La costilla de Adán (Subjefe Rocco Schiavone 2)

Antonio Manzini

Fragmento

9788415631149-4

VIERNES

Eran días de marzo, días que regalan destellos de sol y promesas de la primavera que está por venir. Los rayos, aún tibios, incluso fugaces, colorean el mundo e invitan a la esperanza.

Pero no en Aosta.

Había llovido toda la noche, y las gotas de aguanieve habían martilleado la ciudad hasta las dos de la madrugada. Luego la temperatura había descendido varios gra­dos y claudicado ante la nieve, que cayó en pequeños copos hasta las seis, cubriendo calzadas y aceras. Al alba, la luz del sol había despuntado diáfana y febril, revelando una ciudad blanqueada, mientras los últimos copos re­voloteaban y caían en espiral sobre las aceras. Las nubes ocultaban las montañas y la temperatura era de unos po­cos grados bajo cero. Después se había levantado inesperadamente un viento hostil que había invadido las calles de la ciudad como una marabunta de cosacos borrachos, abofeteando hombres y cosas.

En via Brocherel sólo cosas, puesto que la calle estaba desierta. La señal de prohibido estacionar se agitaba, y las ramas de los arbolillos plantados en el asfalto crujían como los huesos de un artrítico. La nieve que aún no había cuajado se levantaba formando pequeños remolinos, y alguna contraventana suelta golpeteaba sin parar. De los tejados de los edificios caían ráfagas de polvo helado que barría el viento.

Irina dobló la esquina de via Monte Emilus con via Brocherel y recibió un bofetón de aire en plena cara.

El cabello, que llevaba recogido en una cola, se le voló hacia atrás, y los ojos azules se le entornaron levemente. Si le hubiesen hecho una fotografía de primer plano y la hubieran sacado de contexto, habría parecido una loca yendo en moto sin casco a ciento veinte por hora.

Pero aquel tortazo helado y repentino tuvo en ella el efecto de una caricia. Ni siquiera se cerró el cuello del fino abrigo de lana gris. Para alguien que había nacido en Lida, a pocos kilómetros de Lituania, aquel viento no era mucho más que una agradable brisa primaveral. Si en marzo Aosta aún estaba sumida en el invierno, en su casa, en Bielorrusia, la gente transitaba hundida en la nieve a diez grados bajo cero.

Irina caminaba veloz con sus deportivas Hogan de imitación que centelleaban a cada paso, e iba chupando un caramelo de miel que había comprado en el bar después de desayunar. Si algo adoraba de Italia eran los desayunos. Capuchino y cruasán. El ruido de la máquina al calentar la leche y ahuecar la espuma blanca, que luego se mezcla con el negro del café y el cacao espolvoreado al final. Y el cruasán que se deshace en la boca, calentito, crujiente y dulce. Cuando recordaba los desayunos de Lida... Gachas incomestibles de cebada o avena, café que sabía a tierra... Y luego estaban los pepinos, con aquel sabor agrio que se le hacía insoportable en las primeras horas del día. Su abuelo los bajaba con aguardiente. En cuanto a su padre, se comía la mantequilla directamente del platillo, como si fuera un postre dulce. Cuando se lo contó a Ahmed, a punto estuvo de mearse de risa. «¿La mantequilla? ¿A cucharadas?», le había preguntado, y se había echado a reír, enseñando esos dientes blanquísimos que Irina tanto envidiaba. Los de ella eran grisáceos. «Es por el clima —le había explicado Ahmed—. En Egipto hace calor y los dientes son más blancos. Cuanto más frío hace, más negros se ponen. Justo lo contrario de lo que ocurre con la piel. Es culpa de la falta de sol. ¡Y si para colmo os coméis la mantequilla a cucharadas...!» Y venga a reír. Irina lo adoraba. Adoraba su olor a manzanas y a hierba cuando volvía del mercado. Lo adoraba cuando rezaba mirando a La Meca, cuando le preparaba dulces con miel, cuando hacían el amor. Ahmed era amable y considerado y nunca se emborrachaba, y el aliento le olía a hierbabuena. Sólo bebía una cerveza de vez en cuando, aunque siempre decía que «el Profeta no lo toleraría». Pero le gustaba la cerveza. Irina lo miraba y pensaba en los hombres de su país, en cómo bebían alcohol sin medida, en el aliento cargado y en el hedor que desprendía su piel. Una mezcla de sudor, aguardiente y tabaco. Pero Ahmed también tenía respuesta para esta diferencia sustancial: «En Egipto nos lavamos más, porque para rezarle a Alá hay que estar limpio. Y como hace calor, nos secamos enseguida. En tu tierra hace frío y uno nunca termina de secarse. Eso también es culpa del sol —le decía—. Y además, nosotros no nos comemos la mantequilla a cucharadas»; y vuelta a reír. Ahora su relación con Ahmed había llegado a un punto de inflexión. Era él quien se lo había propuesto.

Casarse.

Había un problema de carácter técnico. Para casarse, Irina tendría que abrazar la religión musulmana, o bien él la ortodoxa. Y la cosa no se sostenía. Ella no podía hacerse musulmana. No por una cuestión religiosa, pues Irina creía tanto en un dios como en la posibilidad de ganar la lotería; lo que frenaba su conversión era la opinión de sus padres. Su familia, en Bielorrusia, era ortodoxa y creyente. Papá Alexéi y mamá Ruslava, sus cinco hermanos, sus tías, y por supuesto el primo Fiódor, que se había casado con la hija de un pope. ¿Cómo iba a de­cirles: «Hola. A partir de mañana a Dios lo llamaré Alá»? Ahmed, por su parte, tampoco podía llamar por teléfono a su padre en Fayún y decirle: «¡Mira, papá, que a partir de mañana seré ortodoxo!» Además, Ahmed dudaba mu­cho de que su padre supiese siquiera qué era un ortodo­xo, le habría sonado a enfermedad contagiosa. De ahí que Irina y Ahmed estuvieran planteándose una unión civil. Mentirían y seguirían adelante. Al menos mientras continuaran viviendo en Aosta. Luego ya dispondría Dios, Alá o quien fuese.

Había llegado al número veintidós. Sacó las llaves y abrió el portal. ¡Qué bonito era ese edificio! Con escaleras de mármol y pasamanos de madera. No como el suyo, que tenía las baldosas del suelo desportilladas y manchas de humedad en el techo. Había incluso ascensor. En su bloque no. Los cuatro pisos había que subirlos a pie. Y uno de cada tres peldaños estaba roto o suelto, o directamente había desaparecido. Por no hablar de la calefacción, con esa estufa que lanzaba silbidos y no volvía a funcionar hasta que aporreabas la puerta. Irina soñaba con vivir en un sitio como aquél. Con Ahmed y su hijo, Helmi, que tenía ya dieciocho años y no sabía ni una palabra de árabe. Helmi. Irina había intentado quererlo. Pero él pasaba. «¡Tú no eres mi madre! ¡Déjame en paz!», le gritaba. Irina tragaba y aguantaba. Y pensaba en la madre de aquel muchacho. Que había vuelto a Egipto, a Alejandría, para trabajar en la tienda de sus parientes y se había desentendido de aquel hijo y de aquel marido. Helmi significa «calma y tranquilidad». Irina se sonreía al pensarlo: el nombre no podía ser menos acertado. Helmi parecía una linterna encendida a todas horas. Salía, no volvía a dormir, era un desastre en el instituto y en casa mordía la mano que le daba de comer. «¡Muerto de hambre! —le decía al padre—. ¡Yo no pienso acabar como tú, vendiendo fruta en un tenderete! ¡Antes follo con viejos!» «¿Ah, sí? ¡¿Y qué vas a hacer, ganar el Nobel?! —gritaba Ahmed, ironizando sobre los catastróficos resultados escolares del hijo—. Estar parado, eso es lo que vas a hacer. Pero que sepas que eso no es ningún oficio.» «Pues más vale eso que vender manzanas en plen

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