El profesor

John Katzenbach

Fragmento

profesor-2

profesor-3

Prólogo

Era un día de agosto. El sol brillaba en lo alto justo después del mediodía, claro y brillante, el cielo era amplio y azul, a lo lejos flotaba una tenue neblina, de manera que las lentas olas que recorrían el océano parecían pacientes, sin prisa.

A lo largo de la playa varias familias se dedicaban a las actividades propias de unas vacaciones: jugaban con una pelota o arrojaban un palo para que el perro lo recogiera. Muchos ladridos y voces alegres. Las personas mayores sentadas bajo las sombrillas procuraban concentrarse en sus novelas de edición rústica: El valle de las muñecas, Los insaciables... Más de una nevera portátil estaba abierta para compartir cerveza y bocadillos. Toallas de colores vivos y pieles bronceadas estaban diseminadas por el paisaje. El sonido que producían las olas al romper contra la orilla resultaba hipnótico. En todos los aspectos era un típico día de verano. Yo tenía cinco años; el castillo de arena que trataba de construir no dejaba de desmoronarse pese a mis esfuerzos de apuntalarlo. Dejé el cubo de plástico y la pala a un lado, señalé el océano donde nadaban mi hermano y mi padre y le pregunté a mi madre si podía unirme a ellos. Ella asintió, indicó las olas y volvió a concentrarse en su libro. Me puse de pie de un brinco y eché a correr hacia la orilla.

Eso es lo que recuerdo del «antes».

Las imágenes del «después» que conservo tras más de medio siglo todavía hacen que se me humedezcan las palmas de las manos y que al escribir estas palabras me invada un vacío helado.

Eché a correr directa e inconscientemente hacia una ola a punto de romper.

Aún veo la pared de agua verde azulada elevarse casi un metro por encima de mi cabeza... aunque entonces me parecieron cuatrocientos. Alcé la mano como si así pudiera detenerla, y en ese instante me golpeó y me lanzó hacia atrás. Quedé sin aliento, me aplastó bajo su peso y me machacó la cara contra la arena. Atrapado en medio de la ola, presa del pánico e incapaz de respirar, fue como si de pronto toda la luz del día se hubiese apagado. No pensé en palabras como «ahogarme» o «morir», pero la sensación era mortífera.

Y al cabo de un instante, con la misma rapidez, noté una mano en el brazo que tiró de mí, y volví a emerger al aire libre. Alguien que pasaba por ahí —un hombre joven— había visto que la ola me tragaba, advirtió que algo iba mal, dio dos grandes zancadas y me agarró. Tosí, resollé y quise llorar, pero no pude. Oí que preguntaba: «¿Te encuentras bien, pequeño?», y lentamente recuperé el aliento. Vi que mi padre corría hacia mí, seguido a pocos pasos por mi madre. Me envolvieron en una toalla, agradecieron al joven su acción y me depositaron en la arena, donde permanecí temblando. No corría peligro. De hecho, nunca lo había corrido. El día continuó benévolamente.

Y ahí terminó la cosa.

Pasaron más de diez años antes de que volviera a lanzarme a las olas.

E incluso después, cuando creí que había dominado mi temor —si bien jamás del todo, siempre dudando sobre el poder del océano y la fuerza de la marejada—, ver a mis hijos lanzarse al mar sin el menor temor me resulta casi insoportable, incluso cuando se volvieron más fuertes y hábiles de lo que yo jamás lo había sido, y al mismo tiempo fascinante hasta el punto de que no podía apartar la vista de ellos.

El temor es una sensación compleja. Nos atrae y al mismo tiempo nos inquieta.

También forma parte integral de la moderna novela psicológica de suspense. Quizá sea el elemento implícito más importante en el proceso de escribir, aquello que crea el puente entre el autor y el lector. Lo que intento con cada página es inquietar, aumentar la tensión y generar suspense... como la vida misma. Quiero que el lector no solo se identifique con los personajes atrapados en la trama, sino también con esa sensación de angustia e incertidumbre que les fascina. En los mejores libros, el lector comparte sensaciones con los personajes. Abolir la barrera entre el lector y el personaje: he ahí la fuerza de una novela.

La suspensión de lo familiar dando paso a lo desconocido a menudo es el recuerdo más poderoso. Si una vez casi te ahogas bajo una ola el recuerdo jamás te abandonará.

El origen de este libro parte de una sensación personal de temor.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados