La inquilina

Freida McFadden

Fragmento

Capítulo 1

1

Hace seis meses, alguien se plantó en este mismo sitio —en el piso veinticinco del rascacielos donde se encuentra Coble & Roy, la firma de marketing en Manhattan donde trabajo— y trató de saltar al vacío.

Por desgracia (o por suerte) para él, la ventana es de esas que solo basculan hasta dejar abierta una rendija de unos ocho centímetros, lo cual no basta para que un hombre adulto pueda deslizarse a través de ella. Trató de forzarla lo suficiente para colarse por ahí contorsionando el cuerpo, pero no acabó de funcionar. Un agente de seguridad lo detuvo antes de que se precipitara por esos veinticinco pisos hasta encontrar la muerte, y ahora está recluido en un centro del norte del estado de Nueva York, recogiendo margaritas, cantando canciones, recibiendo terapia de shock o, bueno, haciendo las chorradas que hagan en esos sitios.

Y ahora soy yo quien ocupa su puesto.

Yo quería este puesto. Lo quería desde que empecé a trabajar aquí. Es un puesto fantástico. Todo el mundo se puso a competir por él después de que Quigley intentara ese vuelo en picado. Y ahora es mío.

Y mi nuevo despacho… es impresionante. La silla de cuero del escritorio se adapta a la perfección a la curva de mi columna y es más cara que el primer coche que tuve. El sofá de cuero marrón hace juego con la librería de nogal peruano, que, a su vez, es exactamente del mismo tono que el escritorio que ocupa el centro del despacho, como si los hubiesen fabricado con madera del mismo árbol.

Pero lo mejor de todo es la placa de identificación que reposa sobre ese escritorio y que dice con letras doradas:

BLAKE PORTER, VICEPRESIDENTE

Contemplo por la ventana la línea del horizonte de Nueva York, punteada por sus legendarios rascacielos. Cuando era niño en Cleve­land, deseaba más que nada en el mundo ver el Empire State, y ahora puedo mirarlo todos los días. Luego bajo la vista a la calle, donde, veinticinco pisos por debajo, la gente deambula como un ejército de hormigas y los coches parecen aquellos modelos de juguete que mi madre me conseguía en los mercadillos que montaban los vecinos del barrio para librarse de sus cosas viejas.

¿Qué clase de zoquete intenta tirarse por la ventana cuando tiene un despacho como este? Menudo idiota.

No fue capaz de aguantar la presión. Yo sí lo soy.

Mi teléfono móvil vibra sobre el escritorio. Vuelvo la cabeza y veo que aparece en la pantalla el nombre «Krista Marshall». Me apresuro a cogerlo. Hay llamadas que esquivo y llamadas que atiendo, pero siempre contesto cuando es Krista quien está al otro lado de la línea.

—Ey, cielo —digo.

—Hola, señor vicepresidente —responde Krista con una risita.

Ah, no me cansaré de oírle decir eso durante al menos otra semana.

—Bueno, ¿qué tal lo llevas? —me pregunta.

Miro todos los documentos apilados sobre mi escritorio, cuya cantidad solo puede compararse con los cientos de emails que me esperan en la bandeja de entrada. Si me voy al baño un momento, a la vuelta tengo otros veinte mensajes esperándome. Y eso que meo deprisa.

Pero, la verdad, a mí me parece perfecto. Si conseguí el ascenso a vicepresidente de marketing la semana pasada fue porque era capaz de asumirlo. Porque me lo había ganado. ¿Que tienes una carga de trabajo que llevaría una semana y que debo ventilarme en una hora? Perfecto. Pásamela.

—Estoy bien —digo.

—¿Llegarás pronto a casa? —me pregunta ella—. ¿Quieres que compre comida china?

Son casi las seis, y no, no estoy ni mucho menos cerca de haber terminado. Aunque, por otra parte, llevo un mes llegando cada noche a casa a la hora de acostarse y cenando comida para llevar fría o una barrita de proteínas. Cierro los ojos y me imagino a mi novia esperándome en la sala de estar de nuestro hogar del Upper West Side, una de esas casas adosadas de piedra rojiza con escalones a la entrada tan típicas de Nueva York. La visualizo con el pelo rubio cobrizo recogido en ese descuidado moño tan sexy que se hace en lo alto de la cabeza y esos leggings negros que se le ajustan en la cintura a la perfección.

Le propuse que nos casáramos hace dos meses con un diamante que esperaba que la dejara patidifusa, y desde entonces apenas he tenido un minuto para respirar. No hemos celebrado la fiesta de compromiso que ella quería; ni siquiera hemos disfrutado de una cena de compromiso. Krista se merece mucho más que esto.

—Nada de comida para llevar esta noche —digo—. Saldré más temprano.

—¿De verdad?

El hecho de que parezca asombrada me conmueve.

—Sí. Y voy a llevarte a cenar fuera.

—Blake —dice ella suavemente—. No hace falta. Si tienes que trabajar, lo comprenderé…

—Tú eres más importante. —Hablo con firmeza, con ese tono ante el que la gente no puede negarse—. Vamos a salir a cenar, y en un sitio bonito de verdad, así que resérvate el apetito. Llegaré a casa a las siete y media.

Ella parece contentísima. Y todo este montón de trabajo seguirá aquí mañana. Además, tengo un portátil con el que puedo trabajar cuando ella se haya ido a dormir.

Me encanta la convivencia con Krista. Cuando yo tenía veinticinco años, la idea de vivir con una mujer me habría parecido impensable, pero la verdad es que ha sido fantástico. Nos ha ido tan bien que incluso decidimos buscar una mascota, lo que ambos consideramos tácitamente un ensayo para cuando tengamos un hijo juntos. Pensamos en un gato o un perro, pero no podíamos asumir tanta responsabilidad, así que acabamos optando por un pececito dorado. Se llama Goldy. Sí, ya sé que los peces dorados no son demasiado mimosos, pero yo ya le tengo apego.

De todos modos, debo encontrar un equilibrio entre mi trabajo y mi vida privada. Necesitaba este ascenso para que Krista y yo tuviéramos la vida que queremos…, la vida que ella se merece y que confío que sea mejor que la que tuvo mi madre. Lo necesitaba para poder pagar la casa, porque la hipoteca estaba comiéndose todo mi sueldo.

Yo salí de la nada más absoluta, y lo odiaba. Mi padre era dueño de una pequeña ferretería y siempre tuvo que luchar para mantenerla a flote, así que por mi parte he dado los pasos necesarios para que mi propia vida sea diferente. No quiero andar preocupándome nunca porque en casa hay demasiadas luces encendidas.

Me guardo el teléfono en el bolsillo de mis impecables pantalones a medida. Remataré unas pocas cosas aquí y luego me largaré. Pero, antes de volver a mi escritorio, echo una última mirada por la ventana panorámica. Puedo ver vagamente mi reflejo en el cristal. Soy un tipo más bien alto, de casi metro ochenta, con el pelo castaño, que siempre llevo muy corto porque tiene una irritante tendencia a rizarse, la barbilla levemente partida y unos ojos de color castaño oscuro que están un poquito demasiado juntos, aunque han sido calificados de «intensos», lo que me tomo como un cumplido.

—¿Blake?

Aparto la mirada de la ventana. La secretaria de mi jefe, Stacie, está en el umbral de mi despacho, con el puño alzado para dar un golpe en el marco de la puerta abierta y llamar mi atención. Y desde luego consigue llamar mi atención con esa falda… Sí, maldita sea, vaya si lo consigue.

—Ey —digo—. ¿Qué hay, Stacie?

—Wayne quiere hablar contigo.

Vuelvo a mirar mi reloj. Es muy tarde para una reunión.

—¿Ahora?

—Ahora mismo, ha dicho.

No me mira a los ojos como suele hacer. Tiene la vista clavada en la alfombra oriental del suelo, que parece lo más interesante que ha visto en su vida, y yo pienso: «Qué raro».

—De acuerdo. Voy para allá.

Mientras me aparto de la ventana y sigo a Stacie fuera del despacho, no se me ocurre siquiera que en los próximos cinco minutos mi vida entera va a irse al garete.

2

Wayne Vincent ha sido mi jefe durante la última década, desde que me gradué en la Universidad de Nueva York.

Fue él quien me contrató. Todo lo que sé de marketing se lo debo a Wayne. Él me enseñó a desarrollar una campaña. Me enseñó a preparar un presupuesto. Me enseñó a analizar la competencia y el mercado. Desde que lo conozco, ha pasado por dos esposas y ganado y perdido veinte kilos, y juntos hemos consumido el equivalente a un camión cargado de alcohol.

Y ahora mismo parece muy cabreado.

Está sentado detrás de su escritorio de caoba —un cincuenta por ciento más grande que el mío— y me mira ceñudo cuando entro en el despacho. Al ver que vacilo en el umbral, me señala con un solo dedo la silla que hay frente al escritorio y ladra:

—Siéntate.

No sé a qué vendrá esto. Llevo una semana en este puesto y lo estoy haciendo bien. Mejor dicho, genial. Así que, sea lo que sea, tiene que ser una tontería. Los pelos de la nuca se me erizan de modo preventivo.

Pero, aunque él esté equivocado, sigue siendo mi jefe, así que me dejo caer en el cojín de la silla que tiene delante.

—¿Todo bien, Wayne?

Cruza sus brazos rollizos sobre ese pecho abultado que solo queda parcialmente oculto por el traje carísimo que lleva puesto.

—Dímelo tú, Porter.

Me ha llamado por el apellido. Nunca lo hace.

—Estoy al día con la campaña Clemente —contesto—. Tendré las gráficas el viernes. El jueves, si es necesario. —Puedo tenerlas un día antes. ¿A quién le hace falta dormir?

Entonces Wayne dice algo que me desconcierta:

—Le has mostrado la campaña Henderson a la competencia.

—Eh… ¿Qué?

Debajo de la línea en retroceso del pelo, el cuero cabelludo se le pone rosado.

—Has revelado nuestra campaña, toda la campaña, a nuestros competidores. Has dejado que nos la robaran, maldito cretino vendesecretos.

¿Cómo? Me quedo boquiabierto.

—No sé de qué estás hablando.

—Me consta que lo has hecho, Blake. —Aprieta la mandíbula—. Lo único que quiero saber es quién era tu contacto y cuánto te han pagado.

—Wayne…

—¿Cuánto, Porter?

—Wayne. —Un malentendido, solo es eso. Carraspeo—. Te juro que yo jamás…

—Chorradas. —Una gotita de su saliva me da en la cara cuando pronuncia esa palabra—. Estás despedido, Porter. Recoge tus cosas y sal de aquí.

¿Qué?

—¡Wayne! —Me levanto de un salto con el corazón martilleándome en el pecho—. No puedes creer que yo le haría algo así a la empresa…, que te haría esto a ti. No sé por qué piensas que yo…

—He dicho que salgas de aquí.

Deduzco por su mueca despectiva que esto no es una especie de broma pesada. Nadie va a salir del armario con un pastel sorpresa para felicitarme por mi ascenso. Lo dice muy en serio. Quiere que me largue. Después de una década de servicio leal, estoy despedido. Así como suena.

Un sudor frío aparece bajo mis axilas.

—¿Podemos hablarlo, por favor?

—Sal. De. Aquí. —Levanta el auricular de su teléfono con una mano y, con la otra, marca furioso unos dígitos en el teclado—. Estoy llamando a seguridad para que te escolten fuera del edi­ficio.

Esto está sucediendo de verdad. No solo he perdido mi ascenso, sino también mi trabajo. ¿Qué demonios está pasando? Tiene que ser un malentendido de algún tipo.

—Está bien. —Alzo las manos—. Me voy, pero… quizá podamos hablarlo más tarde.

La expresión de Wayne indica que no volveremos a hablarlo nunca más.

—Lárgate. Y, después de lo que has hecho, olvídate de la indemnización. Que no se te ocurra siquiera solicitar el seguro de desempleo. Te demandaré por este robo, pedazo de mierda.

Solo puedo menear la cabeza; no encuentro las palabras adecuadas para responder.

Aunque son las seis de la tarde, casi todo el mundo está en la oficina, y todos acaban de oír lo que ha ocurrido, palabra por palabra. Paso al salir junto al escritorio de Stacie y ella evita mirarme de nuevo.

—Stacie —digo.

—Lo siento, Blake —musita, sin levantar la vista de la pantalla de su ordenador—. No puedo hacer nada.

Vale, o sea que así está la cosa. Bueno, que se vayan todos al infierno. Encontraré un trabajo diez veces mejor que este.

Hago el paseo de la vergüenza hasta mi despacho mientras mis compañeros cuchichean sobre mí a un par de metros. Chad Pickering será el que más se alegre. Él creía que el puesto de vicepresidente era suyo antes de que lo consiguiera yo. Pero no será el único en celebrarlo.

¿Qué puedo decir? Si quieres progresar, tienes que hacerte unos cuantos enemigos.

Cuando vuelvo al despacho, a mi despacho, caigo en la cuenta de que son muy pocas las cosas que podré llevarme. La fotografía enmarcada de Krista. La pluma que mi abuelo me compró como regalo de graduación, porque se sentía orgullosísimo de que yo fuera el primer miembro de nuestra familia en terminar la universidad.

