LUNES
LA SOMBRA DE LA ’NDRANGHETA TRAS
LOS EXTORSIONADORES DE AOSTA
Prestaban dinero a empresarios y particulares con unos intereses desorbitados, para más tarde apoderarse de parte de sus bienes y cuentas bancarias. Ésta era la actividad de Domenico Cuntrera, oriundo de Soverato, con antecedentes penales, al que la policía ha arrestado gracias a las investigaciones sobre el homicidio de Cristiano Cerruti, mano derecha del constructor Pietro Berguet, presidente de Edil.ber.
El jefe superior de policía Andrea Costa afirmó durante la rueda de prensa: «Gracias a las concienzudas investigaciones de mis hombres, hemos llegado al corazón de la organización, pero no puedo profundizar en el tema porque estamos convencidos de que no es más que la punta del iceberg.»
«Las organizaciones mafiosas llevan años radicadas en esta región, no podemos negarlo, y me atrevería a decir que este último episodio desenterrado por la jefatura de Aosta supone la prueba definitiva», comentó el comandante de los carabineros Gabriele Tosti, de la Dirección de Investigación Antimafia de Turín.
«Estamos ante un ataque contra la parte sana de este país. Haríamos bien en no dejar a nuestros emprendedores a merced de estas organizaciones mafiosas», afirma el juez Baldi desde la fiscalía.
Domenico Cuntrera, arrestado por el asesinato de Cristiano Cerruti, fue detenido en la frontera suiza tras abandonar precipitadamente la pizzería Posillipo, el establecimiento que regentaba en Aosta. En manos del homicida —vinculado con toda seguridad a un clan mafioso—, se hallaron numerosos documentos que ya están siendo examinados por los investigadores. La detención de este individuo podría ser el primer éxito verdadero del Estado en su lucha contra la delincuencia organizada en nuestro territorio.
Giampaolo Gagliardi
Rocco experimentó una vaga satisfacción al constatar que su nombre no aparecía en el artículo. Pero eso no bastó para aliviar su estado de postración. Llevaba tres días sin salir. Tres días sin encender el móvil, sin pisar la comisaría ni ver a sus compañeros de trabajo, sin ir a desayunar a la piazza Chanoux, sin fumarse un porro ni quedar con Anna. Quitando los paseos con Loba para que ésta hiciera pipí, permanecía atrincherado en su cuarto de la pensión Vieux Aosta, mirando alternativamente el televisor y el techo, que a menudo resultaba mucho más interesante que el primero. La cachorra parecía encantada con aquella nueva vida consistente en largas siestas en la cama con su dueño, grandes comilonas y breves paseos por el centro histórico para bajar un poco la comida. Era comprensible; la habían abandonado en medio de la nieve y había estado vagando durante días por bosques y prados, arriesgando la vida a saber cuántas veces. Estar calentita en un sitio seguro, sobre un edredón blando y acogedor, sin angustias, padecimientos o el miedo a ser embestida por un camión, le parecía un sueño. Y disfrutaba al máximo de esa calidez, saboreando segundo a segundo la seguridad que la rodeaba.
Rocco, con el periódico en la mano, volvió la página.
SIGUEN SIN IDENTIFICAR AL ASESINO
DE LA CALLE PIAVE
Todavía no se ha puesto nombre ni rostro al hombre que la noche del jueves pasado entró en el piso del subjefe Rocco Schiavone, en la calle Piave, y mató de ocho disparos a Adele Talamonti, romana de treinta y nueve años, amiga y confidente del subjefe. Según las últimas revelaciones, la víctima se encontraba en Aosta de visita amistosa. Su cuerpo ha sido trasladado a la capital y se le ha dado sepultura en Montecompatri, la población cercana a Roma de la que es originaria su familia. Sobre el homicidio, sin embargo, quedan muchas preguntas pendientes. ¿Era realmente ella el objetivo del asesino, o lo era Schiavone, quien la noche de autos no durmió en su casa? En la jefatura las bocas están selladas, y en la fiscalía el silencio es ensordecedor. En los despachos parecen estar cerrando filas en torno al subjefe, destinado en Aosta desde septiembre del año pasado. Un policía eficaz, que ya ha obtenido resultados excelentes, entre los que destaca el reciente descubrimiento de una red de extorsión mafiosa. La pregunta es: ¿estamos ante una investigación con alto riesgo de contaminación o bien ante la ley del silencio impuesta entre las fuerzas del orden cuando es uno de los suyos quien está en el ojo del huracán? Si así fuera, cabría pensar en una necrosis de la democracia. No obstante, queremos encomendarnos a nuestras fuerzas del orden y depositar en ellas nuestra confianza.
Sandra Buccellato
—¡De qué coño va! —Rocco tiró el periódico al suelo—. ¡Ley del silencio, su puta madre! —gritó a las hojas del diario desperdigadas por el suelo.
¿Quién era Sandra Buccellato? ¿Qué insinuaba? Era el segundo artículo que escribía en ese tono sobre el asesinato. «Adele Talamonti, romana de treinta y nueve años», era la pareja de Sebastiano, su mejor amigo de Roma. La «víctima» era una querida y vieja amiga, que en esos momentos yacía en el cementerio de Montecompatri. ¿A cuento de qué inyectaba ese veneno en sus artículos?
Sandra Buccellato tendría que haber escrito lo siguiente: «¡Señor Schiavone! ¡Le han matado a una amiga en su propia casa, y en lugar de investigar, lleva días encerrado como un oso en letargo! ¿A qué espera? Espabile e intente averiguar algo. Mientras usted se lame las heridas, ese cabrón está campando a sus anchas, tan tranquilo. ¡Mueva el culo, Schiavone!»
Adele había muerto en lugar de Rocco, ésa era la pura verdad. Los ocho tiros del calibre 6,35 que le habían descerrajado mientras dormía plácidamente en la cama de la calle Piave iban dirigidos a él. Y sólo a él. Aquel asesinato era culpa suya. El enésimo.
Igual que el de Marina.
Estaba contemplando cómo se amustiaba el día cual flor arrancada.
Llamaron a la puerta. Sobre la cama deshecha, Loba levantó una oreja. Rocco no se movió. Esperó. Volvieron a llamar.
«Ya se irá», pensó.
Oyó que los pasos del visitante se alejaban por el pasillo y suspiró con fuerza.
Otro tocapelotas que se largaba.
Regresó lentamente a la cama y se hundió en el edredón. Loba se aovilló bajo su axila. Se quedaron dormidos en un abrazo de náufragos.
—¡Un cortado y un descafeinado! —gritó Tatiana.
Corrado Pizzuti no se inmutó y siguió con la mirada perdida en la cesta de las tazas que tenía que meter en el lavavajillas.
—Corrado, despierta, ¡que son las siete de la tarde! ¡Un cortado y un descafeinado!
El hombre salió de su ensoñación y miró a los dos clientes de la barra. Eran Ciro y Luca, los dos municipales de Francavilla al Mare.
—¿Estás sobado o qué? —le preguntó el primero.
—¡Anda, prepara otro café para ti! —añadió Luca.
Corrado empezó a trajinar en la máquina.
—Vaya día bueno de sol que ha hecho, ¿verdad, Tatiana? ¿Por qué no vamos luego a comer pescadito?
Luca llevaba tres años rondando a Tatiana, la socia de Corrado. Y aún no se había enterado de que la rusa llevaba dos años casada con un contable viudo y sin hijos, De Lullo.
—¡Llévate a tu mujer a comer pescadito! —le contestó ella sin acritud.
Corrado sonrió apenas. La rusa nunca se enfadaba. Tenía una sonrisa perenne, siempre positiva. Tal vez por eso, tres años atrás le había ofrecido ser socia del bar. Ella no había puesto dinero, ¿de dónde iba a sacarlo? Pero él necesitaba a alguien honrado a su lado, una persona de fiar a la que poder dejar a cargo del local y la caja cuando tuviera que ausentarse por algún motivo. Como la semana anterior, cuando Enzo se había presentado en su casa en plena noche y lo había llevado a rastras hasta Aosta. ¿Quién le habría dado a ese hijo de perra su dirección en Francavilla? ¿Cómo lo había encontrado? Ante los chantajes de aquel asesino, no podía hacer otra cosa que obedecer y rezar por que desapareciera cuanto antes de su vida.
—¿Qué te pasa? —le susurró Tatiana.
Corrado sonrió.
—Te veo pensativo.
¿Qué iba a decirle? ¿Que sus días eran pesadillas sin fin? ¿Que habría cogido con gusto el primer vuelo a cualquier país en la otra punta del mundo?
—¡Aquí va el tuyo, Luca! —dijo en cambio, dejando el café ante el municipal.
—Entonces, ¿qué, Tatiana? ¿Nos tomamos ese pescadito o no?
—Haz una cosa, Luca. Termínate el café, llévate a Ciro y seguid con vuestra ronda. ¡Con suerte, hasta ponéis una multa antes de que se haga de noche!
Ciro se echó a reír y le dio una palmadita en el hombro a su compañero.
—Ay, amigo, ¡lo tienes crudo!
Cuando salían por la puerta, los dos policías se cruzaron con Barbara, que entraba a su vez en el bar Derby con una sonrisa de treinta y dos dientes.
—Corrado, ¿me pones dos tés? ¡Para llevar a la tienda!
—¡Marchando! —respondió él.
Las dos propietarias de la librería de al lado le imponían. Pero no porque fueran serias o autoritarias. Barbara y Simona vendían libros, lo que, para él, las revestía de un halo de misterio. Porque café y bocadillos compra todo el mundo, pero ¿libros? Además, el negocio no les iba nada mal. Como si fueran dos sacerdotisas de un culto desconocido para Corrado, les tenía respeto y cumplía todos sus deseos.
—¿Con limón, como siempre?
—¡Con limón, como siempre!
—Corrado, cuando termines, enciende las luces de fuera, que ya va tocando —le pidió Tatiana, y le hizo un gesto a la librera para que la siguiera al exterior: quería hablar con ella.
Ya en la acera, se encendió un cigarrillo y le ofreció otro a Barbara, que rechazó el ofrecimiento.
—¿Qué pasa, Tatià?
—Corrado está raro. Hace cuatro días cerró el bar y estuvo dos noches fuera. No me ha dicho por qué ni me ha contado adónde fue. Desde que ha vuelto está... no sé, pálido, con la cabeza en las nubes, y se sobresalta con el mínimo ruido.
—¿Por qué crees que es?
—No lo sé, pero no me gusta.
Se quedaron observando por la cristalera al hombre, que estaba calentando el agua del té en la jarrita de aluminio.
—Corrado tiene un pasado feo en Roma. Una vez me contó que no podía volver.
A Barbara se le iluminaron los ojos.
—¿Qué clase de pasado?
Como lectora empedernida de Le Carré y P. D. James, veía complots y enemigos en cada esquina.
—Cosas feas, ya te lo he dicho —respondió Tatiana, y añadió a media voz—: Incluso estuvo en la cárcel...
—¿Y entonces?
—No lo sé. Hay algo que lo tiene intranquilo.
—¡Ya está el té! —gritó Corrado.
Barbara le dio un apretón a Tatiana en el brazo, un gesto de solidaridad, y entró. La rusa se quedó fuera, apurando el cigarrillo mientras miraba el cielo. El mar seguía estrellando las olas contra la playa y los escollos. No tardaría en anochecer del todo. La librera pasó a su lado con las dos tazas.
—Hablamos luego —le susurró, y se dirigió hacia su tienda.
Tatiana tiró la colilla y volvió al bar. Apoyado en la máquina de café, su socio contemplaba la caja de los zumos.
—Anda, Corrado, hazme un favor y vete a casa. Ya cierro yo.
—¿Cómo?
—Que te vayas a casa. Métete en la cama, o estírate en el sofá a ver la tele y descansa. Total, el día ya está echado.
Él asintió.
—Sí... sí, vale. Ya me voy.
La mujer pasó tras la barra.
—¿Seguro que no tienes fiebre?
—¿Eh?
—Que si no tendrás fiebre.
—No. No, qué fiebre ni fiebre —respondió Corrado—. ¿Cierras tú?
—Te he dicho que yo me encargo.
El hombre hundió la cabeza entre los hombros, cogió el cortavientos del perchero, sacó el gorro de lana del bolsillo y se lo caló.
—Bueno, hasta mañana.
—Hasta mañana.
Tatiana se quedó mirándolo mientras se alejaba.
La luz desfallecía ya. El mar tardaría poco en convertirse en una mancha negra salpicada por los faros de las barcas de pesca. Corrado decidió volver a casa por el paseo marítimo, para airearse un poco. Se cruzó con dos chicos que habían salido a correr y con una mujer que volvía de pasear al perro. Por la calzada sólo pasaron dos coches y un ciclomotor traqueteante. Francavilla al Mare era un pueblo de vacaciones. La mayoría de las casas, sobre todo las del paseo, estaban cerradas a cal y canto a la espera de sus dueños, que regresarían con los meses estivales. Él vivía en una calle no muy lejos de la playa, y en su bloque, con dos escaleras y doce pisos, sólo había tres viviendas habitadas, aparte de la suya.
