Nunca digas nunca

Amy Lab

Fragmento

Indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Primera parte

1. El comienzo

2. Desencuentros

3. La vida en La Senda

4. La discusión

5. Nuevos amigos

6. Primeros pasos

7. La sospecha

8. La confirmación

Segunda parte

9. Besos

10. Empezar de nuevo

11. Preguntas

12. Tenemos un problema

13. Batalla perdida

14. La caja

15. Al descubierto

16. Desnudos

17. Volver a la superficie

Capítulos extra

1. Un toque de magia

2. Solo amigos

3. Pásalo #FIESTA

4. Ready, steady... go!

Agradecimientos

Créditos

La cancion de Aquiles-1.xhtml

«No sé si las estrellas sueñan o deciden nuestro destino, creo sí que nuestro destino es impredecible y azaroso como los sueños. Por eso las mujeres y los hombres de nuestro tiempo aún temblamos cada mañana cuando el mundo se ilumina y nos despierta».

Ángeles Mastretta, El mundo iluminado

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PRIMERA PARTE

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No intentó nadar. Se dejó abrazar por el agua tibia y serena sin oponer ninguna resistencia. Descendía hacia el fondo de modo pausado y rítmico. Solo podía oír un leve murmullo de burbujas de agua, las que se habían liberado con el impacto y que ahora le acariciaban la piel. Era el final, lo sabía, pero no tenía miedo. No era consciente de que nada la hubiera golpeado, pero sentía un escozor punzante en el brazo derecho. Entreabrió los ojos. Una nube de lodo le impedía ver. Los cerró de nuevo, no sin cierta dificultad, y volvió a dejarse acunar por el agua, extendiendo los brazos. Empezó a sentir algo de mareo y trató de abrirlos nuevamente. Agitó la cabeza para retirarse el pelo de la cara y dirigió su mirada hacia la zona más luminosa. Pudo vislumbrar el embarcadero, cuya madera parecía curva por las distorsiones provocadas por el reflejo del agua, y en el borde, una figura, alguien que parecía estar contemplándola.

Nadar. Intentar nadar.

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El comienzo

A medida que el avión se elevaba, resultaba cada vez más difícil distinguir lo que quedaba abajo. El paisaje fue adoptando formas irreales hasta que desapareció en la lejanía. En un lado, aún era de día y el sol brillaba como un punto tenue de luz que poco a poco iba perdiendo intensidad, hasta desaparecer y confundirse con la negrura que, de forma misteriosa, desde hacía largo rato reinaba en la otra parte del avión. Fuera ya no había nada, solo oscuridad. Esa misma sombra que hacía semanas había aparecido en su interior y se estaba propagando lenta pero infatigablemente por todo su cuerpo. Tragó saliva con un gran esfuerzo: ese maldito nudo le impedía incluso respirar.

Quizá todo fuera un mal sueño. Quizá despertaría en casa y oiría a mamá preparar café en la cocina, o a papá con esos aburridos discos de jazz. Quizá estaba soñando dentro de otro sueño. Quizá si cerraba muy fuerte los ojos y conseguía dormirse dentro de ese sueño, finalmente conseguiría despertarse.

Pero si todo era irreal, ¿por qué podía sentir el escozor en las aletas de la nariz, provocado por un llanto que había durado varios días? ¿Por qué tenía los ojos hinchados? ¿Por qué continuaba doliéndole tanto la cabeza a pesar de haberse tomado varios analgésicos? No, aunque se despertara, seguiría en ese avión, cada vez más lejos de su mundo y más cerca de esa nueva vida impuesta que no quería tener. No sabía cuándo iba a volver. Ni siquiera sabía si volvería.

¡Cuántas veces había soñado con irse, con perder de vista a sus padres durante un largo tiempo para poder vivir libre, sin rendir cuentas a nadie! Finalmente había llegado ese día, pero en nada se parecía a lo

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