Y seguro que puedo llevarme la placa de identificación que dice: BLAKE PORTER, VICEPRESIDENTE. A nadie va a servirle de nada aquí.

Sin pensarlo dos veces, cojo esa placa del escritorio y la arrojo contra la pared con tal fuerza que hace una muesca en la pintura. La placa cae al suelo, partida en dos. Toda la oficina se ha quedado en completo silencio, mirando mi numerito. Muy bien, que miren. Al menos no me he roto la mano dando un puñetazo a la pared como el idiota de Craig Silverton cuando perdió la cuenta Roberts.

Me acerco a la ventana para echar un último vistazo. Apoyo la cabeza contra el frío cristal sin que me importe ya dejar una marca.

Y por primera vez comprendo a mi predecesor. Porque no me importaría que este cristal se rompiera y me mandara en picado a encontrar la muerte cien metros más abajo.

3

Llevo sesenta y dos días parado.

No es que los vaya contando.

Ahora estoy volviendo a casa tras una hora de levantar pesas y dos horas corriendo. Me quedan otros dos meses de suscripción en el gimnasio y los estoy explotando al máximo.

Krista me ha insinuado que no es sano hacer tantas horas de ejercicio todos los días, pero… ¿cómo va a ser eso cierto? Vamos a ver, es ejercicio, ni más ni menos. Algo absolutamente sano por definición.

Además, tengo que mantener mi energía para cuando encuentre otro trabajo.

Estoy empapado de sudor cuando entro en casa; llevo la camiseta pegada a la piel. El mes de agosto en Nueva York es la peor época para salir a correr debido a la humedad sofocante, pero yo lo hago igualmente. Me gusta comprobar hasta qué punto soy capaz de darme caña a mí mismo. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que me caiga muerto?

La verdad es que no podemos permitirnos encender el sistema central de aire acondicionado, pero me alegro de que esté puesto a tope cuando recupero el aliento en la sala de estar. Me llega a la nariz un olor a canela y el estómago me ruge. Lo único que he comido hoy es un desayuno energético (tres huevos duros) y estoy muerto de hambre.

Entro en la cocina, donde Krista está sacando del horno una bandeja de galletas. Vuelve la cabeza y sonríe.

—¿Galletas de canela? —pregunto.

Ella asiente mientras deposita la bandeja sobre la encimera, junto al reloj antiguo de metal que compramos en un mercadillo el pasado verano. Las galletas de canela son su especialidad. Esto es lo que hace cuando está contenta, o aburrida, o muy estresada: hornear.

Vale la pena explicar un poco cómo son las galletas de canela de Krista. Cuando te las metes en la boca, notas que los bordes son crujientes, pero el centro es blando, y que se funden en el acto desprendiendo un sabor que resulta una combinación perfecta de canela, azúcar y mantequilla. Me las preparó en nuestra primera cita, y esas galletas fueron en parte lo que hizo que me enamorase de ella. Comprendí que había algo especial de verdad en una mujer capaz de cocinar algo que sabía tan bien.

Aprendió a hacer galletas de su madre, a quien vi una vez cuando vino de visita desde Idaho, y es exactamente el tipo de mujer que supones que preparará unas galletas deliciosas. Cuando le pedí a Krista que se casara conmigo, me imaginé que algún día haría galletas para nuestros hijos, tal como su madre las hacía para ella.

Esa es la vida que deseo. Junto a ella.

Me dispongo a coger una galleta, pero Krista me aparta la mano de un golpe.

—¡Acabo de sacarlas del horno! ¡Están ardiendo! —me regaña—. Vete a duchar. Cuando termines, ya se habrán enfriado.

No soporta verme sudoroso después de correr, lo cual me parece justo.

—Vale.

Subo al primer piso y me quito la camiseta y los pantalones cortos de gimnasia. Abro el grifo de la ducha para que el agua salga helada y me sitúo bajo el chorro. He oído decir que las duchas heladas son para los psicópatas, pero yo me he vuelto adicto a ellas; lo vengo haciendo desde la universidad. Es una oleada extra de adrenalina cuando he perdido el subidón del ejercicio.

Una vez que estoy limpio y vestido, vuelvo a la planta baja. Ahora el estómago me ruge con más insistencia. Mientras bajo, paso junto a Goldy, que nada muy contenta en su pecera. Le deslizo unas bolitas, aunque Krista dice que la alimento demasiado. No soporto la idea de que pase hambre.