No podía seguir así. En infinita tortura. Dormía pocas horas, agitadas, grises, sin sueños.
«Todas las cosas tienen un principio y un fin —se repetía—. ¿Por qué lo mío nunca termina?»
¿Durante cuánto tiempo más tendría que expiar sus errores? Era peor que una cadena perpetua. «Habría sido mejor acabar en la cárcel», se decía. ¿Por qué, seis años atrás, aquel poli no se lo había cargado a él también, como había hecho con su cómplice? Ahora volvía a verse atrapado, impotente, asustado y a merced de un asesino.
—¡Esto tiene que acabar! —soltó de corrido, mientras metía la llave en la cerradura de la pequeña verja de hierro que daba al patio interior.
Se dirigió a la izquierda, hacia la escalera A. Abrió el portal. Su piso estaba en el entresuelo. Un único tramo de escalera y entró en su casa. Encendió la luz. Se quitó el gorro y el cortavientos y los colgó en el perchero de la entrada. Respiró hondo y se metió en la cocina. Enzo Baiocchi estaba sentado a la mesa. Fumando y viendo la televisión. Tenía los postigos cerrados, al igual que las ventanas, y la estancia olía a humo rancio y café añejo. A Corrado se le encogió el estómago.
—Dichosos los ojos —dijo Enzo.
Él no respondió. Abrió el frigorífico y cogió una botella de agua.
—No has comprado una mierda de comer, ¿verdad?
Corrado lo miró apenas con el rabillo del ojo, mientras iba al escurreplatos a coger un vaso. Bastaría un golpe seco con la botella en la nuca, con fuerza y decisión, para acabar con aquella pesadilla.
—No, no he comprado nada.
—¿Y qué ceno yo hoy?
El pelo rubio oxigenado de Enzo, reseco y tieso, parecía estopa. Apagó el cigarrillo en la taza de café.
—Podrías haberte agenciado unos bocatas en el bar... o un bollo de nata... ¡me cago en tus muertos!
—No lo he pensado.
—Pues yo me voy a cenar a Pescara. Dame cincuenta pavos.
Corrado terminó de echarse agua en el vaso. Bebió y lo dejó en el fregadero.
—No.
—¿No qué?
—Que no te doy una lira, Enzo. Me tienes hasta los cojones.
Baiocchi se volvió lentamente.
—¿Qué has dicho?
—Que llevas aquí tres días. Querías que te llevase a Aosta, y lo hice, pero ahora cada cual por su lado. —Ni él sabía de dónde había sacado el valor. Pero ya lo había dicho—. ¿Cuánto tiempo más tienes que quedarte?
Enzo se levantó muy despacio de la silla.
—Lo que me dé la gana. Y más te vale no tocarme las pelotas. ¿Sabes por qué?
Corrado negó con la cabeza. Enzo se metió una mano en el bolsillo y sacó un recibo.
—¡Mira lo que me he encontrado en el bolsillo de tu chaquetón! ¡Hay que ser capullo! —Se lo puso ante los ojos—. ¿Lo ves? ¿Sabes lo que es? Arriba están tu nombre y tu apellido, del hotel de Pont-Saint-Martin, donde dormiste y donde diste hasta el carnet. —Sonrió dejando a la vista sus dientes amarillos—. ¡Capullo! Con esto me basta y me sobra. Así que no te olvides, Corrà, que si a mí me pillan, tú vas detrás.
Corrado se apartó del fregadero.
—¿Por qué no vuelves a Roma y me dejas en paz?
—Ya volveré, ya, por eso no te preocupes, que volveré. Cuando se calmen las aguas. Pero ¿tú qué te has creído?
—¿Qué me he creído? ¡Qué te has creído tú! —gritó Corrado—. Encima vas y la cagas, y en vez de pegarle un tiro al poli te cargas a una tía que no tiene nada que ver. ¡Hay que ser negado!
Enzo no se movió: se quedó mirándolo sin cambiar la expresión.
—¡Me da que es cosa de familia, Enzo! —continuó él—. ¡Tú y tu hermano, Luigi, siempre os equivocáis de blanco!
Baiocchi estalló y se le echó encima. Lo golpeó contra la pared. Un cuchillo se había materializado en sus manos y lo acercó a la garganta de Corrado.
—¡Ojo con lo que dices, pedazo de mierda! ¡A mi hermano ni lo mientes!
La punta del cuchillo penetró en la piel del cuello. Corrado abrió la boca y cerró los ojos. Una gota de sangre rodó por el acero.
