Arena en los ojos

Carla Calvo

Fragmento

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1

El verano había llegado de golpe a la ciudad.

No se trataba de un calor normal, sino de un bochorno horrible y pegajoso que había llegado sin avisar. Un día hacía frío, llovía y todo era gris y al siguiente el sol calentaba tanto que parecía capaz de derretir el asfalto. Era una temperatura desagradable para cualquier actividad, pero lo era aún más para mudarse. Que era lo que Sam estaba haciendo en ese preciso momento.

Había subido primero la maleta pequeña, que en realidad solo podía considerarse así si se comparaba con la que llevaba en ese momento, no porque realmente lo fuera, y su bolsa de mano durante los tres tramos de escaleras que le llevaban hasta el tercer piso. Solo con ese esfuerzo ya notaba el corazón a punto de salirse por su boca y había sudado más que en dos horas de gimnasio. No le había quedado más opción que subir andando, ya que nunca había llegado a instalarse el ascensor. Cargaba toda su vida en aquellas maletas y quizá por eso pesaban tanto: no se trataba de la ropa, sino más bien de todas las decisiones que la habían llevado a aquel momento. Subiendo una maleta de treinta kilos durante tres tramos de escaleras hasta un tercer piso sin ascensor, en un edificio viejo y recalentado por el sol donde no había corriente y la temperatura superaba los treinta grados, Sam se dio cuenta de que quizá era necesario que empezara a soltar lastre y dejase de cargar con su vida, así como con todo su pasado, a cuestas. 

Sin embargo, cuando llegó a la puerta de la casa de su infancia, donde tenía apiladas el resto de sus pertenencias, y apenas era capaz de respirar, se abrió la puerta de al lado y la única parte del pasado de la que llevaba años intentando prescindir salió al rellano. Sam se giró al escuchar la puerta abrirse y se encontró con una mujer de estatura media, esbelta como una espiga, que iba vestida con un conjunto deportivo y tenía el pelo rubio pálido recogido en un moño bajo. Aunque la hubiera visto en cualquier lugar del mundo, no saliendo de la que siempre había sido su casa, la habría reconocido. Porque el tiempo había pasado, pero al parecer solamente por ella, quizá por eso parecía pesarle tanto en los huesos, porque Lily estaba exactamente como la recordaba. De hecho, así vestida, podía ver perfectamente a la adolescente que había dejado atrás cuando se había marchado. Podía ver a ambas en el instituto, peleando en los vestuarios tras haber sido expulsadas de la clase de educación física, ambas sudorosas y demasiado temperamentales para su propio bien. Podía sentir de nuevo todas las sensaciones de aquel momento en su piel, que se le puso de gallina, y el tiempo dejó de correr cuando se miraron a los ojos y Lily la reconoció. Lo supo porque sus ojos verdes, redondos como botones, se agrandaron hasta consumir lo que parecía ser la mitad de su cara y su boca se quedó entreabierta como si hubiera estado a punto de decir algo y se le hubiera olvidado. 

Se quedaron así durante unos breves segundos: Sam con la respiración desbocada y sudando a mares y Lily con la boca entreabierta y con la apariencia de poder subir y bajar hasta la azotea varias veces sin inmutarse. 

Entonces Lily sacudió ligeramente la cabeza, como si ella también se hubiera quedado atascada en algún momento pasado, en otra época y en otro lugar que no eran aquel rellano con aquel calor insoportable en ese presente en que ambas se reconocían, pero hacía tiempo que ya no se conocían. Lily se preguntó quién era esa mujer tan bien vestida, cuya respiración irregular era lo único que delataba alguna grieta en su superficie de entereza y compostura, y dónde había dejado a la muchacha que se fue de allí años atrás. Si no fuera porque sus ojos eran los mismos que la habían mirado entonces, cuando le había dicho adiós y no había vuelto a mirar atrás, no estaba segura de si la habría reconocido. Pero entonces la había mirado y había recordado el momento en el que había pensado que ojalá la volviera a mirar así. Y allí estaban, tantos años después, una a cada lado del rellano, con una maleta enorme y un montón de fantasmas, de kilómetros y de tiempo separándolas como si de un muro de contención se tratara. Lily no estaba segura de si aquel muro las contenía o más bien las sostenía. 

Apartó la mirada de Sam para mirar las maletas y después volver a mirarla. 

—Imagino que sabes que tus padres no están en casa —se vio forzada a comentar, más que nada por decir algo, cualquier cosa, que rompiera aquel silencio cada vez más incómodo.

—Sí —contestó Sam, con la voz más áspera de lo que le hubiera gustado. Se aclaró la garganta. Hubiera pagado (mucho) dinero por un trago de agua del grifo—. Lo sé.

Se volvieron a quedar en silencio. Mirándose. Aquello empezaba a rozar lo absurdo.

—Pensaba que iban a alquilar el apartamento a unos turistas mientras estuvieran fuera —continuó Lily. De hecho, estaba segura, ya que la madre de Sam le había dicho que estuviera pendiente por si llegaba el nuevo inquilino para darle las llaves. Cosa que, pensándolo bien, tampoco le sorprendía. Era típico de Susana hacer algo así a propósito para que se vieran obligadas a encontrarse y no pudieran evitarse.

—Algo así. —Sam se encogió de hombros, poco dispuesta a explicarle a aquella mujer que había cogido sus pertenencias más preciadas y había huido de la vida que tanto sudor y esfuerzo le había costado labrar—. Imagino que la vecina que tiene que darme las llaves eres tú, ¿no?

Casi se rio cuando se dio cuenta de la jugarreta de su madre, aunque no hubiera sido una risa amable. Ahora entendía por qué se había negado a enviarle las llaves por correo urgente, a pesar de que hubieran llegado con tiempo más que de sobra. Durante los diez años que había estado fuera sabía que su madre solo le había reprochado una cosa: que hubiera roto todos los hilos que en algún momento la unieron a Lily. No le había importado que se hubiera marchado, que ni siquiera fuera a visitarlos y tuvieran que ser ellos los que desplazaran, que cada vez les llamase menos. Nada. Sabía que estaba persiguiendo su sueño, luchando por alcanzar las metas cada vez más exigentes que ella misma se había marcado. Su madre sabía que todo aquel trabajo tendría una recompensa, pero también quería que pensara cuál iba a ser esa recompensa. Y si todos los sacrificios que había hecho para conseguirla habían merecido la pena. Sam aún no tenía claras esas respuestas. 

Por eso mismo había huido de su vida actual, considerando que necesitaba alejarse un tiempo de lo que durante años la había absorbido, para poder verlo con claridad. Al parecer, su madre había aprovechado esa oportunidad para que también viera lo que había dejado atrás.

—Sí, las tengo yo. Un momento —contestó Lily, dejando en el suelo la bolsa de deporte que ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba colgada hasta ese momento, y entró de nuevo al piso. 

Salió a los pocos segundos con un juego de llaves y se acercó hasta donde estaba Sam para entregárselas. La otra mujer las cogió con cierto reparo. Aquel gesto parecía más definitivo que todo lo que había hecho desde que había decidido marcharse. Aquellas llaves parecían alejarla más de su vida anterior que las más de diez horas de avión que la habían llevado hasta allí.

—La llave grande es la

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