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12 de septiembre de 1966
Mucho tiempo después, Shinichi Tsukada seguiría recordando todos los pormenores de aquella mañana: su estado de ánimo, sus pensamientos al levantarse, lo que vio durante el paseo, las personas con las que se cruzó, los cosmos en flor de los parterres y otras cosas sin importancia.
Durante el último año se había acostumbrado a memorizar hasta el más mínimo detalle, como si estuviera tomando fotografías. No se le escapaba ni un retazo del paisaje ni un fragmento de conversación. La vida se había revelado demasiado frágil: su mundo podía desvanecerse en cualquier momento, y él trataba de preservarlo a toda costa.
Por eso recordaba haber oído el repiqueteo de la tapa del buzón mientras bajaba las escaleras al salir de su habitación. Pensó que sería el periódico, y se asomó a la ventana del rellano. Un repartidor gordo se alejaba montado en una escúter. Llevaba una camiseta gris con el escudo y la mascota de los Urawa Red Diamonds.
En cuanto giró la llave de la entrada, se oyeron los ladridos de Rocky y el tintineo de la cadena. Al abrir la puerta, el perro ya había tensado la cadena, y trataba de acercarse en vano, dando saltos de alegría. Fue entonces cuando le vio la clapa sin pelo de la barriga. Debía de ser una pequeña herida, pensó, e intentó agarrarlo para inspeccionarla. Pero el animal estaba demasiado excitado, y Shinichi se rindió. Lo comentaría al volver a casa; quizá el mismo señor Ishii lo llevase al veterinario. La cadena de Rocky estaba atada al fondo del jardín, y antes de salir se la cambió por la correa de cuero que usaban para sacarlo de paseo. Esa noche había llovido, y seguía recordando el tacto húmedo y frío del metal.
Rocky había llegado a casa de los Ishii seis meses antes que Shinichi. Era un animal precioso; siempre con ganas de jugar y hacer travesuras. Parecía un collie de peluche. Ellos decían que no era de raza, que tenía el hocico corto y el cuerpo demasiado robusto, pero Shinichi creía que ahí residía su encanto. De hecho, apenas hacía diez meses que vivía allí y ya era él quien se encargaba de sacarlo a pasear dos veces al día. Los Ishii no parecían sentirse a gusto con los animales, y los paseos con Rocky se habían convertido en un auténtico suplicio para ellos. Shinichi creía que en el fondo a la señora Ishii le daban miedo los perros. Por eso, al comprobar lo bien que se entendía con Rocky, no había tardado en proponerle que asumiera él esa responsabilidad.
Pero, si tanto les agobiaba ocuparse de un perro, ¿por qué se lo habían quedado? Shinichi estuvo a punto de preguntarlo muchas veces, pero al final siempre desistía. No quería dar pie a una situación incómoda para todos. «Bueno, verás, nos dio pena, nadie podía hacerse cargo de él», dirían (y era cierto, los Ishii eran incapaces de abandonar a una criatura desvalida), y Shinichi pensaría: «Igual que conmigo.» Entonces ellos sabrían lo que él pensaba; y él, a su vez, sabría que lo sabían; y los tres acabarían en silencio, como si no hubiera pasado nada.
El perro empezó a tirar con fuerza en cuanto pisaron la calle. Tenían una ruta fija, pero Rocky siempre intentaba explorar otros horizontes. Le encantaba meterse por los rincones sin asfaltar y embadurnarse de tierra. A veces Shinichi le dejaba salirse con la suya, pero esa noche había llovido y todo estaba lleno de charcos, así que siguieron por las calles habituales.
Se adentraron en una callejuela y salieron a la avenida Meiji. Aunque a esas horas había poco tráfico, los coches circulaban a toda velocidad. Rocky ladró con ganas a un taxi que pasó demasiado cerca. Siguieron en dirección oeste por la avenida, cruzaron junto al puente Shirahige y llegaron a la entrada del parque Okawa. El otoño avanzaba y los días eran más cortos; el sol de la mañana apenas despuntaba a su espalda, reflejándose en las ventanas de los rascacielos que se alzaban a su derecha.