—¡Recuerda! ¡Como me pillen, tú vas detrás! —añadió Enzo; luego soltó a Corrado y, con gesto veloz, devolvió el arma al bolsillo—. Aféitate y date una ducha, que apestas a frito.
MARTES
En la jefatura, la vida seguía su curso incluso sin la presencia de Rocco: el agente Casella, de turno en recepción; Deruta y D’Intino, tras la pista de algún documento extraviado; la inspectora Caterina Rispoli, al teléfono en su pequeño despacho de la planta baja, y Antonio Scipioni —el agente medio siciliano, medio de Las Marcas—, atendiendo las denuncias. El único que parecía notar la ausencia de su jefe era Italo Pierron. Apoyado en la puerta, miraba el despacho vacío de Rocco. El escritorio, la ventana cerrada, la librería con manuales de jurisprudencia intactos, el crucifijo, la foto del presidente y el calendario. Hasta ese día soleado de primavera no se había fijado en este último: señalaba el 8 de septiembre del año anterior, el día que Rocco había empezado a trabajar en la jefatura de Aosta. El subjefe ni siquiera lo había mirado. Le había dicho en infinidad de ocasiones que, desde hacía años, para él todos los días eran iguales. Y más allá del frío o del calor que hiciera, no percibía diferencias importantes.
—¿Qué llevas debajo del brazo?
Italo se volvió, sobresaltado. Caterina estaba en medio del pasillo.
—Nada, estoy aquí, echándole un ojo al despacho. —Miró la cartulina que tenía enrollada—. ¿Y esto? Una cosa que quería colgar, una especie de broma.
Intrigada, Caterina señaló el rollo.
—¿De qué se trata?
—Ahora lo verás.
Se acercó a la pared de la puerta del despacho del subjefe. Desenrolló la cartulina y sacó un puñado de chinchetas de colores de los bolsillos de la camisa. Llevaba un martillo remetido en la cinturilla del pantalón. Fijó la cartulina a la pared y después se alejó para contemplar su obra.
—¿Está recta?
Caterina la observó.
—Sí, yo la veo bien. Pero ¿qué es?
Se acercó para leerla. Italo la había dividido en cinco rectángulos grandes que representaban la clasificación de las tocadas de cojones de Rocco Schiavone, del sexto al décimo grado. Todos conocían ya aquella escala. Empezaba por la sexta posición, con los marrones más livianos, para alcanzar la cumbre, el décimo puesto, donde campaba en solitario la peor de las tocadas de cojones: el caso por resolver.
Caterina se echó a reír.
—Pero ¿te las sabes todas?
—He puesto las que me sé. Después podemos ir apuntando las que vayamos descubriendo, hasta obtener una buena visión de conjunto.
—¿Lo has llamado?
—No me coge el teléfono. No se lo coge a nadie.
—¿Has pasado por su casa de la calle Piave?
—Han quitado los precintos —explicó Italo—. También le he dejado el recado del jefe superior. Por lo visto, le ha encontrado un piso en via Laurent Cerise. Pero Rocco tendría que ir a verlo.
—Tranquilo, en esta época la gente no se da de tortas por los pisos. Ah, y hablando de tortas, Deruta ha pedido permiso, porque al parecer esta noche tiene que ayudar a su mujer en la panadería.
La inspectora empezó a alejarse por el pasillo.
—Caterina, ¿te acuerdas de que mañana cenamos en casa de mi tía?
—¡Mañana por la noche tengo yoga! —respondió ella sin volverse y entornando los ojos con cara de hastío.
Pensó en la lista del subjefe; tal vez ella también debería hacerse una y colocar «las cenas con familiares» en el noveno grado.
Tendido en la cama, Rocco miraba la pared de enfrente. Tenía la vista fija en una mancha de una esquina. Una mancha gris que parecía Gran Bretaña. O el perfil de un barbudo que reía con la mandíbula desencajada. Loba azotó el aire con la cola. Tensó las orejas y levantó el hocico. Tres segundos después llamaban a la puerta.
—¿Señor? ¿Señor? ¿Va todo bien? —Era la voz del recepcionista de la pensión—. Señor, tiene usted visita. Abra, por favor. ¡Responda!
Tenía que abrir. Se arrastró hasta la puerta, giró la llave y abrió.
El recepcionista iba acompañado de un hombre enorme. Rocco lo reconoció al instante: el jefe de la Brigada Judicial de Turín, Carlo Pietra, que estaba en Aosta desde que él se había enclaustrado en la pensión.
