Sol de mayo (Subjefe Rocco Schiavone 4)

Antonio Manzini

Fragmento

9788415631705-4

LUNES

LA SOMBRA DE LA ’NDRANGHETA TRAS
LOS EXTORSIONADORES DE AOSTA

Prestaban dinero a empresarios y particulares con unos intereses desorbitados, para más tarde apoderarse de parte de sus bienes y cuentas bancarias. Ésta era la actividad de Domenico Cuntrera, oriundo de Soverato, con antecedentes penales, al que la policía ha arrestado gracias a las investigaciones sobre el homicidio de Cristiano Cerruti, mano derecha del constructor Pietro Berguet, presidente de Edil.ber.

El jefe superior de policía Andrea Costa afirmó durante la rueda de prensa: «Gracias a las concienzudas investigaciones de mis hombres, hemos llegado al corazón de la organización, pero no puedo profundizar en el tema porque estamos convencidos de que no es más que la punta del iceberg.»

«Las organizaciones mafiosas llevan años radicadas en esta región, no podemos negarlo, y me atrevería a decir que este último episodio desenterrado por la jefatura de Aosta supone la prueba definitiva», comentó el comandante de los carabineros Gabriele Tosti, de la Dirección de Investigación Antimafia de Turín.

«Estamos ante un ataque contra la parte sana de este país. Haríamos bien en no dejar a nuestros emprendedores a merced de estas organizaciones mafiosas», afirma el juez Baldi desde la fiscalía.

Domenico Cuntrera, arrestado por el asesinato de Cristiano Cerruti, fue detenido en la frontera suiza tras abandonar precipitadamente la pizzería Posillipo, el establecimiento que regentaba en Aosta. En manos del homicida —vinculado con toda seguridad a un clan mafioso—, se hallaron numerosos documentos que ya están siendo examinados por los investigadores. La detención de este individuo podría ser el primer éxito verdadero del Estado en su lucha contra la delincuencia organizada en nuestro territorio.

Giampaolo Gagliardi

Rocco experimentó una vaga satisfacción al constatar que su nombre no aparecía en el artículo. Pero eso no bastó para aliviar su estado de postración. Llevaba tres días sin salir. Tres días sin encender el móvil, sin pisar la comisaría ni ver a sus compañeros de trabajo, sin ir a desayunar a la piazza Chanoux, sin fumarse un porro ni quedar con Anna. Quitando los paseos con Loba para que ésta hiciera pipí, permanecía atrincherado en su cuarto de la pensión Vieux Aosta, mirando alternativamente el televisor y el techo, que a menudo resultaba mucho más interesante que el primero. La cachorra parecía encantada con aquella nueva vida consistente en largas siestas en la cama con su dueño, grandes comilonas y breves paseos por el centro histórico para bajar un poco la comida. Era comprensible; la habían abandonado en medio de la nieve y había estado vagando durante días por bosques y prados, arriesgando la vida a saber cuántas veces. Estar calentita en un sitio seguro, sobre un edredón blando y acogedor, sin angustias, padecimientos o el miedo a ser embestida por un camión, le parecía un sueño. Y disfrutaba al máximo de esa calidez, saboreando segundo a segundo la seguridad que la rodeaba.

Rocco, con el periódico en la mano, volvió la página.

SIGUEN SIN IDENTIFICAR AL ASESINO
DE LA CALLE PIAVE

Todavía no se ha puesto nombre ni rostro al hombre que la noche del jueves pasado entró en el piso del subjefe Rocco Schiavone, en la calle Piave, y mató de ocho disparos a Adele Talamonti, romana de treinta y nueve años, amiga y confidente del subjefe. Según las últimas revelaciones, la víctima se encontraba en Aosta de visita amistosa. Su cuerpo ha sido trasladado a la capital y se le ha dado sepultura en Montecompatri, la población cercana a Roma de la que es originaria su familia. Sobre el homicidio, sin embargo, quedan muchas preguntas pendientes. ¿Era realmente ella el objetivo del asesino, o lo era Schiavone, quien la noche de autos no durmió en su casa? En la jefatura las bocas están selladas, y en la fiscalía el silencio es ensordecedor. En los despachos parecen estar cerrando filas en torno al subjefe, destinado en Aosta desde septiembre del año pasado. Un policía eficaz, que ya ha obtenido resultados excelentes, entre los que destaca el reciente descubrimiento de una red de extorsión mafiosa. La pregunta es: ¿estamos ante una investigación con alto riesgo de contaminación o bien ante la ley del silencio impuesta entre las fuerzas del orden cuando es uno de los suyos quien está en el ojo del huracán? Si así fuera, cabría pensar en una necrosis de la democracia. No obstante, queremos encomendarnos a nuestras fuerzas del orden y depositar en ellas nuestra confianza.

Sandra Buccellato

—¡De qué coño va! —Rocco tiró el periódico al suelo—. ¡Ley del silencio, su puta madre! —gritó a las hojas del diario desperdigadas por el suelo.

¿Quién era Sandra Buccellato? ¿Qué insinuaba? Era el segundo artículo que escribía en ese tono sobre el asesinato. «Adele Talamonti, romana de treinta y nueve años», era la pareja de Sebastiano, su mejor amigo de Roma. La «víctima» era una querida y vieja amiga, que en esos momentos yacía en el cementerio de Montecompatri. ¿A cuento de qué inyectaba ese veneno en sus artículos?

Sandra Buccellato tendría que haber escrito lo siguiente: «¡Señor Schiavone! ¡Le han matado a una amiga en su propia casa, y en lugar de investigar, lleva días encerrado como un oso en letargo! ¿A qué espera? Espabile e intente averiguar algo. Mientras usted se lame las heridas, ese cabrón está campando a sus anchas, tan tranquilo. ¡Mueva el culo, Schiavone!»

Adele había muerto en lugar de Rocco, ésa era la pura verdad. Los ocho tiros del calibre 6,35 que le habían descerrajado mientras dormía plácidamente en la cama de la calle Piave iban dirigidos a él. Y sólo a él. Aquel asesinato era culpa suya. El enésimo.

Igual que el de Marina.

Estaba contemplando cómo se amustiaba el día cual flor arrancada.

Llamaron a la puerta. Sobre la cama deshecha, Loba levantó una oreja. Rocco no se movió. Esperó. Volvieron a llamar.

«Ya se irá», pensó.

Oyó que los pasos del visitante se alejaban por el pasillo y suspiró con fuerza.

Otro tocapelotas que se largaba.

Regresó lentamente a la cama y se hundió en el edredón. Loba se aovilló bajo su axila. Se quedaron dormidos en un abrazo de náufragos.

—¡Un cortado y un descafeinado! —gritó Tatiana.

Corrado Pizzuti no se inmutó y siguió con la mirada perdida en la cesta de las tazas que tenía que meter en el lavavajillas.

—Corrado, despierta, ¡que son las siete de la tarde! ¡Un cortado y un descafeinado!

El hombre salió de su ensoñación y miró a los dos clientes de la barra. Eran Ciro y Luca, los dos municipales de Francavilla al Mare.

—¿Estás sobado o qué? —le preguntó el primero.

—¡Anda, prepara otro café para ti! —añadió Luca.

Corrado empezó a trajinar en la máquina.

—Vaya día bueno de sol que ha hecho, ¿verdad, Tatiana? ¿Por qué no vamos luego a comer pescadito?

Luca llevaba tres años rondando a Tatiana, la socia de Corrado. Y aún no se había enterado de que la rusa llevaba dos años casada con un contable viudo y sin hijos, De Lullo.

—¡Llévate a tu

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