Rocky quería seguir adelante, pero Shinichi lo hizo detenerse y se dio la vuelta para ver salir el sol. Si sus amigos supieran que cada mañana se paraba en medio de la calle para ver amanecer no se lo creerían. Como a cualquier adolescente, a Shinichi siempre le había costado madrugar. Solía decir que las clases no deberían empezar antes de las diez.
Ahora eso había cambiado. Desde que vivía con los Ishii, le gustaba levantarse muy temprano para ver salir el sol cada mañana. A menudo se preguntaba a qué se debía aquel cambio. Era un acto instintivo, como para asegurarse de que empezaba un nuevo día. Había superado las últimas veinticuatro horas, y asistía al espectáculo de otro amanecer. Su vida no se había truncado. No sabía qué le deparaba la jornada, pero había sobrevivido al día anterior.
Este ritual matutino le hacía sentirse vivo. Era como un explorador que atraviesa el desierto y se vuelve para observar sus huellas, confirmando que avanza. Aun así, a veces dudaba si no estaría ya muerto; quizá el sol no hacía más que salir y ponerse sobre su cadáver. Cuando le invadían estos pensamientos, caía en una profunda desazón.
Shinichi seguía parado en medio de la calle de cara al sol, con los ojos entornados, cuando Rocky se puso a ladrar. Se dio la vuelta y vio a una mujer en chándal que salía del parque y se le acercaba corriendo.
—¡Buenos días!
Shinichi le hizo un gesto de cabeza tan leve que difícilmente pasaría por un saludo.
—¡Buenos días, Rocky! —El perro tiró de la correa moviendo la cola—. ¡Menos mal que ha dejado de llover! —añadió ella sonriente y sin detenerse mientras su coleta se balanceaba rítmicamente.
Shinichi se cruzaba con esa mujer casi todas las mañanas. No la conocía, ni sabía nada de ella, ni siquiera su nombre. Debía de tener treinta y tantos años. Seguramente, vivía en el barrio; aunque, como estaba tan en forma, Shinichi no descartaba que fuera de otro distrito. Tampoco ella sabía su nombre. El de Rocky debía de habérselo oído gritar a Shinichi en el parque. Desde luego, él no se lo había dicho. Por muy simpática que fuera ella, él nunca pasaba de aquel leve asentimiento. Así que ella siempre le daba los buenos días, y él seguía sin contestar.
—¡Vamos, Rocky!
El perro salió disparado al oír su nombre, incapaz de contener la excitación. Shinichi corría detrás, sin soltar la correa.
Al llegar a la entrada del parque se detuvo e hizo que Rocky se tranquilizara. El plano del lugar era sencillo: una extensión larga y estrecha, con árboles y parterres de flores, y un único sendero asfaltado junto al río Sumida. Era ideal para caminar, y siempre había mucha gente paseando a su perro. Shinichi se cruzaba casi todos los días con las mismas personas, pero jamás se le había ocurrido saludar a ninguna. La gente debía de percibir su reticencia, puesto que nadie, excepto la mujer del chándal, le había dirigido nunca la palabra, para su alivio.
El sendero asfaltado atravesaba el parque trazando una gran S que seguía el curso del río. Unas escaleras llevaban a un segundo paseo que discurría sobre un terraplén, desde donde podía contemplarse la corriente plácida del Sumida y el distrito de Asakusa, en la otra orilla. El tramo elevado de la autopista metropolitana, que pasaba justo por encima, resultaba algo opresivo, pero, aun así, Shinichi disfrutaba mucho de las vistas. Nunca había vivido cerca de un río hasta que se mudó con los Ishii, y aquel paisaje aún era nuevo para él.
Echó a correr con Rocky por el paseo del terraplén, con el río a su derecha. El frío del otoño le acariciaba las mejillas. El viento agitaba su camisa y el pelo del animal. Rocky frenó de golpe y se puso a ladrar moviendo la cola: una draga surcaba las aguas haciendo rugir el motor. Si hubiera sido un ferry, los pasajeros lo habrían saludado desde la cubierta, haciendo las delicias de Rocky. Pero la draga pasó de largo río abajo sin dejar esa estela de calor humano, sólo un ligero olor a lodo flotando en el aire.
—En ese barco no había gente, ¿eh? —dijo Shinichi riendo y acariciando la cabeza del perro.
Rocky le lamió la mano con su lengua áspera y cálida.
Corrieron un rato por el terraplén y luego bajaron la escalera hasta e