Rocco abrió del todo.
—Pase... —dijo.
Pietra sonrió levemente, se adelantó al recepcionista y entró en la habitación.
—¿Necesitan algo?
Schiavone no respondió. Se limitó a cerrar la puerta.
—¿Qué tal vamos? —le preguntó el recién llegado.
—Vamos.
Carlo Pietra era una esfera que parecía llenar por sí solo los treinta metros cuadrados de la habitación. Tenía unos risueños ojos azul claro y llevaba una barba rala y el pelo largo.
—¿Puedo? —preguntó, señalando el único sillón de la estancia.
—Por supuesto, siéntese.
Se acomodó entre crujidos. Miró a Rocco, su barba de varios días y su pelo enmarañado. Después abrió una carpeta que tenía apoyada en las rodillas y clavó la vista en el contenido.
—La verdad es que este sitio es un poco triste —comentó mientras hojeaba el expediente.
—En mi casa la cosa no es mucho mejor. —Rocco abrió la pequeña nevera—. ¿Quiere algo? Veamos... Tengo Coca-Cola, zumos varios y tres botellitas de un whisky desconocido.
—No, gracias.
—Si no, puedo hacerle un café de cápsula. No está malo.
—No, no, nada. Voy a ir a cenar a una trattoria y quiero reservarme.
Se dio tres palmadas en la barriga. Rocco se acercó a la repisa de la zona de cocina. A él no le vendría mal un café.
—Pues usted dirá, señor Pietra.
Éste sacó un pañuelo y se sonó la nariz.
—Escuche, ¿hacemos una cosa antes de que se nos enrede la lengua con los dientes?
—Claro.
—¿Nos tuteamos?
—No estaría mal.
El subjefe pulsó un botón y al poco el café empezó a caer de la máquina a la tacita de loza.
—Bien, Rocco, ¿te parece que hagamos un resumen rápido de la situación?
—Venga.
Cogió la taza y fue a sentarse a la mesa. Loba había vuelto a quedarse dormida.
—Veamos: ¿tienes alguna idea de quién pudo entrar en tu casa el jueves diez de mayo y disparado a...? —Los ojos de Pietra rebuscaron entre los folios de la carpeta.
—Adele Talamonti —lo ayudó Rocco—. Sí. Adele Talamonti estaba en mi casa, era la pareja de Sebastiano, un amigo mío muy querido. Había venido aquí para esconderse, con la idea de que él enloqueciera y viniera a buscarla. Sí, ya lo sé... —Rocco se adelantó a la mirada escéptica de Pietra—, una gilipollez, pero ella pensaba que así reavivaría el interés y la pasión de su hombre. Resumiendo, el asesino creía que el de la cama era yo y por eso le disparó.
Pietra asintió.
—Entonces, ¿no tienes ni la más remota idea de quién pudo haber sido?
—No.
Carlo se rascó la cabeza.
—Mira, Rocco, he leído algo sobre ti y digamos que... así, a primera vista, tu pasado está un poco empantanado.
—Empantanado es un eufemismo, Carlo.
—Por eso, aunque remover el fango no sea tarea fácil, alguna sospecha tendrás.
Rocco negó con la cabeza.
—No, no la tengo. Lo único que sé es que quien intentó matarme volverá a probar suerte.
Carlo Pietra miró a su alrededor.
—¿Y piensas esperarlo aquí?
—No. Estoy aquí porque me he quedado sin casa. Pero, en cuanto encuentre una, me largo. Sobre todo por ella. —Señaló a Loba—. Esto se le queda pequeño.
Pietra pareció reparar entonces en la presencia de la perra.
—No sé. Yo soy más de gatos. —El jefe de la Judicial levantó su corpachón—. Vale, voy a ver al jefe superior. Le entrego el papeleo en mano y me vuelvo a Turín. Ya no tengo mucho más que hacer por aquí. ¿Cuándo te reincorporas?
—Todavía me quedan días de vacaciones.
—¿Y piensas pasarlos aquí?
—No me apetece ir a ninguna parte.
—Ha sido un placer. —Pietra tendió una mano y estrechó la de Rocco—. ¿Cómo se vive en Aosta?
El subjefe consideró la pregunta unos segundos.
—Buen viaje.