Krista emerge de la cocina con una fuente llena de galletas. Las lleva al sofá y yo la sigo como un perrito ansioso. Coloca la fuente sobre la mesita de centro de cristal y se acomoda en el sofá con una pierna flexionada bajo el cuerpo, como hace siempre. Yo me siento a su lado y cojo una galleta.

Absolutamente increíble, como siempre.

—¿Alguna noticia en el frente laboral? —me pregunta.

Era una tontería pensar que conseguiría otro puesto en marketing de inmediato. Después de que Wayne dijera pestes de mí por toda la ciudad, era de suponer que nadie estaría deseando contratarme para ningún puesto importante. El último trabajo al que mandé una solicitud, para el que estaba sobradamente cualificado, tenía un sueldo que era la cuarta parte de lo que cobraba antes del ascenso. Ni siquiera me respondieron.

—Todavía no —digo, procurando no sonar tan abatido como me siento.

Krista capta un deje entrecortado en mi voz y se inclina para envolverme en sus brazos.

—¿Así está bien? —me susurra al oído.

—Nivel ocho —contesto.

Me estrecha con más fuerza. Es una pequeña costumbre que hemos desarrollado entre los dos. Al principio de nuestra relación, Krista tuvo un día difícil en el trabajo y, cuando nos vimos por la noche y me contó lo mal que lo había pasado, me incliné para abrazarla. Ella se quejó de que no la estrechaba con la fuerza suficiente, y entonces inventamos una escala de diez puntos para determinar lo fuerte que debía ser el abrazo que necesitábamos, según lo fatal que nos sintiéramos en ese momento. Sí, lo sé, somos tan cursis que dan ganas de vomitar.

Durante un minuto, permanecemos en ese abrazo, que es de nivel ocho o nueve. Krista suele tener un gran tino para acertar con el nivel exacto que necesito.

Pero, como es natural, el abrazo debe llegar a su fin. Cuando se separa de mí, Krista tiene el ceño fruncido de preocupación.

—Entonces ¿hay dinero suficiente en tu cuenta para el siguiente plazo de la hipoteca? —me pregunta con delicadeza.

Lo hay, pero apenas. Después estoy jodido. No podré seguir pagándola y perderé la casa. Y, aunque esté a mi nombre y no al de Krista, ella también se quedará en la calle. Procuro no pensarlo.

—La cosa está complicada —reconozco.

—Yo podría contribuir más —me dice, aunque me consta que no puede aportar gran cosa.

Krista se encarga de la tintorería que está a unas manzanas de aquí. Así fue como nos conocimos. Llevé un traje y, en cuanto la vi tras el mostrador, llegué instantáneamente a la conclusión de que no llevaba a lavar mis trajes con la frecuencia suficiente. Empecé a ir allí dos o tres veces por semana y me gasté una pequeña fortuna en lavado en seco solo para poder hablar unos minutos con ella, mientras recogía un traje y dejaba otro.

No di un paso enseguida porque entonces tenía novia. Había estado saliendo con una chica llamada Gwen, pero la cosa no iba de maravilla y más bien estaba empeorando. Así pues, al día siguiente de terminar con Gwen, me fui directo a la tintorería y le propuse a Krista que saliéramos a cenar.

—Ya encontraré algo —le prometo ahora.

Ella alza una de sus cejas de tono castaño claro.

—¿De verdad?

La miro frunciendo el ceño.

—No voy a estar parado eternamente, Krista. Ya saldrá alguna cosa.

Al final encontraré un empleo —tengo que encontrarlo—, pero no ganaré lo mismo que en mi último trabajo, ni siquiera una tercera parte. Voy a tener que ampliar mi red de contactos.

Maldita sea, todavía no puedo creerlo. Hace sesenta y dos días, estaba en la cresta de la ola. ¿Cómo se ha desmoronado todo tan fácilmente? He llamado a Wayne una docena de veces, pero no me ha devuelto la llamada. Me temo que mis emails van directos a su carpeta de spam.

—Te voy a proponer una cosa —dice Krista, removiéndose en el sofá— y no quiero que te niegues de inmediato.

Ah, fantástico. ¿Qué gran idea se le habrá ocurrido? ¿Querrá que venda un riñón? ¿Cuánto puedes sacar por un riñón hoy en día?

—Vale…

—Creo que deberíamos encontrar un inquilino hasta que vuelvas a recuperarte.

Me la quedo mirando. ¿Habla en serio?

—No. Ni hablar. No pienso vivir con un desconocido.

—¿Por qué no?

