El despertar de Nephentes

Helen Stone

Fragmento

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Capítulo 1

Ottawa, Canadá, septiembre, 2020

Un hecho inesperado

Las estrechas aceras del parque Rick se encontraban desiertas a esa hora tardía de la noche. Un revoltijo formado por las hojas desprendidas de los árboles se paseaba por la superficie adoquinada de la calle, deteniéndose a los pies de un banco de hierro forjado pintado en color bronce. La brisa cálida, muy típica al periodo estival, mecía con delicadeza el denso follaje de los matorrales y, en lo alto del cielo, completamente despejado, la luna brillaba con soberbia acompañada de minúsculas estrellas que atrapaban la vista con su luz.

Loren caminaba sin prisas, sondeando con curiosidad el perfil tenso de James, su novio. Se dirigían a su lugar favorito del parque: un banco de madera torcido, algo alejado del camino principal situado en medio de unos arbustos, oculto de las vistas indiscretas.

El graznido de un pájaro que sobrevoló muy cerca de sus cabezas atrajo la atención de la pareja y el temblor del lóbulo gigantesco de una planta que se erguía imponente detrás del banco solitario los sobresaltó. Los jóvenes tomaron asiento y, dejando de lado cualquier distracción, se sonrieron con timidez. James hizo una larga inspiración antes de soltar el tormento que abrumaba su alma.

—A mi padre lo ascendieron en el trabajo, es algo que deseaba desde hace tiempo, pero no confiaba lograrlo tan pronto. —Bajó la mirada, pensativo—. Todavía no es oficial, pero dentro de muy poco será nombrado director general del banco TTR.

—¡Qué gran noticia! —exclamó Loren, desconcertada ante la aflicción de su novio. Le acogió las manos entre las suyas demandando su atención—: ¿A qué viene esa cara de funeral? Deberías estar contento; ya sabes, más cargo, más dinero. Piensa en la cantidad de cosas que podrían mejorar, comenzando por tu viejo Ford. Imagínate cómo ondeará mi melena —la joven se acarició el abundante cabello rubio con un fingido gesto teatral— en un impresionante descapotable nuevo y reluciente. Sinceramente, no entiendo dónde está el drama.

—Me da igual el dinero de mi padre, no lo quiero —estalló James en tono irritado, soltándose las manos con brusquedad. Su rostro compungido de segundos atrás se tornó rojo y tenso—. Además, ¿qué tiene de malo mi coche? Si tan deseosa estás de que tu melena ondee al son de la brisa, con bajar un poco la ventanilla lo hará de igual modo. No me había fijado en que dabas tanta importancia a las cosas materiales.

—¿Qué ocurre? —se alarmó la muchacha al comprender que sus intentos de distender la situación no habían dado resultado, sino todo lo contrario—. Has conseguido preocuparme, es obvio que algo me estás ocultando.

James se pasó la mano por el pelo, en un visible estado de nerviosismo.

—No sé cómo decirte eso..., pero, debido al dichoso ascenso, mi familia y yo nos trasladaremos a Nueva York. En unas semanas.

Loren se tapó la boca con la mano intentando ocultar su aflicción. Muda de asombro trataba de encajar aquella inesperada noticia. Si James y su familia se marchaban a otra ciudad dejarían de verse. La joven sucumbió a la desesperación, incapaz de contener sus emociones. Lágrimas de impotencia comenzaron a surcar sus mejillas encendidas y ruidosos lamentos salieron de sus labios. James abrió sus brazos para reconfortarla, pero ella se apartó, demasiado dolida para aceptar su consuelo.

—No te pongas así, lo nuestro podría continuar... Hablaríamos por teléfono, FaceTime, Skype, Instagram, ya sabes, la distancia no tiene por qué separarnos. Yo vendré y...

—No, no lo harás —le contradijo, alterada—. ¿No te das cuenta? No funcionaría. Al principio, estaríamos en contacto prometiéndonos amor eterno y todas esas tonterías, pero somos demasiado jóvenes para condenarnos a una relación así. No sería justo para ninguno de los dos. Prefiero un corte rápido y letal antes que una agonía lenta y dolorosa.

—¿Por qué tienes que ser tan intransigente? —James le tocó la mejilla con suavidad—. Yo no quiero...

Sus palabras consoladoras fueron interrumpidas por un crujido de hojas. Alarmados, los jóvenes alzaron las miradas, ya que se llevaron la impresión de que un animal trepaba por las gruesas ramas del árbol que desplegaba sus anchos brazos justo encima del banco donde estaban sentados. Dejaron de discutir y se quedaron boquiabiertos al observar cómo los lóbulos en forma de lanza de una planta situada justo al lado del árbol comenzaron a elevarse y aumentaron su tamaño de modo fulminante. Unas hojas alargadas salieron de la nada creciendo con rapidez hasta convertirse en una decena de serpientes aterradoras. A la luz de la farola que iluminaba esa zona del parque, el avance del tallo extendido parecía una escena sacada de una película de ciencia ficción.

En cuestión de segundos la imponente planta llegó a medir al menos dos metros y seguía creciendo tanto en vertical como en ramificaciones por donde se asomaban unos prominentes pámpanos en forma de alas con flecos.

Con el miedo metido en el cuerpo, los jóvenes se levantaron del banco con la intención de alejarse de allí. Se cogieron de la mano, pero no llegaron a dar más de tres pasos seguidos cuando fueron azotados por unas lenguas de fibra verde, un tipo de lanzaderas que se abrían camino desde la boca de la planta que parecía un guerrero a punto de abalanzarse sobre su presa. Loren fue rodeada en cuestión de segundos por unas enredaderas que, tras dar unas sinuosas vueltas alrededor de su cuello, se lo comprimieron dejándola sin oxígeno. La joven trató de apartar la hiedra con las manos, pero estaba tan firmemente adherida a su piel que le fue imposible liberarse.

Las piernas de James se paralizaron al presenciar cómo la amenazante planta estrangulaba a su novia a tan solo unos centímetros de distancia de él. Quería ayudarla, pero el miedo de ser atacado fue más poderoso que su deseo de auxiliarla. Impotente, decidió alejarse para pedir ayuda, aunque le fue imposible moverse. El cuerpo entero dejó de responderle y la imagen de su novia abrazada por aquellas garras aterradoras se quedó grabada en su retina. No podía apartar la mirada de la cara roja e hinchada de Loren. Sus preciosos ojos azules estaban desorbitados y las mejillas bañadas en lágrimas brillaban a la luz de la farola de un modo siniestro. A pesar de que su rostro trasformado por la asfixia era prácticamente irreconocible, seguía luchando. La hilera verde le envolvía el cuello y, si en un primer momento había batallado con uñas y dientes para desprenderse de ella, ahora se mostraba débil, dando claras señales de rendición.

Pocos instantes después las rodillas se le doblaron y su cuerpo se tambaleó. Fue entonces cuando el paralizado cerebro de James, por fin, despertó. Introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y rebuscando con frenesí agarró el móvil y marcó el número de emergencias. Al segundo tono, escuchó la voz profesional de un oficial pidiéndole información. Acercó el móvil al oído y gritó desesperado:

—¡Socorro! Por fa... favor... que alguien nos ayude. A mi novia la están estrangulando.

—Mantenga la calma, por favor —le pedía la voz profesional del agente que lo atendía al otro lado de la línea—. Enviaremos una patrulla de inmediato. Diga

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