Había sido Massimo, su amigo de Viterbo, quien le había aconsejado la comida más conveniente para Loba. Podía fiarse de él. Se dedicaba a criar perros de agua truferos y a adiestrarlos como soldados. Rocco le había hecho una fotografía a la cachorrilla y se la había mandado por MMS a Massimo, que le había respondido: «Rocco, querido, no sabría decirte de qué raza es. Así, a ojo, veo tres: setter, bretón y algo de pastor. De todas formas, es bonita, no la pierdas de vista.» Rocco agarró el comedero relamido y lo puso en el fregadero de la cocinita. Después cogió el periódico para arrugarlo y tirarlo. Su mirada recayó en el artículo de Buccellato:
La pregunta es: ¿estamos ante una investigación con alto riesgo de contaminación o bien ante la ley del silencio impuesta entre las fuerzas del orden cuando es uno de los suyos quien está en el ojo del huracán?
Hizo una bola con la hoja y la lanzó al cubo de la basura.
—Siete vertical, «vano», «vacuo», cinco letras.
Marina está sentada en la cama, al lado de Loba. La acaricia con la mano derecha, mientras sujeta con la izquierda la revista de pasatiempos.
—¿«Vago»?
—Espera, empieza por «i» y termina por «e».
—«Inservible.»
—He dicho cinco letras, Rocco.
Cinco letras...
—El cuarto es feúcho...
—Ya.
—Aunque bueno, la calle Piave tampoco es que fuera muy allá.
—Cierto —le respondo.
—Tienes que buscarte una casa.
—Es inútil. —Se queda pensativo—. ¿Inútil?
—¿El qué?
—La palabra del crucigrama. ¿Vale «inútil»?
—Tiene seis letras y no acaba en «e». He dicho cinco. Espera, resuelvo la doce horizontal... «Aprobar la oferta»... Ésta es fácil, «aceptar»... «El seudolibro de Abdul Alhazred»...
—¿Cómo?
—Necronomicón.
—Pero ¿cómo sabes esas cosas?
—Las sé. Entonces, el siete vertical era... ¡«Inane»!
—¿Inane?
—Exacto.
La miro.
—¿Te pasa algo conmigo?
Le pasa algo, seguro. Una cosa está clara. Mi mujer siempre habla con circunloquios más grandes que los anillos de Saturno, pero sigo sin acostumbrarme.
—¿Te pasa algo conmigo? ¿Por qué no me lo dices directamente?
Suelta la revista, le da un beso a Loba en el hocico y se va al baño. Se para en el umbral. Me mira con unos ojos enormes.
—¡Haz algo ya, por Dios! —estalla, y desaparece tras la puerta.
Ahí van, todos deambulando y hablando por lo bajo. Burros. Aunque al menos los burros giran en redondo y mueven molinos. Esos despojos humanos, en cambio, no hacen más que gastar los zapatos y la hierba del patio.
—¡Es la hora, todos dentro! —gritó un funcionario de prisiones joven, de barba rala y la piel aún moteada de espinillas.
Agostino, apodado el Profesor, se levantó, seguido de cerca por Oluwafeme, el gigante nigeriano, y Erik el Rojo. Otro día de mierda, el enésimo día de mierda. Franqueó a paso lento la puerta que daba a la escalera del módulo 2 del penal de Varallo. Saludó con una sonrisa al guardia calvo y empezó a subir los escalones. Ya no le causaban efecto las miradas de respeto del resto de los presos. Ni las peticiones de justicia sumaria que, con manos temblorosas, le hacían llegar durante los ratos de patio compartido, cuando las rejas de las celdas estaban abiertas y podía dar vueltas por el módulo recaudando cigarrillos y deudas. Aquellas paredes empezaban a darle náuseas. Necesitaba un cambio, conseguir que lo trasladaran. Aires nuevos, vida nueva, gente nueva a la que someter. Si pudiera llevarse a dos hombres con él, escogería a Oluwafeme y Erik, fuertes, leales y, ante todo, peligrosos. Además, el segundo cocinaba de miedo.
—¿Qué tenemos hoy de cena? —le preguntó mientras atravesaban la última puerta antes de la galería de su módulo.
—Esta noche te voy a preparar una carbonara. Y pechuga de pollo al limón.
Agostino asintió complacido.
—¿Vas a echarle aceitunas al pollo?
—¡Qué preguntas, Profesor!
Éste estrechó las manos que le tendieron un par de presos y entró por fin en la celda. La única cama individual, sin litera, era la suya. Enseguida se dio cuenta de que alguien había movido la almohada. La funda estaba arrugada. Metió una mano bajo las mantas y sacó un papelito, un trozo arrancado de un cuaderno cuadriculado.
«Mañana», ponía.
