El corazón de la bestia

Brie Spangler

Fragmento

ellas

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Una historia de amor transgénero.

Nadie está a gusto en su propio cuerpo. Pero Dylan siente que el suyo es demasiado. Demasiado alto, demasiado peludo, demasiado grande.

En terapia conocerá a Jamie y, por primera vez en su vida, encajará. Ella le mira como nadie lo ha hecho antes. Y cuando él la mira, ve en ella todo lo que siempre ha querido. En cambio los demás, cuando miran a Jamie, ven algo completamente distinto.

Y cuando la presenta como «su chica», sus amigos se ríen. Demasiado.

¿Somos lo que ven los demás? ¿O somos lo que queremos ser?

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Para Matt,

porque lo quise dejar incluso más veces

que palabras hay en este libro, y tú siempre me dijiste:

«Sigue escribiendo»

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No sé qué habrá caído primero, si la pelota o yo.

En teoría, ha sido la pelota porque se ve que yo, pobre de mí, un puro amasijo de fibra y músculo, no soy capaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo, y mucho menos encima recuperar una pelota perdida. Menos mal que nadie me vio trepando por la fachada hasta el tejado porque habría habido guasa para rato. Lo mismo de siempre, cosas como «No hagas eso», «Pesas demasiado», «Eres demasiado alto», «Tienes pelo por todas partes». A todo el mundo le encanta recordarme el aspecto que tengo. Como si no tuviera espejos. Pero allí arriba no se oía a nadie. No se movía nada, ni siquiera el viento. Me he acercado hasta el borde, donde se junta el canalón de las dos vertientes, y me he puesto de pie sobre una hilera de tejas inestables. Mi sombra se ha proyectado en el césped del suelo, larga y delgada.

No tendría que haber mirado.

Y es que es bastante duro medir casi un metro noventa y cinco, tener suficiente vello corporal como para sepultar a un pueblo entero y encima tener que comprar la ropa en la sección de godzillas. Los uniformes de tallas normales no me caben. Antes de que empezara el curso, mi madre tuvo que coser esos ridículos escudos escolares en chaquetas marrones y polos blancos de la talla de un piano de media cola. Parezco un trol salido de debajo del puente que ha pensado que apuntarse a una escuela católica de precio razonable era lo mejor para su futuro.

Hoy el día no ha empezado tan mal; podría haber sido peor. Mientras tomaba mi desayuno frugal consistente en seis tortitas, cuatro tostadas y un puñado de lonchas de beicon, he pensado que mi madre debía de estar inspirada, porque me ha dicho: «Este va a ser tu año, Dylan, ¡lo presiento!». Y quién sabe. Tal vez sí que después de esta mierda de estirones épicos de treinta centímetros que mi cuerpo insiste en repetir cada dos por tres y de haber tenido que afeitarme desde sexto de primaria, este segundo de secundaria podría ser mi año. Sería un cambio agradable. Fíjate, incluso me he encontrado una moneda de la buena suerte en la calle de camino a la parada del autobús. Una señal clarísima de que mi padre estaba pensando en mí. Seguro.

Ahora bien, la bonita promesa del año de buena suerte se ha venido abajo cuando me he enterado de que en el Saint Lawrence este año han prohibido que los chicos usen gorra y lleven el pelo largo. El colegio en pleno se ha girado para mirarme fijamente.

Siempre llevo el pelo igual: me hago la raya en medio, en horizontal, lo peino hacia delante para que me cubra la cara al máximo y me encasqueto la gorra. Mi madre lo odia. Dice que me cuelga por la cara. Que me oculta los ojos. Pero mi pelo es mi tema.

Rectifico: era mi tema.

Madison va y suelta:

—¡Por Dios, ahora tendremos que ver la cara de la Bestia todos los días!

Os juro que ha dicho eso. Estábamos en plena reunión de principio de curso. Yo estaba sentado justo en la fila de detrás de ella. JP se partía de risa, ¡cómo no! Cuando Fern Chapman ha mirado a Madison y ha puesto los ojos en blanco y le ha ordenado que cerrara el pico, casi se me sale el corazón del pecho y se pone a bailar la conga de la alegría.

Gracias, Fern Chapman. Por eso estoy enamorado de ti como un idiota.

Es tan guapa que cuesta respirar cuando estás a su lado. El aire se hace más denso.

—Pero llévate a Madison contigo, Bestia. ¡A tu cueva! —ha dicho JP a la vez que me daba un codazo desde su silla para que me riera.

Y eso es lo que he hecho porque, joder, qué remedio te queda si el director del colegio, plantado en mitad del escenario del Saint Lawrence, acaba de anunciar su nueva política, cuya principal consecuencia es mostrar al mundo entero que soy una inmundicia genética.

Estar sentado junto a mi mejor amigo, JP, es la prueba irrefutable de mi teoría. No en plan karma, no, no; es tan fácil como que una sola de las pecas de JP vale más que mi cuerpo entero. Así de claro. Por lo que respecta al físico, podríamos decir que JP es un héroe de flamante armadura montado en un caballo de un blanco reluciente, que desenvaina su sable de empuñadura dorada y me da muerte mientras el pueblo lo vitorea. Esa es la realidad. Su lema es: «Simul adoratur», que si lo buscarais en el traductor de Google vendría a significar, sin exagerar ni un pelo, «ser adorado». Se me parte el alma viéndolo coleccionar chicas como quien colecciona mariposas para luego atravesarles el corazón.

Sin embargo, por extraño que parezca, quiero a JP porque no se asusta de mí. Nunca me ha resultado fácil hacer amigos. Mi madre siempre me decía: «Habla con los otros niños, ¡enséñales tu sonrisa!». (Por favor, mamá)... Siempre que lo intentaba, salían corriendo. O peor: fingían que no me veían. Cuando estaba en primero y pesaba trece kilos más que cualquier otro chico, JP fue el único que me preguntó: «¿Quieres jugar?». Claro que le dije que sí. Y si a cambio me pedía que de vez en cuando le diera una paliza a alguien, yo lo hacía porque él quería que fuéramos amigos. Tampoco había para tanto. Normalmente me bastaba con acercarme amenazadoramente al muchacho en cuestión y fulminarlo con la mirada. Además, andar junto a JP es un distintivo de honor en el Saint Lawrence. No pienso sacrificar el asiento que ocupo a su lado en el comedor.

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