grande se marchó y la otra encalló en la orilla. Acerqué mi nave con sigilo para ver su contenido y entonces…, que la Virgen ampare a esa pobre muchacha, ¡estaba crucificada en el suelo! Creí escuchar un lamento y, por si aún estuviera con vida, salté al agua y quité la cuerda de su cuello. En ese momento vi aparecer una barca a lo lejos, temí que regresara el asesino y me escondí en la orilla. Qué error. Eran el dottore Sforza y su hija… El resto ya lo saben.
El magistrado siguió con el protocolo.
—Bien. Venecia le ha escuchado. ¿Cómo se declara usted?
Un grito de mujer desgarrada los sorprendió a los tres. Era Annina, la esposa del pescador, embarazada, con su hijo adolescente.
—¡Suelten a mi marido inmediatamente! —reclamó con un tono más audaz del que correspondería a una mujer de su clase.
En efecto, Annina era la hija bastarda de un noble veneciano que por toda fortuna le había legado una cara delicada, un porte elegante y unos pequeños pendientes de perlas que llevaba a todas horas como para gritar al mundo que ella era algo más. Su determinación y algunas monedas como soborno la habían llevado hasta la sala donde tenían ahora a su esposo, pero nada de eso valía frente a Messer Grande.
—Fuera —ordenó el guardia.
—¡Padre! —gritó el muchacho al que la naturaleza le había dibujado como una réplica exacta de su progenitor mientras intentaba acercarse a él.
Un sbirro bloqueó el paso con el hombro e hizo caer al chiquillo.
—¡Deje a mi hijo! —suplicó el pescador.
—Todos aparecerán colgados mañana de una pica si la mujer y el muchacho no salen de esta sala ahora mismo —rugió Scarabella.
Se mordieron la rabia y obedecieron. La mujer ayudó a su hijo a levantarse. Su última mirada fue para el Señor de la Noche, al que maldijo.
4
Venus durmiendo con Cupido
Entonces? —preguntó el dottore.
—Muerta por fractura de cuello —contestó Caterina mirando a la sirena que tenía delante, rajada a capite ad calcem, de la cabeza a los pies, sobre una mesa de disección construida en mármol de Carrara blanco y gris.
—¿Estás segura de que no se ahogó en el agua?
—¡Venga ya, padre! —le amonestó con ternura—. Usted no es tonto ni yo tampoco. Sabe que la sangre acumulada detrás de la laringe indica que fracturaron su cerviz cuando aún estaba viva. Pobre criatura, debió de oír el chasquido de su propio cuello.
—Bien. ¿Y el corte en la lengua?
—Limpio. Post mortem. Se ve porque apenas se derramó sangre.
—¿Y el de la carótida?
—Post mortem también —afirmó la joven mientras se quitaba unos finos guantes de tripas de cordero inventados por su padre para la disección de cadáveres—. Habrá que estudiar las heridas de alrededor. Parecen mordeduras de peces, pero hay que asegurarse.
—Bravo, hija mía —exclamó el médico—. Eres brillante y audaz. Cree en ti. No dudes nunca de tu juicio. Los enemigos vendrán y yo no siempre estaré a tu lado, mas siempre estaré en ti, Caterina.
—Dottore, no fastidie. ¿A qué viene ahora ese arrebato de epitafio?
—A que la vida es incierta; tan solo es seguro el presente y, aun así, es agua que se derrama en nuestras manos. Pero no me hagas caso —dijo a la vez que acariciaba la barbilla de su hija—. Volvamos con estas criaturas que nos necesitan. Y ponte de nuevo los guantes… Ya sé que mi amigo el dottore Santorini dice que soy exagerado en cuestiones de asepsia, pero ten presente que toda autopsia es un peligro potencial para los que intervienen en ella.
Minutos después, crucificada y sirena fueron dispuestas en la sala sobre dos mesas paralelas. Llegó el momento de ver si las víctimas eran o no espejo y reflejo. Ahora sí, don Giovanni pidió a su hija tomar pluma y papel para anotar cada una de las huellas que el camino hacia la muerte había dejado en las víctimas. Los ojos del médico serían para la primera; los de Caterina, para la segunda.
De esta forma anotaron que las dos habían sido quemadas por un pequeño hierro candente en el hombro derecho; que la joven de la góndola tenía un diminuto callo en la barbilla, mientras que la otra presentaba otro muy parecido pero en el muslo derecho. A las dos les había sido arrebatado un trozo de su cuerpo; un rectángulo de piel de la espalda a la crucificada; la lengua con la que ya no podría emitir sus cantos, a la sirena.
—Orquídeas —señaló el dottore acariciando el pelo aún brillante de su joven.
—Margaritas —pronunció Caterina extrayéndolas de la maraña de algas sucias que envolvían a la otra el cabello.
Sí, efectivamente, había similitudes, pero también diferencias.
—Violentada —afirmó el médico— con pesar.
—Virgen —dijo Caterina.
—Signos de ensañamiento y tortura —continuó el dottore.
—Muerte rápida. Mmm… —masculló la joven rascando su frente—. Pero ¿por qué una sí y otra no?
—Quién sabe lo que hay en la cabeza de un demente… Quizá la libró de la violencia la ausencia de belleza. Mira sus rasgos. Ya sé que la sirena ha estado cuatro días en alcohol, pero, qué caramba, sus ojos son pequeños, el mentón huidizo, la nariz prominente…
—Que sí, que es fea como culo de mono —afirmó Caterina.
—En cambio —continuó diciendo el padre—, observa ahora a la criatura de la góndola…
—Aun muerta y magullada es una diosa —resolvió la hija—. Su rostro, delicado y perfecto. Sus ojos, grandes. Toda ella desprende ternura y, a la vez, sensualidad. Me recuerda a un cuadro de Bordone, ¿cómo demonio se llamaba? ¡Ah, sí! Venus durmiendo con Cupido, ¿a que sí, padre? Me parece verla reposando desnuda pero llena de luz sobre una tela roja en algún lugar secreto del bosque. Ojalá que, como ella, solo estuviese en brazos de un profundo sueño.
Don Giovanni llevó la lámpara a los labios de la crucificada.
—Pero ¿qué cosa escondes en la boca? —dijo a la vez que la abría con mimo—. Observa, alguien le puso una diminuta rama de arbusto entre los dientes. Caterina, ¿la sirena tiene lo mismo?
—Nada de eso —contestó iluminándola—. Más bien parece estar llena de algas de la laguna.
—¿Y sus pechos? ¿Hay algo de pigmento azul?
—No, pero eso no significa que no hubiera. El agua pudo borrar la pintura. Dios, pobres muchachas —dijo acariciando la frente de la joven de la góndola—. ¿Qué podría hacer por vosotras?
Ese acto espontáneo rompió los muros del mundo visible y desencadenó una reacción. Caterina sintió frío y notó una presencia. Miró a todas partes sin ver nada extraño. Sobrecogida, se le nubló la vista. Buscó una de las grandes butacas de cuero algo rasgado que amueblaban la sala para sentarse y tomar aliento. Su padre acudió solícito con un vaso de agua y le beso la frente.
—Demasiada crueldad para una sola noche, ¿verdad, cara mía?
—Padre, ¿quiénes son estas mujeres? —preguntó con angustia—. ¿Por qué nadie se ha preocupado de buscarlas? ¿Quién ha podido asesinarlas de forma tan salvaje?
—Caterina, cualquier acto en este mundo, incluso el más depravado, tiene un motivo. Encuéntralo y tendrás a su autor.
La joven sintió que la invadía un sopor difícilmente controlable y se acurrucó en el asiento.
—Solo serán unos minutos —dijo.
—Descansa —añadió su padre mientras la tapaba con un paño de lana—. La noche avanza y no tardará en volver Messer Grande. Aprovecharé el tiempo examinando a la joven sirena. Hay algo que me ha llamado la atención.
Caterina cayó en un profundo sueño.
5
Las fauces de la fiera
Caterina abrió sus ojos violeta a bordo de una góndola dorada que rielaba sobre aguas densas como el aceite. Ella, que siempre vestía de pardo u oscuro, iba cubierta por una capa de terciopelo amarillo abierta que dejaba ver un camisón blanco de encaje de Burano. Surcaba el Gran Canal a la altura del puente de Rialto, increíblemente deshabitado, como el resto de las casas que daban esa noche al canal. Vacías y huecas.
Sobre un cielo negro se vislumbraron dos lunas menguantes. No corría el aire y, aun así, la nave se desplazaba ligera. Hacía calor y olía a las peonías que tanto gustaban a Caterina. Iba ansiosa y con prisa, haciendo un gran esfuerzo por manejar el remo desde la popa para llegar a algún lugar. Pero no sabía adónde ni por qué.
Escuchó entonces una voz blanca cantando una melodía infantil.
Una niña quiere cantar,
pero la vieja le tapa la boca.
Lo que parece nunca es verdad,
busca su nombre escrito en el mar.
Desde lo más profundo de las aguas, como un ser de otro mundo, emergió poco a poco una joven pálida de largo cabello rubio, que tenía un hilo de sangre deslizándose por su boca. Sacó la cabeza del agua, la inclinó y extendió su mano suavemente hacia Caterina con expresión de súplica. La hija del médico tuvo miedo, pero no pudo resistirse a la petición de ayuda de aquel ser angelical y la cogió. Entonces, inesperadamente, la criatura agarró con fuerza y velocidad el brazo de Caterina y tiró de ella hasta casi hacerla caer al agua para susurrarle al oído.
—Protege a las demás.
—¿De quién? —preguntó con angustia.
Sonaron tres disparos en la orilla y Caterina sintió que había alguien más en su góndola. Miró a su espalda y vio a un joven soldado corpulento, de uniforme desgastado a quien no pudo ver el rostro porque mantenía la cabeza inclinada hacia abajo.
—Soy culpable, soy culpable… —mascullaba el caballero.
La joven del agua gritó. Caterina se volvió de nuevo hacia ella. La muchacha se había convertido en un cadáver monstruoso que abría desmesuradamente la boca para morderla en el cuello. El soldado se abalanzó sobre Caterina y la cogió en sus brazos para protegerla. Entonces el ser infernal salió del agua colérico, subió a la barca y metió su huesuda mano en la espalda del soldado hasta llegar a su corazón. Y lo apretó y lo apretó…
6
Guardi
Madrid
Alfonso Guardi, capitán de la Guardia de Corps de su majestad el rey Felipe V, despertó bañado en sudor con un dolor punzante en el corazón. Se incorporó de la cama semidesnudo, como un resorte, aturdido por una espantosa pesadilla. Era un hombre que rozaba la treintena, de gran altura, anchas espaldas, pelo castaño algo rojizo, largo y ondulado que recogía en una pequeña coleta a la altura de la nuca. Tenía una mirada tierna de color azul nublado y una mandíbula angulosa y perfecta que su madre debió de robar a una estatua griega. Su barba, no siempre recortada, enmarcaba unos labios carnosos puestos ahí para ser besados por alguna dama ardiente, si no fuera porque siempre los llevaba apretados por la culpa, una culpa ancestral que le ralentizaba el corazón y la existencia.
—¡Capitán! —gritó el ayuda de cámara desde el otro lado de la puerta de su aposento espartano, situado en el Palacio de Lunablanca, en la calle Mayor de Madrid.
—Dime —contestó apartando con las manos su pelo sudoroso del rostro.
—Su majestad el rey Felipe V le reclama de inmediato.
El capitán miró su reloj de bolsillo fabricado en oro, obsequio del monarca, que había dejado en el suelo para ver la hora. Eran las tres de la madrugada. La mitad de la noche, pero ya estaba acostumbrado a las llamadas intempestivas del soberano. El caballero se puso en pie y buscó sus botas. Una vez más acudiría al servicio de su señor, de su rey, de su amigo.
—Voy.
Los cascos del caballo español del capitán Guardi rompieron la quietud de la noche bajando a galope tendido por el anchísimo camino de Alcalá que atravesaba la ciudad de Madrid. Con la poca luz de una luna creciente, el jinete —con impecable uniforme de la Guardia de Corps, esto es, levita y calzón azul con vueltas grana; sombrero de tres puntas y galones de plata; bandolera cruzando el pecho y pertrechado con espada— atravesó el puentecillo de piedra que salvaba el arroyo del Prado para después adentrarse en el inmenso recinto del Palacio del Buen Retiro de Madrid, rumbo al cuarto del rey Felipe V.
El palacio era, en realidad, una bellísima locura arquitectónica. Sus fabulosos jardines, las dos grandes plazas enmarcadas por multitud de aposentos, sus tres patios, los lagos, pajareras y ermitas habían sido construidos con improvisación desde su origen, cuando Felipe IV y su valido, el conde-duque de Olivares, decidieron ampliar el modesto cuarto del rey situado junto al convento de San Jerónimo para convertirlo e
