En la tierra de los pasos perdidos

Stefanie Gercke

Fragmento

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Créditos

Título original: Ich kehre zurück nach Afrika

Traducción: María Dolores Ábalos Vázquez

1.ª edición: octubre, 2014

© 1998, Stefanie Gercke

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cente, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 16904-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-871-1

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Martes, 26 de marzo de 1968

Martes, 26 de marzo de 1968

A través del rugido de los motores del avión, creyó oír la voz de su padre, triste y llena de nostalgia. «Has nacido en África, en una pequeña isla en medio del ancho mar azul.» Sus palabras eran tan claras como entonces, hacía casi veintitrés años. Era como si pudiera verle apoyado en la ventana empañada por el azote de la lluvia de aquel mes de noviembre, con sus anchos hombros caídos hacia delante, y le pareció percibir de nuevo la lejana melodía de suaves voces guturales mecidas por el viento, y el olor a humo y a tierra cálida y húmeda.

«África», había susurrado, y ella sabía que su padre no veía la oscura noche de noviembre, sino que estaba muy lejos de ella, en ese país lejano y luminoso cuyo recuerdo hacía que a su padre, fuerte y alto como una torre, se le agolparan las lágrimas en los ojos.

Con la frente pegada al frío cristal de la ventilla del gran jet, miró hacia abajo, hacia el país que amaba, su paraíso. Con un nudo en la garganta, se tapó la cara con su tupida melena de color miel. Nadie debía notarle nada, nadie debía saber que abandonaba ese país para siempre. ¡Nadie! Y menos el tipo que iba delante vestido de safari con un bigotillo negro, tranquilamente apoyado en el tabique de separación de la primera clase. Antes, cuando ella había subido, él estaba en una de las últimas filas, entre los asientos. Con el cogote rígido como un palo, paseaba continuamente la mirada por los pasajeros. De uno en uno, no dejaba de registrar cualquier movimiento inusual que hicieran, sin interrupción. Por eso le había reconocido ella, por la mirada inquieta y acechante de sus ojos. Uno de la BOSS, Bureau of State Security, un agente de la Oficina de la Seguridad del Estado, la más temida institución de Sudáfrica. La BOSS, la que tenía su expediente.

Muy abajo, vio el trazado de la costa de Durban. Las buganvillas lanzaban destellos por doquier, como si fueran joyas de color rosa destacando del mullido y bien cuidado césped de un verde intenso. Tenía los ojos bañados en lágrimas.

«Haz un esfuerzo; ya llorarás más tarde.»

Se quedó callada, completamente inmóvil, tragándose los sollozos. Lo hacía por sus hijos, los mellizos Julia y Jan, el centro de su pequeña familia, que iban muy quietecitos en los asientos de al lado.

Sus rostros, muy bronceados por el sol africano, estaban tensos y pálidos, y los ojos expresaban miedo e incomprensión. Aunque ella se había esforzado por que no se le notara nada, algo debieron de haber observado. Acababan de cumplir cuatro años. Demasiado niños para ser tan brutalmente arrancados de su apacible vida; demasiado pequeños para entender que a partir de ese momento nada sería como hasta entonces. Hacía pocas se

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