El campo del alfarero (Comisario Montalbano 17)

Andrea Camilleri

Fragmento

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2

—Estaba aquí —dijo Ajena mirando hacia abajo—. En fin.

Se hallaban codo con codo por encima de una vereda estrecha, contemplando a sus pies un terreno muy inclinado, casi un precipicio. Pero no se trataba de terreno propiamente dicho. Era un conjunto de losas de arcilla grisáceas y amarillentas en cuyo interior no penetraba el agua, cubiertas, o mejor untadas, por una especie de pátina de traicionera espuma de afeitar, pues era evidente que bastaba poner un pie encima para ir a parar veinte metros más abajo.

—Estaba justamente aquí —repitió Ajena.

Y ahora ya no estaba. El muerto viajero, el muerto errante.

Durante el descenso hacia el lugar donde Ajena había visto el cadáver había sido imposible intercambiar palabra, porque habían tenido que caminar en fila india. Delante iba Pasquale Ajena, que se apoyaba en un bastón de pastor; detrás Montalbano, que se apoyaba en él con una mano sobre su hombro; después Augello, que se apoyaba en el hombro de Montalbano; y detrás Fazio, que se apoyaba en Augello.

Montalbano recordaba haber visto algo parecido en un célebre cuadro. ¿Brueghel? ¿El Bosco? Pero no era momento para pensar en arte.

Catarella, que era el último de la fila, aparte del último en orden jerárquico, no tenía valor para apoyarse en quien lo precedía, y por eso de vez en cuando resbalaba sobre el barro y chocaba contra Fazio, el cual chocaba contra Augello, el cual chocaba contra Montalbano, el cual chocaba contra Ajena, y todos corrían peligro de caer derribados como bolos.

—Oiga, Ajena —dijo Montalbano muy nervioso—, ¿está absolutamente seguro de que el lugar era éste?

—Comisario, aquí todo es mío, y yo vengo a diario tanto si llueve como si hace sol.

—Pues entonces vamos a hablar.

—Si a usía le apetece hablar, hablemos —repuso Ajena, encendiendo la pipa.

—El cadáver, según usted, ¿estaba aquí?

—¿Es que está sordo? ¿Y qué significa «según usted»? Estaba justo aquí —contestó Ajena, señalando con la pipa el principio de las losas de arcilla, a escasa distancia de sus pies.

—O sea, que estaba a la vista, al aire libre.

—Digamos que sí y digamos que no.

—Explíquese mejor.

—Señor comisario, aquí todo es arcilla. Este lugar se llama desde siempre ’u critaru, el arcillar, y por eso...

—¿Qué saca usted de un lugar como éste?

—Vendo la arcilla a los que hacen vasijas, tinajas, ánforas...

—Muy bien, siga.

—Bueno, pues cuando no llueve, y aquí llueve poco, la arcilla queda cubierta por la tierra que resbala desde la colina. Hay que excavar casi medio metro para encontrarla. ¿Me explico?

—Sí.

—Pero cuando llueve, si lo hace con fuerza, el agua se lleva la tierra que la cubre y la arcilla queda a la vista. Así ha ocurrido esta mañana: el agua se ha llevado la tierra hacia abajo y ha destapado al muerto.

—Por consiguiente, ¿usted me está diciendo que el cadáver había sido enterrado en el mantillo y que la lluvia lo ha desenterrado?

—Sí, señor. Precisamente. Yo pasaba por aquí para subir a la cueva, y así es como he visto la bolsa.

De inmediato se alzó un coro formado por las voces de Montalbano, Augello, Fazio y el propio Catarella.

—¿Qué bolsa?

—Una bolsa grande, negra, de plástico, de las que se usan para la basura.

—¿Cómo sabe que dentro había un cadáver? ¿La ha abierto?

—No era necesario abrirla. Se había roto un poco y por el agujero asomaba un pie con los cinco dedos cortados, de manera que me ha costado reconocerlo como un pie.

—¿Ha dicho cortados?

—Cortados o comidos por algún perro.

—Comprendo. ¿Y entonces qué ha hecho?

—He seguido caminando y he llegado a la cueva.

—¿Y cómo ha llamado a comisaría? —preguntó Fazio.

—Con el móvil que llevo en el bolsillo.

—¿Qué hora era cuando ha visto la bolsa? —dijo Augello.

—Podían ser las seis de la mañana.

—¿Y usted ha tardado más de una hora en llegar desde aquí a la cueva y llamarnos? —exclamó.

—A usía, perdone, ¿qué coño le importa el rato que haya tardado?

—¡Vaya si me importa! —replicó Mimì enfurecido.

—Nosotros hemos recibido su llamada a las siete y veinte —explicó Fazio—. Una hora y veinte minutos después de que usted descubriera la bolsa.

—¿Qué ha hecho? ¿Se ha tomado la molestia de avisar a alguien para que viniera a llevarse al muerto? —preguntó Augello, que de pronto parecía el policía taimado y perverso de las películas americanas.

Preocupado, Montalbano pensó que Mimì no estaba haciendo comedia.

—Pero ¿qué dice? ¿Qué le pasa por la cabeza? ¡Yo no he avisado a nadie!

—¡Pues entonces díganos qué ha hecho durante esa hora y veinte minutos!

Mimì lo había apresado como un perro furioso y no lo soltaba.

—Me lo he pensado.

—¿Se ha pasado una hora y media pensando?

—Sí, señor.

—¿En qué?

—En si era mejor telefonear o no.

—¿Por qué?

—Porque si uno tiene tratos con ustedes los mad... siempre sale perjudicado.

—¿Iba a decir maderos? —preguntó Mimì con el rostro encarnado, a punto de darle un puñetazo.

—¡Calma, Mimì! —exclamó Montalbano.

—Oiga —continuó Augello, que quería provocar al hombre—, para llegar a la cueva hay dos caminos, uno de subida y otro de bajada. ¿Es así?

—Exactamente.

—¿Por qué a nosotros sólo nos ha indicado el camino de bajada? ¿Para que nos rompiéramos el cuello?

—Porque ustedes jamás habrían conseguido subir. El camino, con el agua que caía, se había vuelto de barro resbaladizo.

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