Juntos (Juntos 1)

Ally Condie

Fragmento

Capítulo 1

«A hora que he descubierto la forma de volar, ¿en qué dirección debería adentrarme en la noche? Mis alas no son blancas ni plumosas; son de seda verde; vibran al viento y se ondulan cuando me muevo, primero en círculo, después en línea recta y, por último, en una trayectoria de mi invención. La negrura que queda atrás no me preocupa, ni tampoco las estrellas que me aguardan.»

Me río de mí, de la insensatez de mi imaginación. Las personas no vuelan, aunque, antes de la Sociedad, la gente creía que algunas lo hacían. En una ocasión las vi en un cuadro. Alas blancas, un cielo azul, círculos dorados sobre sus cabezas, la mirada sorprendida, hacia arriba, como si no pudieran creerse que el artista las hubiera pintado volando, que sus pies no tocaran el suelo.

Aquellas historias no eran ciertas, lo sé. Pero esta noche resulta fácil olvidarlo. El tren aéreo surca la noche con tanta suavidad y el corazón me late tan deprisa que tengo la sensación de que podría alzar el vuelo de un momento a otro.

—¿De qué te ríes? —me pregunta Xander mientras me aliso las arrugas del vestido de seda verde.

—De todo —respondo, y es cierto.

Llevo mucho tiempo esperando mi banquete. Donde veré, por primera vez, la cara del chico que será mi pareja. Será la primera vez que oiré su nombre.

Estoy impaciente. El tren es veloz, pero no lo bastante para mí. Surca la noche en silencio, acompañando con un discreto susurro los murmullos de nuestros padres y los latidos de mi corazón.

Es posible que Xander también haya oído mi corazón palpitante, porque me pregunta:

—¿Estás nerviosa?

Junto a él, su hermano mayor comienza a explicar a mi madre la historia de su banquete. Ya queda poco para que Xander y yo tengamos nuestra propia historia que contar.

—No —respondo. Pero Xander es mi mejor amigo. Me conoce demasiado bien.

—Mentira —dice en tono chistoso—. Sí que lo estás.

—¿Tú no?

—No. Estoy preparado. —Lo dice sin vacilar, y le creo. Xander es la clase de persona que sabe lo que quiere.

—Es normal que estés nerviosa, Cassia —añade, ahora con dulzura—. Casi el noventa por ciento de las personas que asisten a su banquete manifiestan alguna señal de nervio sismo.

—¿Has memorizado toda la información oficial sobre los emparejamientos?

—Prácticamente —responde. Me enseña las palmas de las manos como diciendo: «¿Qué esperabas?».

El gesto me hace reír; en realidad, yo también he memorizado la información. Es fácil hacerlo cuando la lees tantas veces, cuando la decisión es tan importante.

—Entonces, tú perteneces a la minoría —digo—. Al siete por ciento que no muestra el menor nerviosismo.

—Por supuesto —conviene él.

—¿Cómo has sabido que estaba nerviosa?

—Porque no paras de abrir y cerrar ese chisme. —Xander señala el objeto dorado que sostengo en las manos—. No sabía que tuvieras una reliquia. —Entre nosotros circulan unos cuantos objetos antiguos de valor. Aunque la Sociedad permite a sus ciudadanos poseer una sola reliquia, es difícil conseguirlas. A menos que se hayan tenido antepasados que se hayan asegurado de transmitirlas en herencia a lo largo de los años.

—No la tenía hasta hace unas horas —respondo—. Mi abuelo me la ha regalado para mi cumpleaños. Era de su madre.

—¿Cómo se llama? —pregunta Xander.

—Polvera —respondo.

Me encanta su forma. Es pequeña, igual que yo. También me gusta cómo suena su nombre: «polvera», fuerte al principio y suave al final, como el chasquido de la tapa al cerrarse.

—¿Qué significan las iniciales y los números?

—No estoy segura. —Paso los dedos por las letras «ACM» y los números «1940» inscritos en la superficie dorada—. Pero, mira —digo, y abro la polvera para enseñársela por dentro: un espejito, hecho de cristal auténtico, y una pequeña concavidad, donde su antigua dueña llevaba los polvos de maquillaje, según mi abuelo. Yo la utilizo para guardar las tres pastillas de emergencia que todos llevamos, una verde, una azul y una roja.

—Qué práctico —observa Xander. Estira los brazos y me fijo en que también él tiene su reliquia: dos relucientes gemelos de platino—. Me los ha prestado mi padre, pero no se puede guardar nada dentro. No sirven para nada.

—Pero son bonitos.

Mi mirada se posa en su cara, en sus brillantes ojos azules y sus cabellos rubios. Siempre ha sido guapo, incluso de pequeño, pero nunca lo había visto tan elegante, vestido con traje oscuro y camisa blanca. Los chicos no tienen tanta libertad como las chicas en la elección de vestuario. Todos los trajes son muy parecidos. Aun así, pueden elegir el color de la camisa y la corbata, y la calidad del tejido es muy superior a la tela utilizada para la ropa de diario.

—Estás guapo. —La chica que descubra que es su pareja se pondrá contentísima.

—¿Cómo? —se sorprende Xander enarcando las cejas—. ¿Solo guapo?

—Xander… —dice su madre, que está junto a él, con un tono entre divertido y censurador.

—Tú estás radiante —añade Xander, y, a pesar de que lo conozco desde pequeña, me ruborizo un poco. Me siento bien con este vestido: verde botella, vaporoso, con mucho vuelo… La desacostumbrada suavidad de la seda en mi piel hace que me sienta ágil y delicada.

A mi lado, mis padres respiran hondo cuando aparece el ayuntamiento, iluminado en blanco y azul, con las luces de las ocasiones especiales encendidas. No veo la escalinata exterior de mármol, pero sé que estará encerada y reluciente. He esperado toda mi vida a subir por esos limpios peldaños de mármol y cruzar las puertas del ayuntamiento, un edificio que he visto de lejos, pero en el que jamás he entrado.

Quiero abrir la polvera y mirarme en el espejito para asegurarme de que mi aspecto es inmejorable. Pero no quiero parecer vanidosa, de manera que me miro con disimulo en su dorada superficie.

El canto redondeado me deforma un poco las facciones, pero continúo siendo yo. Los ojos verdes. El pelo castaño dorado, que parece más dorado en la polvera de lo que es en realidad. La nariz recta y menuda. El mentón con un pequeño hoyuelo como el de mi abuelo. Todos los rasgos físicos que me convierten en Cassia María Reyes a mis diecisiete años recién cumplidos.

Doy la vuelta a la polvera y me fijo en que ambos lados encajan a la perfección. Mi emparejamiento está siendo igual de perfecto, empezando por el hecho de que me halle aquí esta noche. Como mi cumpleaños cae en 15, el día en que el banquete se celebra todos los meses, siempre había tenido la esperanza de que me emparejaran el mismo día de mi cumpleaños, pero sabía que era una posibilidad remota. Una vez que has cumplido los diecisiete, pueden convocarte para el banquete en cualquier mes del año. Por eso, cuando hace dos semanas lleg

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