Primavera cruel (Inspector Trevejo 2)

Luis Roso

Fragmento

Capítulo 1

1

—Sí que has tardado, Ernesto.

—Tampoco tanto.

—Se me ha enfriado el té por esperarte.

—Pues no haberme esperado.

—No me hacía beber solo. Para una vez que nos vemos.

Conrado se dobló por la cintura para sorber el té, elevando apenas la taza del mostrador de estaño en un gesto que no tenía nada de casual, sino que respondía inequívocamente a su temor a mancharse la corbata. Era una corbata de seda color verde claro que relucía en contraste con la camisa amarillenta y el traje de paño negro desgastado en las mangas y el cuello.

—¿Corbata nueva?

—¿Te gusta? —preguntó Conrado, devolviendo la taza al platillo y desabrochándose los botones de la americana para mostrármela completa.

—Divina —dije, palpándola sin interés.

Yo sabía que Conrado no podía permitirse una prenda como aquella, y menos aún el pasador de oro que la acompañaba, pero, aunque seguramente él hubiera estado encantado de explicarme de dónde había sacado ambos complementos, yo prefería no saberlo. Le había advertido en varias ocasiones que cuanto menos me dijera de sus conquistas mejor para los dos.

—Combina con mis ojos —dijo, parpadeando. Sus ojos eran castaño tierra, tirando a vulgares.

—Por supuesto —convine, y acabé de un trago el café solo que había pedido antes de ir al baño, y que también se había enfriado en mi ausencia—. ¿Para qué me has traído a esta cueva?

—¿No te gusta? Pues es el sitio de moda.

—De moda entre los de la serie B, querrás decir.

—Los de la «b» de «viciosos», ¿no?

—El baño huele raro, como a césped.

—Es sándalo, creo. O alguna otra esencia natural. ¿Te has fijado en la disposición de las baldosas azules en el suelo del baño?

—No. ¿Qué había? ¿Un corazón o algo por el estilo?

—Un cisne. Los ojos son dos trocitos de baldosa color púrpura, brillantes como rubíes.

—¿Y en el baño de mujeres qué tienen? ¿Un pollo?

—Tienen una rosa con una espina en el tallo.

—Qué poético.

—Los viernes por la tarde hacen recitales de poesía, ya que lo mencionas. Yo el otro día recité uno de Rubén Darío. El del «Otoño en primavera». Me aplaudieron a rabiar.

—Le echaste valor, exponerte así delante del público.

—Por el arte uno es capaz de todo.

Conrado hablaba realizando grandes aspavientos dirigidos al resto de la parroquia. Aunque tan solo había media docena de clientes además de nosotros, más de uno debía conocer mi condición de agente de la ley. Para un sujeto de costumbres licenciosas como Conrado, que lo vieran pegando la hebra amistosamente con alguien como yo equivalía a un salvoconducto para situaciones comprometidas. Tanto o más válido, por ejemplo, que un autógrafo dedicado del ministro Carrero Blanco.

—¿Para qué querías verme? —insistí.

—¿Es que dos viejos amigos no pueden quedar de vez en cuando para tomar algo juntos y charlar tranquilamente?

—Tú y yo no somos amigos —repliqué, aunque con cierta suavidad.

Conrado era un alma sensible, y una respuesta demasiado agria podía resultar peligrosa para su salud. La única ocasión en que fue arrestado y conducido a los sótanos de la Dirección General de Seguridad sufrió un ataque de nervios de tal magnitud que no hubo manera de tomarle los datos, y mucho menos de proceder con el interrogatorio. No habría sobrevivido a aquel lance si su padre, un prestigioso cirujano infantil del Hospital del Niño Jesús, no hubiera intercedido por él. La escena de la liberación fue curiosa, cuando menos. Un señor de apariencia adusta, vestido todo de negro, paradigma de rectitud y formalidad, abrazando fríamente a un muchacho vestido de fulana, en medias y falda de lunares, con un pañuelo rojo en la cabeza y el maquillaje corrido por las lágrimas. Ya habían pasado bastantes años desde entonces. Conrado había aprendido a conducirse con mayor refinamiento y sobre todo con mayor discreción. Pero el incidente le había dejado secuelas físicas imborrables: un ligero tartamudeo que intentaba disimular pronunciando siempre con lentitud, y también frecuentes espasmos en los músculos de la cara y el cuello, semejantes a escalofríos.

—Bueno, amigos, lo que se dice amigos, no, pero casi —indicó Conrado—. Somos casi amigos. Por eso nos tuteamos. Y por eso te quería pedir una cosa, Ernesto.

—Como sea dinero, vas listo.

—No, no. No es eso.

Conrado arrimó su taburete al mío. Antes de hablar miró teatralmente alrededor.

—Necesito un arma —dijo, como si invocara al diablo.

—¿Un arma?

—No levantes la voz... Sí, un arma. Un revólver, una pistola, lo que sea.

—¿Para qué narices quieres tú un arma?

—Para protegerme. No te preocupes, no pienso matar a nadie. No sería capaz, tú me conoces.

—¿De qué necesitas protegerte?

—Digamos que no estoy atravesando una buena racha. En lo económico no estoy para tirar cohetes, aunque ahí voy. Pero tengo unos asuntos personales que me traen de cabeza y prefiero estar preparado para lo que pueda suceder.

—¿Te ha amenazado alguien?

—Formalmente, no. Y eso es lo que me preocupa. Ya sabes, perro ladrador, poco mordedor. Pero cuando el perro calla es que está cavilando la mejor manera de arrear el bocado.

—¿Por qué crees que yo puedo conseguirte un arma?

—Eres policía, sabes moverte en el mundo del hampa. Yo hace años que me muevo en otro mundo más selecto. Más exclusivo.

—El puterío de alto standing.

—Llámalo como quieras. ¿Me ayudarás?

—Lo más fácil es que te saques una licencia de caza y te compres una escopeta.

—No seas ridículo. Dime, ¿piensas ayudarme o no?

—No, claro que no. ¿Cómo te voy a ayudar a ti a conseguir un arma?

—No vayas a creer que no me doy cuenta de que te estoy poniendo en un compromiso. Pero no te lo pido solo como un favor. Estoy dispuesto a pagarte. ¿Cuál es tu precio?

—Cien mil pesetas.

—No te burles. Dime, ¿por cuánto lo harías? En serio.

—En serio, lo haría por cien mil pesetas. No voy a poner mi carrera en riesgo por menos de eso.

—Con cien mil pesetas tengo para pagarme una banda de pistoleros.

—Si fueras más concreto, quizá te podría ayudar de alguna otra manera.

—No puedo darte detalles. Hay algunos nombres importantes involucrados. Ya sabes. Cuellos duros y sangre azul.

—Dime al menos por dónde van los tiros.

—Me he metido en la cama de quien no debía.

—¿Un marido celoso? ¿Es eso lo que te quita el sueño?

—Ojalá. A un marido se le puede aplacar con el cuento ese de la debilidad de la mujer, que son todas unas malas pécoras, unas viciosas reprimidas, etcétera. Pero no va por a

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