Volar hacia atrás

Carlie Sorosiak

Fragmento

cap-1

1

Linny

Si sueles ver películas, tienes clarísimo cuándo va a pasar algo importante. La música clásica resuena funestamente como el trueno. Un personaje femenino se muerde el labio y contempla una puesta de sol con mirada elocuente. Todo ocurre a cámara lenta. De vez en cuando se ven caídas en picado.

En la vida real no hay caídas en picado. Lo único que sucede es que el estómago te da un vuelco, y la sensación se abre paso hasta las manos al punto en que los dedos se niegan a funcionar como dedos. Y eso es justo lo que está pasando ahora.

Parpadeo, vuelvo a parpadear, pero él sigue aquí. Álvaro Herrera. Uno de los escritores más enigmáticos de la historia del cine. Su libro Medianoche en Miami inspiró la que siempre ha sido mi película de culto favorita. Es incluso mejor que The Rocky Horror Picture Show, aunque cueste creerlo. Incluso mejor que aquella alocada película sobre un tío que parte montañas por la mitad con cucharas.

Pero no estoy mirando fijamente a Álvaro porque sea famoso. Estoy mirándolo porque se supone que está muerto.

La última vez que alguien lo vio fue en una fiesta en el Distrito Art Deco de Miami, y al día siguiente… ¡plas! Ya no estaba. Dejó de aparecer por los estrenos y de ir a comidas con amigos. Transcurridos tres años, se dio por descontado lo peor.

Así que es normal que piense que estoy alucinando cuando su metro setenta y su barriga se tambalean en el aparcamiento de Silver Springs. El Álvaro actual todavía se parece al Álvaro de las cubiertas de los libros: la misma piel marrón, la misma sonrisa reluciente, el mismo pelo negro que le cae en la frente como el ala de un cuervo, aunque ahora seguramente se lo tiña, porque tiene… ¿Cuántos años tiene? ¿Ochenta y dos? Es tan viejo que todavía lleva aquellos zapatos blancos ortopédicos que solía usar mi abuelo. Detrás de él hay un sedán negro. Álvaro se vuelve y golpea dos veces con los nudillos en el maletero.

Es la toma perfecta. Lo sé porque siento un hormigueo en los hombros (llamémoslo un sexto sentido o lo que sea). Si moviera un poco la cámara hacia la izquierda, podría encuadrarlo todo: la luz oblicua que se filtra entre las palmeras, el color rosa caracola del bloque de pisos de enfrente y al escritor supuestamente muerto golpeando con los nudillos el misterioso coche negro. Todo sin excepción es armónico, fascinante y elocuente. La mayoría de la gente cree que en las películas lo más importante es la panorámica general, el efecto completo. Pero en realidad lo más importante son los pequeños detalles: el destello brillante del parabrisas, los pájaros que descienden en picado a lo lejos y ese tono rosa perfecto. Si añadiese a la toma una música de guitarra acelerada, voilà… tendría el principio de un documental cojonudo, que podría entregar al comité de admisiones de la Universidad de California.

Debería sacar rápidamente la cámara de vídeo de la mochila, captar el áspero sonido que hace Álvaro al moverse como una sombra hacia el bordillo. Pero he descubierto que plantar un objetivo en la cara de desconocidos es una buena manera de ahuyentarlos. (O de que te tiren granizados azul fosforito. Una de dos.)

No puedo permitirme perder a Álvaro Herrera. Y menos ahora, cuando está a punto de cambiarme la vida.

A tres metros de distancia, Álvaro mueve una mano como si sujetara un bastón invisible. Incluso desde aquí huelo su loción para después del afeitado, que se ha aplicado generosamente. Me acerco a él de puntillas… un centímetro, dos centímetros. Encima de nuestras cabezas hay un cartel en el que se lee: ¡EN LA MONTAÑA PERO SIN SALIR DEL CORAZÓN! Debajo, en letras más pequeñas: BIENVENIDOS, NUEVOS RESIDENTES Y VOLUNTARIOS. Lo señala y me dice en español:

—Este lugar está hecho una mierda.

—Es verdad —contesto, porque en efecto es una mierda.

Silver Springs Retirement Community, una horrorosa estructura de cemento encajonada entre lujosos bloques de Miami Beach, difícilmente puede ser el Ritz. Se ven restos de art déco y trozos de mármol y baldosas geométricas de colores, pero se ha eliminado o arrancado casi toda la belleza del edificio. Es lo que mi hermana Grace llamaría «un sitio al que le han chupado el alma».

Álvaro sigue disparando frases en español, y yo levanto las manos para atraparlas y le digo que en lenguas extranjeras voy «así así». Solo así así. Todo el mundo da por sentado que soy cubana o colombiana o portorriqueña, por mi piel cobriza y por el medio metro de rizos negros que bailan el hula hoop cuando hay humedad. Al menos una vez por semana tengo que dar un repaso a mi árbol genealógico cuando algún desconocido se dirige a mí en español en el supermercado. Admito que a veces me fastidia. Lo de «Mi abuelo fue nigeriano» no termina de entenderse en Miami Beach, donde hasta en las gasolineras venden sándwiches cubanos.

—Ah, lo siento —me dice Álvaro de nuevo en español.

Entorna los ojos a causa del sol. Sus cejas lanudas de mamut le tapan la mitad de la visión. Entonces, por alguna razón, me pregunta cómo me llamo.

—Marilyn —le contesto, y le tiendo la mano como si estuviera en una entrevista de trabajo—. Bueno, Linny.

Mis padres eligieron mi nombre en un ataque de nostalgia por Navidades pasadas, cuando la bisabuela Marilyn aún estaba vivita y coleando. No es un nombre tan guay para una chica de dieciséis años. Nada que ver con Marilyn Monroe. (Mis padres sin duda no pensaron en ella, porque de haberlo hecho no me habrían puesto el nombre de una sex symbol blanca.) En general, «Marilyn» es para mujeres mayores con gafas de ojos de gato, que van a clubes de campo y compran bonos de ahorro. De todos los lugares en los que he trabajado como voluntaria, Silver Springs es el primero en el que «Marilyn» encaja.

Prefiero Linny.

—Marilyn Buenolinny —me dice como si saboreara las palabras.

Hay algo bonito en su manera de enroscar la lengua cuando habla en inglés, como si fuera un idioma totalmente distinto.

—Linny a secas —le digo.

Me estrecha la mano y es como si estrujara un pañuelo de papel.

—Dime, ¿no deberías estar en clase?

—Bueno, estamos en junio… es verano.

Deja un momento las palabras en suspenso y luego mueve la cabeza a un lado y a otro, como para comprobar la estación del año.

—Sí —me dice en español—. Estamos en verano.

De cerca, observo un corte reciente en forma de rayo por encima del ojo derecho. (¿Con qué se lo habrá hecho?) Su cara parece viscosa, como si resbalara de los huesos, y la piel de los brazos le cuelga tanto como para abrir las alas y salir volando. Su camisa con un estampado de flamencos desabrochada forma una incómoda V muy baja, que muestra un considerable bronceado y un trozo de pecho cubierto de vello negro. Me pregunto si también se lo tiñe.

Y luego me pregunto por qué estoy fijándome en el pelo del pecho. Es tan… espeso.

Céntrate, Linny. ¡Céntrate!

—Usted es Álvaro Herrera —le digo.

Se ríe.

—Sí —contesta en español.

—¿Y va a vivir aquí?

—Desafortunadamente —vuelve a decir en español.

—Sí, desafortunadamente, pero me preguntaba por qué ha vuelto.

Ladea la cabeza hacia mí, saca un cigarrillo d

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