La idea de vender un riñón empieza a parecerme mejor, aunque tal vez no saque un gran precio teniendo en cuenta todo el alcohol que he consumido durante la última década.

—Porque no soy un universitario de veinte años.

Krista arruga la nariz.

—Yo tenía una compañera de piso antes de que empezáramos a vivir juntos, ¿sabes?

—¡Y la odiabas!

Su compañera de piso era directora de una guardería durante el día y cantante amateur por las noches. Cuando yo iba a ver a Krista a su diminuto apartamento de dos habitaciones cerca de Inwood Hill Park, su compañera se ponía a cantar mientras se duchaba o cocinaba, y a veces, así sin más, en mitad de una frase.

—Bueno, buscaremos a alguien más normal —dice Krista.

—¿En Manhattan? —refunfuño—. Aquí no hay nadie normal. No encontrarás a ninguna persona normal.

Ella se ríe y me coge la mano, que tengo llena de migas de galleta.

—Pues yo te encontré a ti —señala.

Sin comentarios.

Krista se me acerca más en el sofá, apoyando la cabeza en mi hombro. Me sacudo el resto de las migas de mi camiseta y luego le paso el brazo alrededor de los hombros para atraerla hacia mí. ¿Qué es lo que se pone en el pelo para que le quede tan suave? Ese champú para chicas que usa debe de tener algún ingrediente secreto, porque el efecto es realmente increíble.

—No sé qué hacer, Blake —murmura junto a mi cuello—. Ya sé que acabarás encontrando algo, pero… estoy preocupada.

Los dos lo estamos, cariño.

—Quizá… —Alza la mano izquierda, donde el diamante de su anillo de compromiso destella bajo las luces del techo—. Quizá debería vender el anillo. Así ganaríamos tiempo.

Inspiro hondo. No. No quiero que lo venda. O sea, sí, ganaríamos un par de meses de respiro, pero no me importa. Mi padre, con su precaria ferretería —heredada de mi abuelo—, le compró a mi madre un anillo de compromiso con un diamante falso que, además, era bochornosamente diminuto. Yo me sentía muy orgulloso de haberle comprado a Krista un diamante que no solo era auténtico, sino que sería la envidia de todas sus amigas. Si hiciera que vendiese ese anillo para mantenernos a flote…

No. No voy a dejar que lo haga.

Juré que siempre cuidaría de Krista, en la salud y en la enfermedad. Bueno, mejor dicho, lo juraré cuando nos casemos. Y, si no encuentro un modo de salir de esta situación, eso nunca llegará a suceder. No se casará conmigo si hago que los dos nos quedemos sin techo.

—De acuerdo —digo—. Busquemos un inquilino.

4

Habitación individual disponible de inmediato en el piso superior de una casa del Upper West Side, situada en una calle tranquila flanqueada de árboles. La habitación está completamente amueblada y cuenta con dos grandes ventanas y armarios muy amplios. Cocina espaciosa, comedor y sala de estar compartidos. Parada de metro cercana. No se admiten mascotas ni se incluye aparcamiento.

Tenemos dos posibles candidatos que van a venir en la próxima hora a ver la habitación libre.

No soy nada optimista. Desde que Krista colgó nuestro anuncio por toda la ciudad y también en internet, han venido como doce personas a ver la habitación, y todas eran espantosas. No exagero. «Espantosas» es una forma caritativa de describirlas.

Una de ellas era un fanático confeso del kickboxing. Y nos lo demostró haciendo un agujero en la pared de una patada. Así que ahora tenemos que arreglar ese desperfecto. También se presentó una mujer con el animal más feroz que he visto en mi vida. Ella alegaba que era un perro, pero yo no estoy seguro de que no fuera un lobo o algo peor.

El candidato más alarmante con diferencia se presentó hace un par de días. Era un tipo bajito con una perilla desgreñada y una gorra blanca con el logotipo de Linux que me estuvo interrogando sin piedad durante veinte minutos sobre la conexión de internet. Después de que yo respondiera a sus preguntas lo mejor posible, metió la mano en la bolsa que llevaba y sacó… ¡un taladro! Dijo que necesitaba perforar la pared para comprobar el cableado y me vi obligado a impedírselo; si no, lo habría hecho. No quiero tener que tapar un segundo agujero.

Ahora, en cinco minutos, vendrá una mujer llamada Elizabeth, y, dentro de media hora, otra llamada Whitney. Estoy seguro de que ambas serán horribles. Pero, por si no lo son, hemos limpiado la casa de arriba abajo. Incluso he pasado la esponja por el interior de la nevera, por si miran ahí.

