El secreto (Roswell High)

Melinda Metz

Fragmento

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1

—Una Sigourney Weaver y una Will Smith. —Liz Ortecho deslizó dos enormes hamburguesas por la mesa—. Una con aguacate y brotes verdes y otra con queso y jalapeños.

Luego aguardó. Saltaba a la vista que los clientes del reservado eran turistas. Y todos los turistas que iban al Crashdown Café tenían al menos una pregunta acerca del… Incidente Roswell.

—Entonces, ¿tu familia es de por aquí? —preguntó el tipo de la camiseta de Perdidos en el espacio. La mujer rubia sentada frente a él le dio la vuelta a una libreta bastante maltrecha para abrirla y miró fijamente a Liz.

—Sí —dijo Liz—. Mi tataratataratatarabuelo heredó un rancho a las afueras de la ciudad. Mi familia lleva viviendo en Roswell desde entonces.

La mujer le quitó el capuchón al bolígrafo. El hombre se aclaró la garganta. «Ahí viene», pensó Liz.

—¿Y algún pariente te ha contado alguna vez una historia sobre, bueno, ya sabes, el ovni que se estrelló?

«Menudo par de chalados. Seguro que tienen el episodio de Expediente X en cinta de vídeo», pensó Liz.

—Bueno… —dudó—. Supongo que no pasa nada por enseñároslo. —Sacó una desgastada foto en blanco y negro del bolsillo y la colocó cautelosamente frente a ellos—. Un amigo de mi abuela sacó esta foto en el lugar del impacto… antes de que el Gobierno despejara la zona.

Ambos turistas se inclinaron sobre la foto desenfocada y la estudiaron con cuidado.

—Ostras —murmuró la mujer—. Ostras.

—Es igual que el alienígena del vídeo de la autopsia —exclamó el tipo—. La misma cabeza desproporcionada y el mismo cuerpo pequeño y lampiño. La necesito para mi web sobre el Incidente Roswell. —Intentó agarrar la foto.

—No llegarías vivo al fin de semana. —Liz apartó la foto con gesto brusco—. Que hayan pasado cincuenta años desde el incidente no significa necesariamente que las Fuerzas Aéreas quieran que se sepa la verdad. Siguen queriendo que todo el mundo crea esa historia del globo meteorológico que usaron como tapadera —explicó.

Liz miró en torno a la cafetería con gesto nervioso. Esperaba que su padre no la estuviera escuchando. Si la oía contar aquella historia, le cortaría la cabeza y se la serviría de desayuno.

—No debería haberos mostrado esto. Olvidaos de ello, ¿vale? Nunca lo habéis visto. —Liz regresó rápidamente al mostrador.

Maria DeLuca sacudió la cabeza, haciendo rebotar los tirabuzones rubios alrededor de su cara.

—Eres muy mala.

—Oye, así ellos tendrán una anécdota que contar cuando vuelvan a casa. Y yo, una buena propina —contestó Liz.

Maria suspiró.

—Tú y tus buenas propinas. En mi vida había conocido a una camarera tan avariciosa.

Liz se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que pienso. Necesito todo el dinero que pueda conseguir porque…

—En cuanto te gradúes, vas a decirnos a todos «Sayonara, baby» —la interrumpió Maria—. Lo sé, ya lo sé. No piensas pasarte la vida en una ciudad que solo tiene dos cines, una bolera, un club de la comedia penoso, una discoteca más penosa todavía y trece atracciones turísticas de temática alienígena.

Liz no tuvo más remedio que sonreír. Su mejor amiga le había hecho un retrato casi perfecto.

—Supongo que lo repito mucho, ¿eh?

Maria cogió una bayeta y se puso a secar el mostrador.

—Solo unas diez veces al día desde que estábamos en quinto —bromeó.

—Si al menos no tuviera a cinco mil parientes vigilándome constantemente —dijo Liz—, tal vez podría divertirme de vez en cuando.

Suspiró, imaginándose una vida en la que no tuviera que preocuparse por hacer algo —cualquier cosa— que provocara inquietud por su futuro en su enorme y amantísima ristra de familiares. Era la primera chica de la familia que iría a la universidad, y todos querían asegurarse de que se mantenía en el buen camino. Y, sobre todo, de que no terminara como su hermana Rosa.

Liz sacó un puñado de cambio del bolsillo y lo dejó en el mostrador.

—Ostras —comentó Maria—. Buenas propinas. Igual debería empezar a sacar mi propia foto, una de una muñeca que dejé demasiado tiempo al sol. —Maria arrugó la nariz—. Aunque no sé si podría hacer el numerito de «No llegaríais al fin de semana» sin partirme de risa.

—Solo tienes que ensayar frente al espejo. Es lo que hago yo —le dijo Liz.

—Tendría que ensayar mucho —se quejó Maria—. Siempre me pillan cuando miento. A sus diez años, mi hermano ya es mejor mentiroso que yo. Los tipos con los que sale mi madre nunca me creen cuando les digo que me alegro de conocerlos.

Liz resopló.

—Qué sorpresa. —Pulsó la caja registradora para abrirla y cambió las monedas por billetes. Treinta y tres dólares más para el Fondo Sayonara. Treinta y tres con setenta y tres, más concretamente.

En cuanto la puerta de la cafetería se abrió, empezaron a sonar los primeros acordes de la melodía de Encuentros en la tercera fase. Max Evans, alto y rubio, con aquellos seductores ojos azul celeste suyos, y Michael Guerin, moreno e intenso, se dirigieron tranquilamente al reservado de la esquina, al fondo del local. Ambos eran alumnos del mismo instituto donde estudiaban Liz y Maria.

—Faltaría más, tenían que sentarse en tu zona —refunfuñó Maria.

Cada una se ocupaba de seis de los reservados de la cafetería, todos con forma de platillo volante. Dividían el salón en dos para que siempre les tocara atender un par de ellos con ventana. Eran los más populares.

—A ti siempre te tocan los turistas y los chicos monos, y a mí tienen que tocarme estos dos —continuó Maria. Señaló con la barbilla al reservado que estaba más cerca de la puerta—. Están teniendo una bronca de campeonato. Cada vez que me acerco me miran fatal.

Liz miró a los dos hombres que lo ocupaban. Uno era grande y rechoncho. El otro era más pequeño, aunque bastante cachas. Estaban sentados uno frente al otro, inclinados sobre la mesa, discutiendo con vehemencia. No oía lo que decían, pero ambos parecían furiosos.

—Creo que te mereces una buena mesa después de tener que tratar con esos dos. Puedes atender a Max y Michael —le ofreció Liz.

Maria entrecerró los ojos azules.

—Vale, ¿qué está pasando?

Liz le pasó un brazo alrededor de los hombros.

—Eres mi mejor amiga. ¿Qué pasa, que no me puede salir tener un detalle contigo de corazón?

—No. —Maria se zafó del brazo de Liz—. Te lo repetiré: ¿qué está pasando?

—Nada —insistió Liz—. Es solo que me apetece tomarme un respirito de los yonquis de la testosterona.

Maria enarcó una ceja.

—Traducción, por favor.

—De los tíos —explicó Liz—. Estoy cansada de… que sean tan machitos.

—Sabes que no todos los tíos son como Kyle Valenti, ¿verdad? —le dijo Maria—. Mira a Alex, por ejemplo. Él es un tío guay.

Alex Manes era un tío guay. A Liz le costaba

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