La dama número trece

José Carlos Somoza

Fragmento

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Para José María Montesino y Conchita Jiménez.
Y, naturalmente, para Azahara.

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Observad la doctrina escondida bajo este velo de extraños versos.

DANTE, Inferno IX

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I

El sueño

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La sombra se deslizaba entre los árboles. La maleza y la noche le otorgaban el aspecto de una figura incorpórea, pero era un hombre joven, de cabello largo, vestido informalmente. Al llegar al límite de la espesura se detuvo. Tras una pausa, como para asegurarse de que el camino se hallaba libre, atravesó el jardín en dirección a la casa. Era grande, con una galería de columnas blancas en la fachada a modo de peristilo. El hombre subió las escalinatas de la galería, penetró en la casa con tranquila sencillez, recorrió la planta baja sin encender una sola luz y se paró frente a la puerta cerrada del primer dormitorio. Entonces sacó del bolsillo uno de los objetos que llevaba. La puerta se abrió sin ruido. Había una cama, un bulto bajo las sábanas; se oía una respiración. El hombre entró como la niebla, más leve que una pesadilla, se acercó al lecho y vio la mano, la mejilla, los ojos cerrados de la muchacha dormida. Apartó con delicadeza la mano y, segundos antes de que despertara, levantó su pequeño mentón descubriendo el cuello desnudo, un punteado de lunares, la vida latiendo bajo la piel; apoyó la punta del objeto cerca de la nuez y ejerció una ligera y exacta presión. Un rastro como de pétalos rojos lo acompañó hasta el segundo dormitorio, donde se hallaba la otra mujer. Cuando salió de este último, sus manos estaban más húmedas, pero no las secó. Regresó por donde había venido en busca de las escaleras que llevaban a la planta superior.

Sabía que arriba se encontraba su verdadera víctima.

Las escaleras desembocaban en un pasillo. Era largo, estaba alfombrado y se adornaba de bustos clásicos colocados sobre pedestales. La sombra del hombre eclipsaba los bustos conforme pasaba frente a ellos: Homero, Virgilio, Dante, Petrarca, Shakespeare..., silenciosos y muertos dentro de la piedra, inexpresivos como cabezas decapitadas. Llegó al final del corredor y cruzó una antecámara mágicamente revelada por la intensa luz verde de un acuario sobre un pedestal de madera. Era un objeto llamativo, pero el hombre no se detuvo a contemplarlo. Abrió una puerta de doble hoja junto al acuario, y, con una linterna, convocó las formas de una lámpara de araña, varias butacas y una cama con dosel. Sobre la cama, una figura imprecisa. El brusco tirón de las sábanas la despertó.

Era una mujer joven, de cabello muy corto y anatomía delgada, casi frágil. Estaba desnuda, y al incorporarse, los pezones de sus pequeños senos apuntaron hacia la linterna. La luz cegaba sus ojos azules.

No hubo intercambio de palabras, apenas hubo sonidos.

Simplemente, el hombre

no

se abalanzó sobre ella.

no quiero

La noche proseguía afuera: había búhos que observaban con ojos como discos de oro y sombras de felinos en las ramas. Las estrellas formaban un dibujo misterioso. El silencio era una presencia terrible, como la de un dios vengador.

En el dormitorio, todo había terminado. Las paredes y la cama se habían teñido de rojo y el cuerpo de la mujer yacía disperso sobre las sábanas. Su cabeza separada del tronco se apoyaba en una mejilla. Del cuello sobresalían cosas semejantes a plantas marchitas emergiendo de un búcaro.

Silencio. Paso del tiempo.

Entonces sucede algo.

Lenta pero perceptiblemente, la cabeza de la mujer comienza a moverse,

no quiero soñar

gira hasta quedar boca arriba, se incorpora con torpes sacudidas y se apoya en el cuello cortado. Sus ojos se abren de par en par

no quiero soñar más

y habla.

—No quiero soñar más.

El médico, un hombre corpulento de cabellos y barba sorprendentemente blancos, frunció el ceño.

—Los somníferos no van a ayudarle a no soñar —advirtió.

Hubo una pausa. El bolígrafo planeaba sobre la receta sin posarse. Los ojos del médico observaban a Rulfo.

—¿Dice que siempre es la misma pesadilla?... ¿Quiere contármela?

—Contada no es igual.

—Pruebe, de todas formas.

Rulfo desvió la vista y se removió en el asiento.

—Es muy complicada. No sabría.

En la consulta no se escuchaba el menor ruido. La enfermera dirigió sus parpadeantes ojos negros hacia el médico, pero este seguía observando a Rulfo.

—¿Desde cuándo lleva soñando lo mismo?

—Desde hace dos semanas, no todas las noches, pero sí la mayoría.

—¿En relación con algo que usted sepa?

—No.

—¿Nunca había tenido sueños así?

—Nunca.

Leve rumor de papeles.

—«Salomón Rulfo», un nombre curioso...

—La culpa es de mis padres —replicó Rulfo sin sonreír.

—Ya imagino. —El médico sí que sonrió. Su sonrisa era amplia y afable, como su rostro—. «Treinta y cin

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