Aguacero (Inspector Trevejo 1)

Luis Roso

Fragmento

Aguacero.html

1

Recuerdo que la mañana del diecisiete de enero de aquel año de 1955 me desperté junto a la marquesita en su apartamento de la calle San Bernardo, y que me levanté, como de costumbre, muy temprano, a eso de las seis, para salir del edificio antes de que se levantaran los vecinos.

—Te tienes que ir ya. —Celia apareció cubierta con un albornoz granate que dejaba vislumbrar el sensual contorno de su cuerpo, y se estribó en el marco de la puerta de aquel salón repleto de muebles de nogal y cerámicas de colores.

—¿Es una orden? —pregunté, al tiempo que daba una calada del cigarrillo con cuidado de no dejar residuos de ceniza sobre el sofá.

—Es un consejo, por el aprecio que te tengo —respondió—. O una advertencia considerada.

—O una amenaza —añadí, poniéndome en pie y apurando el cigarro antes de tirar la colilla por la puerta entreabierta del balcón.

—Cada día te tomas más confianzas.

—Cada día me trae todo más al fresco, mejor dicho.

—¿También yo te traigo al fresco?

—También tú, sí. A ratos.

Me abroché los tirantes y me alisé la camisa, en el exterior de cuyo bolsillo izquierdo colgaba una insignia con el yugo y las flechas, reliquia de mi breve paso por el Frente de Juventudes. La conservaba ya que me servía para mantener vivas viejas amistades y como llave para acceder a ciertos ambientes que de otro modo me estarían vedados, y en los que me convenía entrar ocasionalmente por motivos profesionales. Eso sí, cuando las circunstancias lo exigían, no tenía reparos en guardar la insignia en el interior del bolsillo y conjurar contra mis antiguos camaradas del Movimiento. Por aquel entonces, en España primaba la supervivencia del más ecléctico. Lo suyo era saber adaptarse según vinieran dadas, no mostrar nunca tus cartas o tus ideas antes de tiempo, o acaso no mostrarlas nunca. Ser una cosa o su contraria según quien te convidara al café.

—No sé cómo te sigo aguantando —murmuró ella, mientras yo me enfundaba en el abrigo.

—Me aguantas porque no te queda otra, porque necesitas que alguien te dé lo que el señorito no te da —repuse yo, ajustándome el sombrero.

El señorito era un conocido aristócrata sesentón, compañero de montería de empresarios y ministros, quien, a cambio de un par de encuentros furtivos al mes y fidelidad absoluta, pagaba gustosamente los caprichos y el alquiler del apartamento de la marquesita.

—Al menos el señorito, como tú le dices, no es un impertinente ni un maleducado.

—No, eso no. A él educación no le ha faltado nunca, que para eso le pagaron sus estudios. Pero le falta otra cosa que tú sabes, al señor marqués del Rabocorto.

Celia sonrió maliciosa y caminó descalza sobre el parqué del salón hasta mi lado. Me besó en la mejilla y yo le palmeé las nalgas.

—¿Hasta cuándo? —me preguntó.

—Hasta cuando tú me digas —respondí, dirigiéndome a la salida—. O hasta que el señorito nos deje.

Mi relación con Celia estaba indefectiblemente condenada al fracaso. Ambos lo sabíamos. Ella era una pueblerina con pretensiones empeñada en alcanzar los escalones más altos de la sociedad, aunque fuera trepando por la barandilla. Yo, en cambio, no tenía más ambición que subsistir con relativo desahogo hasta el fin de mis días. Era un funcionario enquistado forzosamente, por falta de medios y padrinos, en mi puesto de trabajo: inspector de primera de la Brigada de Investigación Criminal del Cuerpo General de Policía. Yo ya había tocado mi techo, ella aún buscaba el suyo. En nuestra despedida definitiva ninguno de los dos derramaría una sola lágrima, estaba convencido de ello.

—Cuídate —me dijo, y yo le guiñé un ojo desde el rellano.

En el portal del edificio, el portero leía el Marca apoltronado en su silla. Tenía alrededor de cuarenta años, rostro achinado y bigote de morsa. Al escuchar que me arrimaba a la garita extendió por la ventanilla una mano sobre la que, como por arte de magia, aterrizaron cinco duros.

—Cuídese, inspector —me saludó, exhibiendo una sonrisa socarrona.

—Con lo que te pago —dije—, bien podrías dignarte a abrirme la puerta.

—Solo a los inquilinos, ya lo sabe usted.

—Cualquier día de estos te mando enchironar.

—¿Por no abrirle la puerta? Estaríamos buenos. Además, no se piense usted que me paga tanto, para como se está poniendo la vida. Estoy seguro de que si le fuera al marqués con el cuento de lo suyo y la señorita, como muestra de gratitud el viejo me pagaría más de lo que me fuera a pagar usted en un año.

—Anda, dime, ¿cómo quedó el Madrid?

—No lo sé. Este es el periódico del domingo. ¿La señorita Celia no le dejó escuchar ayer el Carrusel?

—No tuvimos tiempo de encender la radio.

—Estarían ustedes ocupados, me supongo.

—Más ocupados que tú, seguro, que no haces más que tocarte las narices todo el santo día.

—Y toda la santa noche, no se le olvide.

—Así va el país. No hay más que holgazanes por todas partes.

—El país avanza, lento pero firme, ¿no lee usted los diarios? Dentro de nada tendremos científicos desarrollando nuestra propia bomba nuclear. Si no, al tiempo.

—A ver si tienes razón, y con suerte estalla antes de hora y nos manda a todos al carajo, que bien lo merecemos.

—Se ha levantado hoy con el pie izquierdo, por lo que veo.

—Yo me levanto con el pie que me da la gana. Ale, hasta luego.

Ya en la calle, desprovista todavía de viandantes, me cubrí las manos con unos gruesos mitones de lana y me abroché el cuello del abrigo hasta la nariz para protegerme del frío. Aunque apenas circulaban automóviles por la calzada, un Seat 1400 color verde botella y un Biscúter gris metalizado se las habían arreglado para colisionar calle arriba, en la entrada a la Glorieta de Quevedo, y sus conductores se hallaban enzarzados en una acalorada disputa sobre quién llevaba la preferencia en el momento del golpe. Por la acera opuesta un guardia urbano con rostro somnoliento caminaba pesadamente hasta el lugar del siniestro.

Dejando a mi espalda los gritos de los airados automovilistas, a los que enseguida se unieron los del urbano, doblé a mi izquierda y recorrí una estrecha bocacalle para desembocar en Fuencarral. Al comienzo de Fuencarral, cercano a la Gran Vía, estaba mi apartamento, un entresuelo de unos ochenta metros cuadrados que había sido propiedad de una tía materna mía y que yo había heredado tras su muerte unos años atrás.

Don Celestino, el portero, un anciano arrugado y jorobado, padre de seis hijos y abuelo de ocho, me abrió la puerta del edificio y, con algo de sorna —un portero sin sorna es una quimera, un contrasentido— me preguntó por los tres días en que no había pasado por casa.

—Misión oficial —respondí.

—¿Rubia o morena? —preguntó el

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados