La lluvia en tu habitación

Paola Predicatori

Fragmento

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Mi madre

Aún recuerdo el día que me pillaron robando. Tendría ocho, quizá nueve años, y era uno de esos supermercados pequeños, de barrio, en que se ven todos los pasillos desde la caja. En la sección de papelería había una goma roja con forma de corazón que había llamado mi atención. No pude resistirme. Una de las cajeras se acercó a mí y me dijo que le enseñara de inmediato lo que había cogido, que me había visto. Sin siquiera mirarla a los ojos, le devolví la goma y salí a la carrera.

El miedo es como lo recuerdo ese día. El corazón se acelera, y un ruido ensordecedor sube desde el pecho hasta los oídos y te impide oír tus propias palabras. De repente, todo resulta tan real que parece falso. Me acuerdo de cada detalle de ese momento. La cajera llevaba una falda roja oscura y mocasines negros. Junto a las gomas con forma de corazón había unos estuches de tela azul. La gente que hacía cola en la caja se volvió para mirarme. Salí corriendo de la tienda con el corazón en un puño. En el trayecto a casa, el miedo se transformó en vergüenza y decidí que jamás se lo contaría a nadie.

Cuando le dijeron a mi madre que tenía un cáncer en los riñones, el miedo se presentó tan puntual como aquella vez: me apretó la garganta, se mezcló con mi sangre, y al llegar al corazón lo desgarró. Tenía treinta y siete años, se llamaba Anna. Murió dos años después.

Ahora sé que no hay peor pesadilla que vivir atenazado por el miedo, tal como vivió ella todo ese tiempo, pensando en la muerte un día tras otro, hora tras otra. Se acostumbró a mantener encendida toda la noche la lamparita que había sobre su mesilla y a no cerrar los postigos bajo ningún concepto. Empezó a decir que nuestra casa era oscura, que por las ventanas no entraba bastante luz. Emprendió su batalla contra la oscuridad ordenando que quitasen las cortinas de la sala, y justo ella, que tanto había amado la noche, comenzó a odiarla.

La mía nunca fue una familia tradicional, de padre, madre, hermanas y hermanos. Mi única familia eran mi madre y mi abuela. Mi abuelo murió cuando yo era todavía muy pequeña y no llegué a conocer a mi padre, que se marchó cuando mi madre se quedó embarazada. Ahora quedamos sólo dos y pensar en el futuro me asusta.

Entre las cosas que conservo de mi infancia está el vídeo que mi abuelo grabó el día de mi tercer cumpleaños, cuando celebramos también la licenciatura en Letras de mi madre. Lo guardo en la librería de mi dormitorio. Tras su muerte, lo he visto un montón de veces. En cierto momento, cuando estoy a punto de soplar las velitas, se ve a mi madre a mi espalda y en la mesa que hay justo delante de nosotras una tarta enorme. Yo estoy de pie sobre la silla y ella me sujeta de la cintura. Me dice algo al oído, una de esas cosas que se dicen a los niños, del tipo «Mira qué tarta tan bonita»; el sonido es pésimo, no se oye nada y, por desgracia, no tiene remedio, al menos eso me dijo el técnico de la tienda adonde lo llevé. Yo alzo una mano y le toco la mejilla a la vez que miro fijamente la tarta que tengo delante. Sé que puede parecer imposible, pero recuerdo aquel momento. Cada vez que me veo en el vídeo pienso invariablemente lo mismo: que el tiempo no ha pasado, que sigo estando allí con la voz de mi madre acariciándome la mejilla. Y es lo único que deseo. Volver al pasado. Detener el tiempo.

Después de darle el diagnóstico, la operaron de urgencia y de inmediato empezó a someterse a terapia, pese a que todos los médicos que la visitaron y leyeron su historial clínico aseguraron que no había esperanza, que le quedaba muy poco tiempo de vida. Nadie sabía cuánto, algunos dijeron que meses, otros no dijeron nada. En cualquier caso, continuaron con el tratamiento, porque aún era joven. Mi madre quiso ser consciente de todo desde el principio, y cuando todos fuimos conscientes, fue como estar subido a una montaña rusa sin saber cuánto podía durar la carrera. Como si alguien te agarrara del corazón.

Me lo dijo mi abuela. Al día siguiente no fui a clase —tenía dieciséis años y estaba en tercero de bachiller—, ni al otro. Cuando Sonia y Barbara, mis compañeras en el instituto, me llamaron, me inventé una excusa y les pedí que dijeran a los profesores que me encontraba mal, pero que no tardaría en volver. No dije una sola palabra sobre el cáncer de mi madre, no quería responder a sus preguntas y, sobre todo, me negaba a que todos se enteraran. Por aquel entonces comprendí que me había comportado como una adulta por primera vez: me había callado para protegerla y porque yo necesitaba estar sola, alejada de las cosas que se dicen en ciertos momentos, del parloteo inútil, para poder entender el verdadero alcance de lo que ocurría. Después de la abuela, también mi madre me llamó y me explicó la situación, mientras yo deseaba con todas mis fuerzas que no notase el miedo que sentía. Asimismo, ella hacía cuanto podía para parecer tranquila, si bien las ojeras y su expresión tensa traslucían lo contrario. Me repitió lo que ya me había dicho mi abuela, pero cuando la oí pronunciar la palabra «cáncer» los ojos se me humedecieron. Mi madre me abrazó y me dijo que había tratamientos, que con mi ayuda lo lograría. En ese instante, mi yo se convirtió en nosotras, su cáncer en el mío. Lo sabía, era terrible, el padre de un amigo mío había muerto de lo mismo hacía sólo unos años. Durante esos días mi cabeza fue un hervidero de preguntas: ¿Y los síntomas? ¿Cómo era posible que no se hubiese dado cuenta? ¿En qué momento había empezado todo? ¿Por qué nadie había dado importancia a su repentina pérdida de peso? ¿Por qué ella, cuando se trataba de mí, siempre se percataba de todo, y a mí, que también la quería, no se me había pasado por la cabeza en ningún momento? Si quieres a alguien, tienes que cuidarlo. Si mi amor había sido tan irresponsable, ¿era porque no la quería bastante?

Mi madre y yo nunca hablamos mucho, lo que no cambió durante su enfermedad. Ahora bien, empezamos a buscarnos con la mirada, a cogernos de la mano mientras veíamos juntas una película, a sonreírnos en silencio, a dedicarnos sonrisas cálidas, llenas de una esperanza que nadie nos había dado. Mi abuela, que secundó cada una de las decisiones de mi madre respecto a la terapia y, al final, su última voluntad, fue testigo de todo ello. En dos años no la vi llorar ni una sola vez. En ciertos momentos, incluso me parecía otra persona. La suya era una fuerza que se había atemperado en otros silencios, en una época remota y joven de la que nadie sabía una palabra y que, de repente, había vuelto.

Pocos días antes de la operación, no pude contenerme más y se lo conté a mis amigas del instituto. El día que operaron a mi madre recibí un montón de SMS y emails, incluso de chicos y chicas de los que hacía siglos que no sabía nada. No había dicho a nadie que la operación no era una solución, de manera que todos esos mensajes rebosantes de confianza y vida me produjeron el efec

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