Omertà

Mario Puzo

Fragmento

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Prólogo

1967

En el pedregoso pueblo de Castellamare del Golfo, asomado al oscuro Mediterráneo siciliano, yacía moribundo un importante Don de la mafia. Vincenzo Zeno era un hombre de honor que a lo largo de toda su vida había sido apreciado por su justicia e imparcialidad, su ayuda a los menesterosos y su implacable castigo de todos aquellos que se atrevían a oponerse a su voluntad.

A su alrededor se encontraban tres de sus antiguos secuaces que habían adquirido fama y poder por méritos propios: Raymonde Aprile de Nueva York, Ottavio Bianco de Palermo y Benito Craxxi de Chicago. Cada uno de ellos le debía un último favor.

Don Zeno era el último de los verdaderos jefes de la mafia que durante toda su vida había cumplido con las antiguas tradiciones. Cobraba una cuota sobre todos los negocios pero nunca sobre la droga o la prostitución. Y jamás había acudido un pobre a su casa a pedir dinero y se había ido con las manos vacías. Corregía las injusticias de la ley: el más alto juez de Sicilia podía dictar las sentencias que quisiera, pero si alguien tenía la razón de su parte, Don Zeno las vetaba con la fuerza de su voluntad y de sus armas.

Ningún joven mujeriego podía abandonar a la hija de un pobre campesino; Don Zeno lo convencía antes para que contrajera santo matrimonio con ella. Ningún banco podía extinguir el derecho de redención de una hipoteca de un campesino desamparado sin que interviniera Don Zeno para enderezar el entuerto. Ningún muchacho que anhelara estudiar en la universidad dejaba de hacerlo por falta de medios o preparación. Todos los que estaban relacionados con su cosca1 veían cumplidos sus deseos.

Las leyes de Roma jamás podían justificar las tradiciones de Sicilia, no eran tenidas en cuenta y carecían de autoridad. Y, si alguien acudía a Don Zeno, éste las invalidaba al precio que fuera. Sin embargo, en los últimos tiempos, su poder había empezado a menguar y había tenido la debilidad de casarse con una bellísima joven que le había dado un precioso hijo varón. La madre había muerto de parto y el niño contaba dos años en aquellos momentos.

El viejo Don de la mafia, consciente de la proximidad de su fin y de que su cosca quedaría pulverizada por las más poderosas de Corleone y de los Clericuzio de Palermo cuando se produjera su ausencia, pensó detenidamente en el futuro de su hijo.

Había llamado a sus tres amigos junto a su lecho de muerte porque tenía una importante petición que hacerles, pero primero les agradeció la amabilidad y el respeto que le habían demostrado al haber accedido a efectuar aquel viaje de miles de kilómetros. Después les comunicó su deseo de que su hijito Astorre fuera conducido a lugar seguro y educado en otras circunstancias, aunque siempre según la tradición de un hombre de honor como él.

–Si consigo la seguridad de mi hijo –les dijo a sus amigos, todos ellos sabedores de que, a lo largo de toda su vida, el Don había ordenado la muerte de centenares de hombres–, podré morir con la conciencia tranquila, pues en este niño de dos años veo el corazón y el alma de un verdadero mafioso, una cualidad excepcional y casi extinguida.

A continuación les explicó por qué los había mandado llamar. Uno de ellos sería elegido para actuar como protector de aquella singular criatura y su responsabilidad sería generosamente recompensada.

–Es curioso –dijo Don Zeno, mirando a su alrededor con sus empañados ojos–, según la tradición, el verdadero mafioso es el primer hijo. Pero en mi caso he tenido que esperar hasta los ochenta años para ver realizado mi sueño. No soy un hombre supersticioso, pero si lo fuera creería que este niño surgió de la tierra de la mismísima Sicilia. Sus ojos son verdes como las aceitunas de mis mejores olivos. Y posee la romántica, musical y feliz delicadeza de sentimientos siciliana. Sin embargo, si alguien lo ofende, jamás lo olvida a pesar de su tierna edad. De todos modos, hay que guiarle.

–En tal caso, ¿qué desea usted de nosotros, Don Zeno? –preguntó Craxxi–. Gustosamente acogeré a este hijo suyo y lo criaré como si fuera mío.

Bianco miró a Craxxi casi con resentimiento.

–Conozco al niño desde que nació. Estoy familiarizado con él. Lo acogeré como si fuera mío.

Raymonde Aprile miró a Don Zeno, sin decir nada.

El Don estudió a los tres hombres, todos ellos dignos de su confianza. Consideraba a Craxxi el más inteligente. Bianco era sin la menor duda el más ambicioso y enérgico. Y Raymonde Aprile el más virtuoso y comedido, el más cercano a su forma de ser. Pero era despiadado.

En sus momentos finales, el anciano Don Zeno comprendió que Raymonde Aprile era, de entre todos ellos, el que más necesitaba al niño. Era el que más se beneficiaría del amor del niño y el que más empeño pondría en que su hijo aprendiera a sobrevivir en aquel mundo de traiciones.

Don Zeno guardó silencio un buen rato.

–Raymonde –dijo al final–, tú serás su padre. Y así yo podré descansar en paz.

El funeral del Don fue digno de un emperador. Acudieron a rendirle homenaje todos los jefes de las coscas de Sicilia, algunos ministros del Gabinete de Roma, los propietarios de inmensos latifundios y centenares de miembros de su cosca.

En lo alto de la negra carroza fúnebre tirada por caballos, Astorre Zeno, un niño de dos años, de ojos de fuego, vestido de negro y tocado con un sombrero negro que parecía una cajita de píldoras, avanzaba con toda la majestad de un emperador romano.

El cardenal de Palermo en persona ofició la ceremonia y proclamó solemnemente:

–En la salud y en la enfermedad, en la desdicha y en la desesperación, Don Zeno fue siempre un verdadero amigo para todos. –Después repitió las últimas palabras de Don Zeno–: Me encomiendo a Dios. Él perdonará mis pecados, pues traté de ser justo todos los días de mi vida.

Y así fue como Raymonde Aprile se llevó a Astorre Zeno a América y lo convirtió en miembro de su familia.

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1

1995

Cuando los gemelos Sturzo, Franky y Stace enfilaron el camino de entrada de Heskow, vieron a cuatro adolescentes muy altos, jugando al baloncesto en la pequeña cancha de la casa. Franky y Stace bajaron de su enorme Buick y John Heskow, el propietario de la casa, salió a su encuentro. Era un hombre muy alto, con una figura en forma de pera, una calva nítidamente rodeada por un pulcro anillo de ralo cabello y unos pequeños ojos azules que parpadeaban sin cesar.

–Llegáis en

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