Galveston

Nic Pizzolatto

Fragmento

9788415630692-5

 

Un médico me fotografió los pulmones. Estaban repletos de copos de nieve.

Al salir de la consulta me pareció que todos los presentes en la sala de espera se alegraban de no ser yo. Ciertas cosas se notan en la cara de la gente.

Yo ya sospechaba que algo iba mal porque unos días antes, al subir dos tramos de escalera persiguiendo a un tipo, había notado que me costaba respirar, como si cargase con unas pesas en el pecho. Había pasado un par de semanas bebiendo más de la cuenta, pero tuve claro que se trataba de algo más que eso. Me dio tanta rabia ese dolor repentino que le rompí la mano al tipo. Escupió algún diente y se quejó a Stan de que le parecía excesivo.

Pero es que siempre me han dado trabajo por eso. Porque soy excesivo.

Le conté a Stan lo del dolor en el pecho y me mandó a un médico que le debía cuarenta de los grandes.

Al salir de la consulta, saqué los cigarrillos del bolsillo de la chaqueta y empecé a estrujar el paquete, pero decidí que no era un buen momento para dejarlo. Encendí uno allí mismo, en la acera, pero no me supo bien y el humo me hizo pensar en los hilos de algodón que se entretejían en mis pulmones. Los coches y autobuses circulaban a escasa velocidad y la luz del sol arrancaba destellos de sus cristales y de los cromados de las carrocerías. Con las gafas de sol puestas, era como si estuviese en el fondo del mar y los vehículos fueran peces. Imaginé un lugar mucho más oscuro y fresco, y los peces se convirtieron en sombras.

Un bocinazo me espabiló de golpe. Había sobrepa­sado el bordillo de la acera. Levanté una mano para parar un taxi.

Iba pensando en Loraine, una chica con la que salí hace tiempo, y en aquella noche que pasé despierto hablando con ella hasta el amanecer en una playa de Galveston, sentados en un lugar desde el que veíamos las gruesas columnas de humo blanco de las refinerías de petróleo ascendiendo a lo lejos como una carretera en dirección al sol. Habrían pasado unos diez u once años desde entonces. Supongo que ella siempre fue demasiado joven para mí.

Yo ya estaba furioso antes de los rayos X, porque la mujer a la que consideraba mi novia, Carmen, había empezado a acostarse con mi jefe, Stan Ptitko. Iba a verme con él en su bar. No era el mejor día. Pero uno no deja de ser quien es sólo porque le aparezca en los pulmones un torbellino de motas de jabón en polvo.

Nadie sale vivo de esto, pero al menos esperas que no te pongan una fecha límite. No tenía intención de contar a Stan, Angelo o Lou lo de mis pulmones. No quería que pasasen el rato en el bar hablando de mí cuando yo no estuviera delante. Riéndose.

Más allá de la ventanilla del taxi, llena de marcas de dedos, iba acercándose la parte alta de la ciudad. Algunos lugares se abren para dejarte entrar, pero en el caso de Nueva Orleans no había nada parecido a una entrada. La ciudad era un yunque sumergido, envuelto en su propia atmósfera. El sol resplandecía entre los edificios y los robles, y sentí en el rostro la luz y después la sombra, como proyectadas por una lámpara estroboscópica. Pensé en el culo de Carmen y en cómo volvía la cabeza para sonreírme por encima del hombro. Seguía pensando en Carmen, lo cual no tenía sentido porque estaba claro que, además de una zorra, era absolutamente desalmada. Cuando empezamos a salir, ella estaba con Angelo Medeiras. Supongo que más o menos se la birlé. Ahora salía con Stan. Angelo también trabajaba para él. Dar por hecho que estaría montándoselo con otros tíos a espaldas de Stan aliviaba mi sensación de agravio.

Intenté decidir a quién podía contar lo de mis pulmones, porque quería contárselo a alguien. La verdad es que es una cagada recibir una noticia así cuando tienes trabajo pendiente.

El bar se llamaba Stan’s Place y era un edificio de ladrillo visto con tejado de chapa, ventanas enrejadas y una puerta metálica abollada.

Dentro estaban sentados Lou Theriot, Jay Meires y un par de tipos a los que no conocía, gente mayor. El barman se llamaba George. Tenía la oreja izquierda vendada con gasa. Le pregunté dónde estaba Stan y él me indicó con un movimiento de cabeza la escalera que lleva­ba a la oficina. Como la puerta estaba cerrada, me senté en un taburete y pedí una cerveza. Pero entonces recordé que estaba muriéndome y opté por un Johnnie Walker etiqueta azul. Lou y Jay hablaban sobre un problema que tenían con uno de los corredores de apuestas. Lo supe porque había hecho ese trabajo durante unos cuantos años, cuando tenía veintipocos, y conozco la jerga. Cuando se dieron cuenta de que estaba escuchando, se callaron y me miraron. No quise ni sonreírles siquiera, y retomaron su conversación, pero bajando mucho la voz y manteniendo la cabeza gacha, para que no pudiese oír nada. Nunca les caí muy bien. Conocían a Carmen como camarera del local, ya antes de que empezase a salir con Stan, y creo que me tenían ojeriza por culpa de ella.

Además, tampoco les caía bien porque nunca acabé de encajar con el grupo. Stan me heredó de su antiguo jefe, Sam Gino, que a su vez me había heredado de Harper Robicheaux, y si estos tipos nunca me aceptaron del todo es más bien por mi culpa. Tenían un concepto de la moda propio de latinos cutres: chándales o camisas con doble puño y pelo engominado, mientras que yo llevo tejanos y camisetas con cazadora y botas de vaquero, como siempre he hecho, y me dejo melena y no me afeito la barba. Me llamo Roy Cady, pero Gino fue el causante de que todo el mundo empezase a llamarme Big Country, y siguen haciéndolo sin ningún cariño. Soy del este de Texas, del Triángulo de Oro, y estos chavales siempre me han considerado escoria, lo cual me parece bien, porque así me temen.

Tampoco es que tuviera demasiadas ganas de ascender en la organización.

En cambio, con Angelo siempre me había llevado bien. Antes del asunto de Carmen.

Se abrió la puerta de la oficina y salió Carmen, alisándose la falda y retocándose un poco el pelo, y al verme se quedó casi petrificada. Pero, como Stan salía tras ella, tuvo que echar a andar escaleras abajo y él la siguió, remetiéndose la parte trasera de la camisa en el pantalón. Sus pasos hicieron crujir los peldaños y Carmen encendió un cigarrillo antes de llegar al pie de la escalera. Se dirigió fumando hasta la otra punta del bar y pidió un zumo de pomelo con vodka.

Se me ocurrió un comentario de listillo, pero tuve que guardármelo.

Lo que más rabia me daba era que hubiera arruinado mi soledad. Yo había estado mucho tiempo a mi aire.

O sea, echaba un polvo cuando lo necesitaba, pero vivía solo.

Ahora, en cambio, ya no me contentaba con la soledad.

Stan saludó a Lou y Jay con una inclinación de cabeza, se acercó a mí y me dijo que Angelo y yo íbamos a tener trabajo esa noche. Tuve que esforzarme para parecer satisfecho con esa asignación de compañero. Stan tenía una de aquellas frentes polacas cuya parte inferior sobresalía como un peñasco y proyectaba su sombra sobre los ojos diminutos.

Me pasó un papelito y dijo:

—Jefferson Heights. Vais a hacerle una visita a Frank Sienkiewicz.

El nombre me sonaba, era el presidente o el antiguo presidente o el abogado de los trabajadores portuarios de la ciudad.

Los estibadores estaban supuestamente bajo escrutinio

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