Krista coloca sobre la pequeña mesa del comedor una fuente de galletas con pepitas de chocolate recién hechas. Cuando voy a coger una, me da un golpe en la mano.

—Son para los invitados.

—Krista, esto no es una jornada de puertas abiertas. Van a venir dos personas, y en esta bandeja hay como mínimo veinte galletas.

Ella me fulmina con la mirada y yo aparto la mano. Luego sus ojos me recorren de arriba abajo para hacer una última inspección y asegurarse de que hoy me he puesto pantalones, cosa que he hecho. Incluso me he afeitado, lo que contribuye considerablemente a que no parezca un sintecho.

—¿Tengo tu aprobación?

Krista tuerce los labios.

—Supongo.

—¿Sabes? —digo, bajando la mirada—, estás toda manchada de harina.

Se apresura a mirarse y suelta un gritito ahogado al ver que su camiseta granate sin mangas está salpicada de harina. Intenta sacudírsela, pero solo consigue esparcirla aún más.

—Déjame ayudarte —digo, y ella no parece nada divertida cuando le acaricio el pecho. Pero, bueno, tampoco es que esas posibles inquilinas vayan a servir de mucho, así que al menos podemos divertirnos un poco.

—¡Blake! —me riñe Krista, aunque está reprimiendo una sonrisa—. Corta el rollo. Van a llegar en cualquier momento.

Y justo entonces suena el timbre.

—Rápido —dice—. Debe de ser Elizabeth. ¿Te encargas de hacerla pasar? Vuelvo en un minuto.

Antes de que yo pueda responder, Krista se marcha corriendo a cambiarse la camiseta en honor a esa mujer que seguramente no volveremos a ver nunca más. Voy a abrir la puerta, pero no sin antes coger una galleta de chocolate y metérmela entera en la boca. Ah, no hay nada como una buena galleta casera.

Al abrir la puerta principal, veo en el umbral a una mujer de la edad aproximada de mi madre vestida con túnicas. Sí, digo bien, «túnicas» en plural. Lleva al menos tres, que yo pueda identificar. Tiene una larga melena blanca, encrespada por la humedad y cubierta por una especie de sombrero plateado. No estoy diciendo que lleve un sombrero de papel de aluminio, pero tampoco estoy seguro de que no lo sea.

—Ah, hola —digo.

—¿Drake? —pregunta.

—No, Blake —respondo.

Parece decepcionada.

—Y usted debe de ser Elizabeth —digo.

Ella menea la cabeza.

—No. Es Quillizabeth.

—¿Quil… lizabeth?

—Eso es —contesta ella, como si fuera un nombre corriente que yo debiera conocer.

—Vale —digo—. Bueno, pase, por favor… Quillizabeth.

Quillizabeth baja la mirada al umbral de nuestro hogar y arruga la nariz. Luego mete la mano en una de sus muchas túnicas, saca —hablo en serio— un salero y se pone a esparcir sal generosamente por la entrada.

—Es una cosa importante que debe hacerse —dice con tono de sabiduría— para impedir que entren los malos espíritus en una morada.

—Ajá —respondo. Fantástico. Cuando se vaya, me va a tocar limpiar todo ese montón de sal.

—Lamento tener que hacer esto. —La mujer sigue arrojando sal a su alrededor e incluso musita unas palabras para sí—. Pero yo tiendo a entablar una conexión muy fuerte con el mundo espiritual, sobre todo si no tomo las precauciones adecuadas.

—Ajá —repito. Se me ha metido un trocito de chocolate en una de las muelas de detrás—. Para serle sincero, yo no creo en esas cosas.

Ella se yergue un momento y me mira fijamente, como evaluándome.

—Usted es escorpio, ¿no?

—No lo sé —reconozco.

La mujer me observa como si hubiera reconocido que no sé cuál es mi nombre de pila. Está visto que estos treinta minutos se me van a hacer largos.

Al final, una vez que nuestro umbral está bien sazonado, Quil­lizabeth me sigue hacia el interior de la casa. Su aguda mirada observa con atención cada detalle, demorándose en las fotos de nosotros dos que hay sobre la repisa de la chimenea, estudiando el sofá marrón oscuro y evaluando la televisión de sesenta y dos pulgadas del rincón de la sala.

A cada nuevo objeto con el que su mirada entra en contacto, ella chasquea la lengua como si hubiéramos cometido algún pecado mortal. De verdad que resulta irritante. Si no fuera porque Krista se pondría furiosa, le diría que se marchara ahora mismo. No me hacen falta estas chorradas.

—Mi novia ha preparado unas galletas —digo al fin.

Quillizabeth observa la bandeja de galletas. Todavía siguen lo bastante calientes como para que las pepitas de chocolate se mantengan ligeramente fundidas. Si Krista no estuviera a punto de entrar en la sala, cogería otra.

—Blake —dice Quillizabeth—, ¿está enterado de que las galletas de azúcar son tóxicas y altamente adictivas? Si hubiera que introducir ahora el azúcar en el mercado, el gobierno no autorizaría su consumo. Viene a ser lo mismo que si se pusiera a lamer la acera de su casa.

¿Acaso no ha visto esta mujer cómo está la acera de aquí delante? Pero, bueno, muy bien. Que no coma ninguna.

—Además —añade—, las galletas están cargadas de grasas saturadas y calorías vacías.

Al decir estas palabras, mira con toda intención mi abdomen. Yo la fulmino con la mirada y me decido a coger otra galleta.

—En fin —prosigue la mujer—, decía en el anuncio que tiene disponible una habitación individual amueblada…, ¿no?

—Sí —le confirmo mientras mordisqueo la galleta—. Pero, en realidad, es posible que ya tengamos a otra persona. Así que…, ya me entiende, no quiero hacerle perder el tiempo.

Quillizabeth se lame un dedo y lo alza en el aire.

—Hay bastante corriente aquí, ¿no?

—Ah, no lo había notado.

—Sabe lo que significa, ¿no? —Tiene una expresión totalmente seria, como si me estuviera explicando los secretos del universo—. Son todos los antiguos dueños que han vivido en esta casa antes de usted. Crean una corriente considerable al deambular por aquí. Una vez que me haya mudado, puedo ayudarle a librarse de ellos con una sencilla ceremonia de canalización. Así desaparecerá la corriente. —Chasquea los dedos—. En un abrir y cerrar de ojos.

Krista elige este momento para salir de nuestro dormitorio con una camiseta nueva que parece idéntica a la que llevaba antes, pero sin manchas de harina. ¿Por qué a las mujeres les cuesta tanto cambiarse de ropa? Yo podría cambiarme de camisa en cinco segundos, tal vez incluso en menos.

—¿Es Elizabeth? —dice, bajando deprisa por la escalera.

—Quillizabeth —musito.

Cuando Krista desciende los últimos peldaños, Quillizabeth la mira con una minúscula dosis de aprobación, la única que le he visto desde que ha puesto los pies en esta casa.

—¡Querida! —exclama—. ¡Es usted una chica preciosa!

—Gracias —dice ella, ruborizándose. La mujer tiene buen gusto, eso no se lo puedo negar. Krista le tiende la mano.

—Me llamo Krista. Es un placer conocerla, Elizabeth.

—Quillizabeth —dice la mujer.

Se estrechan las manos. Pero, apenas un segundo después de que sus palmas entren en contacto, Quillizabeth aparta bruscamente la suya como si se hubiera quemado. Retrocede tambaleante, con las manos temblorosas.

—Yo… —La voz de Quillizabeth se ha enronquecido de repente—. En realidad, tengo que irme. Esta casa… es demasiado pequeña. No voy a alquilar la habitación, después de todo.

Gracias a Dios. Me parece que voy a comerme otra galleta.

—Muy bien, ha sido un placer conocerla —digo, procurando no sonar demasiado complacido.

Pero Krista frunce el ceño.

—¿Qué sucede? Ni siquiera ha visto la habitación aún.

Quillizabeth vuelve la mirada hacia mí, y veo que hay auténtico temor en sus ojos. Cuando mira de nuevo a Krista, adopta un tono apremiante.

—¿Podría… hablar con usted afuera, querida Krista?

Ella me lanza una mirada, pidiéndome permiso, y yo niego con la cabeza.

—¿Qué es lo que quiere decirme? —pregunta.

Quillizabeth da otro paso atrás.

—Afuera. Por favor.

Sus ojos acuosos están fijos en los de Krista. ¿Qué demonios le pasa a esta mujer? Me arrepiento de haberla hecho pasar siquiera. Debería haberle cerrado la puerta en las narices cuando ha sacado el salero.

—Mire, Quillizabeth —digo—. Tenemos a otra posible inquilina que está a punto de llegar, así que…

—Él la va a matar —suelta la señora de repente—. Blake va a matarla, Krista. Tiene que salir de aquí.

5

Qué… demonios?

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