Agostino miró a Erik y al nigeriano. Acto seguido, se metió el trozo de papel en la boca y lo masticó.
—¿Y eso? —le preguntó el cocinero.
—El aperitivo...
—Comisaría Colón, digaaa...
—Póngame con De Silvestri.
—¿De parte?
—Del subjefe Schiavone.
Se quedó a la espera. Su antigua comisaría de Roma, donde él había trabajado durante años y donde seguía prestando servicio De Silvestri, el viejo agente que lo había visto estrenarse en las fuerzas policiales, el hombre con la memoria de un ordenador y la inteligencia de un Nobel. Sin apartarse el inalámbrico de la oreja, miró por la ventana. Gris y húmedo. Amenazaba lluvia en cualquier momento. Pero los cristales no estaban empañados, señal de que, fuera, la temperatura estaba por fin adecuándose a la primavera.
—¿Schiavone? Pero ¿qué ha pasado? —le preguntó directamente De Silvestri con su voz catarrosa.
—¿Te has enterado?
—De casualidad, por el telediario regional. Iban por usted, ¿verdad?
—Sí. Me vendría bien un favor, Alfredo.
—Lo que sea.
—¿Alguien que haya salido hace poco?
—¿Alguien de qué?
—Alguien a quien metí preso. No sé, ¿alguien que pudiera tenérmela jurada?
Oyó la respiración del agente.
—Schiavone, eso es como pedirme que recopile las páginas amarillas.
—Lo sé, pero sáltate las cosas pequeñas. Los robos, las trifulcas y esas tonterías. Céntrate en lo gordo.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—El que te haga falta.
—Yo lo llamo.
Rocco cortó la comunicación. Le había entrado un poco de hambre. Despertó a Loba.
—¿Salimos?
—¿Puedo subir a ver a Chiara? —preguntó Max.
—Vale, pero no te quedes mucho rato, ¿de acuerdo? Todavía está cansada —respondió Giuliana Berguet.
El chico sonrió con su dentadura perfecta, se recompuso la larga cabellera rubia y subió la escalera que comunicaba el salón con los dormitorios. Llevaba días sin ver a su novia. No había ido a visitarla ni una vez mientras había estado ingresada. Los hospitales le causaban mucha impresión. Le bastaba con ver de reojo a un enfermo para sentir cualquier dolencia; una pierna amputada, un infarto, el apéndice... no había patología que no lo contagiara como un mal olor que penetra por la nariz.
Le había mandado decenas de SMS, pero Chiara le respondía siempre con frases breves, sin extenderse: «Estoy bien, nos vemos pronto, no vengas al hospital, saluda a todos los del insti.» Después estaba la historia con Filippa. No había sido culpa suya, la chica prácticamente se le había echado encima. Pero él estaba con Chiara. Había intentado hablarlo con su padre, el doctor Turrini, el jefe de servicio del hospital, pero éste había sonreído y le había dicho:
—Max, tienes veinte años, eres guapo, estás sano. Folla lo que quieras y no mires con quién. Ya pensarás en cosas serias cuando te llegue la hora.
Ya, las cosas serias. Pero no podía hacerle esa jugarreta tan sucia a Chiara después de lo que le había ocurrido. ¡Secuestrada! Max no podía ni imaginárselo. La habían tenido días encapuchada, metida en un garaje, abandonada en medio del monte, con aquel frío, sin beber ni comer. Él conocía a los dos tipos que la habían raptado y que habían muerto luego en un accidente. Les había vendido una caja entera de Stilnox que había mangado del botiquín de su padre. Y él sabía para qué servía: para aturdir. La droga de la violación. Se la das a una chica y puedes follártela sin que ella se acuerde de nada. ¿Le habrían hecho eso a Chiara? ¿La habrían violado? De ser así, el responsable era él. ¿Era culpa suya? Pero, si no se la hubiera vendido él, esos hijos de puta la habrían conseguido en cualquier otra parte.
Antes de llamar a la puerta del cuarto, se concentró en un pensamiento: «¡Cuidado con lo que dices, Max! ¡No la cagues!»
Llamó. No obtuvo respuesta. Abrió la puerta muy despacio.
—¿Chiara? Chiara, soy Max...
La chica estaba tendida en la cama, vestida. Miraba por la ventana, tapada con una mantita de la que le asomaban unos pies enfundados en gruesos calcetines de colores. Volvió la cabeza muy lentamente. En cuanto lo vio, esbozó una sonrisa, pero se desvan